Capítulo 9 #3
No hizo ninguna resistencia.
Eso no habría encajado con ella.
Cogió el bolso.
Después recordó algo y lo dejó sobre la silla.
Un agente que esperaba fuera entró.
Aranda dijo:
—Antes de salir necesito una cosa clara.
Raquel lo miró.
—No quería matarlo —repitió.
—Lo entiendo.
Pausa.
—Pero después del golpe no pidió ayuda.
Raquel tragó saliva.
—No.
—Y decidió mentir.
—Sí.
Aranda asintió.
No añadió nada.
No necesitaba hacerlo.
Raquel caminó hacia la puerta.
Al pasar junto a Clara se detuvo.
No mucho.
—Lo siento.
Clara la miró.
—No soy yo.
Raquel bajó los ojos.
—Ya.
Salió.
La campanilla sonó.
Esta vez nadie habló durante varios segundos.
Después Doña Amparo levantó su taza.
—Está frío.
Todos se volvieron.
La anciana miró a Clara.
—El café.
—Ya sé qué está frío.
—Lo digo porque nadie está trabajando.
Pilar soltó una risa extraña.
Mitad risa.
Mitad otra cosa.
Clara recogió la taza de Doña Amparo.
—Te hago otro.
—Este lo pago yo.
Pilar se llevó una mano a la cara.
—Por favor.
Doña Amparo la miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Eso decís mucho últimamente.
Aranda volvió media hora después.
El Café Aurora estaba casi vacío.
Berta y Ramiro se habían ido.
Doña Amparo también.
Migas ocupaba la silla que Raquel había dejado libre.
Pilar limpiaba la cafetera con una concentración exagerada.
Clara estaba mirando el terminal.
No había ninguna operación especial.
Solo cuentas.
Tres euros.
Siete con veinte.
Dos cafés.
Una tostada.
Normalidad digital.
Aranda dejó una bolsa con documentos sobre la mesa.
—Ya está.
Clara no preguntó qué significaba.
—Confesión formal.
—Sí.
—Ha contado lo mismo.
—Con más detalle.
Pilar giró.
—Fue un empujón.
—Según su declaración, sí.
—No lo planeó.
—No tenemos indicios de que lo planeara.
—Pero lo dejó allí.
Aranda asintió.
Pilar volvió hacia la cafetera.
—Joder.
Clara miró la pantalla.
—Nos equivocamos con una cosa.
Aranda se acercó.
—Con muchas.
—Una principal.
—¿Cuál?
—Pensábamos que la cuenta era el truco.
—Lo era en cierto modo.
—No.
Clara negó.
—La cuenta era verdad.
Pausa.
—Todo lo que decía era verdad.
Café.
Tostada.
Agua.
Pago.
Hora.
Tarjeta.
—El truco estaba en lo que queríamos que significara.
Aranda miró la pantalla.
—Que el titular seguía vivo.
—Sí.
Pilar apoyó un paño sobre la barra.
—Una tarjeta no tiene pulso.
Aranda la miró.
—No reutilice mis frases.
—No sabía que tenían derechos.
Clara sonrió.
Después miró hacia la mesa donde Leandro había estado.
—La cuenta de las ocho y diecisiete no demuestra que Leandro estuviera vivo.
—No.
—Demuestra que Eva tenía la tarjeta.
—Sí.
Clara pensó en Raquel volviendo del corredor.
El cuerpo detrás de una puerta.
Eva trabajando.
Una instrucción pronunciada casi una hora antes.
Una posibilidad.
Nada más.
—Y demuestra que Raquel sabía que podía parecer que lo estaba.
Aranda corrigió:
—Que podía ayudar a que pareciera.
Clara asintió.
—Mejor.
Pilar hizo una mueca.
—Menos elegante.
—Más correcto —dijo Aranda.
—Por eso menos elegante.
Clara tomó el recibo de una mesa que acababa de cerrar.
Lo miró.
18:43.
Lo tiró.
—Al final era sencillo.
Aranda soltó una risa muy breve.
—No.
—Una tarjeta.
—No.
—Una taza.
—Tampoco.
Clara lo miró.
—Entonces.
El inspector recogió el abrigo.
—La parte sencilla siempre aparece después.
Caminó hacia la puerta.
—Antes de saberla, es un homicidio.
Clara pensó en eso.
—Inspector.
Aranda se volvió.
—¿Qué?
—Esta vez tardó más que yo.
Pilar dejó caer el paño.
—Clara.
Aranda miró a Clara durante dos segundos.
—Buenas noches.
Abrió la puerta.
Pilar lo señaló.
—Eso es una admisión.
—No —dijo él desde la calle.
La puerta se cerró.
Clara sonrió.
—Lo es.
Pilar miró hacia el corredor.
—¿Vas a seguir usando esa estantería?
Clara también miró.
—Sí.
—Yo la cambiaría.
—La estantería no hizo nada.
—Técnicamente…
—No.
Pilar aceptó.
Durante unos minutos trabajaron sin hablar.
Un cliente pidió dos cafés.
Otro pagó una tostada.
La cafetera soltó vapor.
Migas apareció junto a la barra y miró hacia arriba esperando una explicación alimentaria del universo.
Clara puso agua en un recipiente pequeño.
—Eso es todo.
Migas la olió.
Se marchó.
Pilar lo observó.
—Ni siquiera él quiere agua.
Clara miró la botella.
Después la mesa.
Después la cafetera.
Recordó una voz.
—¿Otro?
—No. Agua.
Veintiún minutos después, Raquel había colocado una taza inexistente delante de un hombre muerto.
Y durante horas aquel café imaginario había resultado más convincente que la realidad.
Clara apagó una de las luces del fondo.
La mesa de Leandro quedó en sombra.
No había ningún misterio allí ahora.
Solo una silla.
Una mesa.
Y una cuenta que alguien había cerrado demasiado tarde para su propietario y exactamente a tiempo para confundir a todos los demás.
A las ocho y diecisiete, Leandro Valcorta no había pagado nada.
Eva Ferral había cumplido una instrucción.
Raquel Nalda había necesitado que pareciera otra cosa.
Y Clara había tardado dos días en comprender que el dato más preciso de toda la noche era también el que menos decía sobre el muerto.
Las ocho y diecisiete no habían sido la hora de Leandro.
Nunca lo fueron.