La cuenta de las ocho y diecisiete Capítulo 6
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Capítulo 6

El corredor

A las nueve y veinte de la mañana siguiente, Ramiro Gil había conseguido transformar un corredor de servicio en un problema urbanístico.

—No es un pasillo —dijo.

Clara, que llevaba despierta desde las seis, dejó una caja de leche sobre la barra.

—Tiene dos paredes, un suelo y comunica dos sitios.

—Eso no lo convierte técnicamente en pasillo.

Pilar levantó la taza.

—¿Qué le falta?

Ramiro miró hacia la puerta lateral.

—Depende de la clasificación del inmueble.

—Claro.

—Puede considerarse zona auxiliar de tránsito.

—Mucho mejor —dijo Pilar—. Si algún día me asesinan ahí, quiero que conste que morí en una zona auxiliar de tránsito.

Clara cerró la nevera.

—Nadie va a asesinarte.

—Gracias.

—No era consuelo.

El Café Aurora había abierto una hora más tarde de lo habitual.

La policía había levantado el precinto principal al amanecer, aunque el corredor seguía parcialmente restringido. Una cinta estrecha impedía acercarse a la estantería metálica.

Leandro Valcorta ya no estaba allí.

Eso hacía que el espacio pareciera más pequeño.

Y, de alguna manera, peor.

La sangre había sido fotografiada, medida y recogida.

La ausencia no.

Aranda entró desde el Portal 7.

Llevaba el mismo abrigo del día anterior y una carpeta nueva.

Pilar lo miró.

—¿Ha dormido?

—Sí.

—No parece.

—Gracias.

—No era una crítica.

Clara señaló una taza.

—Café.

—No.

—Hoy no hay interrogatorio.

—Precisamente.

Ramiro se acercó.

—Inspector, he estado pensando en el corredor.

Aranda ni siquiera dejó la carpeta.

—Eso me preocupa.

—La circulación.

—También.

—Quiero decir quién puede utilizarlo.

—Lo sé.

Ramiro pareció decepcionado.

—He hecho un esquema.

Aranda cerró los ojos.

—Claro.

Sacó una hoja doblada.

Clara la reconoció.

No porque la hubiera visto antes.

Porque solo Ramiro podía dibujar un plano de un corredor de cinco metros con leyenda, flechas y una escala aproximada.

Pilar se acercó.

—¿Eso es una flecha?

—Indica el sentido habitual de las entregas.

—Las personas pueden caminar al revés.

—No he dicho que no.

—¿Entonces para qué sirve la flecha?

—Para indicar el sentido habitual.

Pilar miró a Clara.

—Esto es lo que ocurre cuando alguien obtiene una regla.

Aranda tomó el papel.

—Déjemelo.

Ramiro se iluminó.

—¿Le sirve?

—Todavía no lo sé.

—Puedo hacer uno mejor.

—No.

—Este no está a escala exacta.

—Señor Gil.

—Entendido.

Aranda guardó el esquema.

—Necesito recorrer el trayecto otra vez.

Miró a Clara.

—Con usted.

Pilar levantó una mano.

—Yo también estaba aquí.

—Precisamente.

—No entiendo.

—Es la primera cosa sensata de la mañana —dijo Clara.

Pilar la ignoró.

Aranda señaló a Ramiro.

—Usted también.

Ramiro asintió.

—Naturalmente.

—No diga eso.

Entraron en el corredor.

Sin el cuerpo, la estantería parecía una estantería.

Eso molestó a Clara.

Había pasado años colocando cajas allí.

Azúcar.

Filtros.

Servilletas.

Detergente.

Nunca había pensado que una superficie pudiera cambiar solo porque alguien hubiese muerto junto a ella.

La cinta policial rodeaba la parte inferior.

En una de las aristas metálicas quedaba una marca oscura que la limpieza todavía no había eliminado por completo.

Clara no la miró mucho.

Aranda sí.

—El golpe fue aquí.

Ramiro se inclinó.

El inspector levantó una mano.

—Sin acercarse más.

—No iba a tocar.

—Bien.

Clara miró la esquina.

Era la misma contra la que el repartidor se había golpeado el codo la tarde anterior.

Nada más.

Una pieza de metal.

—¿Lo mató eso? —preguntó.

Aranda eligió las palabras antes de responder.

—La lesión en la cabeza es compatible con un impacto fuerte contra una superficie rígida de este tipo.

—¿Compatible?

—Sí.

—No es lo mismo que seguro.

—No.

Ramiro miró la estantería.

—Hay sangre.

—Hay indicios que la policía científica ya ha recogido.

—Eso parece bastante seguro.

Aranda lo miró.

—Por eso no trabaja usted conmigo.

Ramiro asintió lentamente.

—Comprendo.

Pilar habría dicho que no.

Clara lo pensó por ella.

—¿Fue una caída? —preguntó.

—Puede ser.

—¿Un empujón?

—Puede ser.

—¿Un golpe con otra cosa?

—No se descarta todavía.

Clara miró al inspector.

—No sabe nada.

—Sé bastante más de lo que le estoy diciendo.

—Eso es irritante.

—Forma parte del trabajo.

Caminaron hacia el fondo.

El corredor tenía una puerta estrecha que daba a una zona común del Portal 7. Desde allí se podía llegar al hall sin atravesar el Café Aurora.

Nada secreto.

Nada difícil.

Una persona podía entrar por la puerta lateral del café y desaparecer del campo visual de Clara en menos de tres segundos.

—Ayer dijiste que después de las siete casi nadie utiliza esto —dijo Aranda.

—Los proveedores no.

—¿Los vecinos?

—Depende.

Ramiro respondió:

—No es un acceso recomendado.

Clara lo miró.

—Lo usas.

—Solo cuando es necesario.

—Ayer lo usaste para ir al cuarto de contadores.

—Era necesario.

—Berta lo usa.

—Berta no debería.

—Pilar.

—Pilar tampoco debería.

—Doña Amparo.

Ramiro frunció el ceño.

—Doña Amparo utiliza cualquier puerta que esté más cerca.

—Entonces mucha gente lo usa.

—Eso no significa que deba.

Aranda tomó nota.

—Bien.

Ramiro pareció ofendido.

—No es bien.

—Para mí sí.

El inspector señaló la puerta del fondo.

—Desde aquí, Valcorta podía llegar al hall.

—Sí.

—¿Y salir a la calle?

—Por la puerta principal del edificio —dijo Clara.

—Sin volver al café.

—Sí.

—¿Alguna cámara?

Ramiro negó.

—Dentro del portal, no.

—¿En la calle?

—La farmacia tiene una.

Clara recordó.

—Y la papelería.

Aranda asintió.

—Ya tenemos imágenes.

Clara lo miró.

—¿Y?

—Valcorta no aparece saliendo por la puerta principal entre las siete y media y las ocho y media.

Aquello cambió el corredor.

Solo un poco.

Clara miró hacia el fondo.

—Entonces no salió.

—Por ahí, no.

—¿Otra salida?

Ramiro respondió antes que Aranda.

—No desde esa zona.

El inspector asintió.

—No hay ninguna salida directa a la calle.

Clara pensó en la versión de Raquel.

Lo vi en su mesa.

Si Leandro no había salido del edificio…

—Podía haber vuelto al café —dijo.

Aranda la miró.

—Podía.

—Pero nadie lo vio.

—Raquel dice que sí.

—Raquel también vio un café que no existía.

Aranda no discutió.

Eso era nuevo.

Iria Valcorta llegó a las diez.

No llevaba abrigo.

El cielo seguía gris, pero había dejado de llover.

Entró en el Café Aurora y se quedó mirando la puerta lateral.

No la mesa donde había estado su hermano.

La puerta.

Clara lo vio.

—¿Café?

Iria negó.

—No.

Después cambió de opinión.

—Sí.

—¿Solo?

—Muy.

Pilar levantó la vista desde el periódico.

—Eso significa que lo estamos haciendo bien.

Iria casi sonrió.

Casi.

Aranda salió del corredor.

—Señora Valcorta.

—Inspector.

—Gracias por volver.

—No parecía opcional.

—No lo era del todo.

Se sentaron.

Clara preparó el café.

Esta vez no hubo ninguna broma sobre cuentas.

Lo dejó frente a Iria.

Ella rodeó la taza con ambas manos.

—Me dijeron que quieren volver a hablar del corredor.

—Sí.

Iria miró a Clara.

—Ya dije que entré.

—Después de negarlo —dijo Aranda.

—Sí.

—Quiero la secuencia completa.

Iria respiró.

—Discutí con Leandro.

—Sobre su padre.

—Sí.

—A las siete y veintiséis aproximadamente entró usted en el corredor.

—Si Clara lo dice.

Clara levantó una ceja.

—Lo digo.

—Entonces a esa hora.

—¿Por qué allí?

—Porque no quería hacer la llamada delante de mi hermano.

—Podía salir a la calle.

—Llovía.

—Podía ir al baño.

—No quería encerrarme en un baño para hablar con mi padre.

Aranda anotó.

—¿Qué le dijo?

Iria miró el café.

—Que iba a sacarlo de donde estaba.

—De la residencia temporal.

—Sí.

—Contra la opinión de Leandro.

—Sí.

—¿Su padre quería salir?

—Sí.

—¿Tiene problemas cognitivos?

Iria levantó los ojos.

—No.

—Necesito preguntarlo.

—Tiene ochenta y cuatro años. Camina mal. Se cansa. Eso no significa que no sepa dónde quiere vivir.

Aranda asintió.

—¿Cuánto duró la llamada?

—Unos tres minutos.

—El registro del teléfono coincide.

Iria asintió.

—Entonces fueron tres minutos.

—Aproximadamente.

Clara miró a Aranda.

—Mucho mejor que contar segundos.

—Los segundos siguen existiendo aunque no los diga.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Iria continuó:

—¿Qué quiere saber?

—Si vio a alguien.

—No.

—¿Oyó algo?

—La cafetera. Gente hablando. Nada especial.

—¿Tocó la estantería?

—No.

—¿Se acercó a ella?

Iria frunció el ceño.

—No sé. El corredor es estrecho.

—¿Vio algo encima?

—Cajas.

—¿La esquina metálica?

—Inspector, llevo toda la vida viendo esquinas.

Aranda dejó de escribir.

—A su hermano lo encontraron muerto junto a esa.

Iria apretó las manos alrededor de la taza.

—Lo sé.

Pausa.

—Por eso mentí.

Clara la miró.

Iria continuó:

—Cuando me preguntaron si había estado ahí pensé exactamente lo que cualquiera pensaría.

—¿Qué?

—Que parecería culpable.

—Eso no suele mejorar cuando se miente.

—Ya me he dado cuenta.

Aranda apoyó el bolígrafo.

—¿Cuándo salió del corredor?

—Después de la llamada.

—Siete y veintinueve aproximadamente.

—Sí.

—¿Vio a Leandro?

—En su mesa.

Clara se tensó.

—¿Seguro?

Iria la miró.

—Sí.

Aranda levantó ligeramente la cabeza.

—Descríbalo.

Iria no entendió.

—¿Qué?

—¿Qué estaba haciendo?

Iria miró hacia la mesa del fondo.

—No sé.

—Piense.

—Estaba sentado.

—¿Con el teléfono?

—Puede ser.

—¿Con café?

Iria miró a Clara.

Después a Aranda.

—No recuerdo ninguna taza.

Clara sintió que algo se aflojaba dentro.

Aranda continuó:

—¿Habló con él después de la llamada?

—Sí. Dije que mañana iría yo.

—¿Y él?

—“Como quieras.”

—¿A qué hora se fue usted?

—Poco después.

—Tenemos una cámara exterior que la sitúa saliendo por la puerta del café a las siete y treinta.

Iria asintió.

—Entonces a esa hora.

—¿Adónde fue?

—A ver a mi padre.

—Llegó a las siete y cuarenta y seis.

—Sí.

—El personal lo confirma.

—Ya se lo dije.

Aranda cerró la libreta.

—Sí.

Iria lo miró.

—Entonces ya no soy sospechosa.

—No he dicho eso.

—Pero estaba a quince minutos de aquí cuando murió.

Aranda mantuvo la expresión neutra.

—No tenemos una hora exacta de muerte.

Iria soltó una risa seca.

—Qué cómodo.

—Para mí no.

—¿Puedo irme?

—Sí.

Iria tomó el café.

Bebió un sorbo.

Después dejó dinero sobre la mesa.

Clara miró las monedas.

—Invita la casa.

—No.

—De verdad.

Iria la miró.