Capítulo 7
Quién sabía
A las cuatro y diez de la tarde, Clara decidió que había tres tipos de clientes peligrosos.
Los que pedían una mesa para seis sin reserva.
Los que decían «solo un café» y sacaban un portátil.
Y los policías que aparecían con una carpeta demasiado gruesa.
Aranda pertenecía al tercero.
Entró en el Café Aurora, dejó la carpeta sobre la barra y miró alrededor.
—¿Está Pilar?
—Sí.
—¿Berta?
—También.
—¿Ramiro?
Clara señaló hacia el Portal 7.
—Por desgracia, el edificio sigue administrado.
—Bien.
—No sé si usaría esa palabra.
Aranda dejó el abrigo en una silla.
—Necesito repasar algo.
Pilar levantó la cabeza desde una mesa.
—¿Hemos vuelto a ser útiles?
—No se entusiasme.
—Demasiado tarde.
Berta estaba junto a la ventana anotando algo en una libreta.
Clara miró.
—¿Qué haces?
—Inventario.
—No preguntaré.
—Has preguntado.
—Me arrepiento.
Aranda abrió la carpeta.
Dentro había copias de correos, impresiones de mensajes, un par de fotografías y varios documentos con el logotipo de la empresa de Leandro.
Pilar se acercó.
—Eso tiene aspecto de ser caro.
—¿Qué?
—El papel.
Aranda la miró.
—Es papel normal.
—Pero con abogado detrás.
—No todos los documentos pertenecen a abogados.
Ramiro apareció justo entonces.
—Eso es correcto.
Pilar se volvió.
—Nadie te había pedido confirmación.
—Precisamente por eso era imparcial.
Clara puso cuatro cafés sobre la barra.
Aranda la miró.
—No.
—Este sí.
—No lo he pedido.
—Lleva dos días diciéndolo.
—Y llevo dos días sin pedirlo.
—Eso empieza a ser personal.
Aranda tomó la taza.
—Solo para que deje de hablar del tema.
Pilar señaló.
—Victoria institucional.
El inspector bebió.
No dijo si estaba bueno.
Clara decidió considerarlo una confesión.
—Bien —dijo Aranda—. Ayer encontramos una contradicción importante en la declaración de Raquel Nalda.
Pilar levantó la mano.
—El café fantasma.
—No lo llame así.
—Era un café y no existía.
—Precisamente por eso.
Berta cerró la libreta.
—¿Qué han averiguado de la empresa?
Aranda la miró.
—Más.
—Eso no es una cantidad.
Ramiro asintió.
—Correcto.
Aranda miró a Clara.
—¿Cómo viven ustedes así?
—Con cafeína.
Abrió uno de los documentos.
—Raquel Nalda nos dijo que estaba valorando salir de la empresa y que había hablado con una competidora.
—Sí —dijo Clara.
—No dijo cuánto había hablado.
Pilar se apoyó en la barra.
—Ah.
—Ni qué había compartido.
Clara miró la carpeta.
—¿Qué compartió?
Aranda sacó una hoja.
—Precios.
Otra.
—Contactos.
Otra.
—Fechas de renovación de contratos.
Otra.
—Condiciones que Valcorta había ofrecido a determinados clientes.
Berta frunció el ceño.
—Eso no es explorar opciones.
—No.
—Eso es llevarse la agenda.
—No exactamente.
—Se parece bastante.
Aranda asintió.
—La policía ha hablado con la empresa competidora. Raquel llevaba varios meses manteniendo conversaciones con uno de sus directivos.
Clara dejó de limpiar la barra.
—¿Para irse allí?
—Sí.
—¿La iban a contratar?
—Probablemente.
Pilar miró a Clara.
—Otra palabra de policía.
Aranda siguió como si no la hubiera oído.
—No había contrato firmado. Pero existía una propuesta bastante avanzada.
—¿Y Leandro lo descubrió cuándo? —preguntó Clara.
—El día anterior a su muerte.
—Raquel dijo eso.
—Esa parte era verdad.
—Qué considerado.
—Lo descubrió por error.
Aranda sacó una impresión.
—Una empleada de la empresa competidora respondió a una cadena de correos y dejó copiado a Valcorta.
Pilar hizo una mueca.
—Eso sí es morir por correo electrónico.
Clara la miró.
—Pilar.
—No él. La carrera de Raquel.
—Mejor no arregles la frase.
Aranda continuó:
—El correo hacía referencia a una lista de clientes que Raquel había enviado.
—¿Qué lista? —preguntó Berta.
—Clientes con contratos próximos a renovación.
Berta abrió mucho los ojos.
—Eso es muy feo.
Pilar la miró.
—Ahora ha hablado la ética empresarial.
—Ha hablado una persona que sabe lo que significa una renovación.
Ramiro asintió.
—Son periodos sensibles.
—Gracias —dijo Pilar—. Lo necesitábamos.
Clara miró a Aranda.
—¿Leandro la enfrentó?
—Ayer por la mañana.
—¿Hay pruebas?
—Eva confirma que discutieron en la oficina. Y tenemos mensajes posteriores.
Sacó otra hoja.
Clara no podía leer desde donde estaba.
—¿Entre ellos?
—Sí.
—¿Qué dicen?
Aranda dudó.
Después leyó:
—Raquel: “No hagas nada hasta que hablemos.”
Pasó el dedo.
—Leandro: “Ya hemos hablado.”
Otra línea.
—Raquel: “Te estoy pidiendo un día.”
—¿Y él?
—“No.”
Pilar hizo una mueca.
—Ese hombre tenía poca sensibilidad para los monosílabos.
—No era una conversación sentimental —dijo Berta.
—Precisamente.
Aranda dejó las hojas.
—Después Raquel escribió: “Te veo esta tarde.”
Clara miró hacia la puerta lateral.
—Y vino aquí.
—Sí.
—Primero a las seis y cuarenta y cinco.
—Sí.
—Cuando oyó lo de la tarjeta.
Aranda la miró.
—Llegaremos a eso.
Pilar levantó la mano otra vez.
—Espero que pronto. Es mi parte favorita.
—No debería tener una parte favorita.
—No lo sabe porque no trabaja en hostelería.
Aranda sacó otro documento.
—Valcorta había preparado instrucciones para la mañana siguiente.
Clara frunció el ceño.
—¿Qué instrucciones?
—Bloquear los accesos de Raquel a varias cuentas internas. Retirarla temporalmente de decisiones comerciales. Cambiar contraseñas compartidas. Avisar al despacho jurídico.
Ramiro se inclinó.
—Eso es bastante concreto.
—Sí.
—¿Estaba escrito?
—En un correo programado como borrador. No enviado.
Clara levantó una ceja.
—Entonces no podemos saber si iba a enviarlo.
—No.
—Pero lo había preparado.
—Sí.
Berta preguntó:
—¿Raquel sabía eso?
Aranda cerró la carpeta un poco.
—Sabía que Leandro pretendía actuar al día siguiente.
—Por la grabación de Lorena —dijo Clara.
—Y por sus propios mensajes.
Pilar miró alrededor.
—Entonces sí tenía un motivo de verdad.
Aranda no respondió.
—Inspector.
—Tenía mucho que perder.
—Eso es una forma policial de decir motivo.
—Es una forma precisa.
Clara apoyó los codos en la barra.
—¿Qué podía perder?
Aranda enumeró:
—Su puesto.
—Sí.
—Su participación no desaparecía automáticamente, pero podía quedar fuera de la gestión.
—Sí.
—La empresa competidora podía retirarse si entendía que había un conflicto legal.
—Sí.
—Y Leandro pensaba informar a algunos clientes de que sus datos comerciales podían haber sido compartidos.
Pilar dejó de sonreír.
—Eso la destruía profesionalmente.
Aranda miró la carpeta.
—Podía hacerlo.
Berta habló más bajo.
—Por eso dijo “mañana será tarde”.
Clara recordó la frase.
Raquel de pie junto a la mesa.
Leandro mirando el reloj.
Mañana.
Mañana será tarde.
En aquel momento había parecido una discusión más.
Ahora sonaba distinta.
—Pero eso sigue sin decirnos qué pasó en el corredor —dijo Clara.
—No.
—Ni prueba que lo empujara.
—No.
—Ni que muriera allí mientras ella estaba con él.
—No.
Pilar levantó un dedo.
—Pero ayuda.
Aranda suspiró.
—Sí.
Pilar sonrió.
—Lo ha dicho.
—No abuse.
Clara miró las hojas extendidas.
Todo aquello explicaba por qué Raquel había querido tiempo.
No explicaba todavía la mentira.
O quizá sí.
—Inspector.
—¿Qué?
—La pregunta del pago.
Aranda esperó.
Clara señaló la carpeta.
—Todo esto es motivo. El corredor es oportunidad. El café demuestra que mintió.
—Sí.
—Pero seguimos tratando la tarjeta como otra cosa.
—¿Qué quiere decir?
Clara pensó.
Desde el principio habían hecho la misma pregunta.
Quién pagó.
Después:
por qué Eva tenía la tarjeta.
Después:
si Raquel había visto la entrega.
Pero aquella no era la pregunta correcta.
Lo había sentido desde que descubrieron lo del café.
Ahora podía formularlo.
—¿Quién sabía?
Aranda frunció el ceño.
—¿Quién sabía qué?
—Que la cuenta iba a pagarse.
Pilar dejó la taza.
Berta levantó la cabeza.
Ramiro empezó a acercarse.
Clara señaló hacia él.
—Tú no hagas un esquema todavía.
Ramiro se detuvo.
—No iba a hacerlo.
Nadie le creyó.
Aranda dijo:
—Explíquese.
Clara habló despacio.
—A las seis y cuarenta y cinco, Leandro entrega la tarjeta a Eva y le dice que cierre la cuenta cuando se vaya.
—Sí.
—Eva lo sabe.
—Evidente.
—Leandro lo sabe.
—Sí.
—Y Raquel estaba allí.
Aranda no respondió.
Clara continuó:
—No fuera mirando a través del cristal. Dentro.
—Durante menos de un minuto.
—Pero dentro.
—Sí.
—Lo bastante cerca para escuchar.
Aranda abrió la carpeta.
Buscó una hoja.
—Clara y Eva coinciden en que Raquel entró cuando Valcorta entregó la tarjeta.
—Entonces.
—Eso no demuestra qué oyó.
—Pero sabemos que estaba allí.
—Sí.
—Y después, cuando todo sale mal en el corredor, Raquel recuerda una cosa que ya había visto antes.
Pilar entendió.
—La tarjeta.
Clara asintió.
—No necesita hacer nada con ella.
Aranda la observaba.
—Siga.
—No necesita robarla. No necesita pagar. No necesita decirle nada a Eva.
Pilar abrió lentamente la boca.
—Solo esperar.
Clara miró hacia ella.
—Sí.
—A que Eva hiciera lo que Leandro le había pedido.
—Sí.
Aranda cruzó los brazos.
—Eso supone que Raquel sabía exactamente que Eva pagaría antes de marcharse.
—No exactamente.
Clara negó.
—Sabía que probablemente ocurriría.
—Mejor.
—No podía controlar la hora.
—No.
—Ni podía saber si Eva se iría a las ocho o a las nueve.
—No.
Clara señaló la comanda imaginaria entre ellos.
—Pero no necesitaba controlarlo.
Aranda guardó silencio.
—El pago no forma parte del asesinato —dijo Clara.
Pilar pareció decepcionada.
—Qué poco elegante.
Clara continuó:
—Forma parte de lo que vino después.
Aranda apoyó una mano en la barra.
—Una oportunidad.
—Sí.
—No planificada.
—Sí.
Clara miró hacia la puerta lateral.
—Algo ocurrió en el corredor. Raquel volvió sola. Y entonces sabía que, en algún momento, Eva podía usar la tarjeta de Leandro.
—Eso por sí solo no le daba una coartada.
—No.
—Eva podía no pagar.
—Sí.
—Podía buscar a Leandro antes.
—Sí.
—Podía devolverle la tarjeta.
—Sí.
Clara asintió.
—Por eso Raquel necesitaba otra cosa.
Aranda la miró.
No dijo nada.
Pilar sí.
—El café.
Clara negó.
—No el café.
Pausa.
—La aparición.
Berta frunció el ceño.
—¿Qué aparición?
—Verlo vivo después del corredor.
Clara juntó las piezas con las manos, como si estuvieran sobre la barra.
—Raquel dice que sale del corredor dejando a Leandro vivo.
Primera pieza.