Capítulo 5 #3
Clara se dio cuenta de la ironía y decidió no comentarla.
Aranda se acercó.
—Señora Nalda.
Raquel levantó la cabeza.
—¿Podemos terminar ya?
—Una pregunta más.
—Lleva diciendo eso una hora.
—Entonces una más no hará diferencia.
Raquel lo miró.
—Diga.
Aranda no se sentó.
—Cuando volvió del corredor, usted dijo que vio al señor Valcorta sentado en su mesa.
—Sí.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿No pudo confundirlo con otro cliente?
La expresión de Raquel cambió.
—Era mi socio desde hacía once años.
—Eso no responde.
—No lo confundí.
—¿Dónde estaba usted cuando lo vio?
Raquel miró hacia la puerta lateral.
—Acababa de volver.
—¿Desde aquí?
Aranda señaló un punto junto a la barra.
—Más o menos.
—¿A qué distancia?
—No sé. Cinco metros.
—¿La iluminación era buena?
—Era la misma que hay ahora.
—¿Le vio la cara?
Pausa.
—De perfil.
Clara permanecía detrás de la barra.
No se movió.
Raquel miró hacia ella un instante.
Después regresó a Aranda.
—¿Por qué me pregunta esto otra vez?
—Porque quiero asegurarme de que recuerda la escena.
—La recuerdo.
—Dígamela.
Raquel soltó aire.
—Leandro estaba sentado.
—¿Dónde?
—En su mesa.
—¿Haciendo qué?
Esta vez la pausa fue ligeramente más larga.
No mucho.
Quizá nadie que no esperara aquella respuesta la habría notado.
Clara sí.
—Miraba el teléfono —dijo Raquel.
Aranda esperó.
Raquel añadió:
—Y removía el café.
Nadie habló.
Pilar bajó los ojos hacia la barra.
Berta permaneció inmóvil.
Ramiro miró a Clara.
Aranda continuó con el mismo tono.
—¿Está segura del café?
Raquel frunció el ceño.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque lo vi.
—¿La taza estaba llena?
—No me fijé.
—¿De qué color era?
Raquel abrió la boca.
La cerró.
—Blanca.
Las tazas del Café Aurora eran blancas.
No era una respuesta arriesgada.
—¿En qué mano tenía la cucharilla?
Raquel se tensó.
—No sé.
—Pero recuerda que removía.
—Sí.
—¿Oyó la cucharilla?
—No.
—¿Vio que bebiera?
—No.
Raquel miró alrededor.
—No entiendo qué está haciendo.
Aranda tomó la bolsa transparente con la comanda.
La colocó sobre la mesa.
No se la entregó.
—Esta es la cuenta del señor Valcorta.
Raquel la miró.
—¿Y?
—Un café solo.
—Sí.
—Una tostada.
—Sí.
—Agua.
—No sé qué pidió.
—Un café.
Raquel levantó la vista.
—Ya lo ha dicho.
Aranda señaló a Clara.
—Clara Medina retiró esa taza a las siete y treinta y uno.
Raquel no reaccionó.
O reaccionó demasiado poco.
—Entonces pediría otro.
Clara sintió que el cuerpo se le tensaba.
Aranda no.
—No pidió otro.
—No puede saberlo.
—Sí podemos.
—Quizá se lo sirvieron sin apuntarlo.
Pilar abrió la boca.
Clara le puso una mano en el brazo sin mirarla.
Aranda continuó:
—Nadie se lo sirvió.
—Pues no sé.
—Usted dice que lo vio.
—Lo vi.
—Con una taza.
—Sí.
—Una taza que no estaba allí.
Raquel lo miró fijamente.
—Entonces me equivoco con la taza.
Aranda asintió una vez.
—Puede ser.
La respuesta pareció desconcertarla.
—¿Eso es todo?
—Por ahora.
—Me ha tenido aquí para preguntarme por un café.
—No.
Aranda recogió la comanda.
—La he tenido aquí porque un hombre está muerto.
Raquel se levantó.
—¿Puedo irme?
—Un agente le dirá cuándo.
Ella miró a Clara.
Esta vez no había cansancio en su expresión.
Había otra cosa.
Una evaluación rápida.
Clara la reconoció porque Leandro había hecho algo parecido al entrar aquella tarde.
Personas calculando qué podía costarles otra persona.
Raquel se alejó.
Pilar esperó hasta que estuvo fuera de alcance.
—Se ha equivocado con la taza.
Aranda guardó la comanda.
—Eso dice.
—No se ha equivocado.
—Pilar.
—No.
Clara seguía mirando a Raquel.
—No.
Aranda se volvió hacia ella.
—¿Qué?
—No inventas un café así.
—Las personas completan recuerdos todo el tiempo.
—Sí.
Clara miró la mesa vacía.
—Pero ella necesitaba completar ese.
El inspector no respondió.
—Porque sin la taza solo tenemos a Raquel diciendo que vio a Leandro.
—Seguimos teniendo eso.
—Con la taza tenemos una escena.
Aranda la observó.
Clara continuó:
—Una escena normal. Leandro sentado donde había pasado toda la tarde. Mirando el teléfono. Removiendo un café.
Pilar habló más bajo:
—Vivo.
Clara asintió.
—Vivo.
Berta cerró lentamente su carpeta.
—Pero el café ya no estaba.
Nadie hizo una broma.
Ni siquiera Pilar.
Clara volvió a mirar las tres líneas de la cuenta antes de que Aranda guardara la bolsa.
Café solo.
Tostada.
Agua.
Nada más.
Habían pasado horas preguntándose qué significaba una cuenta pagada a las ocho y diecisiete.
Ahora Clara entendía que quizá habían estado mirando el objeto equivocado.
El pago existía.
La tarjeta existía.
La cuenta existía.
Lo único que no existía era aquello que Raquel Nalda afirmaba recordar con claridad.
Un café.
Un segundo café que nadie había preparado, nadie había cobrado y nadie había servido.
Una taza que Leandro Valcorta no podía estar removiendo a las siete y cincuenta y dos.
Porque Clara se la había llevado veintiún minutos antes.
Raquel no había confundido una hora.
Había descrito una escena que nunca ocurrió.
Y, por primera vez desde que encontraron el cuerpo, Clara dejó de preguntarse cuándo había muerto Leandro.
Empezó a preguntarse por qué Raquel necesitaba que siguiera vivo.