La cuenta de las ocho y diecisiete Capítulo 4 #2
32%

Capítulo 4 #2

Se sentó.

—Mi hermano está muerto.

Aranda bajó ligeramente el tono.

—Sí.

—Entonces no me haga perder tiempo.

—Necesito saber qué hizo esta tarde.

—Vine a hablar con él.

—Sobre su padre.

Iria miró a Clara.

—¿Todo el mundo escucha aquí?

—No intencionadamente —dijo Clara.

Pilar levantó la mano.

—Yo a veces sí.

Clara la miró.

—Gracias.

Aranda continuó:

—¿Discutieron?

—Sí.

—¿Gravemente?

—Depende de su familia.

—De la suya.

Iria apoyó las manos en la mesa.

—Leandro pagaba parte de los cuidados de mi padre y creía que eso le daba derecho a decidirlo todo.

—¿Usted quería cambiar algo?

—Quería que mi padre siguiera en casa con ayuda.

—¿Y Leandro?

—Quería una residencia privada.

—Discutieron por dinero.

—No.

—Ha dicho que él pagaba.

—Discutimos por poder.

Aranda escribió.

—¿Cuándo se marchó?

Iria tardó.

—Sobre las siete y media.

Clara sintió que algo no encajaba.

No sabía todavía qué.

Aranda levantó los ojos.

—La señora Medina recuerda que usted hizo una llamada en el corredor.

Iria miró a Clara.

—No.

Clara frunció el ceño.

—Sí.

—Llamé fuera.

—Entraste por la puerta lateral.

—No.

Pilar se enderezó.

—Sí entraste.

Iria la miró.

—No me acuerdo.

—Dijiste “sí, papá”.

Iria se quedó quieta.

Aranda dejó el bolígrafo.

—Señora Valcorta.

—No tiene importancia.

—Eso decidiré yo.

Iria respiró lentamente.

—Entré en el corredor.

—¿A qué hora?

—No sé.

Clara respondió:

—Siete y veintiséis aproximadamente.

Iria la miró.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Miré el reloj.

—Claro.

Pilar sonrió.

—Te lo dije.

Clara la ignoró.

Aranda preguntó:

—¿Cuánto tiempo permaneció allí?

—Tres minutos. Quizá cuatro.

—¿Por qué lo negó?

Iria miró hacia la puerta lateral.

—Porque mi hermano ha aparecido muerto ahí.

—Eso no responde del todo.

—Llamé a mi padre.

—¿Y?

—Le dije que yo me ocuparía.

—¿De qué?

Iria apretó la mandíbula.

—De sacarlo de la residencia temporal donde Leandro lo había metido mientras decidían qué hacer.

Silencio.

—Su padre estaba ya en una residencia —dijo Aranda.

—Durante una semana.

—Su hermano no quería que saliera.

—No.

—Y usted le dijo a su padre que lo sacaría sin consultar a Leandro.

—Sí.

—Por eso ocultó la llamada.

—No quería que pareciera que había ido allí a pelear con mi hermano y después me había escondido en el mismo corredor donde lo encontraron muerto.

Pilar murmuró:

—Eso habría parecido bastante mal.

Iria la miró.

—Gracias.

—De nada.

Aranda no sonrió.

—¿Vio algo en el corredor?

—No.

—¿A alguien?

—No.

—¿La estantería?

Iria frunció el ceño.

—¿Qué pasa con la estantería?

—Nada. Le pregunto qué recuerda.

—Cajas. Un cubo. Productos de limpieza.

—¿Había alguien más?

—No.

—¿Leandro entró mientras usted estaba allí?

—No.

—¿Raquel?

—No.

—¿Oyó algo?

—La cafetera.

Clara pensó que aquello era correcto.

Desde el corredor se escuchaba la máquina cuando trabajaba a presión.

Aranda anotó.

—Regresó al café a las siete y veintinueve aproximadamente.

—Puede ser.

—Y se marchó poco después.

—Sí.

—¿Volvió?

—No.

—¿Podemos verificar dónde estuvo después?

Iria miró el teléfono.

—Fui a casa de mi padre.

—¿Dónde está?

Dio la dirección.

—Hay personal.

—Sí.

—Bien.

Iria se levantó.

—Ahora puedo verlo.

Aranda tardó un segundo.

—A su hermano.

Iria asintió.

La dureza desapareció de su cara.

Solo un poco.

—Sí.

Aranda negó con suavidad.

—Aquí no. Cuando terminen en el corredor, un agente la acompañará.

Iria volvió a sentarse sin discutir.

Pilar la siguió con la mirada.

—Esa no lo mató.

Clara se volvió.

—No digas eso.

—Solo digo.

—No sabes.

—Tú tampoco.

—Precisamente.

Pilar miró hacia el corredor.

—Pero se siente distinto.

Clara recogió una cucharilla que llevaba diez minutos completamente limpia.

—Eso no sirve como prueba.

—Menos mal que no soy policía.

Aranda regresó.

—Señora Nalda.

Raquel levantó la cabeza.

Era la última.

Eso parecía darle una ventaja extraña.

Había escuchado, aunque no todos los detalles, cómo los demás admitían haber ocultado cosas.

Se sentó frente al inspector con la misma calma con la que había entrado por primera vez a las siete y treinta y cinco.

—Ya hemos hablado.

—Vamos a hacerlo otra vez.

—De acuerdo.

—Usted era socia de Leandro Valcorta.

—Sí.

—Desde hace once años.

—Sí.

—¿Su relación era buena?

Raquel pensó.

—Profesional.

—Eso tampoco significa buena.

—Funcionaba.

—Hasta hoy.

Raquel mantuvo la mirada.

—Tuvimos una discusión.

—¿Sobre qué?

—Yo estaba valorando salir de la empresa.

—¿Leandro lo sabía?

—Desde ayer.

—¿Cómo se enteró?

—No lo sé. Había hablado con otra empresa.

—¿Competidora?

—Sí.

—¿Para trabajar con ellos?

—Para explorar opciones.

—¿Leandro se enfadó?

—Mucho.

—¿Qué quería usted?

—Tiempo.

—¿Cuánto?

—Una semana.

—¿Y él?

—Dijo que no.

—¿Algo más?

Raquel miró la mesa.

—Que no pensaba esperar.

Aranda escribió.

—¿Qué pasó después?

—Volví al café.

—Él se quedó.

—Un momento.

—¿Vivo?

Raquel levantó la mirada.

—Sí.

—Y después usted afirma haberlo visto otra vez.

—Ya se lo he dicho.

—Aproximadamente a las siete y cincuenta y dos.

—Sí.

—Sentado en su mesa.

—Sí.

—¿Con el teléfono?

—Sí.

—¿Y café?

Raquel tardó apenas una fracción de segundo.

—Sí.

Clara sintió otra vez aquella incomodidad.

No sabía todavía por qué la palabra parecía demasiado nítida.

Aranda anotó.

—¿Por qué no habló con él?

—No quería continuar la discusión.

—Así que lo vio vivo, decidió marcharse y salió a las siete y cincuenta y cuatro.

—Sí.

—Sabía que Eva tenía su tarjeta.

—Sí. Ya se lo he dicho.

—Y sabía que debía cerrar la cuenta cuando se marchara.

—Sí.

—Pero no sabía a qué hora iba a hacerlo.

—No.

Aranda la observó.

Raquel sostuvo la mirada.

No parecía una mujer atrapada.

Parecía una mujer cansada de preguntas.

Eso, pensó Clara, podía ser exactamente lo que era.

Aranda cerró la libreta.

—De momento, espere.

Raquel regresó a su silla.

Pilar se acercó a Clara.

—La más tranquila.

—Eso no significa nada.

—Ya sé.

—¿Entonces por qué lo dices?

—Porque me preocupa que lo más sospechoso que tenga sea estar tranquila.

Berta levantó la vista.

—Eso sería discriminación emocional.

Pilar señaló a Berta.

—Mira quién habla.

—Yo nunca he sido sospechosa por tranquila.

—Porque nunca estás tranquila.

Aranda se volvió hacia ellas.

—Cinco personas.

Todos callaron.

Él miró sus notas.

—Cinco versiones y ninguna completa.

Eva bajó los ojos.

Lorena cruzó los brazos.

César resopló.

Iria esperaba apartada junto a un agente.

Raquel no reaccionó.

Clara dijo:

—Eso ayuda.

Aranda la miró.

—No.

—Ya.

—Una persona que miente no es automáticamente culpable de homicidio.

—Lo sé.

—Esta noche parece necesario repetirlo.

Pilar levantó la mano.

—Yo no he mentido.

Aranda la miró.

—Todavía no le he tomado declaración formal.

Pilar bajó la mano.

—Entonces retiro la afirmación.

La agente que había copiado el archivo de Lorena se acercó.

—Inspector.

Le entregó un auricular.

—La grabación está preservada. Hay un fragmento que debería escuchar.

Lorena se tensó.

Aranda se colocó el auricular.

Durante unos segundos solo cambió la dirección de su mirada.

Después se lo quitó.

—Señora Nalda.

Raquel levantó la cabeza.

—En la grabación, Lorena le pregunta a Leandro por usted.

Raquel no respondió.

Aranda continuó:

—Él dice: «Raquel ha tomado sus decisiones».

Las manos de Raquel permanecieron juntas sobre la mesa.

—Y después añade: «Mañana esto se acaba. Raquel lo sabe».

El café quedó en silencio.

Incluso Pilar.

—¿Qué significa? —preguntó Aranda.

Raquel sostuvo su mirada.

—Que estaba enfadado.

—Eso ya lo sabemos.

—Que quería que resolviéramos nuestra situación al día siguiente.

Aranda guardó el auricular.

Clara recordó cómo Raquel había entrado al café a las siete y treinta y cinco.

Mañana será tarde, había dicho.

Ahora Clara entendía por qué.

Y, por primera vez, la discusión en el corredor dejó de parecer una conversación difícil entre socios.

Empezó a parecer el último lugar donde Leandro Valcorta había tenido algo que quitarle a alguien.