Capítulo 8 #3
Leandro había hablado con el despacho a las 19:21.
—Antes de Iria —dijo Clara.
—Sí.
—Y después.
—Nada.
—¿Ninguna llamada?
—Ninguna saliente.
—¿Mensajes?
—No después de las siete y treinta y ocho.
—¿Qué mensaje?
Aranda miró.
—A Raquel.
Clara dejó la taza.
—¿Qué decía?
—“Cinco minutos. Después me voy.”
Silencio.
Pilar, que estaba demasiado cerca para no oír, dijo:
—Eso sí parece importante.
Aranda le mostró a Clara la hora.
19:38.
Un minuto antes de entrar en el corredor.
—Entonces él esperaba irse —dijo Clara.
—Sí.
—No esperaba quedarse trabajando.
—Parece que no.
—¿Eva sabía?
—No.
—Por eso pensó que seguía ocupado.
—Sí.
Clara volvió a mirar la secuencia.
19:38.
Cinco minutos. Después me voy.
19:39.
Entra con Raquel.
19:50.
Raquel vuelve sola.
19:54.
Raquel se marcha.
20:17.
Eva paga la cuenta siguiendo una instrucción anterior.
La historia se limpiaba.
No porque aparecieran cosas nuevas.
Porque empezaban a desaparecer las cosas que nunca habían significado lo que todos habían supuesto.
—Inspector.
—¿Qué?
—Tache el pago otra vez.
Aranda la miró.
—Ya está tachado.
—Quiero decir de verdad.
—Es evidencia.
—No del momento de la muerte.
—No.
—Entonces durante cinco minutos, olvidémoslo.
Aranda dejó el bolígrafo.
—Bien.
Clara miró a los demás.
—Olvidad las ocho y diecisiete.
Pilar pareció físicamente incapaz.
—El libro se llama…
Clara la miró.
Pilar se detuvo.
—Nada.
—No hay pago —continuó Clara—. No hay mensaje de Eva. No hay cadáver encontrado a las ocho y veintinueve.
Ramiro frunció el ceño.
—Eso ocurrió.
—Lo sé. Solo sácalo de la reconstrucción.
—Vale.
—¿Qué tenemos?
Berta respondió:
—A Leandro entrando en el corredor con Raquel.
—Sí.
—Raquel vuelve sola.
—Sí.
Ramiro añadió:
—Leandro no aparece saliendo del Portal 7.
—Sí.
Pilar:
—Raquel dice que volvió a la mesa.
—Sí.
Clara señaló:
—Pero nadie más lo confirma.
—Sí.
—Y su descripción tiene un café que no existía.
Silencio.
Aranda completó:
—Y tenemos un motivo grave e inmediato.
Clara asintió.
—¿Qué cambia cuando devolvemos las ocho y diecisiete?
Nadie respondió al principio.
Después Berta lo hizo.
—Nada.
Clara miró a Aranda.
Él sostuvo su mirada.
—Exactamente.
Pilar se inclinó hacia atrás.
—Joder.
Ramiro señaló la hoja.
—El pago no cambia ninguna acción anterior.
—No.
—No demuestra que Leandro hiciera nada.
—No.
—Solo que Eva tenía una tarjeta y cumplió una instrucción.
—Sí.
Berta miró el reloj.
—Entonces llevamos todo este tiempo utilizando una acción de Eva como si fuera una acción de Leandro.
Clara sonrió ligeramente.
—Sí.
Pilar miró hacia el terminal.
—Pobre máquina.
Todos la miraron.
—¿Qué? La hemos acusado de resucitar gente.
Aranda guardó algunas hojas.
—Ahora tenemos una reconstrucción que puedo utilizar.
Clara lo observó.
—¿Para detenerla?
—Para volver a hablar con ella.
—Eso no responde.
—Lo sé.
—Tiene el motivo.
—Sí.
—Tiene la mentira.
—Sí.
—Tiene la escena.
—Sí.
—Tiene que fue la última persona conocida con él.
—Sí.
—Tiene que conocía la tarjeta.
—Sí.
—Y tiene que su historia desplaza artificialmente a Leandro después de la discusión.
Aranda la miró.
—Sí.
Pilar abrió los brazos.
—Pues qué más quiere.
El inspector tardó en responder.
—Que cuando le diga a Raquel Nalda que su historia no funciona, no quede un solo minuto en el que pueda esconderla.
Nadie discutió.
Aranda recogió la hoja.
Clara señaló:
—No se la lleve.
—Es mía.
—La hicimos aquí.
—La policía tiene un concepto distinto de propiedad de las notas de una investigación.
—Berta estaría de mi lado.
Berta pensó.
—Depende de quién compró el papel.
Pilar soltó una carcajada.
Incluso Aranda sonrió brevemente.
Después guardó la hoja.
—Esta tarde quiero que Raquel vuelva.
El humor desapareció.
Clara miró hacia el corredor.
—Aquí.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque fue aquí donde construyó la segunda parte de su historia.
Clara comprendió.
No necesitaban recrear el crimen.
Solo la mentira.
—¿Y si vuelve a decir que se equivocó con la taza?
—Le preguntaremos por todo lo demás.
—Y si insiste en que Leandro estaba vivo.
Aranda se puso el abrigo.
—Entonces tendrá que explicar cómo sabe algo que nadie más puede confirmar.
Caminó hacia la puerta.
Clara lo llamó.
—Inspector.
Él se volvió.
—Todavía no tenemos una hora de muerte exacta.
Aranda la observó.
—No.
—Y quizá nunca la tengamos.
—No con la precisión que usted quiere.
Clara miró la línea imaginaria.
19:39.
Después el espacio vacío.
Después todas las horas que habían confundido.
19:52.
20:17.
20:29.
Negó lentamente.
—No la necesitamos.
Aranda no dijo nada.
Clara señaló la puerta lateral.
—Tenemos la última hora en que sabemos que Leandro Valcorta estaba vivo.
El inspector siguió su mirada.
A las siete y treinta y nueve.
Cuando entró en el corredor con Raquel Nalda.
Todo lo que venía después tenía una fuente.
Raquel.
Una tarjeta que no era suya.
Y una hora que nunca había demostrado lo que todos creyeron que demostraba.
Las ocho y diecisiete no eran la hora de la muerte.
Ni siquiera eran una pista sobre la muerte.
Eran solo la hora que había conseguido que todos miraran en la dirección equivocada.