La cuenta de las ocho y diecisiete Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—¿Qué significa “lo suyo”? —preguntó Aranda.

—Ella tenía otra cuenta.

—¿Y Valcorta?

Pilar miró hacia la mesa del fondo.

—La suya quedó abierta.

El inspector giró la cabeza hacia Clara.

—¿Sigue abierta?

Clara tardó un segundo.

—No.

Nadie habló.

Aranda dejó el bolígrafo sobre la libreta.

—Explíquelo.

Clara miró a Pilar.

Pilar abrió mucho los ojos.

—Yo la cerré.

—¿Cuándo?

—Antes de que Eva se fuera.

—¿Eva pagó la cuenta del señor Valcorta?

Pilar dudó.

—Sí.

La palabra quedó en medio del café.

Aranda recogió otra vez el bolígrafo.

—¿Con qué?

—Con tarjeta.

—¿De quién?

—No sé.

—Señora Montes.

—De verdad. Me dio una tarjeta. Yo cobré. No pedí árbol genealógico.

Clara se dirigió al terminal.

—Podemos mirar la operación.

Aranda levantó una mano.

—No toque nada todavía.

—No voy a borrar una escena de crimen con la caja registradora.

—He dicho que no toque.

Clara retiró la mano.

—Está bien.

Aranda señaló a la agente.

—Fotografíe primero. Después necesitaremos el historial de operaciones y la comanda.

La mujer se acercó al terminal.

Pilar parecía repasar algo mentalmente.

—Eva dijo “la cuenta de Leandro”.

Aranda se volvió.

—¿Esas fueron sus palabras?

—Más o menos.

—Necesito las palabras, no el espíritu.

—Dijo: “¿Me cierras la cuenta de Leandro?”

Clara recordó.

Estaba preparando cafés.

La había oído.

No había prestado atención.

—Sí —dijo—. Eso dijo.

—¿Y usted cobró una cuenta a nombre de un tercero sin preguntarle nada?

Pilar señaló el local.

—Inspector, esto es una cafetería. La gente paga cuentas ajenas constantemente. Parejas. Amigos. Familias. Personas arrepentidas.

—Entiendo.

—No parecía entender.

—Estoy intentando establecer qué pasó.

—Yo también, pero sin hacer que parezca que he financiado un homicidio.

Aranda tomó aire.

—Nadie ha dicho eso.

—Todavía.

La agente terminó de fotografiar el terminal.

Clara accedió al historial bajo la mirada del inspector.

Había varias operaciones.

Veinte euros.

Tres con cuarenta.

Ocho con diez.

Cinco con veinte.

Clara desplazó.

—Aquí.

Pilar se acercó.

Aranda también.

20:17

La transacción figuraba aprobada.

Clara miró la pantalla.

—Ocho y diecisiete.

Aranda anotó.

—Importe.

Clara lo leyó.

Pilar buscó la comanda correspondiente.

—Café solo. Tostada con tomate. Botella de agua.

—¿Todo consumido por Valcorta?

—Sí —dijo Clara.

Aranda miró la hora otra vez.

—¿A qué hora llegó la ambulancia?

Ramiro respondió.

—Ocho y treinta y cuatro.

—¿Y el cuerpo fue encontrado?

—Ocho y veintinueve.

Aranda dejó de escribir.

—La cuenta se pagó doce minutos antes de que encontraran el cadáver.

—Sí —dijo Clara.

—¿Eva se fue inmediatamente después?

Pilar pensó.

—Prácticamente.

—Necesitamos localizarla.

La agente ya estaba llamando.

Aranda miró otra vez la pantalla.

Algo en su expresión había cambiado.

No era sorpresa.

Era concentración.

La puerta del corredor se abrió.

Otro agente entró en el café y pidió hablar con él.

Se apartaron.

Clara vio al inspector escuchar.

Una pregunta.

Otra.

El agente respondió.

Aranda miró automáticamente hacia el terminal.

Después al corredor.

—¿Qué pasa? —preguntó Clara.

Él tardó.

—Todavía nada concluyente.

—Eso significa que pasa algo.

—Significa exactamente lo que he dicho.

—Inspector.

Aranda miró a Pilar.

Después a Berta.

A Ramiro.

A Doña Amparo.

—Quiero que todos permanezcan aquí hasta que tome una primera declaración.

Berta abrió la boca.

—No.

—Señora Luján.

—No iba a protestar.

Pilar la miró.

—Eso sí que es sospechoso.

Aranda volvió hacia Clara.

—Los sanitarios consideran que la lesión es compatible con que llevara muerto un tiempo antes de que lo encontraran.

—¿Cuánto?

—No van a darme una hora exacta en un corredor.

—¿Antes de las ocho?

—He dicho que no tenemos una hora exacta.

Clara miró la pantalla.

20:17.

El número parecía más oscuro que los demás.

—Entonces el pago importa.

—Todo importa hasta que deja de importar.

El teléfono de la agente sonó.

—Inspector.

Aranda se acercó.

La mujer habló unos segundos.

—Hemos localizado a Eva Ferral. Está regresando.

—Bien.

—Dice que tiene algo del señor Valcorta.

Pilar palideció.

—¿Qué?

La agente miró sus notas.

—Una tarjeta.

Aranda no reaccionó inmediatamente.

Clara sí.

Recordó las seis y cuarenta y cinco.

Leandro inclinándose hacia Eva.

El movimiento breve de una mano.

Una tarjeta negra.

Las palabras que no había oído completas.

…cuando te vayas.

Clara miró hacia la mesa del fondo.

El portátil de Eva ya no estaba.

El maletín de Leandro seguía junto a la silla y su abrigo, colgado en el respaldo.

La botella de agua continuaba a medias.

—Yo la vi —dijo.

Aranda se volvió.

—¿Qué vio?

—A Leandro darle algo a Eva.

—¿Cuándo?

—Poco después de llegar. Antes de la primera reunión.

—¿Era una tarjeta?

—Creo que sí.

Pilar dejó caer las manos sobre la barra.

—Entonces ya está.

Aranda la miró.

—¿Qué está?

—Eva pagó con la tarjeta de Leandro.

—Probablemente.

—Entonces no pagó él.

—Probablemente.

Pilar soltó aire.

Pareció aliviada durante exactamente dos segundos.

Después frunció el ceño.

—Eso lo empeora.

Nadie respondió.

La campanilla de la puerta sonó.

Todos se volvieron.

No era Eva.

Era Raquel Nalda.

Había regresado bajo un paraguas beige.

Su cabello seguía recogido.

El abrigo seguía impecable.

Solo la cara había cambiado.

—Me ha llamado la policía —dijo.

Aranda se acercó.

—Raquel Nalda.

—Sí.

—Necesito hacerle unas preguntas.

Raquel miró hacia el corredor acordonado.

—¿Leandro?

Nadie tuvo que contestar.

Ella cerró los ojos.

No lloró.

Apoyó una mano en el respaldo de una silla.

—Dios.

—Siéntese —dijo Aranda.

Raquel obedeció.

El inspector se quedó de pie.

—Clara dice que usted fue la última persona que mantuvo una conversación privada con él.

Raquel levantó los ojos.

—Sí.

—¿Dónde?

Señaló la puerta lateral.

—Ahí.

—¿Entraron juntos?

—Sí.

—¿A qué hora?

—No lo sé. Antes de las ocho.

—Aproximadamente siete y cuarenta.

Raquel pensó.

—Puede ser.

—¿Discutieron?

Pausa.

—Hablamos.

—No he preguntado eso.

Raquel miró a Clara.

Después a Aranda.

—Sí. Discutimos.

—¿Sobre qué?

—Trabajo.

—¿Cuándo vio al señor Valcorta vivo por última vez?

La respuesta llegó rápido.

Demasiado rápido para que Clara supiera por qué le molestaba.

—Después.

Aranda no movió el bolígrafo.

—¿Después de qué?

—De la discusión. Volví al café.

—Eso lo sabemos.

—Leandro también volvió.

Clara levantó la cabeza.

—¿Qué?

Raquel la miró.

—Estaba en su mesa.

—¿Cuándo?

—Unos minutos antes de que yo me marchara.

Aranda consultó sus notas.

—Usted salió a las siete y cincuenta y cuatro.

—Entonces antes de eso.

—¿Siete y cincuenta?

Raquel cerró los ojos brevemente.

—Cincuenta, cincuenta y dos. No miré el reloj.

—¿Está segura de que era Leandro?

Raquel frunció el ceño.

—Claro.

—Descríbame lo que vio.

Raquel pareció no entender la pregunta.

—Estaba sentado.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Haciendo qué?

Clara no supo todavía que la respuesta importaría.

No tenía ninguna razón para saberlo.

Raquel se pasó una mano por la frente.

—Miraba el teléfono.

Pausa.

—Y estaba removiendo el café.

Aranda anotó.

Clara no.

Solo escuchó.

Raquel continuó:

—Yo pensé que nuestra discusión había terminado. Cogí el paraguas y me fui.

El inspector levantó la vista.

—¿Habló con él otra vez?

—No.

—¿Le dijo que se marchaba?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no quería volver a discutir.

Aranda cerró momentáneamente la libreta.

—Entonces, según usted, Leandro Valcorta estaba vivo aproximadamente a las siete y cincuenta y dos.

—Sí.

—Y a las ocho y diecisiete alguien pagó su cuenta.

Raquel miró hacia el terminal.

—No sé nada de eso.

—Lo averiguaremos.

Clara observó a Raquel.

Después la mesa vacía.

Después el terminal.

20:17.

Doce minutos antes de que Ramiro encontrara el cadáver.

Veinticinco minutos después de que Raquel afirmara haber visto a Leandro vivo.

Durante unos segundos, las dos horas parecieron formar una línea sencilla.

19:52.

20:17.

20:29.

Una persona viva.

Una cuenta pagada.

Un cadáver encontrado.

Pilar fue quien dijo lo que todos estaban pensando.

—Entonces murió entre una cosa y la otra.

Aranda la miró.

—No sabemos eso.

—Pero…

—No sabemos eso.

Pilar cerró la boca.

El inspector volvió a mirar el registro del terminal.

—Por ahora tenemos tres hechos distintos.

Levantó un dedo.

—La señora Nalda afirma haber visto a Valcorta vivo antes de las ocho.

Otro.

—Una tarjeta vinculada a su cuenta fue utilizada a las ocho y diecisiete.

El tercero.

—El cuerpo fue encontrado a las ocho y veintinueve.

Bajó la mano.

—No conviertan tres hechos en una sola historia antes de saber cómo se relacionan.

Clara miró la pantalla.

20:17.

Por primera vez desde que Ramiro había dicho su nombre en la puerta del corredor, sintió que el problema no estaba únicamente en el hombre muerto.

Estaba en la hora.

Y alguien, en algún punto de aquella noche, estaba utilizándola mal.