La criminalista Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Montse regresó a la oficina, cerró la puerta detrás de sí y, sin decir una palabra, abrió la carpeta que traía consigo. La colocó sobre el escritorio de Oliver.

—Aquí está —dijo, con una voz más firme de lo que sentía—. Todo.

Oliver se acomodó en su silla.

Montse respiró hondo y comenzó a explicarle, paso a paso, lo que había hecho, sin omitir nada: desde el caso del Estado de Atlaya hasta los resultados obtenidos por Colette.

—El perfil de ADN detectado en los tres hisopos jamás abiertos —continuó.

Luego pasó al expediente recuperado por Diego.

***

Después abrió la parte más delicada.

El Resultado 3.

Le explicó quién era Annegret Hoffmann: cómo su ADN había contaminado miles de muestras en Europa, cómo ese escándalo había obligado a replantear protocolos y derivado en la creación de la ISO 18385, diseñada específicamente para evitar contaminación de origen humano en insumos forenses.

Le explicó también que los lotes contaminados habían sido retirados y destruidos. Todos… excepto aquellos que, claramente, habían terminado en México.

Oliver permaneció en silencio durante varios segundos. Montse notó el cambio en su actitud: primero incredulidad, luego horror y, finalmente, una furia contenida que no necesitó palabras.

El resumen que Oliver logró procesar fue brutalmente claro:

Los hisopos adquiridos por fiscalías mexicanas entre los años 2018 y 2020 venían contaminados desde su fabricación.

La contaminación correspondía al mismo perfil genético responsable del mayor error en la historia forense europea: el Fantasma de Heilbronn.

Esa contaminación pudo haber exonerado a responsables reales… y, al mismo tiempo, haber implicado injustamente a otras personas.

Oliver cerró la carpeta de un solo golpe.

—Montse… —dijo en voz baja—. Esto es muchísimo más grande que un error de laboratorio.

Se pasó la mano por el rostro, conteniendo la magnitud de lo que acababa de escuchar.

—Pensé que había fallas en los procedimientos —continuó—. Y, por lo que me explicas, sí las hay. Fallas graves. Pero jamás imaginé que el problema también venía desde los insumos.

Se puso de pie. Caminó hasta su escritorio, tomó el teléfono fijo con determinación y marcó un número directo.

—¿José? Soy Oliver.

Montse lo observó sin moverse. Sabía perfectamente quién era ese José. Era su trabajo saberlo.

José Valdivia no aparecía en conferencias de prensa ni posaba junto a fiscales frente a los micrófonos.

No era un nombre conocido para el público.

Pero su firma decidía algo igual de crucial: el destino del presupuesto federal asignado a los servicios periciales y a los servicios médicos forenses de todo el país.

Era el enlace silencioso entre el dinero y los insumos. Entre la federación y cada fiscalía estatal. El hombre que autorizaba, gestionaba y liberaba los recursos con los que se adquirían los materiales de uso forense.

Por eso, aunque aún no lo sabía, esto también lo involucraba.

—Necesito un favor enorme —dijo Oliver al teléfono—. Sí. Enorme. Escúchame bien.

Montse escuchaba sin intervenir.

—Convoca a las fiscalías y a las direcciones de servicios periciales del país. A todas, José. A todas.

Hizo una breve pausa, escuchando la reacción al otro lado de la línea.

—Tienen que retirar inmediatamente todas sus existencias de hisopos de LATAM Laboratory Supply Group.

Todos. De todos los almacenes. De todos los laboratorios. Incluso los que los peritos tengan ahora mismo en sus kits de trabajo.

Caminó un par de pasos, sin soltar el teléfono.

—Convoca también a los coordinadores de los laboratorios de Genética Forense. Y, si tienes contacto con representantes de las comisiones de búsqueda que trabajen con muestras en hisopos, inclúyelos.

Hoy mismo. Otra pausa.

—Si es posible, necesitamos una reunión con nuestra gente de laboratorio hoy o, a más tardar, mañana a primera hora.

Oliver respiró hondo.

—Ya sé que suena a que te estoy dando órdenes —añadió—. Y sé que no soy tu superior. Pero, después de que escuches lo que voy a explicarte, vas a entender que esto no es una reacción exagerada.

Colgó. La oficina quedó en silencio.

No fue un silencio común, sino uno denso, pesado, como si el aire mismo se hubiera detenido. Montse pudo sentirlo con claridad: esa quietud incómoda que suele preceder a las crisis que nadie quiere nombrar.

Oliver se dejó caer en la silla, apoyó los antebrazos sobre el escritorio y permaneció así unos segundos, con la mirada fija en la carpeta cerrada frente a él.

—Montse… —dijo al fin, sin levantar la voz—. Acabas de destapar el escándalo forense más grande de los últimos años en este país.

Ella no respondió de inmediato. Permaneció en silencio, dejando que el peso de esas palabras se asentara.

Oliver levantó la vista y la miró de frente.

—Gracias —dijo entonces—. Gracias por aceptar cuando te busqué. Por no soltarlo. Por traer esto hasta aquí.

No fue un agradecimiento protocolario, no fue por educación. Fue un reconocimiento.

Montse asintió apenas.

Luego continuó mostrándole el resto de lo que había encontrado: documentos, correos, capturas de pantalla, cruces de datos y conexiones que ya no podían ignorarse.

Le explicó también que aquello no era un hallazgo aislado, sino una investigación abierta en Alemania, con antecedentes documentados y consecuencias internacionales.

Cuando terminó, se puso de pie.

—Hasta aquí llego yo —dijo, sin dramatismo.

Oliver la observó un instante, entendiendo exactamente lo que eso significaba; ahora el siguiente paso estaba en sus manos.

Montse se despidió y salió.

Apenas cruzó la puerta del edificio, comenzó a llover.

No una lluvia violenta, sino constante, fría, de esas que parecen borrar el ruido de la ciudad.

Mientras caminaba hacia su vehículo, creyó escuchar una voz a su espalda.

No supo distinguir si alguien la llamaba o si era solo un eco entre la lluvia.

No volteó.

Subió al coche y permaneció unos segundos con las manos apoyadas en el volante, mirando al frente, sin pensar en nada concreto.

—Ya —murmuró—. Ya es todo. Mi parte ha terminado.

Encendió el motor y se marchó.

Esa noche hizo su rutina de siempre: cenó, revisó un par de cosas sin importancia y, finalmente, se quedó dormida.

Como si nada hubiera ocurrido.