La criminalista Capítulo 12
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Capítulo 12

Después de una semana de talleres y ponencias, Montse por fin regresó a la Ciudad Federal.

Apenas entró a su departamento, dejó la mochila tirada en la sala y caminó directo al baño.

Se metió bajo el agua caliente, dejando que el vapor le aflojara los músculos tensos y le despejara la mente del exceso de información que había acumulado esos días.

Cuando salió, ya más ligera, se puso ropa cómoda: una playera amplia, pants y calcetas gruesas. Encendió una pequeña lámpara en la recámara, disfrutando por un momento la sensación familiar de estar en casa.

Su celular vibró sobre la cama.

Montse lo tomó sin pensarlo. No necesitó revisar el número; lo reconoció de inmediato. Sus dedos se detuvieron antes de abrir el mensaje, como si algo en su cuerpo la empujara a prepararse antes de leer.

Mensaje entrante:

«¿Ya llegaste?».

Montse presionó los labios. Dejó el celular boca abajo unos segundos, respirando hondo. No era un mensaje extraño. Tampoco inesperado. Pero, después de una semana tan intensa, no estaba segura de querer hablar con nadie.

Aun así, volvió a tomar el teléfono cuando vibró por segunda vez.

«Te veo mañana en el restaurante. Ya sabes cuál».

Montse leyó el mensaje una última vez antes de bloquear la pantalla. No respondió; no hacía falta. La cita estaba implícita y, aunque una parte de ella deseaba simplemente desconectarse del mundo, otra —más terca— sabía que terminaría yendo.

El día siguiente, convenientemente, era sábado, por lo que Montse no tenía que preocuparse por la rutina de ir a trabajar.

Después de algo que ella misma llamaba «un aseo profundo» —una mezcla entre limpieza, orden y silencio que siempre le servía para despejar la mente—, se dio cuenta de que ya era hora de su reunión.

Se vistió sin prisa, pero con esa energía rara que aparece cuando una conversación pendiente empieza a rondar en la cabeza. Tomó su bolsa, revisó su celular y salió.

Llegó al restaurante primero. Eligió una mesa junto a la ventana, donde la luz natural hacía brillar los cubiertos y proyectaba sombras largas sobre el mantel blanco. Apretó las manos sobre su regazo, tratando de disimular la leve inquietud que llevaba debajo de la piel.

Unos minutos después entró Berenice.

Berenice nunca pasaba desapercibida. Era una mujer que llamaba mucho la atención…

y lo sabía. De hecho, parecía disfrutarlo.

Su presencia siempre era como un pequeño temblor que se sentía antes de que alguien la viera entrar: seguridad, perfume caro y una forma de caminar que hacía que todo el restaurante, por un segundo, pareciera detenerse para mirarla.

Montse esbozó una sonrisa apenas. Berenice se acercó con familiaridad, dejó su bolso en la silla y tomó asiento frente a ella.

Ambas pidieron de comer. Mientras el mesero se alejaba, Berenice abrió su bolsa y sacó una carpeta de plástico transparente llena de hojas impresas. La colocó sobre la mesa, entre ambas.

—Ten —dijo, empujándola hacia Montse—. Esto es lo que me pediste.

Se cruzó de brazos, recargando la espalda en la silla.

—No fue fácil. No pude conseguir expedientes de todos los estados de la República Mexicana… pero creo que esto te bastará para encontrar lo que sea que estás buscando.

Montse pasó la mano sobre la carpeta, sin abrirla aún.

Podía sentir el peso de la información incluso a través del plástico.

Sabía lo que había pedido y sabía lo delicado que era.

Pero verla ahí, entre los platos aún vacíos y el murmullo del restaurante, hacía que todo se sintiera más real… y más peligroso.

Berenice la observaba con esa mezcla de complicidad y advertencia que solo ella sabía transmitir.

Hablaron un poco más —nada profundo, solo comentarios sueltos para aligerar la tensión— hasta que ambas se dieron cuenta de que la tarde ya comenzaba a oscurecer.

Berenice fue la primera en mencionarlo:

—Bueno… creo que hasta aquí por hoy, Montse. Tienes trabajo que revisar, ¿no?

Montse sonrió apenas. Sí, tenía mucho por delante.

Se despidieron con un abrazo breve, pero sincero, y cada una tomó rumbo a su casa.

El camino de regreso le cayó bien a Montse: le dio espacio para ordenar sus ideas, bajar el ritmo y prepararse para lo que venía.

Cuando por fin llegó, dejó las llaves en la mesa, respiró hondo y se quedó un momento en silencio absoluto.

Muy diferente a lo que Oliver le había entregado en su momento —expedientes de homicidios, fotografías crudas, dictámenes manchados de realidad—, esta vez Montse no leería sobre muertes. Ahora iniciaría con la primera carpeta del paquete que Berenice le había entregado.

Un título gris, seco, casi diseñado para que nadie lo leyera o fuera aburrido: «Proceso de Licitación Pública».33

Montse respiró hondo y dejó que el borde del fólder resbalara entre sus dedos antes de abrirlo. Tenía todo el domingo para leerlo. Sabía exactamente qué buscar y, sobre todo, qué y a quién.

Aquello era pura burocracia: listas interminables, anexos técnicos, tabuladores, fechas, firmas y sellos. Un espeso laberinto administrativo donde cualquiera se perdería… menos ella.

Montse avanzó hoja por hoja, marcando mentalmente patrones, repitiéndose nombres, descartando lo irrelevante.

Hasta que, después de varias páginas: ahí estaba. Primero una vez. Luego otra. Y otra.

Montse rio bajito, un «ja, ja» casi incrédulo.

—Ya sabía… —murmuró, y ese pensamiento le encendió algo por dentro—. Ahora necesito hacer algo.

No tardó mucho en decidirse.

Montse estuvo leyendo los expedientes todo el fin de semana hasta que el cansancio empezó a pesarle en los ojos. Sabía que no podía avanzar más sin despejarse, así que decidió cerrar la carpeta y dejar el resto para el día siguiente.

A la mañana siguiente, volvió a su rutina normal: se bañó, se vistió, tomó café y salió rumbo a la empresa.

El trayecto le sirvió para cambiar el chip, aunque las ideas de los expedientes seguían dando vueltas en su cabeza.

Para cuando llegó a la oficina, ya había dejado dividido en su mente lo personal de lo laboral… o al menos lo intentaba.

Llegó a la empresa con su paso firme, ese que usa cuando no quiere levantar sospechas. Se ajustó el gafete, saludó a quien se cruzó en su camino y se dirigió directamente al área de compras. Ahí estaba Dulce.

Dulce era… dulce. La chica más simpática, sonriente, amable hasta el exceso. Siempre ganaba el título no oficial de «la más amigable de la empresa». Era una de esas personas que parecen no caerle mal a nadie. Bueno… casi a nadie.

Montse se acercó con naturalidad y le entregó una hoja.

—Dulce, ¿me apoyas ingresando esta solicitud para el laboratorio de Criminalística?

—¡Claro, Mon! —respondió con esa voz que combinaba con su nombre—. A ver, pásamela.

Montse se la entregó. Dulce tomó una pluma, sonrió y comenzó a revisar el documento sin sospechar nada. Para ella era solo otra compra rutinaria; para Montse, era la puerta de entrada a algo más grande.

La solicitud decía lo siguiente:

Solicitud de Compra – Laboratorio de Criminalística

Partida: 1

Descripción del producto: Hisopos de madera con punta de algodón

Catálogo: 23-08-34DF

Marca: N/A

Proveedor: LATAM Laboratory Supply Group

Lugar de elaboración: MÉXICO

Dulce asintió varias veces mientras lo leía.

—Sí, sin problema. Esto lo meto ahora mismo. ¿Los quieres urgentes?

Montse sonrió con calma.

—Sí, por favor. Es importante para un proyecto… interno.

Dulce no preguntó más. Montse sabía que no lo haría.

Y mientras tecleaba la solicitud en el sistema, Montse sintió que la primera ficha del dominó acababa de caer. Mientras esperaba el encargo de Dulce, necesitaba hacer otra llamada.

—¿A quién? ¿Quién podría ayudarme aquí? Podría pedirle el favor a Oliver, pero no, él no. Ah, ya sé. A alguien que me debía un favor: Diego.

Un genetista forense que se cansó de la vida académica y quería entrar a la Fiscalía.

Montse lo había presentado con el Director General de Servicios Periciales del Estado de Xandura, con quien compartió clases durante la maestría.

Por esa acción, Diego entró como perito y, poco a poco, fue subiendo hasta obtener la coordinación del área de Genética.

Marcó su número. La línea sonó solo una vez.

—¿Montse? —Diego contestó con ese tono de complicidad que nunca había perdido.

—Hola, amigo ¿Cómo estas?

—Es momento de cobrarte ese favor —dijo Montse en broma.

—Claro que sí, amiga, dime —respondió Diego, sin pensarlo dos veces.

—De casualidad, ¿tienes algún asunto entre los años 2018 y 2020 que tenga estas características…?

La conversación siguió, larga y en voz baja. Al colgar, Montse respiró más hondo de lo normal. Sabía que ahora solo quedaba esperar. Diego era rápido, sí, pero incluso él necesitaba tiempo para rastrear la información que ella le había pedido.

Los días siguientes transcurrieron con calma.

Montse trabajó, hizo vida normal, intentó distraerse… pero cada tanto revisaba el celular por inercia, esperando un mensaje que no llegaba. La espera la acompañó como una sombra ligera, siempre presente, pero sin interrumpir del todo su rutina.

***

Tres días después, Dulce apareció en su puerta.

—Ya está tu material —le dijo, entregándole un paquete envuelto con cuidado—.

Creo que seguiré trabajando con estos proveedores.

Dan súper barato. Cuando normalmente un paquete de hisopos para investigación forense cuesta entre quinientos y mil quinientos pesos…

estos los dejaron en ciento cincuenta pesos.

Y mandan rapidísimo y me comentaron que tienen muchas existencias.

Montse arqueó una ceja, genuinamente sorprendida.

—Aún no los hagas proveedores —le advirtió con suavidad—. Déjame checar primero la calidad.

Dulce sonrió, como si aquella advertencia fuera un simple formalismo, y regresó a su escritorio.

Montse cerró la puerta, tomó el paquete y lo puso sobre la mesa de su oficina.

El empaque era bonito; demasiado bonito para ser barato. Llevaba el nombre de la empresa LATAM Laboratory Supply Group, como ellos lo vendían, «genéricos». No marcaba alguna marca visible o dónde fue fabricado.

Cada hisopo venía en empaque individual, limpio, sellado y, de hecho… se veía bastante decente. Montse pasó el pulgar por el sello térmico, revisando el cierre, la densidad del algodón, el corte del palo de madera. Todo parecía en orden.

Más en orden de lo que esperaba. Ahora seguía lo complicado.

Montse respiró hondo antes de entrar a la oficina del jefe de ArkanTech Forensics.

La empresa era grande, demasiado grande para pasar desapercibida; contaba con sus propios laboratorios: balística, toxicología, genética… todo en un mismo edificio. Eso, para Montse, era una ventaja invaluable.

Tocó dos veces y entró.

—Jefe… ¿tiene un minuto? —preguntó Montse, asomándose apenas.

Él levantó la mirada con expresión neutra, casi impasible.

—Pasa —dijo simplemente.

Montse entró y cerró la puerta con discreción. Él notó el gesto, pero no comentó nada; solo dejó el bolígrafo a un lado, esperando.

—¿Qué necesitas, Montserrat? —su tono era directo, sin adornos.

Ella avanzó dos pasos hacia el escritorio. Se detuvo derecha, sin sentarse.

—Necesito su apoyo para correr unas pruebas. Pero antes… debo explicarle el contexto.

El jefe asintió una sola vez, indicando que continuara. Montse respiró hondo y comenzó…

Cuando terminó de explicarle todo, el jefe soltó una risa breve, burlona, no dirigida a Montse sino a la situación misma. Él sabía perfectamente de qué se trataba, o al menos tenía una idea bastante clara de lo que podía haber pasado.

No era la primera vez que algo así ocurría. Y seguramente tampoco sería la última.

—Haz las pruebas que necesites —dijo con naturalidad—. Pídele a Colette que te ayude.

Montse asintió de inmediato.

—Gracias, jefe —respondió con sinceridad—. De verdad.

Él solo hizo un gesto mínimo con la mano, como restándole importancia al asunto, y volvió a tomar el bolígrafo. La conversación había terminado.

Montse salió de la oficina y se dirigió directamente al laboratorio de Genética. Llevaba un fólder bien sujeto contra el pecho. Al entrar, ahí estaba Colette: la genetista experimentada, siempre con demasiada carga de trabajo, siempre nerviosa, siempre amable… siempre al borde del colapso.

Montse se acercó a su mesa.

—Colette, necesito que me ayudes con unas muestras —dijo, colocando el fólder frente a ella.

Colette levantó la vista apenas unos segundos y suspiró con cansancio.

—Montse, hoy no —respondió casi de inmediato—. Estoy saturada. Tengo pendientes atrasados, corridas programadas y cero margen para algo extra.

Montse lo entendía. De verdad lo entendía. Pero también sabía que había momentos en los que no había alternativa.

—El jefe me dijo que… no necesitó decir nada más.

Esa frase era una llave maestra. Abría prioridades, cancelaba pretextos y desplazaba cualquier pendiente.

Colette cerró los ojos un segundo, derrotada, y luego extendió la mano.

—Dámelo —dijo—. ¿Qué traes?

La escena se volvió difusa: el intercambio de folders, Colette revisando papeles, Montse entregando el paquete de hisopos, instrucciones rápidas, anotaciones a mano, firmas y autorizaciones. Todo ocurrió con la precisión automática de quien ha repetido ese ritual cientos de veces.

Colette se llevó las muestras sin promesas.

—Te aviso —dijo finalmente.

En ese mundo, eso significaba silencio hasta nuevo aviso. Montse entendía los tiempos del laboratorio mejor que nadie.

Al día siguiente, Montse volvió a su rutina.

Sabía que la respuesta de Colette tardaría algunos días. No había manera de acelerar un análisis de ADN, no si se quería hacer bien.

Así que trabajó como siempre: informes, revisiones, juntas técnicas, cotizaciones, etc. Procuraba que esa investigación extraña, inesperada, no alterara su vida cotidiana. Tenía que mantener el equilibrio. Tenía que parecer normal. Y así pasaron al menos un par de días.

Hasta que finalmente llegó un correo.

Asunto: Resultados de prueba de ADN

Adjunto al mensaje, Colette había enviado el informe completo en formato digital.

Minutos después, un sobre sellado llegó a manos de Montse. La información que esperaba ansiosamente estaba ahí. Montse abrió el archivo adjunto.

Primero aparecieron los detalles técnicos: concentraciones, curvas de amplificación, tablas, reactivos utilizados, electroferogramas y luego, el renglón que le heló la espalda…

* * *

33 La licitación pública es el proceso mediante el cual una institución del gobierno invita a distintas empresas a presentar propuestas para ofrecer un bien o servicio y después elige la opción que mejor cumple con lo que necesita.