La criminalista Capítulo 11
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Capítulo 11

Después de calmar su mente, ya no era intuición, ya no eran sospechas y ya no era una corazonada: era patrón, era constancia, era un error que no era error, repetido en varias partes del país.

Ahora venía lo más difícil: encontrar al culpable.

Y fue en ese momento cuando supuso la verdadera razón por la que Oliver se había ido al área administrativa. No fue cansancio. No fue desgaste. No fue frustración.

Oliver se cambió porque creyó que en el área administrativa estaba la respuesta.

Pensó que desde adentro —desde los sistemas, procedimientos, autorizaciones, firmas, jerarquías— iba a encontrar lo que en campo nunca apareció.

Pero nunca lo hizo. Porque lo que Oliver necesitaba no estaba en una computadora, ni en un archivo interno, ni en un servidor.

Estaba afuera. Y eso era algo que Montse sí tenía: contactos, amigos en todo el país.

Su trabajo le había dado una cosa que muy pocos tenían: la posibilidad de viajar, conocer, conversar, crear lazos con todos los perfiles posibles dentro del mundo de la ciencia forense del país: peritos, criminalistas, genetistas, laboratoristas, médicos, balísticos,

incluido personal administrativo y hasta directivos…

todos. Y ahora esos contactos eran justo lo que Oliver no tuvo acceso.

Lo que él buscó desde un escritorio y nunca encontró.

Montse tomó sus cosas y salió rumbo a un restaurante pequeño y escondido.

Uno de esos lugares que solo recomiendan los locales: olor a comida recién hecha, pan recién horneado y mesas viejas de madera.

Ahí, ya sentada en una mesa, junto a una ventana, estaba esperándola Berenice. Una mujer imposible de ignorar, una mente brillante, agudeza afilada, un humor tan cortante que podía olerse a kilómetros, una inteligencia tóxica, como Montse decía entre risas.

Berenice alzó la mirada cuando la vio llegar. Montse soltó una carcajada y se dejó caer en la silla frente a ella.

—Berenice… necesito tu cerebro.

Ella sirvió café con una elegancia que contrastaba con su lengua filosa. No preguntó nada más. No todavía.

—¿Quieres mi cerebro normal… o el que asusta?

Montse apoyó los brazos en la mesa, tronó los dedos como si se preparara para una cirugía.

—El que asusta. Este caso lo amerita.

Berenice inclinó apenas la cabeza, observándola con atención. Había aprendido a leer a la gente por los silencios, no por las palabras.

—Cuando dices «amerita», Montse… —dijo al fin— generalmente significa que ya te metiste más hondo de lo que deberías.

Montse sonrió sin humor.

—Eso ya pasó.

Berenice dejó la taza sobre el plato con cuidado, entrelazó los dedos y sonrió como quien huele sangre fresca.

—Perfecto.

Luego la miró de frente.

—Entonces… ¿a qué demonios viniste a meterme ahora?

Montse tomó aire.

No era fácil resumir semanas de intuiciones, hallazgos sueltos y esa sensación persistente de que algo no estaba bien. Habló despacio, eligiendo qué decir y qué guardar. No dio nombres. No mostró todas las cartas. Solo lo suficiente para que Berenice entendiera la gravedad del asunto.

Mientras escuchaba, Berenice no interrumpió. Asentía de vez en cuando. A veces fruncía el ceño. Otras veces sonreía burlonamente, como si algo encajara en su cabeza.

Cuando Montse terminó, hubo un silencio largo. De esos que no incomodan, pero pesan.

Berenice tomó un sorbo de café.

—Umm… ya veo —dijo al fin—. Esto que me pides suele ser información pública.

Alzó la mirada.

—Pero también suele ser información que suele estar disfrazada para que nadie la pueda entender.

Montse sostuvo su mirada.

—Por eso estoy aquí.

Berenice ladeó la cabeza, evaluándola.

—No es un camino bonito, Montserrat —dijo con suavidad engañosa—. Es lento, burocrático… y suele decepcionar.

—No busco respuestas fáciles.

—Ya me di cuenta.

Berenice sonrió, esta vez con algo de complicidad.

—He estado buscando cómo distraerme últimamente, para distraer mi mente de pensar en aquel cabrón —añadió—. Y creo que ayudarte podría servirme.

Montse soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Gracias.

—No me agradezcas todavía —replicó Berenice—. Aún no sabes qué te voy a pedir a cambio…

—No esperaba que fuera gratis —replicó.

Se quedaron un rato platicando. No todo fue trabajo. Hubo ironía, comentarios filosos, recuerdos compartidos y silencios que decían más que las palabras.

Cuando el cielo comenzó a oscurecer detrás de la ventana, se dieron cuenta de que había pasado más tiempo de lo que creían.

Se despidieron sin dramatismos.

Montse volvió a su casa con la mente encendida. Cargada de preguntas, sí. Pero también con la sensación —rara, necesaria— de no estar sola en lo que venía.

Y, aunque la conversación la dejó pensando, no había tiempo para quedarse estancada: el calendario seguía avanzando.

El Congreso Internacional de Ciencias Forenses

Montse, afortunadamente, tenía un viaje programado: el Congreso Internacional de Ciencias Forenses en Washington, DC.

Un evento que reunía a los expertos forenses más brillantes, discretos y temidos del mundo. Gente que no aparecía en prensa, pero que resolvía casos que jamás llegarían a los titulares populares, aunque marcaban historias científicas.

Era un círculo pequeño, reservado, donde el prestigio no se medía por fama mediática, sino por la precisión quirúrgica con la que cada uno resolvía lo imposible.

Un espacio donde solo unos cuantos nombres se pronunciaban en voz baja, casi con reverencia.

Entre esa élite silenciosa estaba ella: Dra. Addison Clarke.

Una leyenda viva dentro del gremio. No buscaba reconocimiento. Pero todos —TODOS— la respetaban.

Era poderosa desde las sombras. Era una analista forense tan precisa, tan metódica y tan peligrosa intelectualmente, que incluso los más veteranos evitaban contradecirla.

Se decía que tenía influencia en Australia, Corea del Sur, Filipinas, Noruega, Canadá, Reino Unido y Argentina, y aun así jamás presumía nada.

Montse y Addison se habían conocido en unas conferencias unos años atrás y, aunque solo habían coincidido pocas veces, la conexión había sido inmediata: profesional, respetuosa y completamente sincera. Montse se permitía hacerla reír y hasta chismear.

El viaje de Montse para asistir al congreso comenzó antes del amanecer. Apenas había dormido, no por nervios —o eso se repetía a sí misma—, sino porque su cabeza no dejaba de repasar los casos, las fechas, los patrones que la seguían distrayendo de sus tareas y deberes.

En el aeropuerto, entre el murmullo de los altavoces y el aroma a café quemado, intentó concentrarse en su libreta. Pero la emoción del congreso, mezclada con la incertidumbre de todo lo que había descubierto en los últimos días, no la dejaba en paz.

El vuelo a Washington D. C. transcurrió en una mezcla de nubes, lecturas técnicas y silencios cargados.

Por momentos se detenía a mirar por la ventanilla, viendo cómo el mundo se hacía pequeño, como si en esa distancia pudiera despegarse un poco de la maraña que la tenía atrapada.

Pero no: las preguntas seguían ahí, flotando con ella a diez mil metros de altura.

Al aterrizar, la ciudad la recibió con un viento frío y elegante, muy diferente al clima que había dejado atrás.

Tomó un taxi directo al hotel sede del congreso.

El trayecto fue breve, pero suficiente para que Montse sintiera cómo la atmósfera cambiaba: edificios sobrios y oscuros, banderas ondeando, oficinas federales por todas partes.

Un territorio donde la ciencia forense no era solo trabajo, sino política, poder y secretos.

El hotel sede del congreso era imponente, de esos donde los cristales reflejan más que luz: reflejan estatus. En el lobby ya había gente con gafetes colgando, portafolios, trajes oscuros, acentos de todas partes del mundo. Montse respiró hondo. Era su lugar, aunque todavía no terminara de creérselo.

Caminó hacia el área del registro, recibió su credencial y una carpeta con el programa del evento. Y entonces ocurrió: la vio a lo lejos.

Addison Clarke, impecable, discreta, como si todo el caos del mundo rebotara fuera de su espacio personal.

Montse se acercó y el saludo no fue frío ni diplomático: fue cálido y cercano. De dos mujeres que reconocían mutuamente el peso de su trabajo.

—Montse —dijo Addison, con su voz grave y pausada—. It’s good to see you again.31

Montse sonrió.

Se sentaron en una mesa lateral, lejos del bullicio de la conferencia principal.

Addison abrió su portafolio de piel y sacó una carpeta delgada, cerrada con un broche metálico. La deslizó hacia ella.

—This is what you asked for32 —dijo en voz baja.

Montse sintió un escalofrío. No cualquiera podía pedirle algo así a Addison Clarke.

La doctora continuó:

—No fue fácil de obtener, pero cobré favores, je, je. De igual forma, ya te mandé los digitales por correo electrónico. No es información pública, pero no debería ser confidencial, y tampoco es ni debería ser algo vergonzoso para la comunidad científica.

Addison apoyó un dedo encima de la carpeta.

—Esto es un pedazo de historia forense. Y ahora está en tus manos.

Montse la miró fijamente. Addison no ayudaba a cualquiera.

De hecho, Addison no ayudaba a nadie… así que Montse sintió un peso grande porque no se había dado cuenta del aprecio que Addison le tenía.

—Cuando termines con esto —agregó—, házmelo saber. Quiero saber qué descubres.

Montse asintió con un nudo en la garganta.

—Gracias, Addison. No sabes lo que esto significa.

Addison le dedicó una sonrisa mínima, casi imperceptible.

—Sí lo sé, Montse. Por eso te lo estoy dando.

Montse apretó la carpeta contra su pecho y, sin saberlo, ese momento… iba a cambiarlo todo.

* * *

31 Es bueno verte de nuevo.32 Esto es lo que pediste.