Capítulo 7 #3
Aranda la miró.
—No lo haré.
Eva salió.
La campanilla sonó.
Clara siguió mirando la puerta.
—Tiene razón.
—Sí —dijo Aranda.
—Eso no significa que no lo hiciera.
—No.
Pilar se acercó.
—Odio cuando los dos hablan como personas razonables.
A las seis, Aranda recibió una llamada.
Escuchó durante casi tres minutos sin interrumpir.
Después dijo:
—Envíemelo.
Colgó.
Clara estaba sirviendo una cerveza.
—¿Qué?
—El abogado de Leandro.
—¿Qué pasa con él?
—Ha encontrado un correo.
—Otro.
—Este sí importa.
Pilar dejó de hablar con un cliente y se acercó demasiado lentamente para fingir que no estaba escuchando.
Aranda abrió el mensaje en el teléfono.
—Leandro escribió ayer a su abogado.
—¿Qué decía?
—Que pensaba apartar a Raquel de la gestión de forma inmediata.
—Eso ya lo sabíamos.
—Siga.
Clara esperó.
—Y que por la mañana llamaría personalmente a tres clientes para informarles de que determinadas condiciones comerciales podían haber sido compartidas con terceros.
—Los mismos clientes que Raquel había enviado a la competencia.
—Sí.
—Entonces no era solo perder el trabajo.
—No.
—Era perder también la posibilidad de irse limpiamente.
—Exacto.
Pilar apoyó ambas manos en la barra.
—Mañana será tarde.
Nadie necesitó explicar la frase.
Aranda guardó el teléfono.
—Ahora tenemos un motivo mucho más claro.
—Y una mentira —dijo Clara.
—Sí.
—Y el corredor.
—Sí.
—Y el conocimiento del pago.
Aranda la miró.
—Del posible pago.
Clara aceptó.
—Del posible pago.
Ramiro apareció desde el Portal 7.
—He estado pensando.
Pilar suspiró.
—Siempre acaba pasando.
Ramiro ignoró el comentario.
—Sobre la tarjeta.
Aranda lo miró.
—¿Qué?
—Todos preguntaban quién podía usarla.
—Sí.
—Pero eso dejó de ser importante cuando Eva admitió que la tenía.
—Correcto.
—Entonces lo importante no es quién podía pagar.
Clara sonrió.
—No.
Ramiro miró a los tres.
—Es quién sabía que alguien pagaría.
Silencio.
Pilar levantó lentamente la mano hacia Clara.
—Te ha robado la teoría.
—Llegó unas dos horas tarde.
Ramiro frunció el ceño.
—No sabía que era una competición.
—Ahora sí.
Aranda tomó una servilleta.
Escribió tres nombres.
LEANDRO.
EVA.
RAQUEL.
La dejó sobre la barra.
—Estas son las personas que sabemos que conocían la instrucción.
Pilar miró.
—Uno está muerto.
—Sí.
—Una hizo el pago.
—Sí.
—Y la otra mintió diciendo que vio al muerto después.
Aranda guardó el bolígrafo.
—Sí.
Berta apareció por detrás.
—Eso parece bastante malo.
—Lo es.
Clara miró los tres nombres.
Era extraño que la solución empezara a parecer más simple a medida que descubrían más cosas.
No había una conspiración.
No había dos tarjetas.
No había un mecanismo oculto.
Leandro había entregado su tarjeta a Eva por comodidad.
Eva había obedecido.
Raquel había escuchado.
Después, en el corredor, algo había ocurrido.
Y cuando volvió sola, ya existía una pieza de futuro que no dependía de ella.
Eva se marcharía.
Eva cerraría la cuenta.
El terminal registraría un pago.
Quizá a las ocho.
Quizá más tarde.
Raquel no podía saber cuándo.
Pero podía saber que probablemente ocurriría.
Y si antes de marcharse dejaba una imagen sencilla de Leandro vivo…
un hombre en su mesa,
un teléfono,
una cucharilla,
un café que no existía…
entonces todo lo que ocurriera después empujaría la muerte lejos del corredor.
Clara miró el papel.
—No planeó el pago.
Aranda negó.
—No.
—Lo aprovechó.
—Eso es lo que tenemos que demostrar.
Pilar señaló la servilleta.
—Pues ahí está.
—Eso es una servilleta.
—Con nombres.
—No es prueba.
—Siempre arruina las cosas buenas.
Clara siguió mirando.
—Nos falta una parte.
Aranda levantó una ceja.
—¿Cuál?
—Saber exactamente qué quería conseguir con la hora.
—Ya lo sabe.
—No.
Clara señaló 20:17, que no estaba escrito pero parecía estar siempre presente.
—Sabemos que quería que Leandro pareciera vivo después del corredor.
—Sí.
—Pero llevamos todo el caso dejando que el pago nos diga cuándo pudo morir.
—Sí.
—Y quizá esa sea la última cosa que tenemos que dejar de hacer.
Aranda guardó la servilleta.
—Mañana reconstruiremos toda la cronología otra vez.
—Desde qué hora.
—Desde antes de que Valcorta llegara.
Pilar hizo una mueca.
—Eso suena largo.
—Lo será.
Clara miró hacia el reloj del Café Aurora.
Marcaba las seis y diecisiete.
La misma hora aproximada en que, el día anterior, había empezado a llover lo suficiente para que todos buscaran refugio.
Veinticuatro horas.
Eso era todo.
Ayer Leandro Valcorta todavía estaba vivo.
Hoy su muerte cabía en tres nombres escritos sobre una servilleta.
Pero Clara sabía que todavía faltaba algo.
No una persona.
No una prueba escondida.
Una hora.
Habían encontrado quién sabía que Eva tenía la tarjeta.
Habían encontrado quién necesitaba que Leandro pareciera vivo después del corredor.
Ahora solo quedaba quitar de la historia todo aquello que había ocurrido después de su muerte y ver qué quedaba.
Y Clara sospechaba que, cuando lo hicieran, las ocho y diecisiete dejarían de parecer el centro del caso.
Para convertirse exactamente en lo que siempre habían sido.
La hora equivocada.