Capítulo 6 #2
—Mi hermano tenía la costumbre de pagar cosas por todos y después recordarlo durante años.
Clara no tocó las monedas.
—Entonces paga.
Iria asintió.
Se levantó.
Antes de salir miró una vez hacia la puerta lateral.
—No lo maté.
Aranda respondió:
—Lo sé.
Iria se detuvo.
Clara también.
El inspector añadió:
—Pero necesitaba comprobar por qué había mentido.
Iria lo observó durante unos segundos.
—Por miedo.
—Casi siempre es por eso.
—¿Y las otras veces?
Aranda miró hacia Raquel, que no estaba allí.
—Por necesidad.
Iria salió.
Pilar dejó el periódico.
—Eso ha sonado importante.
Aranda recogió la taza vacía.
—No lo era.
—Entonces ha desperdiciado una buena frase.
A media mañana, Clara cerró el Café Aurora durante quince minutos.
No consultó a nadie.
Giró el cartel.
CERRADO.
Pilar miró.
—¿Por qué?
—Porque quiero entrar en el corredor sin que alguien pida una tostada.
—Puedo vigilar.
—Eso es exactamente lo que intento evitar.
Berta estaba sentada junto a Ramiro.
Los dos tenían el esquema abierto.
Clara los señaló.
—Vosotros tampoco.
Ramiro parecía herido.
—El plano es correcto.
—Me alegro.
Aranda salió del baño.
—¿Qué ocurre?
—Quiero entender una cosa.
—¿Cuál?
—¿Cómo nadie vio a Leandro durante casi cincuenta minutos?
El inspector miró el cartel.
—No necesita cerrar el café.
—Yo sí.
Entraron.
Esta vez Pilar no los siguió.
Solo porque Clara cerró la puerta detrás de sí.
El corredor estaba más oscuro con la luz del café bloqueada.
Aranda encendió la bombilla.
—Empiece.
Clara se situó junto a la puerta lateral.
—Raquel y Leandro entran aquí a las siete y treinta y nueve.
—Aproximadamente.
—Sí.
Caminó hacia el centro.
—Hablan.
—Eso dice Raquel.
—Leandro no puede confirmarlo.
Aranda no respondió.
Clara señaló la estantería.
—La discusión ocurre aquí o cerca.
—No sabemos exactamente.
—Pero el cuerpo estaba aquí.
—Sí.
—A las siete y cincuenta, Raquel vuelve al café.
—Aproximadamente.
—Sola.
—Eso sí lo vieron varios.
Clara caminó hasta el fondo.
—Si Leandro estuviera vivo, tendría tres opciones.
Aranda cruzó los brazos.
—Dígame.
—Volver al café.
—Sí.
—Seguir hacia el Portal 7.
—Sí.
—Quedarse aquí.
—Sí.
Clara señaló la puerta del fondo.
—No salió del edificio.
—No por la entrada principal.
—No hay otra salida.
—Correcto.
—Entonces o volvió al café o se quedó dentro del Portal 7.
Aranda asintió.
—Eso ya lo sabemos.
—No. Sabemos que podía.
Clara regresó hacia la puerta.
—¿Quién lo vio en el Portal 7?
—Nadie confirmado.
—¿Quién lo vio en el café?
Silencio.
—Raquel.
—Solo Raquel.
—Sí.
Clara apoyó la espalda contra la pared.
—Y Raquel miente sobre el café.
Aranda miró la estantería.
—Sí.
Era la primera vez que lo decía sin matiz.
Clara lo notó.
—Entonces ya sabe.
—Sé que la declaración de Raquel tiene un problema serio.
—Inspector.
—No es lo mismo que probar un homicidio.
—No he dicho eso.
—Lo está pensando.
Clara recordó una frase de César.
—Mi cara habla demasiado.
—En eso se parece a Pilar.
—Retire eso.
Aranda casi sonrió.
Casi.
Se acercó a la estantería.
No cruzó la cinta.
—La lesión nos dice una cosa útil.
—¿Cuál?
—Valcorta no recibió un golpe limpio de frente.
Clara esperó.
—La herida está en una zona lateral y posterior de la cabeza.
—¿Qué significa?
—Que pudo caer hacia atrás o de lado.
—Empujado.
—He dicho pudo.
—Siempre dice pudo.
—Porque esa palabra existe por una razón.
Clara miró la esquina.
—¿Hay señales de pelea?
—No claras.
—¿Nada roto?
—No.
—¿Ropa rasgada?
—No de forma relevante.
—Entonces pudo ser un empujón.
Aranda la miró.
—También pudo tropezar.
—Justo después de discutir con Raquel.
—Sí.
—Y justo antes de que Raquel inventara verlo vivo.
—Sí.
—Y Raquel tenía un motivo.
—Sabemos que tenían un conflicto grave.
—Eso suena a motivo.
—Suena a conflicto grave.
Clara suspiró.
—Debe ser agotador ser usted.
—Lo es.
Pilar golpeó la puerta desde fuera.
—¿Habéis resuelto el asesinato?
Clara cerró los ojos.
—No.
—Entonces tengo dos clientes esperando.
—Cinco minutos.
—Uno quiere tostada.
—Que espere.
—Ha preguntado por qué.
—Dile que estamos revisando una zona auxiliar de tránsito.
Ramiro gritó desde el café:
—No está confirmado que esa sea la clasificación.
Clara miró al techo.
—Voy a vender este edificio.
Aranda abrió la puerta.
—No lo haga antes de que termine la investigación.
Por la tarde llegó el informe preliminar sobre las cámaras.
No era espectacular.
Eso le gustó a Aranda.
—Nada de lo que esperábamos ver aparece —dijo.
Clara estaba colocando croissants en la vitrina.
—Gran frase.
—Valcorta no sale por el portal.
—Ya.
—Raquel sí.
—A las siete y cincuenta y cuatro.
—Siete cincuenta y cuatro y treinta y seis segundos.
Clara levantó la vista.
—No empiece.
—Usted preguntó.
—No he preguntado.
Aranda dejó una fotografía impresa sobre la barra.
Raquel bajo un paraguas beige.
Hora en una esquina.
19:54:36.
—¿Y antes?
—La vemos llegar por primera vez a las seis y cuarenta y cinco.
Clara recordó.
La entrada temprana.
Leandro entregando la tarjeta.
Raquel oyendo:
Cuando te vayas, cierra mi cuenta.
—Entra un momento —dijo Clara.
—Sí.
—Y se va.
—Menos de un minuto después.
—Vuelve a las siete y treinta y cinco.
—Correcto.
Clara dejó los croissants.
—Eso significa que sí sabía lo de la tarjeta.
—Significa que estaba presente cuando Valcorta dio la instrucción.
—La oyó.
—Clara.
—Estaba a dos metros.
—Probablemente.
—Inspector.
—Probablemente.
Clara negó con la cabeza.
—Algún día voy a hacerle decir una frase sin una salida de emergencia.
—No cuente con ello.
Aranda sacó otra hoja.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Eva salió a las ocho y veinte.
—Sí.
—La cámara de la calle la recoge.
—Bien.
—A las ocho y veintitrés envió el mensaje a Valcorta.
—También lo sabemos.
—Su geolocalización y el registro del pago encajan.
Clara esperó.
—Eva deja de ser una hipótesis interesante.
—¿Eso significa que ya no es sospechosa?
—Significa exactamente lo que he dicho.
Pilar apareció detrás.
—Le encanta hacer eso.
Aranda continuó:
—César estaba en el estanco a las siete y veintiséis y después en un bar a las siete y cuarenta y dos.
—¿Un bar?
—Pagó con tarjeta.
Pilar miró a Clara.
—Otra tarjeta resolviendo una vida.
Aranda la ignoró.
—Lorena estaba en su tienda a las siete y veinte. Dos empleados la sitúan allí hasta el cierre.
—Entonces tampoco.
—No de forma absoluta.
—Claro.
—Pero reduce mucho las posibilidades.
—E Iria estaba con su padre.
—Sí.
Clara dejó de ordenar.
—Entonces queda Raquel.
Aranda la miró.
—No funciona así.
—Funciona bastante parecido.
—No basta con eliminar personas.
—Tenemos la mentira.
—Sí.
—Tenemos el motivo.
—Tenemos un conflicto.
—Tenemos que fue la última persona confirmada con él.
Aranda no respondió.
Clara insistió:
—¿Quién vio a Leandro vivo después de entrar en el corredor?
El inspector se quedó inmóvil.
Pilar también.
No había humor en la pregunta.
—Raquel —dijo Aranda.
—Y sabemos que esa parte de su relato es falsa.
—Sabemos que el detalle del café es falso.
—¿Qué queda sin el café?
Aranda tomó la fotografía de Raquel.
No respondió inmediatamente.
Clara sí.
—Nada.
El inspector levantó los ojos.
—Queda su palabra.
—Exactamente.
Clara miró hacia la puerta lateral.
Aquel corredor había parecido durante todo el día demasiado pequeño para contener un misterio.
Quizá porque no lo contenía.
No había puerta secreta.
No había salida invisible.
No había un recorrido complicado.
Leandro entró acompañado.
Raquel volvió sola.
Después, durante cincuenta minutos, nadie vio a Leandro hacer nada.
No habló con nadie.
No salió del edificio.
No volvió a su mesa de una forma que alguien pudiera confirmar.
No utilizó su tarjeta.
No respondió a Eva.
Solo existía una versión que lo mantenía vivo.
Y esa versión necesitaba una taza que ya no existía.
Clara apoyó las manos sobre la barra.
—No desapareció después de las ocho y diecisiete.
Aranda la miró.
—No sabemos aún cuándo murió.
—No.
Clara volvió los ojos hacia el corredor.
—Pero sí sabemos dónde dejamos de tener pruebas de que estuviera vivo.
Pilar habló casi en un susurro.
—Ahí.
Clara asintió.
En la puerta lateral.
A las siete y treinta y nueve.
Cuando Leandro Valcorta entró en el corredor con Raquel Nalda.
Después de eso, todo lo demás dependía de creerle a ella.