La cuenta de las ocho y diecisiete Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—No he dicho que lo fuera.

—Lo has pensado.

—No tanto como tú.

César cogió la chaqueta.

Al pasar junto a Clara dejó un billete de cinco euros sobre la barra.

—No ha pedido nada.

—Para el suelo.

—¿El suelo?

—Lo he mojado.

Clara miró el billete.

Después a él.

—Eso es sorprendentemente civilizado.

—No se acostumbre.

Salió.

Pilar bajó el periódico.

—Me cae mejor que el otro.

—Solo porque ha pagado por no tomar café.

—Es un modelo de cliente excelente.

A las siete y veintidós entró Iria Valcorta.

Clara supo que era familia antes de que nadie lo explicara.

Tenía los mismos ojos de Leandro.

No el mismo modo de utilizarlos.

Iria miraba a las personas.

Leandro parecía evaluar lo que podían costarle.

—Llegas tarde —dijo él.

—He venido bajo la lluvia para discutir contigo. No exijas además puntualidad.

—No vamos a discutir.

—Ah. Entonces me voy.

Leandro soltó aire por la nariz.

—Siéntate.

Iria no se quitó el abrigo.

Se sentó frente a él.

Clara llevó un vaso de agua sin que se lo pidieran.

—Gracias.

—Si necesita algo más…

—Una familia distinta.

Leandro la miró.

—¿Qué necesidad tienes?

Clara retrocedió.

Pilar se inclinó hacia ella.

—Me gusta.

—No has hablado con ella.

—No hace falta para todo.

La conversación fue más baja que las anteriores.

También más incómoda.

A Clara le llegaron fragmentos.

—Papá no quiere…

—Papá no sabe…

—No puedes decidirlo tú…

—Lo estoy pagando yo…

Iria cerró los ojos.

—Eso no te convierte en propietario.

Leandro respondió algo.

Iria se puso de pie.

No se marchó.

—Tengo que llamar.

—Hazlo.

—No delante de ti.

Atravesó la cafetería.

Clara vio que abría la puerta lateral.

—¿Dónde va? —preguntó Pilar.

—Al corredor.

—¿Hay mejor cobertura?

—Hay menos familia.

Iria permaneció allí unos minutos.

La puerta no llegó a cerrarse completamente.

Clara escuchó apenas su voz.

—Sí, papá… no… tranquila… no, él está aquí…

A las siete y veintinueve regresó.

Tenía los ojos más duros.

—Mañana voy yo.

Leandro se encogió de hombros.

—Como quieras.

—No. Como quiere él.

Iria cogió el bolso.

—Eso es lo que todavía no entiendes.

Se fue sin despedirse.

A las siete y treinta y uno, Clara pasó junto a la mesa de Leandro.

La taza estaba vacía.

La tostada había desaparecido.

La botella de agua estaba por la mitad.

—¿Otro?

Leandro levantó la vista del teléfono.

—No. Agua.

Clara recogió la taza.

—Ya tiene.

Leandro miró la botella.

—Entonces estoy bien.

—Qué fácil.

Él no entendió si era ironía.

Clara tampoco se molestó en explicarlo.

Llevó la taza al fregadero.

Pilar la interceptó.

—Ese hombre ha discutido con tres personas en cuarenta minutos.

—Cuatro contando a la hermana.

—La hermana no cuenta. La familia tiene licencia.

—¿Licencia para discutir?

—No. Para hacerlo peor.

A las siete y treinta y cinco volvió Raquel, la mujer del abrigo beige.

Esta vez avanzó directamente hacia la mesa de Leandro.

Cerró el paraguas con cuidado antes de cruzar el suelo.

No dejó una sola gota fuera de la alfombrilla.

Clara desconfió inmediatamente de aquel nivel de organización.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes. ¿Leandro Valcorta?

Clara señaló la mesa.

La mujer ya la había visto.

—Gracias.

Leandro levantó los ojos.

Su expresión cambió.

No mucho.

Lo suficiente.

—Raquel.

—Tenemos que hablar.

—Estamos hablando.

—En privado.

Eva dejó de teclear durante medio segundo.

Después siguió.

Raquel permaneció de pie.

—Cinco minutos.

Leandro consultó la hora.

—No tengo nada más que decirte hoy.

—Yo sí.

—Entonces dilo.

Raquel miró hacia Eva.

Después hacia Clara, que acababa de recoger una bandeja.

—Aquí no.

Leandro apoyó las manos sobre la mesa.

—Mañana.

—Mañana será tarde.

Había urgencia en la voz de Raquel.

Clara volvió a mirarla, pero no encontró nada más que una mujer intentando terminar una conversación antes de que empezara otra.

Leandro se levantó.

—Cinco minutos.

Raquel asintió.

A las siete y treinta y nueve cruzaron la puerta lateral.

Pilar los siguió con los ojos.

—Ese corredor está teniendo una tarde más interesante que yo.

—Eso no es difícil.

—Qué desagradable.

Clara siguió trabajando.

Durante los siguientes minutos entraron tres clientes, salió una pareja, alguien pidió leche de avena y Berta Luján apareció desde el Portal 7 con una carpeta transparente y una expresión indignada.

—Clara.

—No.

—Todavía no he dicho nada.

—Por eso intento ahorrar tiempo.

Berta colocó la carpeta sobre la barra.

—Hay cajas en el corredor.

—Son mías.

—Ocupan espacio comunitario.

—Ocupan mi estantería.

—La estantería está fijada a una pared comunitaria.

Clara la miró.

—¿Has venido bajo la lluvia para discutir la soberanía de cuatro paquetes de servilletas?

—He venido porque Ramiro cree que tenemos humedad detrás del armario del cuarto de contadores.

—Eso sí parece problema tuyo.

—También tuyo si viene del café.

—Todo viene del café según tú.

Pilar levantó la mano.

—Yo vengo del café.

—Tú no ayudas —dijeron Clara y Berta a la vez.

A las siete y cincuenta aproximadamente, Raquel reapareció por la puerta lateral.

Sola.

Clara la vio porque Berta seguía explicando una teoría sobre tuberías.

Raquel cerró la puerta detrás de sí.

Tenía el rostro pálido.

No lloraba.

No parecía enfadada.

Se detuvo junto a la mesa de Leandro.

Miró la silla vacía.

Después a Eva.

—¿Sigues trabajando?

Eva levantó los ojos.

—Sí.

La pregunta era extraña.

La respuesta también.

Raquel miró hacia la puerta lateral.

—Claro.

Cogió su paraguas.

Clara pensó que quizá Leandro había ido al baño o había salido por el portal.

No preguntó.

La gente adulta tenía derecho a moverse sin registrar itinerario.

Raquel permaneció unos minutos cerca de la barra mientras consultaba el teléfono.

A las siete y cincuenta y cuatro salió.

—Buenas noches —dijo.

—Buenas —respondió Clara.

Pilar la observó marcharse.

—Esa mujer necesita azúcar.

—No has hablado con ella.

—Precisamente. Hay personas que se detectan a distancia.

—Y otras se inventan.

—También.

Pasaron veinte minutos.

Leandro no volvió a la mesa.

Clara lo notó solo porque Eva seguía allí.

—¿Su jefe se ha ido? —preguntó mientras recogía un plato.

Eva miró hacia la silla vacía.

—No creo.

—Hace rato que no lo veo.

—Estará hablando por teléfono. O con Raquel.

—Raquel se fue.

Eva frunció apenas el ceño.

—Entonces estará con alguien del edificio.

No parecía preocupada.

Clara tampoco.

A las ocho y dieciséis, Eva cerró el portátil.

Guardó el cargador.

Revisó dos veces que no dejaba ningún papel.

—¿Me cierras la cuenta de Leandro? —preguntó a Pilar.

Clara estaba preparando dos cafés al otro extremo de la barra.

Pilar se acercó al terminal.

—¿La del fondo?

—Sí.

Eva abrió la cartera y sacó una tarjeta negra.

Clara vio el gesto sin prestar especial atención.

Pilar miró la comanda.

—Café solo, tostada y agua.

—Eso.

—¿Nada tuyo?

—He pagado lo mío antes.

Pilar introdujo el importe.

Eva acercó la tarjeta.

Un pitido.

—Aprobado.

Pilar arrancó el recibo.

—¿Quieres copia?

—Sí.

Eva la guardó.

—Gracias.

Miró el teléfono.

—Buenas noches.

—Buenas —dijo Clara.

La campanilla sonó.

Eva salió bajo la lluvia.

A las ocho y veintidós, Berta seguía en el café.

Eso era estadísticamente más preocupante que cualquier otra cosa ocurrida aquella noche.

Tenía la carpeta abierta y mostraba a Ramiro una fotografía borrosa de una pared.

—Esto es humedad.

—Esto es una sombra —dijo Ramiro.

—La sombra está húmeda.

—Una sombra no puede estar húmeda.

—La pared.

—Entonces diga la pared.

Pilar miró a Clara.

—¿Ves por qué no debemos darles acceso a documentos?

Clara empezó a apilar las tazas limpias.

—Quiero cerrar en media hora.

—El horario dice nueve y media —señaló Ramiro.

—Quiero cerrar emocionalmente.

—Eso no figura.

—Precisamente.

Ramiro guardó el teléfono.

—Voy a mirar el cuarto de contadores.

Berta señaló la puerta lateral.

—Y las cajas.

—Las cajas no son prioritarias.

—Gracias —dijo Clara.

—Pero deberían estar etiquetadas.

Clara retiró el agradecimiento.

A las ocho y veintinueve, Ramiro abrió la puerta lateral.

Entró en el corredor.

Clara oyó sus pasos.

Uno.

Dos.

Después nada.

No fue un golpe.

No fue un grito.

Solo silencio.

Un silencio ligeramente demasiado largo para un hombre que normalmente comentaba en voz alta cualquier irregularidad superior a tres milímetros.

Clara levantó la cabeza.

Berta seguía mirando la carpeta.

Pilar giró en la silla.

Ramiro apareció de nuevo en el marco de la puerta.

No llevaba la carpeta que había ido a buscar.

Tenía una mano apoyada en la pared.

La cara había perdido el color.

—Clara.

Ella dejó la taza que sostenía.

No preguntó qué ocurría.

La forma en que Ramiro había dicho su nombre ya contenía la respuesta suficiente para que nadie en el Café Aurora volviera a mirar aquella noche como una noche normal.