La cuenta de las ocho y diecisiete Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Señaló la mesa donde Eva había trabajado.

—Eran de Eva.

—Entonces.

—Entonces el pago no demuestra que Leandro estuviera vivo.

—Nunca dije que lo demostrara.

—No —dijo Clara—. Y no hacía falta.

Raquel la miró.

—¿Qué significa eso?

—Que el pago apareció después y hacía que tu historia pareciera más sólida.

Aranda apoyó una mano en la carpeta.

—Usted no controló ese pago.

—No.

—No eligió la hora.

—No.

—No le dijo a Eva cuándo debía pagar.

—No.

—Pero sabía que Eva tenía la tarjeta y que podía cerrar la cuenta más tarde.

Raquel guardó silencio.

Clara señaló la mesa vacía.

—Porque estabas allí cuando Leandro se la dio.

Silencio.

—El pago no creó tu historia —continuó Clara—. Solo consiguió que pareciera mejor de lo que era.

Raquel se inclinó hacia delante.

—Eso no prueba nada.

—No —dijo Aranda—. Pero explica por qué una mentira sobre verlo vivo podía parecer más sólida después.

Raquel se levantó.

—Esto es absurdo.

Aranda no se movió.

—Siéntese.

—Ha dicho que no estoy detenida.

—No lo está.

—Entonces me voy.

Cogió el bolso.

Clara habló:

—Leandro no volvió del corredor.

Raquel se detuvo.

No se giró.

—Sí volvió.

—Nadie lo vio.

—Yo lo vi.

—Tú.

Raquel giró.

—Sí. Yo.

—Solo tú.

—Eso no significa que mienta.

—No.

Clara se puso de pie.

—El café significa que mientes.

—Me equivoqué.

—Entonces quitemos el café.

Raquel la miró.

—¿Qué?

—Quitémoslo.

Clara señaló la mesa vacía.

—No hay café.

Hizo otro gesto.

—Quitamos el teléfono también. Puede que tampoco estuviera.

—Estaba.

—No importa.

—Claro que importa.

—No.

Clara negó.

—Dejamos solo lo esencial.

Pausa.

—Tú dices que Leandro volvió.

—Sí.

—Nadie más lo confirma.

—Eso no es culpa mía.

—Las cámaras no lo muestran saliendo por el Portal 7.

—Porque volvió al café.

—Pilar pasó cerca de su mesa aproximadamente a la hora en que dices que estaba allí.

—Y ha dicho que podía no verlo.

—Sí.

—Entonces.

—Entonces seguimos teniendo una sola cosa que lo mantiene vivo después del corredor.

Clara la miró.

—Tu palabra.

Raquel apretó el bolso.

—¿Y qué?

—Que tu palabra ya contiene una mentira.

Silencio.

Aranda se levantó.

—Señora Nalda.

Raquel no lo miró.

—La policía científica considera que la lesión de Leandro es compatible con un impacto contra la esquina de la estantería del corredor.

Ahora sí.

Una pequeña reacción.

Los dedos se cerraron alrededor de la correa.

—Compatible no significa que ocurriera así.

—No.

—Podía caerse solo.

—Sí.

—Podía haber otra persona.

—Sí.

Aranda hablaba sin presión.

Eso hacía peor cada respuesta.

—Podía ocurrir después de que usted se marchara.

—Sí.

—Pero para eso Leandro tendría que seguir vivo cuando usted salió del corredor.

Raquel levantó los ojos.

—Lo estaba.

—Y la única persona que lo afirma es usted.

—Sí.

—Una persona que necesitaba desesperadamente que mañana no llegara como estaba previsto.

—Eso no significa que lo matara.

—No.

—Una persona que estuvo a solas con él donde recibió la lesión.

Raquel tragó saliva.

—Eso tampoco.

—No.

—Una persona que después inventó una escena para colocarlo vivo fuera de ese corredor.

—No inventé nada.

Aranda guardó silencio.

Clara habló más bajo.

—Raquel.

Ella miró hacia Clara.

—¿Por qué el café?

Raquel soltó aire.

—Otra vez no.

—Sí.

—Ya he dicho que me equivoqué.

—¿Por qué ese error?

—Porque había tomado café toda la tarde.

—Uno.

—No importa.

—Importa.

Clara dio un paso.

—Si te hubieras equivocado con el color de su abrigo, no importaría.

Otro.

—Si hubieras dicho que tenía el teléfono en la mano y no lo tenía, podría ser memoria.

Otro.

—Pero elegiste justo la imagen que necesitabas.

Raquel negó lentamente.

—No.

—Una persona haciendo algo cotidiano.

—No.

—Sentada.

—No.

—Tranquila.

—Basta.

—Viva.

—He dicho basta.

La voz fue fuerte.

El Café Aurora quedó inmóvil.

Raquel respiraba rápido.

Clara no dijo nada.

Aranda tampoco.

El silencio hizo lo que ninguna pregunta había conseguido.

Raquel miró alrededor.

Pilar.

Berta.

Ramiro.

Doña Amparo.

La puerta lateral.

La mesa vacía.

Al final, volvió hacia Clara.

—No quería matarlo.

Nadie se movió.

Pilar bajó la mirada.

Berta cerró los ojos.

Ramiro dejó el bolígrafo sobre la mesa.

Aranda habló.

—Siéntese.

Raquel no obedeció.

—No quería.

—Cuéntelo.

—No.

—Raquel.

—No tenía que pasar.

Clara sintió un frío extraño.

No satisfacción.

No alivio.

Solo la sensación de que una figura que habían reconstruido durante dos días acababa de adquirir peso.

Carne.

Movimiento.

Una mano.

Un cuerpo.

Aranda mantuvo la voz baja.

—¿Qué ocurrió?

Raquel miró hacia el corredor.

—Le pedí una semana.

—Sí.

—No quería ni escucharme.

—¿Qué hizo?

—Dijo que ya estaba todo decidido.

Pausa.

—Que por la mañana me quitaría los accesos.

—Sí.

—Que llamaría a los clientes.

—Sí.

—Le dije que no podía hacer eso.

—Y él.

Raquel soltó una risa sin humor.

—Dijo que no era problema suyo.

Eva había contado la misma frase.

Clara la recordó.

Raquel continuó:

—Le dije que había trabajado once años para esa empresa.

—¿Qué respondió?

—Que por eso debería haber sabido mejor lo que hacía.

Silencio.

—Después se dio la vuelta.

Aranda esperó.

—Yo…

Raquel cerró los ojos.

—Le agarré del brazo.

—Con qué intención.

—Que me escuchara.

—Y él.

—Se soltó.

Raquel abrió los ojos.

Ahora miraba hacia ningún sitio.

—Me dijo que no volviera a tocarlo.

Clara sintió que Pilar se acercaba detrás de ella.

No la miró.

—Y entonces.

Raquel tardó.

—Lo empujé.

Aranda no escribió.

—¿Cómo?

—Con las dos manos.

—¿Dónde?

—En el pecho. O el hombro. No sé.

—Fuerte.

Raquel miró al inspector.

—Sí.

La palabra casi no salió.

—Se fue hacia atrás.

—Contra la estantería.

Raquel cerró los ojos.

—Sí.

Nadie respiraba correctamente.

—Oí el golpe.

Su voz cambió.

Menos defensiva.

Más lejana.

—Fue horrible.

Clara miró la puerta lateral.

La estantería.

La esquina.

Hasta hacía dos días solo había servido para guardar detergente.

—Cayó.

Aranda preguntó:

—¿Estaba consciente?

—No sé.

—Lo comprobó.

Raquel abrió los ojos.

—Me agaché.

—Respiraba.

—No sé.

—Raquel.

—No sé.

La voz se rompió por primera vez.

—Había sangre.

Aranda permaneció inmóvil.

—¿Qué hizo?

Raquel se pasó las manos por la cara.

—Nada.

—Llamó a emergencias.

—No.

—Pidió ayuda a Clara.

—No.

—A Eva.

—No.

—A nadie.

Raquel negó.

—Pensé…

Se detuvo.

Clara sabía cuál era la próxima frase antes de que llegara.

—Pensé que si esperaba unos segundos se levantaría.

Nadie la contradijo.

—Pero no se levantó.

Raquel respiró.

—Y entonces entendí.

Aranda preguntó:

—¿Qué entendió?

Ella levantó la cabeza.

—Que se había acabado todo.

La frase era casi idéntica a la de Leandro en la grabación.

Mañana esto se acaba.

Solo que ahora significaba otra cosa.

—¿Cuánto tiempo estuvo en el corredor?

—No sé.

—Varios minutos.

—Sí.

—Después volvió al café.

—Sí.

—¿Por qué no dijo que había ocurrido un accidente?

Raquel miró hacia la mesa donde Eva había trabajado.

—Vi a Eva.

Aranda esperó.

—Seguía con el portátil.

Clara recordó entonces la pregunta exacta que Raquel había hecho al volver del corredor.

—No preguntaste dónde estaba Leandro —dijo—. Preguntaste: “¿Sigues trabajando?”

Raquel la miró.

—Sí.

—Querías saber si Eva seguía allí.

Raquel tardó.

—Sí.

—Con la tarjeta.

Raquel bajó los ojos.

—Leandro se la había dado delante de mí.

—Y había dicho que cerrara la cuenta cuando se fuera.

—Sí.

—No sabías si Eva iba a pagar —dijo Clara.

—No.

—Podía devolvérsela. Podía buscar a Leandro.

—Sí.

—Pero sabías que existía esa posibilidad.

—Sí.

Aranda preguntó:

—¿Fue entonces cuando decidió decir que había visto a Leandro vivo?

Raquel tardó.

—No en ese momento.

—¿Cuándo?

—Cuando volví al café entendí que nadie sabía lo que había pasado.

Respiró.

—Todo seguía igual.

La cafetera. Los clientes. Berta hablando de humedad. Pilar mirando a todo el mundo.

Una noche normal a cuatro metros de un hombre muerto.

—Pensé que si me iba, quizá no lo encontrarían hasta más tarde.

Aranda no apartó la mirada.

—¿Y decidió colocar a Leandro de nuevo en su mesa?

Raquel cerró los ojos.

—Sí.

—Antes de saber si Eva había cerrado la cuenta.

—Sí.

Clara comprendió por fin la diferencia.

Raquel había inventado el avistamiento para separarse del corredor. El pago no había creado la mentira; simplemente había acabado encajando con ella.

—Necesitabas que Leandro siguiera vivo después de ti —dijo Clara.

—Sí.

—Y cuando apareció el pago, todo pareció todavía mejor.

Raquel abrió los ojos.

—Sí.

Una confesión pequeña.

La peor.

Aranda preguntó:

—¿Y por qué elegiste precisamente el café?

Raquel miró a Clara.

Esta vez la respuesta fue casi una disculpa.

—Porque siempre tenía uno delante.

Clara negó.

—No siempre.

Raquel bajó la cabeza.

—Ya lo sé.

—Ahora.

—Ahora.

Pilar se volvió hacia el fregadero.

Clara vio que se secaba los ojos antes de que pudiera decidir si realmente estaba llorando.

Aranda se acercó a Raquel.

—Voy a pedirle que me acompañe.

Raquel miró al inspector.

—Estoy detenida.

—Sí.