La cuenta de las ocho y diecisiete Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

La policía había conseguido un informe preliminar del médico forense a primera hora.

Aranda lo había dejado para el final.

Clara comprendió por qué cuando empezó a leerlo.

No solucionaba nada.

—Traumatismo craneoencefálico grave —dijo—. Lesión compatible con impacto contra una superficie rígida. La herida y los indicios del lugar son compatibles con la esquina de la estantería.

Pilar miró hacia el corredor.

—Compatible.

—Sí.

—Ya hablo policía.

—Lo siento.

—Yo también.

Aranda continuó:

—No hay indicios preliminares de un ataque prolongado.

Clara frunció el ceño.

—¿Qué significa?

—No hay señales claras de una pelea larga.

—Entonces una discusión rápida.

—Es posible.

—Un empujón.

—También.

Ramiro levantó un dedo.

—¿Una caída accidental?

Aranda asintió.

—También sería físicamente posible.

Pilar lo miró.

—No ayudas.

—Estoy intentando considerar hipótesis.

—Eso es trabajo del inspector.

Ramiro pareció satisfecho.

—Exacto.

Aranda siguió.

—Y ahora lo importante: no existe una estimación médico-forense suficientemente precisa como para decir “murió a las siete cuarenta y cuatro” o “murió después de las ocho”.

Clara asintió.

Eso ya lo sabían.

—¿Qué sí pueden decir?

—Que nada observado hasta ahora contradice que la muerte ocurriera bastante antes del descubrimiento del cuerpo.

—¿Antes de las ocho?

Aranda la miró.

—Clara.

Ella sonrió.

—Tenía que intentarlo.

—No hay una hora exacta.

—Pero es compatible.

—Sí.

Pilar levantó las manos.

—Entonces llevamos dos días mirando un pago de las ocho y diecisiete como si el cadáver hubiera firmado el recibo.

—Más o menos.

—Eso me ofende profesionalmente.

Clara miró hacia ella.

—Tú cobraste.

—Precisamente.

Berta señaló la línea de 19:39.

—¿Y el corredor?

Aranda volvió al papel.

—La escena física encaja.

—¿Con qué?

—Con que Valcorta sufriera la lesión allí.

—Eso lo sabíamos.

—Ahora tenemos más seguridad de que no fue trasladado después.

Clara levantó la cabeza.

—No movieron el cuerpo.

—No de forma significativa.

—Entonces si murió por el golpe, murió ahí.

—Sí.

—Y no pudo volver al café después.

—Evidentemente.

La palabra quedó.

Era tan obvia que parecía absurda.

Si Leandro había recibido allí el golpe fatal, no había regresado a ninguna mesa.

No había mirado ningún teléfono.

No había removido ningún café.

La única pregunta era cuándo ocurrió el golpe.

Y para eso solo tenían dos historias.

La de Raquel.

Y todo lo demás.

A media mañana, Aranda hizo llamar a Berta y Pilar por separado.

No para interrogarlas.

Para quitarles a ambas la posibilidad de corregirse entre sí.

Pilar protestó.

—¿Por qué no puedo estar cuando hable Berta?

—Porque quiero lo que recuerda usted.

—Pero yo recuerdo mejor cuando Berta se equivoca.

—Precisamente.

Primero Berta.

Aranda señaló un plano sencillo del Café Aurora.

—Cuando Raquel volvió del corredor, ¿dónde estaba usted?

Berta marcó junto a la barra.

—Aquí.

—¿Qué estaba haciendo?

—Hablando con Clara de la humedad.

—¿Vio a Raquel entrar?

—Sí.

—¿Vio a Leandro?

—No.

—¿Podía haber vuelto después sin que usted lo viera?

Berta pensó.

—Sí.

Clara levantó la cabeza.

Aranda también.

Berta explicó:

—Si yo estaba mirando la carpeta o hablando con Clara, alguien podía cruzar detrás.

—Bien.

—Pero…

—¿Qué?

—La mesa de Leandro estaba ahí.

La señaló.

—Si se hubiese sentado, creo que lo habría visto en algún momento.

—Cree.

—Sí.

—No está segura.

—No.

Aranda anotó.

—Eso es todo.

Berta pareció decepcionada.

—¿No quiere preguntarme por la comanda?

—No.

—La miré varias veces.

—Lo sé.

—Puedo recordar…

—Berta.

—Vale.

Salió.

Pilar entró.

—No me ha dicho qué ha contestado.

—Correcto.

—Muy poco colaborativo.

—Siéntese.

Pilar se sentó.

—Cuando Raquel volvió del corredor, ¿dónde estaba usted?

—Por ahí.

Aranda la miró.

—El plano está delante.

—No quiero comprometerme con arquitectura.

—Señale.

Pilar señaló junto a la ventana.

—Aquí o aquí.

—¿Vio a Raquel?

—Sí.

—¿Vio a Leandro?

—No.

—¿Podría haber vuelto sin que usted lo notara?

Pilar pensó.

Esta vez de verdad.

—Sí.

—¿Y sentarse?

Pausa.

—Eso es más difícil.

—¿Por qué?

—Porque llevaba toda la tarde mirando a esa mesa.

—¿Por curiosidad?

—Profesional.

Aranda no reaccionó.

—Vale. Curiosidad.

—¿Podía no haberlo visto?

—Podía.

—Entonces.

—Pero Raquel dice que lo vio a las siete cincuenta y dos.

—Sí.

—Yo salí a recoger dos tazas de la mesa cuatro a las siete cincuenta y uno o cincuenta y dos.

Aranda dejó de escribir.

—¿Cómo sabe la hora?

—El pedido de la mesa cuatro salió a las siete cuarenta y nueve. Lo acabo de mirar.

—Le he dicho que no investigue por su cuenta.

—He mirado mi caja.

—Eso es investigar.

—Es trabajar.

Clara intervino:

—Pilar.

—¿Qué?

Aranda respiró.

—Siga.

—Si Leandro estaba sentado en su mesa, yo pasé a menos de dos metros.

—¿Lo vio?

—No.

—¿Miró directamente la mesa?

Pilar dudó.

—No sé.

—Entonces no puede afirmar que no estaba.

—No.

Aquello pareció molestarla.

—Pero tampoco recuerdo una persona donde ahora me dicen que había una persona.

—Eso ocurre.

—Ya.

Aranda cerró la libreta.

—Gracias.

Pilar se levantó.

—¿Berta ha dicho algo mejor que yo?

—Fuera.

—Eso es un sí.

—Fuera.

Cuando se marchó, Clara miró al inspector.

—No tenemos un testigo que demuestre que Leandro no volvió.

—No.

—Eso me molesta.

—A mí no.

—¿Por qué?

—Porque no necesitamos demostrar una ausencia absoluta.

Clara esperó.

—Tenemos que demostrar que la única evidencia positiva de que regresó procede de una persona cuya descripción contiene una falsedad.

—Raquel.

—Sí.

—Eso sigue sin demostrar el empujón.

—No.

—Pero destruye su cronología.

—Exactamente.

Clara miró la hoja.

Ahí estaba la diferencia.

Hasta entonces habían intentado demostrar:

Leandro murió a una hora concreta.

Pero no necesitaban hacerlo.

Solo necesitaban demostrar:

Raquel mintió para hacerlo parecer vivo después de estar a solas con él.

El resto podía construirse alrededor.

A las doce y cuarto, Aranda recibió una última confirmación.

El abogado de Leandro había enviado la copia de una llamada registrada aquella tarde.

No una grabación.

Solo la hora.