Capítulo 5 #2
—No estoy ayudando a nadie. Estoy intentando destruir una hipótesis antes de utilizarla.
Pilar se calló.
Clara también.
Eso, pensó, era justo.
Aranda señaló la mesa de Leandro.
—¿Había alguna taza cuando encontraron el cuerpo?
—No.
—Eso no importa. La mesa pudo cambiar.
Miró a Clara.
—¿Había otras personas sentadas con él después de las siete y treinta y uno?
—Raquel.
—¿Pidió algo?
Clara pensó.
—No.
Pilar negó.
—Nada.
—¿Eva tenía café?
—No en ese momento —dijo Clara.
—Yo tenía un cortado —dijo Pilar.
Aranda la miró.
—¿Dónde?
—Conmigo.
—Berta.
—No estaba consumiendo nada.
—Ramiro.
—Llegó después.
Aranda escribió algo.
—Bien.
Clara apoyó una mano en la barra.
—No había una taza.
—No parece que la hubiera.
—No es lo mismo.
—Para una investigación, sí.
Clara respiró por la nariz.
—Pero Raquel la recuerda.
Aranda levantó la vista.
Eso era.
No que faltara una taza.
Que alguien afirmara haberla visto.
—Exactamente —dijo Clara—. No dijo solo que vio a Leandro.
Pilar entendió antes de que terminara.
—Le puso un café en la mano.
—No estaba en la mano —dijo Aranda—. Dijo que lo estaba removiendo.
—Peor —respondió Pilar—. Para removerlo tiene que existir.
Berta asintió.
—Es difícil discutir eso.
Ramiro se acercó finalmente.
—¿Qué está pasando?
Pilar respondió:
—Falta un café.
Ramiro miró la cafetera.
—Hay café.
—No ese café.
—¿Cuál?
Berta señaló la comanda.
—El de Leandro.
Ramiro leyó.
—Aquí está.
Pilar cerró los ojos.
—Administrativamente, sí.
—Entonces no falta.
—Físicamente.
Ramiro pensó.
—Ah.
Clara se llevó una mano a la frente.
—No digáis nada a Raquel.
Pilar abrió los ojos.
—No pensaba hacerlo.
Todos la miraron.
—¿Qué?
Aranda recogió la bolsa con la comanda.
—Nadie le hace ninguna pregunta sobre el café hasta que yo lo diga.
—¿Por qué?
—Porque quiero comprobar su declaración original antes de darle la oportunidad de corregirla.
Clara miró a Raquel.
—Ya la repitió dos veces.
—Precisamente.
Aranda pasó páginas de la libreta.
Encontró la primera declaración.
—Aquí.
Leyó en silencio.
Después otra página.
—Y aquí.
—¿Qué pone? —preguntó Pilar.
—Lo mismo.
—¿Café?
—Sí.
Clara sintió un escalofrío pequeño.
No por la palabra.
Por la repetición.
Una persona podía equivocarse con una hora.
Podía confundir cinco minutos.
Podía recordar un teléfono que quizá no estaba.
Pero una taza era una cosa.
Una cosa concreta.
Raquel no había dicho:
creo que estaba en su mesa.
Había construido una imagen.
Leandro sentado.
Teléfono.
Café.
Y el café no existía.
—¿Eso demuestra que lo mató? —preguntó Berta.
Aranda cerró la libreta.
—No.
Pilar pareció frustrada.
—Pero demuestra que mintió.
—Demuestra que su recuerdo contiene algo que, según los registros y ustedes dos, no debería estar ahí.
—Eso es una forma policial de decir que mintió.
—Es una forma policial de no decir más de lo que puedo probar.
Clara siguió mirando a Raquel.
—¿Y por qué inventaría precisamente eso?
Aranda no respondió.
Ramiro sí.
—Porque necesitaba que Leandro estuviera sentado.
Todos se volvieron hacia él.
Ramiro pareció sorprendido de tener público.
—Quiero decir… si dice que lo vio después del corredor, tiene que describir algo.
Pilar lo miró con respeto.
—Ramiro.
—¿Qué?
—Eso ha sido útil.
Él frunció el ceño.
—Suelo ser útil.
—Sí, pero normalmente después de nueve formularios.
Aranda volvió a la mesa.
—Raquel no necesitaba describir nada.
Clara lo siguió.
—Pero lo hizo.
—Sí.
—Y eligió algo que parecía normal.
—Sí.
—Un hombre sentado con un café.
—Clara.
—¿Qué?
—No vaya más rápido que los hechos.
Ella se detuvo.
—No voy rápido.
—Está a punto de decidir por qué mintió antes de que confirmemos que mintió.
—Ya hemos confirmado que no había segundo café.
—Hemos confirmado que no consta que se sirviera uno.
—Inspector.
—Y que ustedes no recuerdan haberlo servido.
—Inspector.
Aranda cerró la carpeta.
—Y personalmente creo que tiene razón.
Clara calló.
Pilar sonrió.
—Eso ha dolido.
—Mucho —dijo Aranda.
—Puede repetirlo.
—No.
Clara cruzó los brazos.
—¿Entonces qué hacemos?
—Primero, comprobar que nadie recogió una segunda taza, que no hubo pedido anulado y que ningún cliente recuerda haber dejado una bebida en esa mesa.
—Eso es absurdo.
—Sí.
—¿Y lo hará?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque cuando vuelva a preguntarle a Raquel por esa taza quiero que no exista ninguna salida razonable.
Clara miró al inspector.
Aquello le gustó.
No se lo dijo.
La comprobación tardó veintisiete minutos.
A Clara le parecieron noventa.
Dos agentes hablaron con los últimos clientes que todavía podían localizar por teléfono.
Nadie había compartido mesa con Leandro.
Nadie le había dejado una taza.
Nadie recordaba verlo volver del corredor.
Ese último dato hizo que Aranda levantara la cabeza.
—Repita.
La agente consultó sus notas.
—Los dos clientes que estaban cerca de la puerta dicen que vieron salir a la señora Nalda, pero no recuerdan al señor Valcorta regresando.
—¿Lo habrían visto?
—Uno dice que probablemente. El otro no está seguro.
—No sirve para excluir.
—No.
—Bien.
Pilar murmuró:
—Qué concepto tan extraño de bien.
La agente continuó:
—No hay anulaciones en la cuenta de Valcorta. Tampoco otro pedido de café asociado a su mesa.
Aranda asintió.
—Gracias.
Clara miró el reloj.
Casi las once y media.
Raquel seguía esperando.
Había pedido agua.
Solo agua.