La cuenta de las ocho y diecisiete Capítulo 9
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Capítulo 9

La cuenta de las ocho y diecisiete

A las seis y cuarenta y ocho de la tarde, Clara retiró una taza vacía de la mesa junto a la ventana.

La sostuvo durante un segundo.

Blanca.

Pequeña.

Completamente normal.

La llevó al fregadero.

Pilar la observó.

—¿Qué?

—Nada.

—Llevas dos días mirando tazas como si fueran a confesar.

—Las tazas no mienten.

—Porque no saben hablar.

—Ventaja importante.

Pilar miró hacia la puerta.

El Café Aurora estaba abierto, pero las dos mesas más próximas al corredor permanecían vacías.

No había ningún cartel.

No hacía falta.

Los clientes habituales habían aprendido en menos de cuarenta y ocho horas que aquella zona podía implicar preguntas policiales, fotografías o una conversación con Ramiro sobre normativa comunitaria.

Las tres posibilidades resultaban disuasorias.

Berta estaba sentada junto a la pared.

Ramiro a su lado.

Doña Amparo ocupaba su mesa habitual.

Migas dormía debajo del radiador, ajeno a la diferencia entre un asesinato y un martes.

Aranda estaba de pie junto a la barra.

Esperando.

—Llegará —dijo Clara.

—No he dicho que no.

—Lleva mirando la puerta seis minutos.

—Estoy trabajando.

—Desde aquí parece esperar.

—Las dos cosas son compatibles.

Pilar levantó una ceja.

—Otra vez compatible.

Aranda la ignoró.

La campanilla sonó.

Todos miraron.

Era un hombre con una bolsa de farmacia.

Se detuvo.

—¿Está abierto?

Clara miró a Aranda.

Después al hombre.

—Sí.

—Parece que no.

—También estamos trabajando en eso.

El hombre pidió un café con leche.

Se sentó lejos.

A las seis y cincuenta y cuatro volvió a sonar la campanilla.

Esta vez era Raquel Nalda.

Entró sin paraguas.

No llovía.

Llevaba un abrigo oscuro y el cabello suelto.

Por primera vez desde que Clara la conocía, parecía una persona que no había decidido antes de salir de casa cómo quería ser vista.

Aranda se acercó.

—Gracias por venir.

Raquel dejó el bolso sobre una silla.

—Me dijeron que no era una detención.

—No lo es.

—Entonces espero que esta vez sea verdad lo de las cinco preguntas.

Pilar miró a Clara.

Clara negó ligeramente.

Ni una palabra.

Aranda señaló una mesa.

—Siéntese.

Raquel miró alrededor.

—¿Delante de todos?

—Podemos cerrar el café.

—No.

La respuesta salió rápida.

—Aquí está bien.

Clara comprendió.

Cerrar el Café Aurora convertiría aquello en otra cosa.

Una sala.

Un interrogatorio.

Una acusación.

Raquel todavía quería que pareciera una conversación.

Se sentó.

Aranda ocupó la silla frente a ella.

Clara permaneció detrás de la barra.

No porque quisiera escuchar.

A esas alturas nadie habría creído eso.

Aranda abrió una carpeta.

—Voy a repasar algunos horarios.

Raquel soltó aire.

—Ya lo hemos hecho.

—Una vez más.

—¿Por qué?

—Porque algunas cosas han cambiado.

—La hora de la muerte.

—No.

Raquel pareció sorprendida.

Aranda continuó:

—Seguimos sin tener una hora exacta.

—¿Entonces qué ha cambiado?

—Lo que significa cada hora.

Clara dejó de secar una taza.

Raquel la miró.

Después volvió al inspector.

—Empiece.

Aranda colocó una hoja sobre la mesa.

No era la cronología de Ramiro.

Era mucho más sencilla.

Una columna.

Horas.

Hechos.

—A las seis y treinta y cinco, Leandro llega aquí con Eva.

—Sí.

—A las seis y cuarenta y uno abre una cuenta.

—No estaba dentro.

—No importa.

—¿Entonces para qué me lo cuenta?

—Porque importa después.

Raquel cruzó las manos.

Aranda siguió.

—A las seis y cuarenta y cinco, usted entra por primera vez.

—Sí.

—Llega antes de la reunión.

—Sí.

—Leandro le dice que vuelva a la hora acordada.

—Sí.

—Mientras está aquí, entrega una tarjeta a Eva Ferral.

Raquel no respondió.

—Le dice: “Cuando te vayas, cierra mi cuenta.”

Silencio.

—Eva confirma que usted estaba suficientemente cerca para oírlo.

—Eva puede decir lo que quiera.

—Clara también la vio.

Raquel miró hacia la barra.

Clara sostuvo la mirada.

—Yo te vi entrar —dijo—. No sé exactamente cuánto oíste.

Aranda añadió:

—Pero ya no estamos hablando de una mujer bajo un toldo viendo algo a través de un cristal.

Raquel volvió hacia él.

—De acuerdo. Estaba dentro.

—Entonces sabía que Eva tenía la tarjeta.

—Sabía que podía tenerla.

—Y sabía para qué se la había dado.

Pausa.

—Probablemente.

Pilar hizo un movimiento mínimo.

Aranda no.

—Bien.

Escribió algo.

—A las siete y treinta y cinco, usted vuelve.

—Sí.

—A las siete y treinta y nueve entra en el corredor con Leandro.

—Sí.

—Discuten.

—Sí.

—Sobre la empresa.

—Ya se lo he contado.

—No todo.

Raquel apretó ligeramente la mandíbula.

Aranda abrió otra hoja.

—Leandro había descubierto que usted compartía información comercial con una empresa competidora.

—No voy a volver a discutir esa interpretación.

—No hace falta.

—No era información confidencial en el sentido…

—Raquel.

Era la primera vez que Aranda utilizaba su nombre.

No señora Nalda.

Raquel.

Ella se calló.

—Leandro pensaba apartarla de la gestión al día siguiente.

—Pensaba.

—Había preparado instrucciones.

—No las había enviado.

—Iba a hablar con un abogado.

—Eso dijo.

—Y con tres clientes.

Raquel apartó la mirada.

Aranda continuó:

—Clientes cuyos datos usted había compartido con la competencia.

—Contactos.

—Y condiciones.

—Rangos.

—Y fechas de renovación.

Raquel no respondió.

—Usted sabía que si Leandro hablaba con ellos antes de que pudiera explicarse, su salida de la empresa podía convertirse en otra cosa.

—No sé qué quiere decir.

—Sí lo sabe.

Silencio.

Clara observó las manos de Raquel.

No temblaban.

Eso no significaba nada.

Berta habría dicho que una mano estable no era una categoría probatoria.

Y probablemente tendría razón.

Aranda guardó las hojas comerciales.

—A las siete y treinta y ocho, Leandro le envía un mensaje.

Raquel levantó los ojos.

—“Cinco minutos. Después me voy.”

No respondió.

—Un minuto después entran juntos en el corredor.

—Sí.

—Ahora necesito que me cuente otra vez qué ocurre allí.

Raquel respiró lentamente.

—Hablamos.

—Discuten.

—Sí.

—Usted le pide tiempo.

—Sí.

—Una semana.

—Sí.

—Él se niega.

—Sí.

—Le dice que se ha terminado.

Raquel miró la mesa.

—Sí.

—Después.

—Ya se lo he dicho.

—Dígamelo otra vez.

Raquel tardó.

—Me fui.

—No.

Ella levantó la cabeza.

—¿Qué?

—No le he preguntado qué hizo después de la conversación. Le he preguntado qué ocurrió después de que Leandro dijera que se había terminado.

Raquel lo miró.

—Nada.

Aranda no escribió.

—Nada.

—No.

—Entonces salieron separados.

—Sí.

—¿Quién salió primero?

Pausa.

—Yo.

—Eso no fue lo que dijo antes.

Raquel frunció el ceño.

—¿Qué dije?

Aranda consultó la declaración.

—Que volvió al café y que Leandro se quedó “un momento”.

Raquel soltó aire.

—Eso. Yo salí primero.

—Y él se quedó.

—Sí.

—Vivo.

—Sí.

—Completamente consciente.

Raquel miró a Clara.

Después a Pilar.

—Sí.

Aranda cerró la carpeta.

—Bien.

Aquella palabra sonó distinta.

No aprobatoria.

Definitiva.

—Aproximadamente a las siete y cincuenta, usted vuelve al café.

—Sí.

—Sola.

—Sí.

—Cuatro minutos después se marcha.

—Sí.

—Y entre ambas cosas afirma volver a ver a Leandro.

—Sí.

—En su mesa.

—Sí.

—Mirando el teléfono.

—Sí.

—Removiendo café.

Raquel cerró los ojos.

Solo un instante.

—Ya hablamos de eso.

—Sí.

—Me equivoqué con el café.

—Eso dijo.

—Entonces no entiendo por qué seguimos.

Aranda miró hacia Clara.

No fue una señal teatral.

No hizo falta.

Clara dejó el paño sobre la barra.

Se acercó.

Raquel la observó.

—¿Qué?

Clara se sentó en la mesa de al lado.

No frente a ella.

A un lado.

—No creo que te equivocaras con el café.

Raquel sonrió sin humor.

—Claro.

—Creo que necesitabas el café.

—¿Qué significa eso?

Clara señaló la mesa donde Leandro había pasado la tarde.

Ahora no la ocupaba nadie.

—Si hubieras dicho solamente que viste a Leandro allí, tu recuerdo habría sido una frase.

Raquel no respondió.

—Pero dijiste algo concreto.

Clara hizo un pequeño gesto con la mano.

—Teléfono.

Otro.

—Cucharilla.

Otro.

—Café.

—Porque creí verlo.

—No.

La palabra salió más dura de lo que Clara esperaba.

Raquel la miró.

—A las siete y treinta y uno retiré la única taza de Leandro.

—Ya lo sé.

—Te preguntamos si podía haber otra.

—Y dije que quizá me había equivocado.

—Pilar no sirvió otra.

Pilar levantó una mano.

—Confirmo.

Aranda la miró.

La bajó.

Clara continuó:

—No hay otro café en la comanda.

—También lo sé.

—No hay pedido anulado.

—Lo sé.

—Los clientes próximos no recuerdan dejar ninguna taza en esa mesa.

—Entonces confundí una taza.

—No.

Raquel se inclinó hacia atrás.

—No puede decirme qué recuerdo.

—No.

Clara asintió.

—Pero puedo decirte qué había en mi café.

Silencio.

—Y no había una taza.

Raquel la sostuvo con la mirada.

Clara siguió:

—La parte más importante de tu declaración no es que vieras a Leandro.

—¿Entonces qué?

—Que necesitabas que nosotros lo viéramos contigo.

Raquel frunció el ceño.

—Eso no significa nada.

—Sí.

Clara señaló la mesa vacía.

—Un hombre sentado sin hacer nada puede ser una impresión. Una silueta. Una confusión.

—No lo confundí.

—Por eso le diste detalles.

Raquel abrió la boca.

Clara no la dejó interrumpir.

—Lo pusiste mirando el teléfono. Lo pusiste removiendo un café. Construiste una escena tan normal que nadie tenía motivo para cuestionarla.

Aranda permanecía en silencio.

Aquello era de Clara.

No porque él no pudiera verlo.

Porque Clara conocía la taza.

—Y funcionó —dijo.

Raquel soltó una risa corta.

—No sé de qué habla.

—Funcionó.

Clara señaló el terminal.

—Porque veinticinco minutos después ocurrió otra cosa completamente normal.

Raquel dejó de sonreír.

—Eva cerró la cuenta.

Clara continuó:

—A las ocho y diecisiete.

Nadie en el café hizo ruido.

Incluso el cliente de la farmacia miró hacia ellos y después decidió que su café era extraordinariamente interesante.

—Un pago aprobado —dijo Clara—. Con la tarjeta de Leandro. Después de que tú afirmaras haberlo visto vivo.

Raquel miró a Aranda.

—Ya saben que pagó Eva.

—Sí —dijo el inspector.

—Entonces esa hora no tiene nada que ver conmigo.

—Exactamente —respondió Clara.

Raquel volvió hacia ella.

Aquello sí la había sorprendido.

—Ese fue nuestro error.

Clara miró el terminal.

—Pensamos demasiado tiempo que las ocho y diecisiete pertenecían a Leandro.

Pausa.

—No pertenecían.