La cuenta de las ocho y diecisiete Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Después dice que lo vuelve a ver sentado en su mesa.

Segunda.

—Y luego, sin que ella tenga que hacer nada, Eva paga la cuenta a las ocho y diecisiete.

Tercera.

Ramiro habló:

—Tres puntos separados.

Aranda lo miró.

—Sí.

Clara continuó:

—Si nadie descubre lo de Eva inmediatamente, la secuencia parece muy simple.

19:52.

Leandro vivo.

20:17.

Su cuenta pagada.

20:29.

Cuerpo encontrado.

Pilar murmuró:

—Parece que murió después de las ocho.

—Exacto.

Aranda levantó la mano.

—Parece.

—Sí.

—No demuestra.

—No.

Clara lo miró.

—Pero Raquel no necesitaba una demostración científica. Necesitaba una historia.

El inspector guardó silencio.

Clara sabía que había llegado a algo porque Aranda dejaba de discutir cuando una idea empezaba a gustarle.

—Una historia que desplaza el momento de la muerte —dijo.

—Sí.

—Y que separa la discusión del cadáver.

—Sí.

Pilar miró hacia la puerta lateral.

—En vez de “entraron juntos y él no salió”, tenemos “discutieron, él volvió, siguió tomando café y después alguien pagó”.

Clara asintió.

—Eso.

Berta frunció el ceño.

—Pero el café no existía.

—Por eso la historia se rompe.

Aranda volvió a abrir la carpeta.

—Hay un problema.

Clara suspiró.

—Siempre.

—Raquel no sabía que la cuenta sería pagada a las ocho y diecisiete.

—No necesita saber la hora.

—Correcto.

—¿Entonces cuál es el problema?

—Que estamos interpretando su mentira a partir de un hecho posterior.

Clara pensó.

—¿Qué quiere decir?

—Raquel pudo inventar que vio a Leandro vivo simplemente para alejar la muerte de la discusión. Y después el pago ocurrió por casualidad.

—Eso sigue encajando.

—Sí.

—Incluso mejor.

—No necesariamente.

Aranda cerró la carpeta.

—Necesitamos distinguir entre lo que Raquel planeó y lo que aprovechó.

Clara recordó la idea inicial.

—No creo que planeara nada.

—Yo tampoco.

Aquello la sorprendió.

—¿No?

—No tenemos ningún indicio de que Valcorta fuera al corredor para morir, ni de que Raquel preparara un método, ni de que manipulara el espacio.

—Entonces.

Aranda miró la puerta.

—Creo que ocurrió algo rápido.

—¿Una pelea?

—Una discusión.

—Un empujón.

—Clara.

—Ya sé.

—No, esta vez no era para corregirla.

Ella esperó.

—Un empujón es compatible.

Silencio.

Pilar se acercó un poco más.

—Lo ha dicho.

—No es una conclusión definitiva.

—Pero lo ha dicho.

Aranda ignoró a Pilar.

—La lesión y la posición del cuerpo son compatibles con una caída contra la estantería.

Clara sintió un pequeño peso en el estómago.

La escena apareció.

Raquel.

Leandro.

Cinco minutos.

Una discusión que llevaba dos días creciendo.

Mañana será tarde.

—¿Y después? —preguntó.

Aranda miró la taza de café.

—Después alguien decidió no pedir ayuda.

Nadie hizo una broma.

Eva Ferral llegó a las cinco menos veinte.

No parecía contenta de volver.

Clara la entendía.

Había lugares que uno podía amar durante años y no querer pisar durante varios días después de encontrar un muerto asociado a ellos.

—El inspector me llamó —dijo.

Aranda señaló una mesa.

—Serán cinco minutos.

Eva miró a Clara.

—Eso dijo Leandro ayer.

Clara tardó un segundo.

Después comprendió.

Cinco minutos.

Raquel también había dicho eso.

Nadie comentó la coincidencia.

Eva se sentó.

Aranda colocó delante de ella una copia de la fotografía de la cámara.

Raquel entrando al café a las 18:45.

—Quiero volver a ese momento.

Eva miró la foto.

—Ya hablamos.

—Sí.

—Raquel entró.

—Sí.

—Valcorta le dio la tarjeta.

—Sí.

—¿Qué dijo?

Eva respondió sin pensar:

—“Cuando te vayas, cierra mi cuenta.”

Clara miró a Aranda.

El inspector no reaccionó.

—¿En voz alta?

—Normal.

—¿Raquel podía oírlo?

Eva observó la fotografía.

—Sí.

—¿Está segura?

—Estaba prácticamente al lado.

—¿Raquel dijo algo?

Eva pensó.

—No sobre la tarjeta.

—¿Qué hizo?

—Dijo que había llegado pronto.

—¿Y Valcorta?

—Le dijo que volviera a la hora acordada.

Clara recordó la corrección que habían hecho en la cronología.

Ahora aquello quedaba limpio.

—¿Cuánto tiempo estuvo?

—Un minuto. Menos.

—¿Tenían una reunión fijada para las siete y media?

—Siete y treinta y cinco.

—¿Sabía usted qué iban a discutir?

Eva miró a Aranda.

—Más o menos.

—Sea más exacta.

Eva soltó aire.

—Leandro me había pedido que preparara una lista de accesos de Raquel.

—¿Qué accesos?

—Correo comercial. CRM. Archivos compartidos. Algunas cuentas de proveedores.

—¿Para bloquearlos?

—Sí.

—¿Cuándo?

—A la mañana siguiente.

—¿Raquel lo sabía?

—No sé cuánto sabía.

—¿Sabía que Leandro había descubierto sus contactos con la competencia?

—Sí.

—¿Sabía que iba a actuar?

—Sí.

—¿Sabía que podía quedarse fuera de la gestión al día siguiente?

Eva miró hacia la ventana.

—Probablemente.

Aranda no corrigió la palabra.

—¿Valcorta pensaba denunciarla?

—Dijo que hablaría con el abogado.

—¿Y avisar a clientes?

Pausa.

—Sí.

—¿Cuáles?

—Los afectados.

—¿Raquel sabía eso?

Eva tardó.

—Lo discutieron por teléfono por la mañana.

Aranda levantó la cabeza.

—¿Usted estaba presente?

—En el despacho.

—¿Qué oyó?

Eva miró sus manos.

—Raquel dijo que si Leandro llamaba a los clientes antes de que ella pudiera explicar lo ocurrido, nadie volvería a contratarla.

Pilar dejó de mover una taza.

Aranda preguntó:

—¿Y Leandro?

—Dijo que eso no era problema suyo.

Clara cerró los ojos brevemente.

Leandro podía conseguir que una frase completamente razonable pareciera una amenaza.

—¿Algo más?

Eva asintió.

—Raquel le pidió hasta el lunes.

—¿Y él?

—Dijo que mañana.

La misma palabra otra vez.

Mañana.

Todo había girado alrededor de un día que Leandro no llegó a ver.

Aranda se inclinó ligeramente.

—Eva. Necesito otra cosa.

—¿Qué?

—Cuando pagó a las ocho y diecisiete, ¿pensaba que ese pago tenía alguna importancia?

Eva frunció el ceño.

—No.

—¿Sabía dónde estaba Raquel?

—Se había ido.

—¿Sabía dónde estaba Leandro?

—No.

—¿Pensó que el pago podía servir para demostrar que seguía vivo?

Eva lo miró como si la pregunta fuera absurda.

—No.

—Bien.

—¿Por qué iba a pensarlo?

—No tenía que hacerlo.

Eva miró a Clara.

—No entiendo.

Clara respondió:

—Porque el pago no era para ti.

Aranda la miró.

Clara corrigió:

—Quiero decir, no tenía otro significado para Eva.

—Exacto.

Eva siguió sin entender.

Aranda recogió los papeles.

—Eso es todo.

—¿Puedo irme?

—Sí.

Eva se levantó.

Antes de salir se detuvo.

—Inspector.

—Sí.

—Raquel no era una mala persona.

Aranda no respondió.

Eva continuó:

—No sé qué pasó ahí dentro. Pero trabajé con ella muchos años.

—Lo sé.

—No era violenta.

—No he dicho que lo fuera.

—Entonces.

Eva buscó las palabras.

—No convierta once años en cinco minutos.