8. Los gatos
Apenas había caminado unos metros cuando comenzó a diluviar de nuevo.
Abrí el paraguas y callejeé lo más rápido que pude, pero las calles parecían ríos que desembocaban en la carretera principal.
Crucé la calle y vi justo enfrente la iglesia y la casa parroquial.
Giré a la derecha por el camino que llevaba al río y que en verano era muy transitado, pero, a la hora de comer, en otoño y diluviando, estaba completamente desierto.
Al final di con la casa, calada hasta los huesos y temblando de frío. No me acostumbraba a tanta humedad.
Llamé al timbre y esperé. Nadie salió a abrir ni contestó en aquella casona vieja con su blasón desgastado por el paso de los siglos. Estaba a punto de darme la vuelta y marcharme cuando escuché los goznes oxidados de la vieja puerta de madera.
Un hombre pequeño, vestido con una bata de franela, con el pelo muy blanco y barba larga, me abrió. Me miraba con desconfianza. Parecía molesto, como si le hubiera interrumpido el sueño.
—Perdón por molestar. Soy Lucía, la nueva vecina. Me manda Armonía.
El hombre se quedó callado, como si su cerebro estuviera analizando la información.
—La mujer de Jorge —le expliqué.
—Sí, ya sé quién es.
—Vivo en La Pena…
No hizo falta que le dijese más. El hombre abrió como platos sus ojitos azules y me franqueó la entrada.
La casa olía a cerrado, a tabaco y a acelgas. Todo estaba en penumbra y apenas se veía nada. Lo seguí por un largo pasillo hasta un gran salón repleto de libros. De hecho, los había por todos lados, también apilados a lo largo del pasillo.
—La Pena. ¿Son los nuevos dueños? —preguntó mientras se sentaba en una cómoda butaca de terciopelo rojo, desgastada en los brazos y el reposacabezas.
—Sí, la hemos reformado y llevamos unos meses…
—Ya. Esa casa es una de las más interesantes de la comarca.
La construyeron hace más de ciento cincuenta años los abuelos de Ana y Andrea.
El abuelo era comerciante de pulpo en una época en la que todavía no era tan apreciado como ahora.
Construyó la casa en la parte alta del pueblo, cerca de los hórreos.
Un lugar en el que nadie quería vivir. En Galicia siempre se ha temido y amado al bosque.
Me quedé en pie sin saber qué decir ni qué hacer.
—¡Siéntese! —me dijo mientras carraspeaba.
Miré dónde ponerme. Todo estaba lleno de libros. Al final despejé una silla y me senté justo enfrente.
El hombre se colocó unas lentes redondas y me miró con curiosidad, como si fuera un espécimen raro.
—La gente no se preocupa por averiguar quiénes eran los antiguos dueños de las casas, pero eso es muy peligroso. Créame, las casas son mucho más que habitáculos: tienen alma y conservan energías, ya sean buenas o malas.
No quise mostrarme escéptica, pero tampoco sabía qué responder.
—Imagine. Las casas acumulan energías estancadas por tensiones o disputas.
En ellas permanece una huella emocional; saben si la gente ha sido feliz o infeliz.
También hay campos electromagnéticos y geopatías, las conocidas como líneas Hartmann.
Aunque lo más preocupante es la presencia de entidades.
—¿Entidades?
—Bueno, en el terreno espiritual se las denomina espíritus. Se cree que algunas almas o energías se quedan pegadas a la tierra, normalmente por muertes repentinas o violentas.
—¿Eso es lo que le pasa a La Pena? —le pregunté confundida.
—¿No ha venido por eso? Ese lugar está encantado. Las hermanas Ana y Andrea eran dos mujeres estupendas, pero tenían muchos enemigos, sobre todo la bruxa que las maldijo.
—Me han contado algo, pero no creo en esas cosas —le contesté.
El hombre se cruzó de brazos.
—Entonces, ¿para qué ha venido?
—Bueno, para saber.
El hombre se puso en pie, tomó un viejo volumen de la estantería y lo dejó en una mesita baja que tenía enfrente. Me mostró las ilustraciones.
—Una cosa son las bruxas . Son seres oscuros que hacen maleficios y pactos nocturnos, sobre todo ahora que nos acercamos a la noche de Todos los Santos.
Luego están las meigas, figuras más complejas y ambivalentes.
Eran curanderas, manejaban las plantas medicinales y los venenos y podían usar el mal de ojo, el meigallo, pero también sanarlo.
—Eso me han dicho, que a las hermanas les echaron mal de ojo.
El hombre no me hizo caso y continuó con su perorata.
—Las meigas pueden ser vedoiras, que ven el más allá, conectan con los espíritus y adivinan el futuro; también menciñeiras, que dominan las plantas medicinales; feiticeiras, que hechizan con sus cantos a los hombres cerca de los ríos; y, por último, chuchonas, meigas malas que se alimentan de la sangre y la energía de los niños.
Aquello me recordó las palabras de Elvira y se me erizó el vello del cuerpo.
—¿Elvira es una chuchona?
—¿Elvira? No, es una vieja algo lunática, pero no creo que lo sea.
—Todo el pueblo cree que sí.
El hombre se echó a reír.
—Las bruxas y las meigas peligrosas siempre ocultan su identidad. Pueden tener forma de mujeres bondadosas o de amas de casa comunes. Están por todos lados.
—¿Por qué asusta a mis hijos y me acosa?
—Está un poco loca. Seguramente le molesta que habite La Pena. Sabe que ese lugar tiene energías negativas desde hace mucho tiempo. Creo que es inofensiva.
No sabía si aquel comentario me tranquilizaba o me ponía aún más nerviosa.
—¿Nota cambios bruscos de temperatura en la casa?
—No tenía calefacción hasta hoy, la verdad.
—¿Tiene mascotas? Estas suelen quedarse mirando a la nada.
—Hay unos gatos en el jardín. Estaban antes que nosotros y a los niños les gusta darles de comer. Pero no me he fijado.
—¿La gente se siente agotada cuando está dentro, pero al salir recupera las fuerzas? ¿Hay ruidos o fallos eléctricos?
Me encogí de hombros.
—Me gustaría ir un día con mis aparatos y realizar algunas comprobaciones, si le parece bien.
La verdad es que todo aquello me daba mucho respeto. Ya había pasado por suficientes situaciones difíciles como para sufrir ahora por culpa de una casa encantada.
—Sí, claro. El viernes regresa mi marido. Podría ser esa tarde.
—Perfecto, las tardes de los viernes son muy propicias para detectar este tipo de energías.
Me quedé muy sorprendida.
—Los viernes se cierran ciclos y es más fácil hacer mediciones.
El hombre se puso en pie y me entregó un ramillete de salvia blanca que había cogido de la cocina.
—Préndala y recorra su casa con ella. Deje que el humo circule por las esquinas.
Tomé el ramillete algo sorprendida y el hombre me acompañó hasta la puerta.
—Piense bien a quién deja entrar en la casa. No todo el mundo va con buenas intenciones. No lo olvide.
Aquellas palabras se me quedaron grabadas.
Sentí el fresco y pude respirar de nuevo aire limpio.
Caminé hasta la casa de Armonía. Tenía que recoger a los niños, darles la merienda y ayudarlos con las tareas.
A aquella hora, Mariano ya habría dejado el cobertizo y esperaba que la casa se hubiera caldeado un poco con el suelo radiante.
La lluvia ya no era tan intensa. Los niños se resistieron un poco a dejar a sus amigos, pero antes de las cinco ya estábamos en casa.
Noté el suelo calentito. Los niños dejaron las mochilas en sus cuartos. Alberto se duchó primero, luego Lucas y yo ayudé a Sofía.
Mientras veían unos dibujos, preparé la merienda. Miré de nuevo hacia el cobertizo y vi una especie de luz parpadeante.
Pensé en la pesadilla y recordé que no le había preguntado a Xoán por las figuras de cera. En tres días sería viernes y podría hacerlo.
Llevé la merienda a los niños y salí a dar algo de comida a los gatos. La pareja había tenido unas crías no hacía mucho.
Me extrañó que no me recibieran con alegría al oler la comida, pero, cuando me acerqué al arbusto donde solían tener su nido, vi el primer cuerpo mutilado. Luego apareció el resto. Me tapé la boca y me eché a llorar. Alguien había matado a todos los gatos y los había mutilado salvajemente.