La cuenta de las ocho y diecisiete Epílogo
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Epílogo

Cuenta cerrada

Tres semanas después, Berta Luján redactó una norma.

Eso, por sí solo, no sorprendió a nadie.

La sorpresa fue que solo ocupara una página.

—No es una norma —dijo Berta.

Clara levantó la hoja.

—Tiene título, cuatro apartados y una excepción.

—Es un procedimiento.

—Muchísimo mejor.

Pilar se inclinó sobre la barra.

—Lee el título.

Clara leyó:

—“Protocolo para pagos realizados por terceros en cuentas abiertas.”

Pilar miró a Berta.

—Has convertido invitar a un café en una actividad regulada.

—No.

—Hay un protocolo.

—Porque una cosa es que alguien invite a otra persona y otra que deje una tarjeta.

Ramiro apareció desde el Portal 7.

—Eso es razonable.

Pilar cerró los ojos.

—Claro que estás de acuerdo.

Ramiro tomó la hoja.

—Falta fecha de entrada en vigor.

—No entra en vigor —dijo Clara.

Berta cruzó los brazos.

—¿Entonces por qué me pediste una solución?

—Dije que no quería volver a tener una tarjeta ajena detrás de la barra sin saber de quién era.

—Eso es exactamente lo que he solucionado.

Ramiro leyó.

—“Cuando el titular de una cuenta entregue un medio de pago a otra persona para su cierre posterior, se anotará el nombre de la persona autorizada.”

—Sí —dijo Berta.

—Bien.

—No digas bien —pidió Pilar.

Ramiro continuó:

—“La tarjeta permanecerá bajo responsabilidad de la persona autorizada.”

—Obvio —dijo Clara.

—Lo obvio también se escribe —respondieron Berta y Ramiro a la vez.

Se miraron.

Pilar señaló a ambos.

—Eso da miedo.

Doña Amparo entró en ese momento.

No llevaba paraguas.

Por primera vez en varias semanas, Valleverde tenía un cielo que no parecía estar preparando una denuncia contra nadie.

—¿Qué da miedo?

—La administración reproduciéndose —dijo Pilar.

Doña Amparo se sentó.

—Mientras no cobre impuestos.

Berta le quitó la hoja a Ramiro.

—Solo falta que Clara lo apruebe.

—No.

—Ni siquiera lo has leído entero.

—No necesito.

—¿Entonces cómo sabes que no?

—Porque conozco el final.

Pilar tomó la hoja.

—Yo también quiero leerlo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque vas a añadir cosas.

—Eso es una acusación sin pruebas.

Berta intentó recuperarla.

Pilar giró el cuerpo.

—Apartado cinco.

—No hay apartado cinco.

—Ahora sí.

Cogió un bolígrafo.

Berta se levantó.

—Pilar.

—“El titular deberá encontrarse vivo en el momento del pago.”

Clara la miró.

Ramiro frunció el ceño.

—Eso plantea problemas.

Pilar sonrió.

—Naturalmente.

—¿Qué significa exactamente “en el momento del pago”?

—Que no esté muerto.

—Eso lo entiendo.

—Entonces no hay problema.

—Puede haber situaciones en las que el titular fallezca después de autorizar…

—Ramiro.

Clara levantó una mano.

—No.

Él se detuvo.

Doña Amparo miró a Pilar.

—Yo lo pondría.

Berta pareció horrorizada.

—No vamos a poner eso.

—Luego vienen las interpretaciones.

Pilar señaló a Doña Amparo.

—Gracias.

—No te estoy ayudando. Estoy evitando futuros muertos administrativos.

Migas saltó sobre una silla.

Después sobre otra.

Terminó encima de la carpeta donde Berta guardaba el protocolo.

Se acomodó.

Berta lo miró.

—Clara.

—¿Qué?

—Tu gato.

—No es mío.

—Está encima de mis documentos.

—Eso tampoco lo convierte en mío.

Migas apoyó la cabeza sobre el título.

Pilar sonrió.

—Lo ha aprobado.

Ramiro se acercó.

—Técnicamente…

—No —dijeron todos.

Él se sentó.

Clara retiró dos tazas de la barra.

El Café Aurora estaba lleno otra vez.

No demasiado.

Lo suficiente.

Dos estudiantes compartían una tostada junto a la ventana. Una pareja discutía en voz baja sobre un viaje. Un hombre leía un periódico sin girarlo del revés, lo que Pilar consideraba falta de imaginación.

La mesa del fondo había vuelto a ocuparse.

Durante varios días nadie había querido sentarse allí.

Después llegó un turista que no sabía nada.

Pidió un café.

Se sentó.

Y el mundo decidió seguir.

Clara había agradecido aquello más de lo que esperaba.

Pilar miró hacia la mesa.

—¿Te sigue molestando?

—¿Qué?

—Esa mesa.

Clara pensó.

—No.

Era verdad.

La primera semana sí.

Había visto a Leandro cada vez que alguien dejaba una botella de agua allí.

Había mirado automáticamente hacia el corredor cuando alguien levantaba la voz.

Había contado tazas sin querer.

Después dejó de hacerlo.

Las cafeterías tenían una ventaja sobre otros lugares.

Todo el mundo llegaba.

Todo el mundo se iba.

Las mesas no podían permitirse guardar demasiadas cosas.

—Me molesta más Berta —dijo Clara.

—Eso es estable —respondió Pilar.

Berta no levantó la cabeza.

—Os oigo.

—Entonces funciona.

La campanilla sonó.

Entró Aranda.

Pilar señaló la puerta.

—Mira.

Clara siguió limpiando la barra.

—Ya lo he visto.

—Viene sin cadáver.

—Eso espero.

Aranda se acercó.

—Buenas tardes.

—Inspector —dijo Clara.

—Clara.

Pilar miró hacia la puerta.

—¿Nadie detrás?

—No.

—¿Nada en el corredor?

—Que yo sepa.

—Excelente servicio.

Aranda ocupó un taburete.

Clara colocó una taza delante de él.

—Café.

Esta vez no dijo que no.

Pilar apoyó ambos codos en la barra.

—Eso es crecimiento personal.

Aranda bebió.

—He venido a devolver una cosa.

Sacó una bolsa transparente de una carpeta.

Dentro había una copia de la comanda de Leandro.

No la original.

Una reproducción.

Clara la miró.

—¿Por qué?

—La original sigue incorporada al procedimiento.

Ramiro levantó la cabeza.

—Eso es correcto.

—No necesitaba confirmación.

—Ya.

Aranda dejó la copia.

Café solo.

Tostada con tomate.

Agua.

Clara la observó durante unos segundos.

—Puedes tirarla.

—Pensé que quizá la querría.

—No.

Pilar se acercó.

—Yo sí.

Todos la miraron.

—¿Qué?

—Es historia del café.

Clara cogió la hoja.

La rompió por la mitad.

Pilar abrió la boca.

Después Clara la rompió otra vez.

—Eso era innecesario.

—Precisamente.

Tiró los pedazos.

Aranda sonrió apenas.

—Bien.

—No empiece.

—No iba a decir nada.

—Su cara sí.

Pilar señaló.

—La he entrenado.

Aranda terminó el café.

—La declaración de Raquel está cerrada.

El humor bajó un poco.

Clara no preguntó detalles.

—Y Eva.

—Ha dejado la empresa.

—Lo imaginaba.

—La sociedad está en proceso de reorganización.

—Eso suena caro.

—Probablemente.

Pilar levantó la cabeza.

—Ha dicho probablemente sin que nadie le obligue.

Aranda la ignoró.

Clara miró hacia la mesa del fondo.

—Y César.

—Sigue reclamando su dinero.

—Naturalmente.

—Lorena cambió de proveedor.

—Eso también.

—E Iria se llevó a su padre a casa.

Clara miró al inspector.

—Eso no tiene nada que ver con el caso.

—No.

—¿Entonces por qué lo sabe?

Aranda cogió la taza.

—La gente habla.

Doña Amparo asintió desde su mesa.

—Por fin aprende.

El inspector dejó unas monedas.

Clara las empujó hacia él.

—Invita la casa.

—No.

—¿Por qué?

—Después de este caso, prefiero que cada uno cierre su cuenta.

Pilar soltó una carcajada.

—Eso sí lo voy a poner en el protocolo.

Berta buscó inmediatamente su bolígrafo.

—No —dijo Clara.

Aranda salió.

La campanilla sonó.

Pilar lo siguió con la mirada.

—Cada vez me cae menos mal.

—Preocupante.

—Mucho.

El reloj de la pared marcaba las ocho y doce.

Clara lo vio.

No por costumbre.

O quizá sí.

Una mesa pidió dos cafés.

Otra pidió la cuenta.

Berta consiguió rescatar su carpeta de debajo de Migas.

Ramiro discutía que una firma digital también podía considerarse validación del protocolo.

Doña Amparo exigía una tostada que no estuviera «quemada como la última», aunque la última no había estado quemada.

Normalidad.

A las ocho y dieciséis, Pilar llevó una cuenta a la barra.

—Mesa cinco.

—La tengo.

Clara revisó.

Dos cafés.

Una porción de tarta.

Una botella de agua.

La mujer de la mesa cinco se acercó con una tarjeta.

—Pago todo.

—Perfecto.

Clara introdujo el importe.

La mujer acercó la tarjeta.

Pitido.

APROBADO.

Clara arrancó el recibo.

Miró la hora.

20:17.

Se quedó quieta.

Solo un segundo.

Pilar lo vio.

Por supuesto.

—¿Qué?

Clara miró el recibo.

Después a la mujer que esperaba delante.

Viva.

Impaciente.

Buscando el abrigo.

Completamente normal.

Le entregó la copia.

—Nada.

—Gracias —dijo la clienta.

Volvió a su mesa.

Pilar seguía mirando a Clara.

—Era la hora.

—Sí.

—Y.

Clara tiró su copia del recibo.

—Nada.

La campanilla sonó.

Un hombre entró desde la calle.

—Buenas noches.

—Buenas noches —respondió Clara.

Pilar sonrió.

—¿Eso es todo?

Clara miró el reloj una última vez.

Las ocho y diecisiete.

Una hora.

Nada más.

—Sí.

Encendió la cafetera.

—¿Qué va a tomar?

Y esta vez, a las ocho y diecisiete, no había nadie muerto.