9. El cabo
Tomás, el cabo de la Guardia Civil, llegó con su compañera María.
En el pueblo no había cuartelillo, pero no tardaron demasiado en acudir.
Los niños seguían viendo dibujos y Armonía había venido en cuanto la llamé para hacerme compañía.
Me había preparado una tila y estaba a mi lado cuando tuve que enseñarles los cadáveres.
—¡Qué desagradable! —exclamó María, que estuvo a punto de vomitar.
El cabo examinó con más detenimiento los cadáveres e hizo algunas fotos.
—Me llevaré los cuerpos al veterinario para que los examine. Son dos adultos y tres cachorros, ¿verdad?
Estaban tan troceados que era difícil distinguirlos a simple vista.
—Hay sal negra alrededor y unas figuritas —dijo el hombre.
Yo no me había fijado antes. Al verlas, me recordaron a las de mi sueño. Eran claramente un hombre y una mujer, con dos niños y una niña.
—Somos nosotros —comenté horrorizada.
Entramos en casa cuando los guardias civiles se llevaron las pruebas. Armonía ayudó a los niños a hacer los deberes y yo me quedé mirando la estufa, como si el fuego pudiera destruir todos mis miedos y malos pensamientos.
Armonía me ayudó a acostar a los niños.
—Vete, tendrás muchas cosas que hacer —le dije mientras me abrazaba.
—¿Cómo te voy a dejar así?
—Bueno, debe de haberlo hecho Elvira.
—¿Por qué no le has dicho nada a la Guardia Civil?
—No tengo pruebas. Además, Xoán me comentó que no creía que ella fuera una bruja, solo que estaba loca.
—No sé qué es peor —dijo Armonía algo asustada.
—Estaré bien. Voy a llamar a Esteban. Mañana es miércoles, pero le voy a pedir que adelante su vuelta.
—Veniros todos conmigo.
—Gracias, pero no me van a echar de mi propia casa. Ahora estoy enfadada y esa vieja no sabe cómo es Lucía cuando pierde los estribos.
Mi amiga me miró alucinada. La verdad es que mi nueva versión era mucho más pacífica y tranquila de lo que yo hubiera imaginado nunca, pero alguien estaba amenazando a mi familia y eso no lo iba a consentir.
En cuanto estuve sola, noté mucho frío y me envolví en una manta en el sofá antes de llamar a Esteban.
—¡Hola, cariño! ¿Dónde están los niños?
—Durmiendo.
—¿Tan pronto?
—Sí, ha sido un día muy intenso.
Mi marido vio la copa de vino.
—¿Desde cuándo bebes a solas?
—Han estado los del suelo radiante, los albañiles, los de los muebles…
—¡Qué bien! Pues hemos avanzado mucho.
—Sí, pero también ha pasado otra cosa.
Esteban se acercó a la pantalla, como si con ese gesto pudiera protegerme.
—¿Qué ha pasado?
—He tenido que llamar a la Guardia Civil.
—¡Dios mío! ¿A la Guardia Civil?
—Sí, han aparecido muertos todos los gatos.
—¿Muertos?
—Asesinados, más bien. Troceados, con sal negra alrededor y unas figuritas de cera con nuestra forma. Las de toda la familia.
—¿Estás hablando en serio?
—¿Crees que bromearía con una cosa así?
Se hizo un incómodo silencio.
—¿Quién iba a hacer algo así? Pobres animalitos.
—Vente para casa mañana. ¿Dónde estás?
—Ahora mismo, en Plasencia. Mañana tengo una reunión urgente, pero regresaré por la noche y lo del jueves y el viernes lo haré desde casa.
—Estoy muy mal. Estuve en casa de Xoán Soutomaior.
—¿De quién?
—Es un hombre que conoce el pasado del pueblo y la historia de La Pena. Cree que hay algún espíritu retenido o una mala energía en la casa.
—¡Qué tonterías! Ha sido una lunática y ya está.
—Hay algo más en la casa, en el cobertizo. No sé. Alguien quiere echarnos de aquí.
Esteban me miró como si pensara que estaba volviéndome loca.
—La otra vez tenía razón, no lo olvides.
—Pero eran unos psicópatas, no tenía nada que ver con espíritus.
—No lo sé, pero tengo mucho miedo —dije antes de echarme a llorar.
—Mañana estaré con vosotros, os lo prometo.
Nos despedimos. Me sentía furiosa, frustrada y asustada.
Me había prometido a mí misma que no volvería a atemorizarme por nada.
Pero ahora, en aquella casa vieja, escuchando cómo crujían las vigas de madera y cómo el viento sacudía los árboles, tuve que contenerme para no sufrir un ataque de pánico.
Tomé un cuchillo y lo dejé bajo la almohada. Estuve escuchando música hasta que ya no pude más y caí en un profundo sueño.