La cuenta de las ocho y diecisiete Capítulo 2
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Capítulo 2

Las ocho y diecisiete

Clara había aprendido que existían muchas maneras de decir un nombre.

La de Ramiro no pertenecía a ninguna que quisiera volver a escuchar.

Dejó la taza sobre la barra.

—¿Qué pasa?

Ramiro no respondió.

Se apartó del marco de la puerta.

Eso fue suficiente.

Clara cruzó la cafetería.

—No entres —dijo él.

Entró.

El corredor parecía exactamente igual que cuarenta minutos antes.

Las cajas de servilletas seguían en la segunda balda. Los filtros estaban donde debían. El cubo plegado continuaba apoyado contra la pared. La bombilla del techo daba aquella luz amarillenta que convertía cualquier objeto blanco en algo que necesitaba ser lavado.

Lo único distinto era el hombre en el suelo.

Leandro Valcorta estaba tendido de lado junto a la estantería metálica.

Una pierna había quedado ligeramente doblada bajo la otra. El brazo derecho descansaba frente al cuerpo. La cabeza estaba demasiado cerca de la esquina de la balda inferior.

Había sangre.

No mucha.

La suficiente.

Clara se detuvo.

Durante un segundo su mente se negó a aceptar la escena.

—¿Lo has tocado? —preguntó.

Ramiro negó.

—No.

—¿Nada?

—La puerta. Solo la puerta.

Clara se acercó dos pasos.

—Leandro.

No hubo respuesta.

—Leandro.

Ramiro respiró detrás de ella.

—He llamado a emergencias.

—¿Cuándo?

—Antes de volver a buscarte.

Aquello la tranquilizó de una forma mínima.

Al menos Ramiro seguía siendo Ramiro.

Clara se agachó sin tocar el cuerpo.

No sabía exactamente qué esperaba ver. Respiración. Movimiento. Una protesta. Leandro había pasado la tarde discutiendo con suficiente energía como para que la inmovilidad pareciera una elección incorrecta.

—No te acerques más —dijo Ramiro.

—Ya sé.

—No sabemos qué ha pasado.

—Ya sé.

—Podría haber…

—Ramiro.

Él cerró la boca.

Desde la cafetería llegó la voz de Pilar.

—¿Clara?

Clara se levantó.

—No entréis.

Aquello, naturalmente, hizo que Pilar apareciera inmediatamente en la puerta.

Berta estaba detrás.

—He dicho que no entréis.

Pilar miró por encima del hombro de Clara.

La expresión se le vació.

—Madre de Dios.

Berta intentó asomarse.

Pilar extendió un brazo y la bloqueó.

—No.

—¿Qué pasa?

—No mires.

—Si no miro, sigo sin saber qué pasa.

—Hay un hombre en el suelo.

—¿Qué hombre?

Pilar tragó saliva.

—El de la mesa del fondo.

Berta dejó caer la carpeta transparente.

No cayó lejos.

La sostuvo por reflejo antes de que tocara el suelo.

Incluso al descubrir un cadáver, Berta se negaba a maltratar documentación.

—Leandro —dijo.

Clara se volvió.

—¿Lo conocías?

—No. Quiero decir, sé quién es. Ha estado aquí toda la tarde.

Pilar la miró.

—Eso también lo sabemos.

—No, digo…

Berta dejó de hablar.

Clara volvió a mirar el cuerpo.

—Volved al café.

—Clara —dijo Pilar.

—Ahora.

Pilar obedeció.

Berta tardó medio segundo más.

Después también.

Ramiro se quedó.

—Tú también.

—Encontré el cuerpo.

—Precisamente.

—Tendré que explicar…

—Cuando llegue la policía.

—No puedo dejar el corredor sin vigilancia.

Clara lo miró.

—Hay un cadáver.

Ramiro bajó los ojos hacia Leandro.

—Eso estaba intentando no decir.

La sirena se oyó desde la calle.

Clara soltó aire.

—Vuelve al café.

Esta vez obedeció.

Los sanitarios llegaron primero.

Dos.

Una mujer con el pelo recogido y un hombre joven que llevaba una mochila roja demasiado grande para el corredor.

Clara señaló.

—No lo hemos tocado.

La mujer asintió.

—Bien. Salgan.

—¿Está…?

—Salgan.

Clara salió.

La puerta lateral quedó abierta mientras trabajaban.

Desde el café no se veía el cuerpo, solo un fragmento de pared, la estantería y los movimientos rápidos de los sanitarios.

Nadie hablaba.

Había siete clientes que no tenían absolutamente ninguna relación con Leandro Valcorta y, aun así, parecían haber decidido que marcharse sería de mala educación.

Clara miró alrededor.

—El café está cerrado.

Un hombre junto a la ventana levantó la mano.

—¿Podemos pagar?

Pilar se volvió lentamente hacia él.

—Sí.

—No quería parecer…

—Pague.

El hombre pagó.

Los otros seis hicieron lo mismo.

Nadie pidió recibo.

En menos de tres minutos el Café Aurora quedó reducido a Clara, Pilar, Berta, Ramiro y Migas.

Doña Amparo apareció entonces desde la calle.

Porque naturalmente había elegido aquel momento.

Entró cerrando un paraguas pequeño de cuadros.

—¿Por qué se va todo el mundo?

Clara la miró.

—Doña Amparo.

La anciana vio la ambulancia a través del cristal.

Después la puerta lateral abierta.

Luego las caras.

—Ah.

No preguntó si alguien había muerto.

Preguntó:

—¿Quién?

Pilar señaló con la barbilla hacia el corredor.

—El hombre del fondo.

Doña Amparo frunció el ceño.

—El desagradable.

—No lo conocías —dijo Clara.

—No hace falta conocer a todo el mundo para que sea desagradable.

—Doña Amparo.

—¿Qué? Ahora tampoco puedo mentir de los muertos.

Migas saltó del radiador.

Caminó hacia la puerta lateral.

Clara lo interceptó con el pie.

—Ni se te ocurra.

El gato intentó rodearla.

—Migas.

Se sentó.

—Gracias.

Pilar la miró.

—No te ha obedecido.

—Ha pausado la desobediencia.

La sanitaria salió del corredor.

Ya no llevaba prisa.

Eso dijo todo antes que ella.

—¿Quién encontró al hombre?

Ramiro levantó la mano.

—Yo.

—¿Lo movió?

—No.

—¿Comprobó el pulso?

—No.

Ramiro pareció avergonzarse.

La sanitaria negó ligeramente.

—Ha hecho bien en no moverlo.

Clara miró hacia la puerta.

—¿Está muerto?

La mujer sostuvo su mirada.

—Sí.

Pilar cerró los ojos.

Doña Amparo tomó una silla y se sentó.

Berta dijo:

—Pero estaba aquí hace un rato.

Nadie respondió.

La sanitaria hizo algunas preguntas.

Nombre.

Edad aproximada.

Si alguien conocía antecedentes médicos.

Nadie.

Eva habría sabido.

Clara pensó en ella por primera vez desde que se marchó.

—Tenía una asistente —dijo—. Estuvo aquí toda la tarde.

—¿Está presente?

—Se fue.

—Necesitaremos sus datos.

—No los tengo.

Ramiro levantó el teléfono.

—La cuenta del café puede tener…

Clara lo miró.

—No registro el DNI de los clientes.

—No he dicho eso.

—Tu cara sí.

Pilar murmuró:

—Las caras hoy tienen mucha actividad administrativa.

A las ocho y cuarenta y tres llegó la policía.

Clara reconoció el coche antes de ver al hombre que salió.

—No —dijo.

Pilar siguió su mirada.

—Sí.

El inspector Aranda cruzó la calle bajo un paraguas negro.

No corría.

Nunca corría.

Tenía la costumbre de llegar a las desgracias como si alguien ya hubiera hecho el favor de complicarlas antes de que él apareciera.

Entró en el café.

Vio a Clara.

Vio a Pilar.

Vio a Berta.

Vio a Ramiro.

Después vio a Migas.

Cerró el paraguas.

—No.

Clara cruzó los brazos.

—Buenas noches.

—La última vez que dije que esperaba no volver pronto, no era cortesía.

—Yo tampoco le he llamado.

Aranda señaló el corredor.

—¿Qué tenemos?

Ramiro levantó una mano.

—Yo lo encontré.

Aranda lo miró.

—Señor Gil.

—Inspector.

—¿Por qué no me sorprende?

—No sé.

—Era una pregunta retórica.

—Ah.

Aranda dejó el paraguas.

Una agente entró detrás de él.

Luego otro.

El café volvió a llenarse, pero ahora nadie pedía nada.

—Clara —dijo Aranda.

—Inspector.

—Cuénteme solo lo que sabe.

—Leandro Valcorta estuvo aquí desde las seis y treinta y cinco. Tuvo varias reuniones. La última fue con una mujer llamada Raquel. Entraron por esa puerta. Después ella volvió sola. Él no.

Aranda levantó apenas las cejas.

—¿Y nadie consideró extraño que no regresara?

Clara miró hacia la mesa vacía.

—No.

—¿Por qué?

—Porque las personas salen del café.

—Por la puerta de servicio.

—Da al Portal 7.

Ramiro intervino.

—El corredor conecta con una zona comunitaria y con la salida secundaria.

Aranda miró a Clara.

—¿Salida secundaria?

—No directamente a la calle. Se puede llegar al hall.

—Entonces podía irse sin volver a pasar por el café.

—Sí.

—¿Lo vio hacerlo?

—No.

Aranda escribió algo.

—¿La mujer que regresó sola?

—Raquel. No sé el apellido.

—Nalda —dijo Berta.

Todos la miraron.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Pilar.

—La oí presentarse.

—Yo estaba aquí y no la oí.

—Porque estabas hablando.

—Eso no demuestra nada.

Aranda levantó la vista.

—Raquel Nalda.

—Sí —dijo Berta—. Creo.

El inspector anotó.

—¿A qué hora salió?

Clara miró el reloj sin necesidad.

—Siete y cincuenta y cuatro, aproximadamente.

—¿Está segura?

—Miré el reloj cuando salió.

—¿Por qué?

Clara pensó.

—No sé.

Pilar intervino.

—Porque Clara mira relojes.

—Gracias, Pilar.

—Es verdad.

Aranda siguió escribiendo.

—¿Y el señor Valcorta?

—No lo volví a ver.

—¿Nadie?

Berta negó.

Pilar también.

Ramiro frunció el ceño.

—Yo no estaba pendiente.

—Eso no es una respuesta.

—Entonces no sé.

Aranda repasó las caras.

—Entonces, de momento, nadie puede confirmar que volviera al café.

Nadie respondió.

La agente llamó a Aranda desde la puerta lateral.

Él se acercó.

Hablaron en voz baja.

Clara no oyó todo.

Oyó:

—traumatismo…

—cabeza…

—posible caída…

—no mover…

Aranda regresó.

—Nadie entra en el corredor. Nadie toca nada. La cafetería permanecerá cerrada hasta que terminemos una primera inspección.

Berta levantó una mano.

—Tengo productos refrigerados.

Aranda la miró.

—¿En el corredor?

—No. En mi apartamento.

—Entonces no entiendo.

—Me preocupa el tiempo.

—A mí también.

Pilar murmuró:

—Por motivos ligeramente distintos.

Aranda miró a Clara.

—Necesito una lista de todas las personas que hablaron con Valcorta esta tarde.

Clara empezó.

—Lorena. César. Su hermana, Iria. Raquel.

—Apellidos.

—Lorena Arza —dijo Berta.

—¿También la oíste presentarse?

—Tiene una tienda. Todo el mundo la conoce.

—Yo no —dijo Pilar.

—Tú conoces su tienda.

—Eso no es conocerla.

—Compraste allí una vela de veintidós euros.

—Era artesanal.

—Era cera.

—Toda vela es cera si eliminas la poesía.

Aranda cerró los ojos un segundo.

—César.

Clara negó.

—No sé el apellido.

—Arnedo —dijo Ramiro.

Pilar lo miró.

—¿Tú también?

—Lo conocía de antes. Trabajó para una imprenta de la zona.

—¿Y la hermana?

—Valcorta —dijo Clara—. Iria Valcorta.

Aranda anotó.

—¿La asistente?

—Eva.

Silencio.

—Solo Eva.

—No sé el apellido.

Pilar chasqueó los dedos.

—Ferral.

Clara se volvió.

—¿Cómo lo sabes?

—Me lo dijo cuando pagó.

—¿Pagó?

Aranda levantó la mirada.

Pilar pareció darse cuenta de que había pronunciado una palabra importante.

—Lo suyo.