La cuenta de las ocho y diecisiete Capítulo 8
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Capítulo 8

La hora equivocada

A las nueve y cuatro de la mañana, Ramiro Gil colocó siete hojas sobre una mesa del Café Aurora y dijo:

—He intentado no hacer una cronología.

Clara miró las hojas.

—Has fracasado.

—Mucho.

Pilar se inclinó sobre la mesa.

Había columnas.

Flechas.

Horas.

Dos recuadros.

Un sistema de símbolos que Ramiro había explicado en una esquina y que nadie había solicitado.

—¿Qué significa el triángulo? —preguntó.

—Testimonio confirmado por dos fuentes.

—¿Y el círculo?

—Registro objetivo.

—¿Y la estrella?

Ramiro tardó.

—Eso no está terminado.

Clara señaló una estrella junto al nombre de Berta.

—Naturalmente.

Berta dejó su bolso en la silla.

—¿Por qué tengo una estrella?

—Porque todavía estoy valorando cómo clasificar las observaciones indirectas.

—Quítamela.

—No tiene sentido modificar el sistema a mitad.

—Ramiro.

—La quitaré.

Aranda entró mientras discutían.

Miró la mesa.

Después a Ramiro.

—Le dije que no hiciera una cronología mientras no hubiéramos terminado las declaraciones.

Ramiro levantó las manos.

—Ya han terminado.

El inspector dejó la carpeta.

—Eso no significa que quisiera una.

—Ayer dijo que reconstruiríamos toda la cronología.

Aranda miró a Clara.

—Esto es culpa suya.

—No recuerdo haber dado una regla a Ramiro.

Pilar levantó una hoja.

—Tiene leyenda.

—Ya la he visto.

—Dos páginas.

Aranda cerró los ojos.

—Vamos a utilizar una sola hoja.

Ramiro pareció sufrir físicamente.

—No cabe.

—Hará que quepa.

—¿Puedo usar el reverso?

—No.

Pilar le puso una mano en el hombro.

—Sé fuerte.

Clara llevó café a la mesa.

Esta vez Aranda no dijo que no.

Eso le preocupó más que si hubiese protestado.

—Bien —dijo él—. Empezamos desde cero.

Ramiro cogió un bolígrafo.

—¿Desde qué hora?

—Desde que Leandro Valcorta llegó.

—Dieciocho treinta y cinco.

—Antes.

Ramiro levantó la cabeza.

Aranda señaló la primera hoja.

—Quiero separar lo que sabemos de lo que creemos saber.

Pilar se sentó.

—Eso suena desagradablemente útil.

—Señora Montes.

—Ya me callo.

No lo hizo.

Pero tardó casi un minuto.

Aranda colocó una hoja en blanco en el centro.

Escribió:

18:35

—Valcorta entra en el Café Aurora.

—Con Eva —dijo Clara.

—Sí.

—Cámara exterior —añadió Ramiro.

Aranda escribió una pequeña marca.

—Confirmado.

Debajo:

18:41

—Pedido.

Clara recitó:

—Café solo, tostada con tomate, botella de agua.

—Cuenta abierta.

—Sí.

Aranda escribió.

18:45

—Raquel Nalda aparece por primera vez.

Pilar levantó un dedo.

—Entra.

—Sí.

—Importante.

—Ya lo sabemos.

—Solo quería que quedara bien escrito.

Ramiro miró el papel.

—En mi versión está en negrita.

Aranda no respondió.

—Raquel entra unos segundos —continuó—. Eva y Clara coinciden en que estaba suficientemente cerca cuando Valcorta entregó la tarjeta.

—Y Eva confirma que él dijo la frase completa —añadió Clara.

Aranda escribió:

“Cuando te vayas, cierra mi cuenta.”

Pilar miró la línea.

—Qué frase tan normal para haber causado tantos problemas.

—La frase no causó nada —dijo Aranda.

—Ya.

—No.

—Vale.

18:52–19:02

Lorena.

Discusión por precios.

Grabación.

Aranda no añadió más.

19:08–19:18

César.

Reclamación de dinero.

Discusión fuerte.

Amenaza aparente.

Después, estanco y bar.

—Fuera del Portal 7 antes del momento crítico —dijo Clara.

—Probablemente.

—No empiece.

—No voy a eliminar a una persona solo porque esté en un bar a las siete y cuarenta y dos si no tengo una hora exacta de muerte.

Pilar pensó.

—Pero tendría que volver.

—Sí.

—Y las cámaras no lo muestran.

—No.

—Entonces.

Aranda la miró.

—Entonces es muy poco interesante.

—Gracias.

César recibió una línea horizontal.

No una tachadura.

Ramiro observó.

—Eso en mi sistema sería gris.

—No hay colores.

Ramiro miró sus hojas con nostalgia.

Aranda continuó.

19:22

Iria llega.

Discute con Leandro.

19:26

Empieza la llamada a su padre.

—Unos tres minutos —dijo Ramiro.

—Sí.

19:29

Termina.

Iria vuelve al café.

Intercambia unas últimas palabras con Leandro.

—Y sale un minuto después —dijo Clara.

—La cámara exterior la recoge.

Aranda escribió:

19:30

Iria abandona el establecimiento.

Cámara exterior.

Después aparece en la residencia temporal de su padre.

—Bien —dijo Berta.

Aranda levantó la mirada.

—¿Qué?

—No sé. Parece que al menos una parte de la noche está ordenada.

Pilar la señaló.

—Eso es exactamente lo que diría alguien con una carpeta.

Aranda escribió la siguiente hora.

19:31

Clara dejó de sonreír.

—El café.

—Sí.

Pilar miró hacia la cafetera.

El inspector escribió:

Clara retira la única taza. Leandro rechaza otro café.

Debajo:

“No. Agua.”

Nadie hizo ningún comentario.

Aquella línea pesaba más que las anteriores.

Aranda continuó.

19:35

Raquel vuelve.

—Esta vez para la reunión —dijo Clara.

—Sí.

19:39

Raquel y Leandro entran juntos en el corredor.

El bolígrafo de Aranda se detuvo.

—Hasta aquí.

Pilar miró el papel.

—¿Hasta aquí qué?

—Hasta aquí tenemos una cronología compuesta por hechos que no dependen de Raquel Nalda.

Clara observó las líneas.

Era verdad.

La llegada de Leandro.

El pedido.

La tarjeta.

Lorena.

César.

Iria.

La taza.

Raquel.

Todo tenía:

una cámara,

un terminal,

un teléfono,

otra persona,

o varias.

—A las siete y treinta y nueve —dijo Clara— sabemos que Leandro estaba vivo.

—Sí.

—Y que estaba con Raquel.

—Sí.

—Dentro del corredor.

—Sí.

Ramiro acercó el bolígrafo al papel.

—¿Puedo marcar una línea?

Aranda se la quitó.

—No.

—Era solo para separar.

—Precisamente.

El inspector escribió la siguiente entrada.

No puso hora exacta.

Solo:

~19:50

Raquel vuelve sola al Café Aurora.

Clara cruzó los brazos.

—Eso también está confirmado.

—Sí. Por varias personas.

—Pero no sabemos dónde estaba Leandro.

—Correcto.

—Raquel dice que lo había dejado vivo.

—Sí.

—Eso ya depende de Raquel.

Aranda hizo una marca junto a la frase.

—Exacto.

La hoja estaba cambiando.

Hasta las 19:39 todas las líneas eran sólidas.

Después empezaban las palabras:

dice.

afirma.

según.

Aranda escribió:

~19:52

Raquel afirma ver a Leandro sentado en su mesa.

Debajo:

“Estaba removiendo el café.”

Pilar hizo una mueca.

—Y ahí se rompe.

Aranda no la corrigió.

Clara señaló la frase.

—No tenemos otro testigo.

—No.

—No tenemos otro café.

—No.

—No tenemos una cámara interior.

—No.

—No tenemos a nadie que recuerde verlo.

—No.

—Y la única persona que dice que estaba ahí incluye algo imposible en la escena.

Aranda levantó el bolígrafo.

—Algo incompatible con lo que sabemos.

Clara lo miró.

—Un café imposible.

—No empiece usted también.

—Era inevitable.

Pilar sonrió.

Aranda escribió:

19:54:36

Raquel abandona el Café Aurora.

Cámara exterior.

—Y aquí vuelve a aparecer un dato independiente —dijo.

Clara miró la hoja.

Entre 19:39 y 19:54 había quince minutos.

Casi todos pertenecían a Raquel.

La discusión.

La supuesta separación.

El supuesto regreso de Leandro.

Su supuesto café.

Después ella salía.

La cámara podía demostrar que Raquel se marchaba.

No podía demostrar que Leandro seguía vivo cuando lo hizo.

—Siguiente —dijo Aranda.

20:17

Pilar respiró profundamente.

—Aquí viene.

Aranda escribió:

Eva paga la cuenta de Leandro con la tarjeta que él le entregó.

—Hecho objetivo —dijo Ramiro.

—Sí.

—Terminal.

—Sí.

—Cámara exterior poco después.

—Sí.

—Mensaje a las veinte veintitrés.

Aranda escribió:

20:20 aprox. — Eva sale.

20:23 — “He cerrado la cuenta. Mañana te doy la tarjeta.”

—Sin respuesta —dijo Clara.

—Sin respuesta.

Después:

20:29

Ramiro encuentra el cuerpo.

El administrador observó su propio nombre.

—Ese dato es extremadamente sólido.

Pilar lo miró.

—Enhorabuena por encontrar un cadáver con precisión.

—No era eso.

—Sonó bastante parecido.

Aranda dejó el bolígrafo.

—Ahora miren la hoja.

Todos miraron.

Clara no sabía exactamente qué esperaba ver.

La había reconstruido mentalmente muchas veces.

Pero escrita era diferente.

La cronología parecía tener una costura.

A las siete y treinta y nueve.

Antes:

hechos.

Después:

una mezcla de hechos y afirmaciones.

Y en medio, 20:17.

Grande.

Limpio.

Objetivo.

Una cifra perfecta.

La clase de cifra que conseguía que las personas confiaran demasiado.

Aranda señaló.

—¿Cuál es el problema principal de esta cronología?

Pilar respondió:

—Que hay un muerto.

—Además.

Berta habló:

—Que durante casi una hora nadie sabe dónde estaba Leandro.

—Mejor.

Ramiro miró las horas.

—Que el pago parece más preciso que todo lo demás.

Aranda lo señaló.

—Eso.

Clara volvió a mirar 20:17.

La cifra más exacta de la noche.

Y la más inútil para saber si Leandro estaba vivo.

—Es un dato verdadero que responde a la pregunta equivocada —dijo.

Aranda asintió.

—Exactamente.

Pilar miró a Clara.

—Eso ha sonado a algo que vas a repetir al final.

—No empieces.

Aranda cogió otra hoja.

—Vamos a hacer una cosa.

Tachó:

20:17

No borró la línea.

Simplemente trazó una raya sobre ella.

Pilar emitió un pequeño sonido.

—Eso me ha dolido.

—¿Por qué?

—Llevamos dos días viviendo alrededor de esa hora.

Aranda tachó también:

20:23

Después:

20:29

Clara frunció el ceño.

—El cuerpo importa.

—Claro.

—¿Entonces por qué lo tacha?

—No estoy eliminando hechos. Estoy eliminando hechos que ocurrieron después del posible momento de la muerte y que no prueban que Valcorta siguiera vivo.

Volvió a señalar la hoja.

—El pago no prueba vida.

Tachado.

—El mensaje no prueba vida.

Tachado.

—El descubrimiento del cuerpo no prueba cuándo murió.

Tachado.

Quedaban:

19:39.

19:50.

19:52.

19:54.

Pilar miró.

—Eso es mucho peor.

—Sí.

Aranda señaló 19:52.

—Ahora eliminamos lo que sabemos que es falso.

Trazó una raya sobre:

“Estaba removiendo el café.”

—No todo el avistamiento —dijo Clara.

—No todavía.

—Pero el detalle que lo hace concreto.

—Sí.

Ramiro se inclinó.

—Sin el café, Raquel sigue diciendo que lo vio.

—Correcto.

—Pero no hay confirmación externa.

—Correcto.

Berta miró la secuencia.

—Entonces después de las siete y treinta y nueve no hay ninguna prueba independiente de que Leandro estuviera vivo.

Aranda no respondió.

Clara sí.

—No.

Aquello era la frase.

Simple.

Brutal.

Aranda tomó el bolígrafo otra vez.

Dibujó una línea vertical después de:

19:39

—Hasta aquí —dijo—, sabemos.

Señaló el resto.

—Después de aquí, interpretamos.