Capítulo 4
Cinco versiones
A las diez y seis de la noche, el Café Aurora había dejado de parecer una cafetería.
Las sillas estaban ocupadas por policías, testigos y personas que no sabían todavía en qué categoría entraban.
La mesa del fondo seguía vacía.
La de Leandro.
Clara había recogido todo lo que la policía le había permitido recoger y dejado exactamente donde estaba todo lo que no le había permitido tocar.
Eso producía un estado intermedio que detestaba: el café no estaba abierto, pero tampoco cerrado.
Nadie consumía, pero las tazas se acumulaban.
Nadie trabajaba, pero todo el mundo parecía ocupado.
Migas había decidido que aquel caos le pertenecía.
Dormía encima de dos cajas de azúcar junto a la pared.
—No puede estar ahí —dijo Berta.
Clara ni siquiera miró.
—Puede.
—Son alimentos.
—Están cerrados.
—Eso no cambia la normativa.
—Esta noche sí.
Berta abrió la boca.
Pilar levantó una mano.
—No discutas con una mujer que tiene un cadáver a cuatro metros.
—No es suyo.
Clara la miró.
Berta cerró la boca.
Aranda apareció desde el corredor con otro agente.
—Las primeras declaraciones de los cinco implicados ya están tomadas. Voy a repasar algunas cosas. Uno por uno.
Ramiro levantó la mano.
—¿En qué orden?
—En el que yo decida.
—¿Por relevancia?
—No.
—¿Cronológico?
—Tampoco.
—Entonces…
—Señor Gil.
Ramiro bajó la mano.
—Entendido.
—No lo parece.
Aranda abrió la libreta.
—Eva Ferral primero.
Las declaraciones formales ya estaban en manos de los agentes. Aquello era otra cosa: Aranda quería volver sobre lo que había quedado incompleto.
Eva se sentó frente a él.
Clara no tenía intención de escuchar, pero el Café Aurora no había sido diseñado para guardar secretos a pocos metros de la barra.
—¿Tenía algún problema con el señor Valcorta? —preguntó Aranda.
Eva tardó.
—No.
El inspector no escribió.
—Inténtelo otra vez.
—No teníamos un problema personal.
—No he dicho personal.
Eva miró hacia el suelo.
—Estaba buscando otro trabajo.
Pilar levantó la cabeza.
Clara la miró.
Pilar hizo un gesto inocente que no engañó a nadie.
Aranda preguntó:
—¿Desde cuándo?
—Unos dos meses.
—¿El señor Valcorta lo sabía?
—No.
—¿Por qué quería marcharse?
Eva se tomó un segundo.
—Porque llevaba cinco años y medio organizando la vida de una persona que pensaba que organizar significaba obedecer.
—Eso suena a problema.
—Suena a trabajo administrativo.
—¿Estaba enfadada con él?
—A veces.
—¿Hoy?
—Hoy no.
—¿Habían discutido?
—No.
—¿Le había anunciado algún cambio?
Eva negó.
—Nada.
—¿Le debía dinero?
—No.
—¿Le había amenazado con despedirla?
—No.
—¿Su marcha dependía de él?
—No.
Aranda escribió.
—¿Tenía motivos para pensar que el señor Valcorta le impediría cambiar de trabajo?
Eva soltó una risa pequeña, sin humor.
—Leandro creía que todo el mundo necesitaba su permiso hasta que descubría que no.
—Eso tampoco responde.
—No. No podía impedirlo.
—¿Por qué no nos dijo antes que estaba buscando otro empleo?
Eva levantó los hombros.
—Porque no pensé que fuera importante.
Desde la barra, Pilar murmuró:
—Frase oficial de la noche.
Berta la oyó.
—Podríamos hacer una lista.
Clara cerró los ojos.
—No.
Aranda también las oyó.
No dijo nada.
Eso era peor.
Eva continuó:
—No quería que lo supiera la empresa antes de tener algo cerrado.
—¿Raquel lo sabía?
Eva miró hacia la otra mesa.
Raquel permanecía sentada, inmóvil.
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
Aranda dejó el bolígrafo un segundo.
—¿Leandro confiaba en usted?
Eva pensó.
—Confiaba en que yo hiciera las cosas.
—No es lo mismo.
—No.
—¿Usted confiaba en él?
Eva miró la mesa vacía del fondo.
—Para algunas cosas.
Aranda anotó.
—De acuerdo.
Eva volvió a su sitio.
Pilar se inclinó hacia Clara.
—La asistente quería irse.
—No significa nada.
—¿He dicho que significa algo?
—Tu cara sí.
—Mi cara hoy trabaja demasiado.
Aranda llamó:
—Lorena Arza.
Lorena había regresado al café acompañada por una agente quince minutos antes.
Seguía llevando la misma ropa.
El pelo se le había secado de manera desigual.
Parecía más irritada que asustada.
Se sentó frente a Aranda.
—Ya le he contado a la agente lo que hablamos.
—Me lo contará a mí.
—Leandro quería subir el precio.
—¿Cuánto?
—Doce por ciento.
—¿Discutieron?
—Sí.
—¿Le amenazó?
—No.
—¿Usted a él?
Lorena abrió mucho los ojos.
—¿Por una caja?
—No sé qué importancia tiene una caja.
—Doce por ciento.
—Eso tampoco responde.
Lorena respiró.
—Le dije que buscaría otro proveedor.
—¿Y él?
—Que hiciera lo que quisiera.
—¿Nada más?
—Nada importante.
Aranda la observó.
—Señora Arza.
—¿Qué?
—Ha mirado tres veces hacia su bolso desde que se ha sentado.
Lorena quedó inmóvil.
Pilar cerró lentamente la boca.
Clara miró el bolso.
Estaba debajo de la silla.
Aranda siguió:
—¿Qué hay ahí?
—Mis cosas.
—Eso suele ocurrir con los bolsos.
—¿Entonces por qué pregunta?
—Porque cada vez que menciono la conversación con Valcorta, usted mira hacia abajo.
Lorena cruzó los brazos.
—No hay nada.
—Bien.
Aranda escribió.
—Entonces pediré que un agente le tome declaración completa sobre la conversación y después podremos…
—La grabé.
El bolígrafo se detuvo.
Silencio.
Pilar se llevó una mano a la boca.
No porque estuviera sorprendida.
Para evitar hablar.
Funcionó aproximadamente tres segundos.
—Claro.
Clara le dio un codazo.
Aranda miró a Lorena.
—¿Grabó la conversación?
—Una parte.
—¿Por qué?
—Porque no me fiaba de lo que había acordado conmigo.
—¿Él lo sabía?
—No.
—¿Dónde está la grabación?
Lorena señaló el bolso.
—En el móvil.
—¿La ha borrado?
—No.
—¿La ha enviado a alguien?
—No.
—¿Por qué dijo que no había nada importante?
Lorena apretó los labios.
—Porque no quiero que todo Valleverde sepa que grabo reuniones comerciales.
Pilar levantó una ceja.
Lorena la vio.
—Ni una palabra.
—No he dicho nada.
—Todavía.
—Eso es difamación preventiva.
Aranda levantó la mano.
—Señora Montes.
Pilar volvió a cerrar la boca.
Aranda pidió el teléfono.
Lorena se lo entregó.
—No la escuche delante de todos.
—Primero necesito conservarla.
—Hay cosas personales.
—La conversación con una víctima de homicidio es relevante.
—No he dicho que no.
—Entonces facilite el acceso.
Lorena desbloqueó el teléfono.
Buscó el archivo.
Aranda lo entregó a la agente.
—Copia íntegra. No reproduzca todavía.
Lorena soltó aire.
—Perfecto.
—Aún no.
—Ya imaginaba.
Aranda siguió:
—¿Escuchó el señor Valcorta alguna llamada después de su reunión?
—No sé.
—¿Conocía a Raquel Nalda?
Lorena miró hacia ella.
—De vista.
Aranda anotó.
—¿Conocía a Raquel?
—De vista.
—¿Sabía que era socia de Leandro?
—Sí.
—¿Hablaron de ella?
Lorena tardó.
Clara lo vio.
Aranda también.
—Señora Arza.
—Una frase.
—¿Cuál?
Lorena miró el teléfono que ahora estaba en manos de la agente.
—Está en la grabación.
—Dígamela.
—No recuerdo exacto.
—Aproximadamente.
—Leandro dijo algo sobre mañana.
—¿Qué?
Lorena negó.
—Prefiero que escuche el audio.
Aranda no insistió.
Eso hizo que la frase pareciera todavía más importante.
Lorena volvió a su silla.
Pilar se acercó a Clara.
—La gente está muy mal organizada.
—¿Por qué?
—Si vas a grabar una conversación, al menos recuerda lo que contiene.
Berta respondió desde otra mesa:
—Para eso se graba.
Pilar la miró.
—No esperaba que estuvieras de su lado.
—Estoy del lado del archivo.
Clara decidió no intervenir.
Aranda llamó a César.
El hombre entró acompañado por un policía.
Ya no llevaba la chaqueta mojada.
Traía otra, negra, que le quedaba peor.
Se sentó sin saludar.
—He venido porque me han dicho que Leandro ha muerto.
—Sí.
—Yo no lo maté.
Aranda abrió la libreta.
—Eso no era una pregunta.
—Pues le ahorro tiempo.
—Normalmente eso produce el efecto contrario.
César cruzó los brazos.
—Ya expliqué que nos vimos.
—Explíquelo otra vez.
—Hablamos de dinero.
—Discutieron.
—No.
Clara levantó la vista.
Pilar también.
Berta dejó de ordenar papeles.
César miró alrededor.
—¿Qué?
Aranda siguió:
—Varias personas escucharon la conversación.
—Estábamos en una cafetería.
—Entonces comprenderá que no pueda decirme que no discutieron.
César se inclinó hacia delante.
—No fue una discusión.
Pilar soltó un bufido.
Aranda la miró.
—No.
—No he dicho nada.
—No era necesario.
César se volvió hacia Pilar.
—¿Qué ha contado?
—Nada todavía.
—Señora Montes.
—Ya.
Aranda regresó a César.
—Usted dijo: “Algún día te vas a quedar solo y nadie va a ayudarte”.
—No era una amenaza.
—Eso también lo dijo antes de marcharse.
—Porque no lo era.
—¿Qué era?
César abrió las manos.
—Una opinión.
—Muy específica.
—Conocía a Leandro.
—Lo bastante para imaginarlo solo.
—Lo bastante para saber que trataba a la gente como piezas.
—¿Estaba enfadado?
—Sí.
—Antes ha dicho que no discutieron.
—Estar enfadado no significa discutir.
—Subió la voz.
—Él también.
—Se levantó.
—Porque me iba.
—La silla casi cayó.
—No cayó.
Aranda anotó.
—¿Le tocó?
—No.
—¿Entró en el corredor?
—No.
—¿Regresó al café después de marcharse?
—No.
—¿Dónde fue?
—A mi casa.
—¿Directamente?
César dudó.
—Paré a comprar tabaco.
—¿Dónde?
Dio el nombre de un estanco.
Aranda escribió.
—Lo comprobaremos.
—Compruébelo.
—Lo haremos.
César miró hacia la puerta lateral.
—¿Cómo murió?
Aranda no respondió.
—Me han dicho que fue un golpe.
—¿Quién se lo dijo?
—La gente habla.
Pilar levantó una mano.
—No fui yo.
Aranda la miró.
—Nadie le ha preguntado.
—Por eso lo aclaro.
César negó con la cabeza.
—Este pueblo es imposible.
Doña Amparo habló desde su mesa.
—Y aún no conoce la mitad.
César la miró.
—¿Quién es usted?
—Alguien que no te debe dinero.
El hombre decidió dejarlo.
Aranda terminó la declaración.
César se levantó.
—¿Puedo irme?
—Todavía no.
—No estoy detenido.
—No.
—Entonces.
—Entonces puede sentarse allí y esperar.
César miró la silla indicada.
—Esto parece una detención.
—Una detención tiene más papeleo.
Ramiro asintió involuntariamente.
César lo vio.
—¿Quién es este?
—Administrador —dijo Pilar.
—Lo siento.
Ramiro frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Nada.
César se sentó.
Aranda llamó a Iria.
Ella había llegado poco después de César.
No lloraba.
A diferencia de Raquel, no parecía estar intentando no llorar.
Parecía enfadada por tener que hacerlo delante de desconocidos.