La cuenta de las ocho y diecisiete Capítulo 1
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La cuenta de las ocho y diecisiete

La cuenta de las ocho y diecisiete

Por Mateo Cendral

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Capítulo 1

La cuenta abierta

A las seis y diecisiete de la tarde, Clara Medina decidió que la lluvia era una forma meteorológica de mala educación.

No llovía lo suficiente para vaciar las calles.

Llovía exactamente lo necesario para que todo el mundo entrara en el Café Aurora mojado, dejara paraguas abiertos junto a la puerta y preguntara si podía sentarse «solo cinco minutos» mientras ocupaba una mesa durante cuarenta.

Migas había descubierto las ventajas comerciales del fenómeno.

El gato naranja dormitaba junto al radiador, en una zona estratégica desde la que podía vigilar la puerta, las tostadas y cualquier abrigo húmedo susceptible de convertirse en cama.

—No te acomodes —le dijo Clara mientras secaba por tercera vez el suelo de la entrada.

Migas abrió un ojo.

—Eso tampoco es obedecer.

Lo cerró.

Pilar Montes levantó su cortado desde la mesa junto a la ventana.

—Está reflexionando.

—Lleva dieciséis minutos reflexionando.

—Es un gato profundo.

—Es un gato caliente.

—También.

La campanilla de la puerta sonó y entraron dos mujeres bajo el mismo paraguas, discutiendo quién había elegido caminar desde la plaza. Detrás de ellas apareció un hombre con una caja rectangular protegida por plástico.

Clara lo reconoció.

—Por fin.

—No depende de mí que llueva —dijo el repartidor.

—No me quejo de la lluvia. Me quejo de que estas servilletas tenían que llegar a las cinco.

El hombre consultó el teléfono.

—Pone entre cinco y siete.

—Eso es una amenaza, no un horario.

Pilar señaló a Clara con la cucharilla.

—Trabajó en un registro civil. Tiene estándares administrativos.

—Trabajé quince años en un registro civil —dijo Clara—. Sé reconocer una franja horaria diseñada para destruir una tarde.

El repartidor miró a Pilar.

—¿Siempre habla así?

—Hoy está contenta.

Clara abrió la puerta lateral.

—Por aquí.

El corredor de servicio quedaba entre la cocina del Café Aurora y una zona interior del Portal 7.

Era estrecho, mal iluminado y demasiado útil para resultar bonito.

Había una estantería metálica fijada a la pared, cajas de azúcar, productos de limpieza, paquetes de vasos, un cubo plegado y tres baldas que Clara reorganizaba cada semana sin conseguir que parecieran menos provisionales.

La pintura de las paredes era de un blanco que había renunciado a serlo años atrás.

El repartidor pasó de lado con la caja.

—¿Dónde?

—Segunda balda. No, ahí no. Ahí van los filtros.

—Parece una caja.

—Es una caja con una función.

—Todas las cajas tienen función.

—Eso diría Ramiro.

El hombre colocó las servilletas donde Clara indicó.

Al retirarse, golpeó con el codo el borde de la estantería.

—Joder.

—Cuidado.

—Esa esquina está más cerca de lo que parece.

Clara miró el borde metálico.

—Por eso conviene mirar por dónde va.

—Me lo dirá mi codo durante un rato.

Pilar había aparecido en la puerta.

—¿Ya puedo usar las servilletas nuevas?

—No.

—¿Por qué?

—Porque todavía tenemos de las anteriores.

—Ese pensamiento es exactamente lo que impide avanzar a las civilizaciones.

El repartidor se marchó por la puerta de servicio y Clara cerró detrás de él.

Giró el pestillo.

—Última entrega.

Pilar miró el reloj.

—¿Tan pronto?

—Después de las siete no espero a nadie. Si un proveedor quiere traerme algo más tarde, puede volver mañana y aprender a vivir con las consecuencias.

—Qué autoritaria.

—Qué seca está tu taza.

Pilar miró el cortado vacío.

—Una tragedia completamente solucionable.

Volvieron al café.

A las seis y treinta y cinco entró Leandro Valcorta.

Clara no conocía su apellido todavía.

Lo reconoció por haberlo visto dos veces durante las últimas semanas, siempre con una carpeta bajo el brazo y siempre mirando el local como si estuviera comparando su rentabilidad con otra cosa.

Aquella tarde llevaba un abrigo negro mojado en los hombros, zapatos demasiado buenos para la cantidad de agua de la calle y un maletín del mismo color.

Detrás de él entró una mujer más joven con un portátil bajo el brazo y el teléfono pegado a la oreja.

—Sí —decía—. Mañana a primera hora. No, hoy ya no. Te envío el archivo cuando llegue a casa.

Leandro eligió la mesa del fondo.

No preguntó.

Dejó el maletín en una silla y se quitó el abrigo. Debajo llevaba una chaqueta azul oscura.

—Buenas tardes.

—Buenas —respondió Clara.

—Necesitaré esta mesa un rato.

Clara miró las otras mesas.

—Mientras siga pidiendo cosas, tenemos una relación comercial sólida.

Leandro la observó durante medio segundo.

Después sonrió.

No porque tuviera gracia.

Porque había entendido las condiciones.

—Perfecto.

La mujer del portátil terminó la llamada.

—¿Dónde me pongo?

—Ahí —dijo Leandro, señalando una mesa más pequeña cerca de la pared—. Eva, abre el presupuesto de Rivas y busca el correo de febrero.

Eva dejó el portátil.

—¿El de Rivas o el de Rivas Hermanos?

—El que nos hace perder dinero.

—Eso no reduce mucho.

Pilar, desde la ventana, miró a Clara.

Clara se negó a devolverle la mirada.

A las seis y cuarenta y uno, Leandro pidió un café solo, una tostada con tomate y una botella de agua.

Clara abrió una cuenta.

—¿Nombre?

—Leandro Valcorta.

—¿Todo junto?

Él levantó una ceja.

—El nombre, no. La cuenta, sí.

—Era sobre la cuenta.

—Entonces sí.

Clara escribió VALCORTA en la comanda.

Pilar apareció junto a la barra.

—¿Reuniones?

Clara siguió preparando el café.

—Parece.

—Ha elegido una cafetería para trabajar.

—Las cafeterías sirven para eso.

—Las oficinas también.

—En las oficinas el café suele ser peor.

Pilar aceptó la lógica.

A las seis y cuarenta y cinco, Clara llevaba una bandeja hacia una mesa cuando sonó la campanilla.

Entró una mujer de unos cuarenta y cinco años, con abrigo beige, el cabello oscuro recogido y un paraguas cerrado en la mano.

Se detuvo junto a la mesa de Leandro al reconocerlo.

Él acababa de sacar una tarjeta negra de la cartera.

Eva abrió la mano.

Leandro se inclinó hacia ella y bajó la voz.

Clara, que ya se alejaba con la bandeja, solo alcanzó a oír las últimas palabras.

—…cuando te vayas.

Eva guardó la tarjeta en una pequeña cartera junto al portátil.

—Vale.

La mujer del abrigo beige estaba a apenas un par de pasos.

Leandro levantó la cabeza.

—Llegas pronto, Raquel.

—Ya lo sé.

—Habíamos quedado más tarde.

—Estaba cerca. Vuelvo luego.

—A las siete y treinta y cinco.

—Lo sé.

Raquel miró a Eva, después a Leandro.

—Luego hablamos.

Salió de nuevo bajo la lluvia.

Clara continuó con la bandeja.

No volvió a pensar en aquella visita de menos de un minuto.

A las seis y cincuenta y dos llegó Lorena Arza.

Tenía el pelo mojado alrededor de la cara y sostenía una bolsa de una tienda que Clara conocía: regalos, cerámica local, postales, jabones que costaban lo suficiente para parecer artesanales incluso cuando no lo eran.

Lorena saludó a Leandro sin besarle.

Eso, pensó Clara, ya era una reunión de negocios.

—Tengo veinte minutos —dijo Lorena.

—Necesitamos diez.

—La última vez dijiste cinco y acabamos discutiendo una hora.

—Entonces estamos mejorando.

Lorena dejó el bolso en la silla y se sentó.

Clara llevó agua.

No escuchó toda la conversación.

No quería escuchar toda la conversación.

El problema era que la mesa del fondo quedaba a una distancia científicamente diseñada para convertir la discreción en una hipótesis.

—No puedo absorber otra subida —decía Lorena.

—No es otra subida.

—El doce por ciento es una subida.

—Es una actualización.

—Si me cobras más dinero por lo mismo, puedes llamarlo eclipse si quieres.

Pilar dejó de leer el periódico.

Clara le lanzó una mirada.

Pilar volvió a leerlo del revés.

Leandro hablaba bajo.

Lorena no.

A las seis y cincuenta y nueve, Clara vio que Lorena colocaba el móvil junto al bolso con la pantalla hacia abajo.

Un pequeño punto rojo apareció durante un segundo antes de apagarse.

Clara pensó que quizá estaba grabando una nota.

O quizá había recibido una llamada.

No tenía importancia.

A las siete y dos, Lorena se levantó.

—Mándamelo por escrito.

—Te lo mandará Eva.

—Tú también sabes escribir.

—Por eso tengo a Eva.

La asistente levantó los ojos desde su mesa.

—Estoy aquí.

Leandro giró la cabeza.

—Lo sé.

Lorena miró a Eva.

—Lo siento.

—Yo también —dijo ella.

Lorena sonrió por primera vez.

Después miró a Leandro.

—No cierres nada hasta que te responda.

—No cierro nada sin respuesta.

Lorena cogió el bolso.

Su móvil desapareció dentro.

Al pasar junto a la barra pidió un café para llevar.

—¿Solo?

—Muy fuerte.

Pilar señaló hacia Leandro.

—¿No ha sido suficiente?

Lorena soltó una risa breve.

—Eso no se puede beber.

A las siete y ocho llegó César Arnedo.

Clara supo que era César porque Leandro dijo:

—César.

Y César respondió:

—Leandro.

De la misma manera en que dos hombres podían pronunciar nombres y conseguir que parecieran documentos judiciales.

César era ancho de hombros, tenía algunas canas en la barba y llevaba una chaqueta de cuero que goteaba sobre el suelo.

Clara señaló el paragüero.

—La chaqueta no cabe.

—¿Qué?

—Nada. Siéntese.

César no pidió nada.

Eso ya le cayó mal.

—Cinco minutos —dijo Leandro.

—Llevo seis meses esperando.

—Entonces cinco más no van a matarte.

Pilar dejó lentamente el periódico.

Clara la miró.

—Ni una palabra.

—No he dicho nada.

—Tu cara está hablando.

—No responde ante la ley.

La conversación empezó baja.

A los tres minutos dejó de serlo.

—No puedes cambiar las condiciones después —dijo César.

—Las condiciones estaban en el contrato.

—El contrato no decía que ibas a bloquearme los clientes.

—No eran tus clientes.

—Los llevaba yo.

—Los llevaba la empresa.

—La empresa era yo cuando tú no salías del despacho.

Leandro bebió agua.

—Ya no trabajas conmigo.

—Eso lo decidiste tú.

—Sí.

—Pues también puedes decidir pagarme.

Eva dejó de teclear.

Clara fingió limpiar una jarra que ya estaba limpia.

Leandro dijo algo que ella no oyó.

César se puso de pie.

La silla raspó el suelo.

—Algún día te vas a quedar solo y nadie va a ayudarte.

El silencio posterior fue breve pero eficiente.

César lo notó.

Miró alrededor.

Pilar alzó el periódico hasta taparse la cara.

Leandro permaneció sentado.

—¿Has terminado?

César apretó la mandíbula.

—Sí.

—Perfecto.

—No era una amenaza.