Capítulo 16
Al día siguiente regresaron a Múnich. Addison manejaba tranquilamente; Montse, apoyada contra la ventana, observaba el paisaje alemán con esa mezcla de curiosidad por estar en otro país y cansancio acumulado.
Sabía que le quedaba un día completo antes de volver a México.
Un día que Addison decidió aprovechar con ella.
Decidieron recorrer la ciudad con calma: la Marienplatz, los mercados, los callejones limpios, el Englischer Garten y una cervecería donde Montse probó un platillo que Addison insistió que debía conocer «para que no dijera que vino a Alemania sin comer algo decente».
Fue un día ligero, sin prisas, sin hablar del caso más de lo necesario, simplemente disfrutando de la ciudad antes de soltar esta bomba y, sobre todo, antes de regresar al ajetreo del trabajo.
A la mañana siguiente, Addison insistió en llevarla al aeropuerto.
El trayecto fue tranquilo, casi silencioso. La ciudad aún despertaba y la luz gris de Múnich se colaba entre los edificios mientras avanzaban por la autopista. Montse observaba el camino; Addison manejaba con la misma precisión con la que trabajaba: sin prisa, sin distracciones.
No hablaron del caso. No hacía falta.
Al llegar a la terminal, Addison se estacionó y apagó el motor. Permanecieron unos segundos dentro del coche, como si ninguna tuviera prisa por romper ese último momento compartido.
—Avísame cuando llegues —dijo finalmente Addison, con su tono firme de siempre—. Y si algo se mueve… me escribes.
Montse asintió.
—Lo haré. Gracias por todo. De verdad.
Addison la miró un segundo más de lo habitual.
—Hiciste un buen trabajo, Montse. Y apenas estás empezando.
Montse sostuvo la mirada. Entendía lo que eso significaba viniendo de ella.
Se bajaron del coche. El ruido del aeropuerto las envolvió de inmediato. Antes de separarse, se abrazaron brevemente: un abrazo contenido, sin dramatismos, pero cargado de respeto, de reconocimiento mutuo.
—Cuídate —dijo Addison.
—Tú también.
Montse tomó su maleta y se dirigió a la terminal. Addison la observó alejarse unos segundos antes de volver al coche y marcharse, sabiendo que lo que Montse llevaba consigo no cabía en una maleta… y que pronto sacudirá más de un sistema.
Durante el vuelo, Montse no durmió. Aprovechó el tiempo para abrir su computadora y organizar toda la información obtenida en Alemania: los documentos de NordEssen Biotec®, los hallazgos de Klaus, los datos de producción, los informes preliminares y los apuntes que tomó durante el viaje.
Con cada archivo que ordenaba, sentía cómo el expediente iba tomando forma: desde la información que Oliver le había entregado en aquella pequeña memoria USB hasta las copias de la denuncia presentada por NordEssen Biotec® por los lotes «extraviados».
Mientras el avión avanzaba sobre el Atlántico, Montse trabajó sin pausa. El expediente que estaba construyendo estaba casi completo. Cerró la computadora por un momento y apoyó la cabeza en el respaldo.
Sabía que, a partir de ahora, nada se detendría. Solo faltaba volver a México… y continuar.
Montse regresó a su departamento entrada la noche.
Dejó la maleta en un rincón, se quitó los zapatos y se recargó unos segundos en la pared, respirando hondo, como si apenas entonces su cuerpo entendiera que el viaje había terminado.
Había pasado demasiado en muy poco tiempo.
Y, aun así, lo más importante seguía pendiente.
Caminó hasta la sala, dejó el bolso sobre la mesa y tomó el celular. No tuvo que buscar demasiado. Un solo nombre ocupaba su atención. La persona que, sin saberlo, había detonado todo. Oliver.
Escribió con los dedos aún lentos por el cansancio:
—Hola. Tengo algo que mostrarte. ¿Cuándo puedo verte?
Pensó que, por la hora, no obtendría respuesta inmediata. Dejó el teléfono a un lado y fue por un vaso de agua. El sonido de la notificación la hizo voltear de inmediato.
—¿Puedes mañana a las 7 p. m.?
Montse sonrió apenas, una sonrisa breve, casi automática.
—Claro —respondió.
Segundos después, llegó el último mensaje:
Te veo en Avenida Carranza 326, Oficina 7, Azcapotzalco.
Montse frunció el ceño. La dirección le resultaba familiar, demasiado familiar, pero el cansancio pesaba más que la duda. Decidió dejar ese pensamiento para después.
A la mañana siguiente, retomó su rutina como si nada hubiera ocurrido. Llegó a la oficina, se preparó café, encendió la computadora y comenzó a desenterrar la montaña de pendientes acumulados durante su ausencia. Informes. Llamadas. Documentos. Revisiones.
Las horas pasaron sin que se diera cuenta. Cuando por fin miró el reloj, ya casi eran las siete.
Montse guardó sus cosas, salió del edificio y, desde el estacionamiento, introdujo en Google Maps la dirección que Oliver le había enviado.
La pantalla cargó unos segundos. Y entonces lo vio.
Instituto de Capacitación y Profesionalización Pericial de la Fiscalía General de la República.
Montse abrió los ojos, sorprendida.
—¿Qué demonios…?
El tráfico terminó de consumir los últimos minutos antes de llegar. Tras esquivar filas interminables de coches, finalmente se estacionó frente al edificio: grande, moderno, gris, con esa arquitectura funcional que parecía diseñada para no llamar la atención… y, aun así, imponer respeto.
Al cruzar la puerta principal, la envolvió de inmediato la atmósfera conocida de toda dependencia federal: seguridad estricta, silencio pesado y un ligero olor a archivo antiguo.
Se acercó a la recepción. Antes siquiera de decir su nombre, la persona detrás del mostrador levantó la vista y asintió, como si la estuviera esperando.
—Oficina 7 —indicó—. Puede pasar.
Un guardia señaló el pasillo de la derecha. Montse avanzó, intrigada.
La puerta tenía una placa metálica discreta, pero impecable: Oliver Santana Director General de Normatividad Pericial y Control de Calidad Forense.
Montse sintió un pequeño golpe de incredulidad en el estómago.
Tocó la puerta se abrió de inmediato.
Oliver sonrió. No era una sonrisa casual: había en ella algo pleno, seguro, casi orgulloso.
—Noto tu sorpresa —dijo, apartándose para dejarla pasar—. Yo también estaría igual.
Montse entró despacio.
La oficina era amplia, ordenada con precisión: estantes llenos de carpetas, libros de normatividad, certificados enmarcados y un escritorio impecable, sin un solo papel fuera de lugar.
Oliver cerró la puerta.
—La última vez que te vi —dijo Montse, cruzándose de brazos—, te dejé en tu casa medio… ¿petateado? ¿Qué pasó?
Oliver soltó una risa breve, más cansada que divertida.
—Se corrió el rumor de mi renuncia a la Fiscalía General de la Ciudad Federal —explicó—. Un amigo de muchos años me llamó para ofrecerme este puesto. Me dijo que necesitaba gente de confianza. Que lo demás se aprendía.
Se recargó en el respaldo de la silla.
—Le dije que sí sin pensarlo. Sin tener idea de en qué me estaba metiendo.
La miró entonces con una mezcla extraña de humildad y convicción.
—Una cosa es ser Ministerio Público… incluso policía de investigación. Y otra muy distinta es estar de este lado: el lado científico. He tenido buenos guías.
Hizo una pausa breve.
—He aprendido más en estas semanas que en toda mi carrera.
Guardó silencio un instante.
—Y tengo que admitirlo —añadió—. Estoy optimista. Me gusta.
Montse lo observó con atención, procesando esa nueva versión de él: más firme, más seguro… y, por primera vez, realmente centrado.
Oliver no dio más vueltas.
—Bueno —dijo, volviendo a sentarse—. Ahora sí, Montse. ¿A qué viniste?
Señaló el escritorio.
—Muéstrame lo que encontraste.
Justo cuando Oliver estaba por prestar atención a lo que Montse tenía que decir, alguien tocó la puerta.
—Licenciado, ¿puedo pasar?
La voz cruzó la oficina como un bisturí.
Montse sintió que el aire se le escapaba de golpe. No fue un recuerdo: fue un impacto. El corazón se le encogió de inmediato, como si algo antiguo, algo que creía cerrado, se abriera de nuevo sin permiso.
Abrió los ojos. Un flashazo le atravesó la mente: memoria, dolor, sorpresa, todo mezclado en un solo segundo. Un dolor en el pecho —de esos que cuestan años sanar— regresó de golpe.
Esa voz. No podía confundirse. No importaban los años, ni la distancia, ni el tiempo que había pasado. Era Luis. Oliver se levantó y abrió la puerta.
—Pasa, por favor —dijo con cordialidad profesional—. Montse, perdóname… estamos en auditoría y tengo al auditor aquí en el edificio.
Hizo un gesto hacia el interior.
—Te presento al maestro Luis Alberto Herrera —añadió—. Es el auditor responsable de revisar mi área de criminalística de campo y el laboratorio de análisis de indicios.
Montse sintió cómo las piernas le temblaban ligeramente cuando se puso de pie para saludar.
Luis Alberto entró con una carpeta en la mano. Serio, impecable, completamente en modo institucional.
Pero al verla… su expresión cambió. No mucho. No de forma evidente. Solo lo suficiente para que Montse lo notara.
Un segundo de reconocimiento. Un segundo cargado de historia comprimida. Un segundo en el que él abrió la boca… y no dijo nada.
—Mucho gusto… —murmuró Montse, concentrándose en controlar la respiración—. Igualmente —respondió él, con un tono neutro, profesional.
Oliver, ajeno a la tensión suspendida en el aire, comenzó a recibir la información que Luis tenía que entregarle.
Montse supo que no podía quedarse ahí. No con él tan cerca. No así.
—Oliver, ¿me permites un momento? —señaló hacia el pasillo del fondo—. ¿Puedo usar el baño?
—Sí, claro —respondió él, sin sospechar nada.
Montse salió de la oficina con pasos medidos, casi automáticos, y llegó al baño. Cerró la puerta y apoyó las manos en el lavabo, respirando hondo, intentando centrarse.
Se quedó ahí el tiempo suficiente. El tiempo necesario para asegurarse de que no volvería a cruzarse con Luis.
Cuando regresó al pasillo, escuchó voces alejándose en dirección contraria. La auditoría continuaba, pero él ya no estaba en la oficina de Oliver.
Montse respiró de nuevo, esta vez con mayor control. Enderezó la espalda, recuperó la postura.
Y entonces… volvió a ser ella.