Capítulo 5
El café que faltaba
Poco antes de las once, Clara descubrió que había una forma de cansancio reservada para las personas obligadas a permanecer despiertas en su propio lugar de trabajo sin poder trabajar.
El Café Aurora seguía cerrado.
La policía había terminado de fotografiar la mayor parte del local, pero todavía quedaban dos agentes entrando y saliendo del corredor.
César había sido autorizado a marcharse después de que confirmaran su parada en el estanco.
Lorena esperaba instrucciones junto a la ventana.
Eva hablaba por teléfono en voz baja cerca de la puerta.
Iria se había ido acompañada por un agente después de ver a su hermano.
Había regresado cinco minutos más tarde con la cara completamente distinta.
Nadie le había preguntado nada.
Raquel seguía allí.
Sentada.
Esperando.
Clara llevaba casi cuatro horas mirando personas esperar.
Empezaba a parecerle una actividad hostil.
—Voy a limpiar la cafetera —dijo.
Aranda levantó la cabeza desde una mesa.
—No.
—No está en el corredor.
—Ya lo sé.
—Entonces.
—Todavía no.
Clara lo miró.
—Inspector, si esa máquina pasa toda la noche con residuos dentro, mañana el homicidio será el segundo problema más grave del edificio.
Pilar levantó un dedo.
—Confirmo.
Aranda cerró la carpeta que estaba leyendo.
—Cinco minutos.
—No necesito permiso para limpiar mi cafetera.
—Acaba de pedírmelo.
—No. Le he informado de mis intenciones.
—Eso es peor.
Clara encendió el ciclo de limpieza.
La máquina respondió con un gruñido profundo.
Ramiro, que había conseguido permanecer callado durante casi nueve minutos, miró hacia el corredor.
—Desde ahí se oye perfectamente.
Clara se volvió.
—¿Qué?
—La cafetera.
—Sí.
—Lo dijo Iria.
—Ya.
Ramiro asintió.
—Solo confirmaba.
Pilar estaba ordenando sobres de azúcar en grupos de cinco.
Clara la observó.
—¿Qué haces?
—No puedo cerrar.
—Eso no responde.
—Necesito que algo tenga sentido.
Berta apareció desde el Portal 7.
Había conseguido subir a su apartamento, cambiarse los zapatos y volver con otra carpeta.
Clara la vio y señaló inmediatamente.
—No.
Berta se detuvo.
—¿Qué?
—Otra carpeta no.
—Esta es mía.
—Eso no mejora nada.
—He traído las facturas de la comunidad por si Ramiro necesita comprobar quién tenía acceso al cuarto de contadores.
Ramiro levantó la cabeza.
—Podría ser útil.
Clara los miró a los dos.
—Algún día voy a cerrar este café y abrir una tienda de cosas que no generen documentos.
Pilar pensó.
—Pan.
—El pan genera albaranes.
—Flores.
—Facturas.
—Drogas.
Berta la miró.
—Pilar.
—He intentado ayudar.
Aranda se acercó a la barra.
—¿Siempre son así?
Clara miró alrededor.
—Hoy están bastante contenidos.
El ciclo de limpieza terminó.
Clara retiró el recipiente y empezó a secarlo.
Sobre la barra había quedado una pequeña montaña de cosas que no pertenecían allí: un paquete de guantes de la policía, dos bolígrafos de Ramiro, una servilleta doblada por Berta y una bolsa transparente que contenía la comanda de Leandro.
Clara la miró.
Aranda siguió su mirada.
—No la toque.
—No iba a hacerlo.
—Estaba pensándolo.
—Pensar sigue siendo legal.
—Depende de lo que venga después.
Clara observó las tres líneas visibles a través del plástico.
Café solo.
Tostada con tomate.
Agua.
—¿Por qué está aquí?
—La estaba revisando.
—Ya saben que Eva pagó.
—La cuenta sigue formando parte de la cronología.
Clara secó una taza.
—Todo forma parte de la cronología esta noche.
—Exacto.
—Era una queja.
—Sigue siendo exacta.
Pilar se acercó.
—¿Puedo verla?
—Desde ahí.
Pilar inclinó el cuerpo.
—Café, tostada, agua.
—Sí —dijo Aranda.
—Cuatro euros ochenta.
—Eso no me importa.
Pilar pareció ofendida.
—Era una buena tostada.
—No lo dudo.
—Podría dudar. No la probó.
Clara dejó la taza.
Algo en aquellas tres palabras le molestaba.
No como antes.
No era una sensación vaga.
Era la impresión de que faltaba algo.
Miró hacia la mesa del fondo.
La silla de Leandro seguía ligeramente apartada.
Su maletín había sido retirado por la policía. El abrigo también.
La mesa estaba desnuda.
—¿A qué hora pidió esto? —preguntó.
Aranda consultó una anotación.
—Seis y cuarenta y uno.
Clara asintió.
Lo sabía.
—¿Y no pidió nada más? —preguntó Pilar.
Clara miró hacia ella.
—No.
Pilar se encogió de hombros.
—Pregunto.
—No pidió nada más.
Aranda levantó los ojos.
—¿Está segura?
Clara abrió la boca.
La cerró.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque habría otra línea.
—Podría haberse servido algo sin apuntarlo.
Pilar apoyó las manos en la barra.
—Inspector.
—Es una posibilidad.
—En mi turno no.
Clara la miró.
—Esta tarde yo estaba trabajando.
—Y yo estaba consumiendo con supervisión.
—Eso no es un puesto.
—Debería.
Aranda ignoró la discusión.
—¿Pudo alguien servirle otro café sin registrarlo?
Clara pensó.
—Yo no.
Pilar negó.
—Yo tampoco.
—¿Eva?
—No entró detrás de la barra —dijo Clara.
—¿Otra persona?
—No.
Aranda volvió a mirar la comanda.
—Entonces un café.
—Uno —dijo Clara.
La palabra quedó un momento.
Uno.
Clara miró hacia la cafetera.
Después hacia el fregadero.
Muchas tazas habían pasado por allí durante la tarde.
Cortados.
Cafés con leche.
Dos descafeinados.
El café para llevar de Lorena.
El solo de Leandro.
El solo.
Una imagen apareció con una precisión repentina.
Una taza vacía.
La botella de agua a medias.
Su propia mano recogiendo la porcelana.
—¿Otro?
Leandro mirando el teléfono.
—No. Agua.
Clara dejó el paño.
Pilar la vio.
—¿Qué?
Clara no respondió.
—Clara.
Ella miró a Aranda.
—¿Qué dijo Raquel?
El inspector frunció el ceño.
—¿Sobre qué?
—Cuando aseguró que vio a Leandro después de salir del corredor.
Aranda no contestó inmediatamente.
—Ya la oyó.
—Quiero las palabras.
Él estudió su cara.
Después abrió la libreta.
Buscó una página.
—Dijo que estaba sentado.
—Sí.
—Mirando el teléfono.
—Sí.
Aranda bajó un poco más el dedo.
—Y removiendo el café.
Clara sintió que algo se colocaba en su sitio.
No todo.
Solo una pieza.
Pero encajó con un sonido mental tan limpio que le dio rabia no haberlo oído antes.
Pilar miró a Clara.
Después la comanda.
Después otra vez a Clara.
—Espera.
Berta se acercó.
—¿Qué pasa?
Clara señaló la bolsa.
—Un café.
—Sí.
—Solo uno.
Berta miró a Aranda.
—¿Eso importa?
Clara recordó la hora.
No necesitó comprobarla.
—A las siete y treinta y uno recogí la taza de Leandro.
Aranda dejó de mirar la libreta.
—¿Está segura de la hora?
—Sí.
—¿Cómo?
—Porque Iria acababa de irse. Miré el reloj cuando pasé junto a la mesa.
Pilar empezó a comprender.
—Le preguntaste si quería otro.
Clara la miró.
—Sí.
—Me acuerdo.
Aranda levantó una mano.
—Despacio.
Clara respiró.
—A las siete y treinta y uno, la taza estaba vacía. La retiré.
—¿Y?
—Le pregunté si quería otro café.
—¿Qué respondió?
Clara no dudó.
—“No. Agua.”
Aranda miró la comanda.
Después a Pilar.
—¿Usted recuerda eso?
—Recuerdo a Clara llevarse la taza. Estaba junto a la barra. Y recuerdo que no preparó otro.
—Eso son dos cosas diferentes.
—Entonces recuerdo las dos.
Berta abrió la carpeta que llevaba.
Clara la miró.
—No.
—No voy a hacer nada raro.
—Esa frase nunca ha terminado bien.
—Tengo una foto.
—¿De qué?
—De la humedad.
Pilar la observó.
—No creo que la humedad resuelva esto.
—No. Pero la hice a las siete y treinta y tres.
Aranda estiró la mano.
—Déjeme verla.
Berta buscó en el teléfono.
Mostró la imagen.
Una pared gris.
Una sombra.
Parte de la barra del Café Aurora aparecía desenfocada al fondo, porque Berta había tomado la fotografía desde la puerta del Portal 7.
—¿Qué estamos mirando? —preguntó Pilar.
—La hora —dijo Berta.
En la pantalla:
19:33.
—Dos minutos después —continuó—. Clara está detrás de la barra.
—No demuestra qué hizo a las siete y treinta y uno —dijo Aranda.
—No.
Berta amplió la imagen.
—Pero en el extremo del fregadero hay una taza blanca.
Pilar abrió la boca.
Clara miró.
Era una mancha blanca de pocos centímetros.
Podía ser una taza.
Podía ser cualquier cosa.
—Eso no sirve —dijo Clara.
Berta pareció herida.
—Se ve.
—Se intuye.
Aranda devolvió el teléfono.
—No necesitamos convertir una fotografía de humedad en una prueba forense.
Berta guardó el móvil.
—Solo intentaba ayudar.
Pilar le tocó el brazo.
—Por una vez, la humedad casi lo consigue.
Clara volvió a la comanda.
—No importa la foto.
Aranda asintió.
—Importa saber si hubo un segundo café.
—No lo hubo.
—Eso hay que comprobarlo.
Pilar señaló la caja.
—El terminal guarda los pedidos.
—Ya lo sé.
—Entonces compruébelo.
—Lo haremos.
—Ahora.
Aranda la miró.
—Señora Montes.
—Es mi terminal.
—Precisamente por eso lo revisará un agente.
Pilar miró a Clara.
—Me habla como si yo fuera a añadir un café retroactivamente.
Ramiro levantó un dedo desde su mesa.
—Técnicamente dependería del sistema.
Aranda giró la cabeza.
Ramiro bajó el dedo.
—Nada.
Una agente se acercó al terminal.
Clara le explicó dónde encontrar el historial de consumiciones abiertas y cerradas.
La mujer navegó por las pantallas.
—Valcorta —dijo.
—Ese.
Abrió el detalle.
Tres productos.
Café solo.
Tostada con tomate.
Botella de agua.
Nada más.
—¿Puede haber consumiciones eliminadas? —preguntó Aranda.
La agente miró a Clara.
—Sí —dijo ella—, pero queda registro de anulación.
Buscaron.
Ninguna.
Pilar cruzó los brazos.
—Un café.
Aranda no respondió.
—Dígalo —insistió Pilar.
—¿Qué?
—Un café.
—Un café.
—Gracias.
Clara ni siquiera sonrió.
Miraba a Raquel.
Ella seguía sentada al otro lado del café.
No podía oír la conversación completa. Un agente estaba cerca.
Raquel había mirado hacia ellos un par de veces.
Nada más.
Clara bajó la voz.
—Dijo que lo vio a las siete y cincuenta y dos.
—Aproximadamente —corrigió Aranda.
—Veinte minutos después de que yo retirara la taza.
—Veintiuno.
Clara lo miró.
—Gracias.
—Los minutos importan en este caso.
—No para esto.
Aranda permaneció callado.
Clara continuó:
—No había café.
—Podía tener otra taza.
—¿De dónde?
—Eso estamos intentando determinar.
—No se la servimos.
—Podría haber tomado la de otra persona.
Pilar abrió mucho los ojos.
—¿Por qué iba a robar un café?
—No he dicho que sea probable.
—Entonces deje de ayudar a Raquel.
Aranda la miró.