La criminalista Capítulo 15
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Capítulo 15

Las piezas que faltaban

Klaus respiró hondo.

La tensión en su rostro seguía ahí, pero ya no estaba fuera de control. Se sentó, sacó sus lentes del saco y dijo:

—¿Puedo pedirles unos momentos? Quiero estudiar todo esto con detenimiento.

—Claro —respondió Addison.

Klaus llamó por teléfono y pidió que el director de producción acompañase a las invitadas en un recorrido por la empresa.

A Montse se le iluminó la cara, ya que era como un recorrido en museo, pero mejor. Aquello, para ella, era como entrar a un parque de diversiones. Ver cómo se fabricaban los instrumentos que llevaba usando tantos años le generaba una emoción infantil.

Pasaron por salas de ensamble, áreas de esterilización, laboratorios de control de calidad, líneas automatizadas y zonas limpias.

Montse observaba todo con una mezcla de admiración y asombro.

El proceso era meticuloso, preciso y, sobre todo, impecable.

Robots, brazos automatizados, cámaras de inspección, sensores.

Muy lejos de cualquier manufactura artesanal.

El director de producción, un hombre de voz serena y bata impecable, notó el interés de Montse.

—Todos nuestros procesos están alineados con la ISO 18385 —explicó mientras avanzaban—. Nuestro objetivo no es analizar ADN, sino fabricar insumos que no pueden contenerlo. Esa es la diferencia.

Montse asintió, sin apartar la mirada de las líneas automatizadas.

—Control de contaminación humana desde origen —dijo—. Personal, aire, superficies.

—Exactamente —respondió él—. El ingreso a zonas críticas está restringido. Ropa especializada, monitoreo continuo y trazabilidad completa por lote.

Addison intervino:

—¿Qué tipo de verificación realizan antes de liberar un lote?

—Controles de pruebas libres de ADN y ARN, pruebas de limpieza y validación de procesos —respondió—. Si un lote presenta cualquier desviación, se retira por completo.

Montse se detuvo frente a una zona limpia.

—¿Y los componentes externos? Empaques, fibras, intermediarios.

El director la miró con atención.

—Nada entra sin auditoría previa. Nuestros proveedores deben cumplir los mismos estándares. Si no pueden demostrarlo, no trabajan con nosotros.

Montse guardó silencio unos segundos más, como si estuviera midiendo algo que no terminaba de cuadrar.

—En los años previos a la certificación forense —preguntó finalmente—, ¿qué porcentaje del proceso era manual?

El director de producción no pareció sorprendido por la pregunta.

—Mucho mayor —respondió—. En aquel entonces había más intervención humana en etapas críticas: ensamblaje, empaquetado primario, incluso controles visuales directos.

Hizo un leve gesto con la mano, señalando la línea automatizada frente a ellos.

—Hoy eso ya no ocurre. La automatización redujo el contacto humano prácticamente a cero. Robots, sistemas cerrados, monitoreo continuo. El personal ya no manipula directamente los insumos.

Montse asintió lentamente. Aquello era justo lo que necesitaba confirmar. No era una respuesta defensiva. Era una respuesta técnica.

El recorrido avanzó con la misma precisión con la que funcionaban las líneas automatizadas.

De pronto, vibró el comunicador que el director de producción llevaba sujeto a la bata. Escuchó en silencio unos segundos y asintió.

—Ya podemos regresar —dijo finalmente—. Las esperan en la sala de juntas.

El recorrido terminó tan rápido como comenzó y fueron de vuelta con Klaus. Él ya no parecía molesto. Parecía… preocupado.

—Las pruebas que me presentan son innegables —dijo finalmente.

—Me tomé la libertad de revisar expedientes internos; en aquella época yo aún no era CEO y Annegret Hoffmann se jubiló en el año de 2016.

Para entonces se encontraba en un área administrativa, lejos de cualquier proceso de fabricación.

Murió un año después, en 2017, por cuestiones de salud.

Fue un hecho lamentable. Para quienes trabajaron con ella, no solo se trató de una figura asociada a un error histórico, sino de una compañera cuya vida quedó inevitablemente ligada a un caso que la rebasó.

Hubo un breve silencio.

—Después del escándalo, la empresa estuvo a punto de quebrar —continuó—.

Nos costó años recuperar la credibilidad y confianza de nuestros clientes alrededor del mundo.

Los lotes de hisopos relacionados con esta situación fueron destruidos, pero…

después de lo que me muestran, es evidente que hay algo que desconocemos o que no se nos informó.

Montse y Addison intercambiaron una mirada.

—¿Estarán en el pueblo mañana? —preguntó Klaus—. Necesito investigar esto más a fondo.

—No hay problema —respondió Addison—. Podemos encontrar hospedaje aquí.

—Perfecto, les pido nos den hasta mañana para encontrar claridad en este asunto.

Se despidieron con un apretón de manos sobrio. Minutos después, Montse y Addison atravesaban el pasillo principal de NordEssen Biotec®, dejando atrás el murmullo constante de las máquinas y la pulcritud casi quirúrgica del lugar.

Al salir, el aire frío del exterior les cayó de golpe.

Esa noche, Montse tenía sentimientos encontrados. Ya estaba todo claro, al menos lo que le tocaba a ella investigar, pero la certeza no traía alivio.

Encontraron un pequeño restaurante en el pueblo, mesas de madera, luz cálida y comida servida con generosidad. Ambas comieron en abundancia, entre bromas y sonrisas nerviosas.

Las dos sabían que estaban en el punto más alto de la investigación.

—Montse —dijo Addison mientras tomaba un sorbo de cerveza—, hay algo que no termina de encajar. Cuando me pediste el perfil de Annegret Hoffmann… ¿ya sabías que el perfil de México era el de ella?

Montse sonrió con timidez.

—Sí… y no. Solo seguí una corazonada.

Addison la observó con atención.

—Verás —continuó Montse—, la mayoría de los expedientes simplemente concluían que el perfil del «detenido» no coincidía con el del agresor.

Hizo una breve pausa.

—Pero en los expedientes donde la investigación fue más profunda, o donde los informes de genética eran más detallados, siempre desglosaban el sexo del perfil genético.

Levantó la mirada hacia Addison.

—Y en todos… era femenino.

Respiró hondo antes de continuar.

—Fue el caso del Estado de Atlaya el que terminó de cerrar mi sospecha. Ahí se observaba claramente a un delincuente con características físicas masculinas, y aun así el dictamen genético lo clasificaba como femenino.

Addison asintió lentamente.

—Claro —prosiguió Montse—, pude haberme equivocado. Pero me sentí como en aquel curso de capacitación donde me enseñaste el caso de Annegret, el Fantasma de Heilbronn. Fue un déjà vu.

Tal vez lo mismo que pasó con Annegret pudo haber pasado con cualquier otra persona que trabajase en producción, en aquella época donde todo era más «manual». Los accidentes ocurren. Pero después de la ISO forense… eso es muy poco probable.

Hizo una pausa breve, como si estuviera ordenando sus propias ideas.

—Tú lo viste hoy. La mayoría del proceso ya está hecho por robots. El contacto humano con los materiales prácticamente desapareció. Ya no hay margen para errores invisibles.

Miró a Addison, buscando confirmación más que aprobación.

—Por eso… esa corazonada se despertó en mí. No fue una prueba, fue una sensación. Una alarma interna.

Addison sostuvo su mirada.

—Y no sueles ignorarlas.

Montse esbozó una sonrisa cansada.

—No. Y casi siempre me meten en problemas.

Luego soltó una risa breve, más nerviosa que divertida.

—Le atiné —dijo—. Ojo de loca no se equivoca… Bueno, a veces sí.

Addison sonrió, aunque sabía que la coincidencia era demasiado seria para celebrarla de verdad. Aquello no era una anécdota graciosa; era una grieta en algo que se suponía infalible.

Pagaron la cuenta en silencio. Afuera, el pueblo ya estaba casi vacío, las calles húmedas por la llovizna reciente y las luces tenues reflejándose en el empedrado.

Caminaron juntas sin hablar, cada una atrapada en sus propios pensamientos, como si cualquier palabra pudiera alterar algo que apenas empezaba a tomar forma.

El hotel apareció al final de la calle: pequeño, antiguo, con una fachada discreta y una recepción iluminada apenas por una lámpara amarilla. El registro fue rápido, automático. Ninguna de las dos tenía energía para cortesías.

El cansancio comenzó a alcanzarlas de verdad recién cuando la puerta de la habitación se cerró detrás de ellas. Montse dejó la bolsa sobre la cama y se quedó de pie unos segundos, inmóvil, como si el cuerpo tardara en seguirle el ritmo a la mente. Finalmente abrió la computadora casi por inercia.

La pantalla se llenó de notificaciones: correos, mensajes, pendientes acumulados. Un recordatorio abrupto de que el mundo seguía ahí, ajeno a la grieta que acababan de descubrir. Cerró la computadora sin responder ninguno.

No ahora. Había algo que necesitaba terminar. Y, por primera vez en mucho tiempo, sabía exactamente por dónde seguir.

A la mañana siguiente, regresaron a NordEssen Biotec®. Klaus ya estaba ahí, acompañado por agentes de investigación criminal de la AIA (Agencia de Investigación de Alemania) y el actual director de producción. Ambos tenían la expresión de alguien que no durmió en toda la noche.

Finalmente, con el aroma del café aún en el aire, Klaus tomó la palabra. Sobre la mesa colocó una serie de expedientes internos.

—Primero —dijo—, confirmo que el hisopo que Montserrat nos entregó sí fue manufacturado por NordEssen Biotec®.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Todo indica que la empresa que figura en el empaque únicamente lo reempaquetó o lo adquirió ya reempaquetado. Eso aún no lo podemos determinar con certeza.

Montse sintió un escalofrío.

—Cuando ocurrió todo el asunto de la contaminación —continuó—, se identificaron 120 lotes con más de 100 mil paquetes de hisopos que estuvieron en contacto directo o indirecto con Annegret.

Estos lotes se pusieron a disposición de las autoridades alemanas.

El proceso de destrucción se realizó en presencia de diversas autoridades alemanas.

Hizo una pausa.

—Ellos confirman en sus expedientes que contabilizaron solo 80 lotes, no los 120 que nosotros entregamos.

Addison frunció el ceño.

—Aún no está claro cómo sucedió esta omisión —dijo Klaus—.

Pero en aquellos años, el director de producción era Robert Mendoza, un ciudadano estadounidense que no salió en buenos términos de la empresa.

Sin embargo, fue él quien llevó las gestiones necesarias para la destrucción y trabajó de la mano con diversas áreas de la empresa para contener esta situación.

Respiró hondo.

—Creemos que pudo ser él quien desvió los lotes restantes o, al menos, tiene información importante acerca de los lotes que no fueron destruidos. Por nuestra parte, hemos iniciado las acciones legales correspondientes y las autoridades alemanas ya están al tanto de esta situación.

Klaus, con su rostro visiblemente preocupado, volvió a ver a Montse directamente.

—Sabíamos que este fantasma volvería tarde o temprano… pero jamás imaginamos que regresaría de esta manera.

Montse no supo qué responder.