Capítulo 3
La tarjeta
Eva Ferral llegó al Café Aurora a las nueve y siete.
No entró deprisa.
Tampoco despacio.
Cruzó la puerta con ese ritmo artificial de quien ha pasado todo el camino intentando decidir cómo debe caminar una persona que acaba de descubrir que su jefe está muerto.
Llevaba el mismo abrigo gris de la tarde.
El cabello, antes recogido, se había soltado parcialmente por la lluvia. En una mano sujetaba el paraguas. En la otra, el bolso.
No miró a nadie hasta cerrar la puerta.
Después vio a Raquel.
Se quedó quieta.
Raquel estaba sentada junto a la pared, separada de los demás. Un agente había tomado su declaración inicial y ahora permanecía a pocos metros.
Las dos mujeres se miraron.
Ninguna saludó.
Aranda apareció desde el corredor.
—Eva Ferral.
—Sí.
—Inspector Aranda.
Eva asintió.
—Me dijeron que Leandro…
No terminó.
Aranda tampoco la ayudó.
—Sí.
Eva bajó la vista.
Pilar había empezado a preparar café por pura defensa psicológica. Había puesto tres tazas sobre la barra sin que nadie se las pidiera y ahora parecía evaluar si la policía podía prohibirle utilizar una cafetera en su propio proceso de duelo indirecto.
Clara se acercó a Eva.
—¿Quieres sentarte?
Eva la miró.
—No sé.
—Suele ser más cómodo que quedarse de pie.
—Sí.
Se sentó.
Aranda ocupó la silla frente a ella.
—Necesito hacerle algunas preguntas.
Eva asintió otra vez.
Tenía el bolso sobre las rodillas.
Las dos manos apoyadas encima.
—¿Cuánto tiempo trabajaba con el señor Valcorta?
—Cinco años y medio.
—¿Como asistente?
—Administración. Agenda. Presupuestos. Viajes. Parte de clientes.
—¿Había venido otras veces a este café?
—Sí.
—¿Con él?
—Dos o tres.
—¿Esta tarde llegaron juntos?
—Sí.
—A las seis y treinta y cinco aproximadamente.
—Puede ser.
—Clara recuerda esa hora.
Eva miró hacia ella.
Clara permanecía detrás de la barra.
No sabía si aquello la convertía en testigo o simplemente en una mujer que miraba demasiado los relojes.
—Llegamos directamente de una visita —dijo Eva.
Aranda abrió la libreta.
—Quiero que me explique la tarjeta.
Eva no se movió.
El silencio duró lo suficiente para que todos lo notaran.
Pilar dejó de limpiar una taza.
Raquel levantó los ojos.
Aranda no repitió la pregunta.
Eva abrió el bolso.
Clara vio cómo buscaba dentro.
Sacó una cartera pequeña de cuero marrón.
Después una tarjeta negra.
La dejó sobre la mesa.
—Es esta.
Aranda no la tocó.
—¿Es de Leandro Valcorta?
—De la empresa. Estaba a su nombre.
—¿Por qué la tiene usted?
Eva miró la tarjeta.
—Me la dio.
—¿Cuándo?
—Al llegar. Poco después.
Clara recordó la escena.
Leandro inclinándose sobre la mesa.
La mano extendida.
La tarjeta negra.
…cuando te vayas.
—¿Qué le dijo exactamente? —preguntó Aranda.
Eva respiró.
—Que cuando me marchara cerrara su cuenta.
—¿Es habitual?
—Que yo pague cosas por él, sí.
—Con su tarjeta.
—Con la tarjeta de empresa.
Aranda anotó.
—¿Le daba la tarjeta a menudo?
—A veces. Hoteles. Restaurantes. Gasolina. Compras de oficina.
—¿Y usted se la devolvía después?
—Normalmente.
—¿Por qué no esta noche?
Eva lo miró.
—Porque estaba muerto.
La frase salió demasiado directa.
Pilar bajó la vista hacia la taza.
Aranda esperó.
Eva corrigió, más baja:
—Quiero decir… yo no lo sabía cuando pagué. Me fui con la tarjeta. Pensaba dársela mañana.
—¿A qué hora realizó el pago?
—No miré el reloj.
—A las ocho y diecisiete.
Eva levantó los ojos.
—Si eso dice el terminal.
—Lo dice.
—Entonces a las ocho y diecisiete.
—¿Dónde estaba el señor Valcorta en ese momento?
—No lo sé.
—¿No le pareció extraño pagar una cuenta sin saber dónde estaba?
—No.
La respuesta fue rápida.
Aranda levantó la vista.
Eva lo notó.
—Leandro hacía eso todo el tiempo.
—¿Qué cosa?
—Desaparecer en mitad de una reunión. Salir a hablar por teléfono. Ir a ver a alguien sin decirme. Si yo tenía que saber dónde estaba, me lo decía.
—¿Y esta noche?
—No me dijo nada.
—¿Lo buscó?
—No.
—¿Le escribió?
—Después de pagar.
Sacó el teléfono.
—Le envié un mensaje.
Aranda extendió la mano.
Eva se lo dio.
Él leyó.
—“He cerrado la cuenta. Mañana te doy la tarjeta.”
—Sí.
—Veinte veintitrés.
—Sí.
—¿Respondió?
Eva negó.
—Eso tampoco le preocupó.
—No.
—¿Por qué?
Eva soltó aire.
—Porque Leandro podía tardar tres horas en responder “ok”.
Pilar murmuró:
—Una personalidad eficiente.
Aranda la miró.
—Señora Montes.
—Ya.
Eva giró hacia Pilar.
—¿Fuiste tú quien cobró?
—Sí.
—Entonces ya sabes.
—Sé que acercaste una tarjeta.
—Era esta.
—No la miré.
—No tenías por qué.
Aranda intervino.
—¿Dijo el nombre del señor Valcorta al pagar?
Eva pensó.
—Creo que sí.
Pilar levantó un dedo.
—Dijiste: “¿Me cierras la cuenta de Leandro?”
—Probablemente.
—Eso dijiste.
Eva miró a Aranda.
—No intenté ocultar nada.
—Pero no nos dijo que tenía la tarjeta hasta que la policía la localizó.
—No sabía que tenía que hacerlo.
—Una persona aparece muerta y usted conserva su tarjeta bancaria.
Eva apretó los labios.
—Empresarial.
—No cambia mucho la pregunta.
—Para mí sí.
—¿Por qué?
Eva miró hacia Raquel.
Solo un instante.
Después volvió a Aranda.
—Porque no la robé.
—Nadie ha dicho que lo hiciera.
—Pero es lo que parece cuando lo dice así.
—Estoy intentando establecer hechos.
—Yo también.
—Entonces ayúdeme.
Eva dejó las manos sobre la mesa.
—Leandro me dio la tarjeta en la mesa. Me dijo que pagara antes de irme. Eso hice. No sabía que estaba muerto. No sabía que había entrado en el corredor. No sabía que había discutido con Raquel.
Raquel levantó la cabeza.
Aranda no se volvió.
—¿No vio a la señora Nalda llegar?
—Sí.
—¿Sabía que iban a hablar?
—Sabía que tenían que hablar.
—¿Sobre qué?
Eva tardó.
—Trabajo.
—Todo el mundo responde “trabajo” esta noche.
—Porque trabajábamos juntos.
—¿Había algún problema entre ellos?
Eva miró otra vez hacia Raquel.
Esta vez durante más tiempo.
—Eso debería preguntárselo a ella.
Raquel habló desde la pared.
—Ya me lo ha preguntado.
Aranda se volvió.
—Y volveré a hacerlo si lo considero necesario.
Raquel no respondió.
Eva recogió el teléfono, pero no la tarjeta.
—¿Puedo irme?
—Todavía no.
—¿Estoy detenida?
—No.
—Entonces…
—El cuerpo de una persona con la que trabajaba fue encontrado hace menos de una hora. Usted utilizó su tarjeta doce minutos antes de que encontraran el cuerpo. Necesito terminar su declaración.
Eva se reclinó ligeramente.
—De acuerdo.
Pilar se acercó con una taza.
—Café.
Eva la miró.
—No he pedido.
—Nadie ha pedido nada desde que apareció el muerto. Si espero pedidos, cierro.
Eva tomó la taza.
—Gracias.
Pilar dejó otra frente a Aranda.
—No.
—No lleva veneno.
—No he preguntado.
—En este edificio conviene aclararlo.
Aranda ignoró la taza.
Clara observaba la tarjeta negra sobre la mesa.
Era pequeña.
Ligera.
Completamente normal.
Durante los últimos cuarenta minutos había parecido capaz de alterar la hora de una muerte.
Ahora era solo plástico.
Aranda también la miró.
—Entonces podemos descartar una cosa.
Pilar se apoyó en la barra.
—¿Cuál?
—Que el señor Valcorta pagara personalmente a las ocho y diecisiete.
—Eso ya lo sabíamos.
—Ahora lo sabemos.
Pilar señaló la tarjeta.
—Eva pagó.
—Sí.
—Entonces el pago no significa que estuviera vivo.
Aranda levantó los ojos.
—Una tarjeta no tiene pulso.
Nadie habló.
La frase quedó allí.
Clara miró otra vez el registro abierto en el terminal.
20:17.
Hacía media hora aquella cifra parecía una prueba de vida.
Ahora no probaba nada sobre Leandro.
Solo probaba que alguien tenía su tarjeta.
Pilar se sentó.
—Bien.
Aranda la miró.
—¿Bien?
—Quiero decir, una cosa menos.
—No necesariamente.
—¿Por qué?
—Porque ahora tenemos que saber quién conocía esta situación.
Eva frunció el ceño.
—¿Qué situación?
—Que usted tenía la tarjeta.
—Leandro.
—Además de Leandro.
Eva dejó la taza.
—No sé.
—Piense.
—No era un secreto.
—No le pregunto si estaba clasificado como secreto. Le pregunto quién pudo verlo o escucharlo.
Eva miró hacia la mesa donde había trabajado.
Después hacia la entrada.
—Raquel.
Raquel levantó la cabeza.
—Entraste justo cuando Leandro me dio la tarjeta.
Clara recordó entonces la visita breve del abrigo beige.
—Es verdad —dijo—. Llegó temprano. Estuvo aquí menos de un minuto.
Aranda miró a Raquel.
—¿Vio la tarjeta?
Raquel tardó un instante.
—Sí.
—¿Oyó la instrucción?
—Sí. Leandro le dijo que cerrara la cuenta cuando se marchara.
—Así que sabía que Eva Ferral tenía la tarjeta del señor Valcorta.
—Sí.
—Y que podía utilizarla esa noche.
—Sabía que él se lo había pedido.
—¿Sabía a qué hora iba a hacerlo?
—No.
Aranda anotó la respuesta.
Clara sintió algo incómodo.
No era una conclusión.
Todavía no.
Solo una pequeña resistencia en una historia que, hasta hacía un momento, parecía sencilla.
Raquel había dicho que vio a Leandro vivo alrededor de las siete y cincuenta y dos.
Eva había pagado a las ocho y diecisiete.
El pago ya no apoyaba la versión de Raquel.
Solo estaba después.
Eso era distinto.
Muy distinto.
A las nueve y treinta y ocho, Aranda empezó a organizar las declaraciones formales.
Una agente llevó a Eva a una estancia del Portal 7 para tomarle declaración lejos de los demás.
Raquel permaneció junto a la pared.
Berta estaba oficialmente cansada de permanecer allí y extraoficialmente demasiado interesada para irse aunque pudiera.
Ramiro había encontrado una libreta y empezó a apuntar sus propios horarios.
Aranda lo vio.
—¿Qué hace?
—Una cronología.
—No.
—Solo para mí.
—No.
—Puede ser útil.
—Puede contaminar su declaración.
Ramiro cerró la libreta.
—Entiendo.
Pilar miró por encima de su hombro.
—Había hecho columnas.
—Naturalmente —dijo Clara.
Doña Amparo llevaba veinte minutos tomando el mismo café.
—Se ha enfriado —dijo Clara.
—Yo también.
—Te preparo otro.
—Este ya está pagado.
—No importa.
Doña Amparo levantó un dedo.
—Esta noche yo no utilizaría esa frase.
Clara tuvo que contener una sonrisa.
Le salió mal.
Aranda la vio.
—¿Algo divertido?
—Nada.
—Bien.
—Eso parece decepcionarle.
—Estoy trabajando.
—Nosotros también.
—Usted está haciendo café.
Clara señaló a Eva.
—Ese café acaba de conseguirle una declaración más tranquila.
Aranda miró la taza que Pilar había dejado frente a él.
Seguía intacta.
—No convierta esto en un método policial.
—Demasiado tarde.
La agente que hablaba con Eva se acercó.
—Inspector.
Le entregó unas notas.
Aranda leyó.
—¿Qué pasa? —preguntó Clara.
—Nada que le concierna todavía.
—Eso siempre significa que acabará concerniéndome.
—Ese es precisamente el problema.
La agente regresó con Eva.
—Puede esperar aquí.
Eva se sentó lejos de Raquel.
Clara observó a las dos.
Había algo entre ellas.
No miedo exactamente.
Tampoco hostilidad.
Era conocimiento compartido.
El tipo de silencio de personas que pertenecían al mismo lugar y sabían cosas diferentes sobre él.
Aranda se acercó a Raquel.
—Necesito volver a su discusión con el señor Valcorta.
Raquel suspiró.
—Ya le he contado.
—Me contó que discutieron sobre trabajo.
—Sí.
—¿Qué trabajo?
—La empresa.
—Sea específica.
Raquel miró a Eva.
—No creo que sea necesario hacerlo delante de todos.
—Podemos hablar aparte.
—Gracias.
Aranda señaló otra mesa.
Raquel se levantó.
Al pasar junto a Eva, ninguna la miró.
Clara volvió a la barra.
Pilar se acercó.
—Hay algo raro.
—Hay un muerto en el corredor.
—Además.
—Raquel sabía que Eva cerraría la cuenta.
—Sí.
—Y eso no te gusta.
—Saber que podía pagarse no es saber que se pagó.
Pilar la miró.
—Eso ha sonado muy de registro civil.
—Gracias.
—No era un cumplido.
Clara miró hacia Raquel y Aranda.
No podía oír las palabras.
Raquel hablaba con las manos juntas sobre la mesa.
Aranda escribía.
En la otra punta, Eva miraba su teléfono.
20:23.
He cerrado la cuenta. Mañana te doy la tarjeta.
Una acción rutinaria.
Nada más.
Clara miró la tarjeta negra, ahora dentro de una bolsa transparente sobre la mesa de la policía.
Quizá Pilar tenía razón en una sola cosa.
No sobre Raquel.
Sobre la tarjeta.
Hasta hacía poco todos habían preguntado:
¿cómo pudo pagar un muerto?
La respuesta era ridículamente simple.
No pagó.
Pagó Eva.
El misterio parecía haberse hecho más pequeño.
Pero Clara había trabajado demasiados años entre documentos para confiar en problemas que desaparecían al responder la primera pregunta.
A veces una respuesta no cerraba nada.
Solo revelaba que se había formulado mal la pregunta.
Aranda terminó con Raquel y se acercó a la barra.
—Necesito la comanda original del señor Valcorta.
Clara la encontró.
Una línea.
Café solo.
Tostada con tomate.
Agua.
—Aquí.
Aranda la puso en una bolsa.
—¿Va a confiscarme todas las cuentas?
—Solo esta.
—Me tranquiliza.
Pilar miró la bolsa.
—Es la cuenta más importante que hemos tenido.
Berta levantó la cabeza.
—No digas eso. El año pasado tuvimos un grupo de diecisiete ciclistas.
Pilar la observó.
—Hay un muerto.
—Hablo de importe.
—Berta.
—¿Qué?
Aranda guardó la bolsa.
Clara se quedó mirando las tres líneas dentro de la bolsa.
Café solo.
Tostada con tomate.
Agua.
Una cuenta completamente corriente.
Lo único extraordinario seguía siendo la hora impresa en el registro.
20:17.
Ya sabían quién había pagado.
Eso había resuelto la primera pregunta.
No había resuelto qué demostraba realmente aquella hora.