Capítulo 10
Montse se levantó aquel lunes por la mañana sin darse cuenta de algo casi simbólico: sus vacaciones ya habían terminado. Se bañó, se vistió, preparó café.
La misma rutina de siempre, nada ni nadie extraordinario. Nada nuevo.
Afuera, la mañana tenía ese movimiento mecánico de los lunes: tráfico espeso, rostros apurados, gente mirando el celular mientras cruzaba la calle.
Pero al llegar a su oficina… y ver que mágicamente sus pendientes eran pocos, sintió un golpe suave en el ego.
—Ah… mira nada más, no soy tan indispensable como imaginaba.
Sus compañeros habían sacado adelante la chamba sin ella, como debía ser, pero aun así… le molestaba tantito. Se sentó, abrió la computadora, apoyó los codos en el escritorio y se quedó mirando la pantalla, sin escribir, sin mover nada.
Montse tenía que estar trabajando, sacando la «chamba de siempre», pero ella solo estaba pensando.
Tenía la sensación de que debía verificar externamente la hipótesis que hasta ese momento se había formado y no valerse únicamente de los asuntos que le dio Oliver, pero: ¿Cómo abordar esto?
¿Cómo rastrear la solución? ¿Dónde empiezo?
De repente, una notificación vibró en su celular.
«Tus recuerdos del 2019».
Montse la abrió casi por inercia.
Apareció una foto de un paseo en San Cristóbal de las Casas, Estado de Nandá: ella sonriendo, el fondo boscoso y, a su lado, Alejandra. La fecha señalaba un momento que había dejado de existir para ella.
Se quedó viéndola unos segundos. Convenientemente, esa foto le mostró a Ale. Y en ese instante, Montse supo por dónde empezar. Levantó el teléfono casi por reflejo y buscó su número. Marcó sin pensarlo demasiado.
Alejandra era la encargada del área de Criminalística en el Estado de Nandá. Una mujer imponente, de presencia firme y segura. Al principio resultaba intimidante, de esas personas que obligan a mantener la postura y medir cada palabra. No regalaba confianza; había que ganársela.
Pero, una vez dentro de su círculo, todo cambiaba.
Tenía una calidez inesperada, una forma de estar que sostenía sin invadir. Estar cerca de ella era como permanecer junto a una estufa en invierno: firmeza con abrigo. Una presencia que no se doblaba, pero que protegía.
Contestó al segundo timbrazo.
—¿Montse? ¡Hola, amiga! ¿Cómo estás?
Montse sonrió sin darse cuenta. Se acomodó el cabello, como si Ale pudiera verla.
—Bien… ya sabes, sobreviviendo.
Intercambiaron unas frases triviales, lo suficiente para reconocerse y medir el ánimo de la otra. Hablaron de nada en particular, de esas cosas que no importan, pero que aflojan el cuerpo.
Montse sabía que Ale necesitaba ese preámbulo, aunque fuera breve.
Pero a ella nunca le había gustado dar vueltas innecesarias, y menos cuando pedía favores.
—Oye… —dijo, bajando un poco la voz—, te tengo un trabajo de encubierto.
Ale rio al instante, como siempre que Montse la arrastraba a alguna de sus ideas poco convencionales.
—Ay, tú… claro. Dime, ¿de qué se trata?
—Aún no me preguntes por qué, pero toma algunos casos, unas carpetas de investigación si se puede, que sean de feminicidio, que tengan un montón de indicios recolectados, donde sepas que tu gente trabajó bien, pero que los hechos hayan sucedido entre los años 2018 y 2020, y analízalas.
Nada más eso: léelas y, si puedes, estudia la carpeta de investigación completa, con declaraciones y otras intervenciones.
Ale dejó de reír, su tono cambió.
—Montse… ¿por qué? —preguntó bajito, como si algo le incomodara sin entender la razón.
Montse no quería predisponerla; necesitaba ojos frescos, una mente sin sesgo y un examen limpio.
—Mira, Ale… no te voy a decir nada.
Ni siquiera voy a leer esos expedientes.
No voy a juzgar tus intervenciones o las de tu gente, ni tu punto de vista, ni si coincides conmigo o no.
Respiró hondo.
—Cuando veas el problema… porque sé que lo vas a ver… me avisas. ¿Sí?
Ale guardó silencio unos segundos. Un silencio entre confusión y sospecha.
—Montse… —dijo finalmente— no entiendo nada, pero… está bien.
Tú siempre me mueves a cosas muy particulares e interesantes, acepto tu misión encubierta. Montse sonrió sin darse cuenta.
—Gracias, Ale. Tú confía.
—Siempre confío en ti —respondió Ale—. Te aviso en cuanto lo haga.
Y colgó.
Montse dejó el teléfono sobre el escritorio, con la sensación de que acababa de mover la primera ficha del dominó a su favor en su mesa de juego.
El verdadero trabajo apenas comenzaba.
Se recargó en el respaldo de su silla, viendo el techo iluminado.
—¿A quién más?
Tenía que elegir bien; necesitaba a alguien con otro perfil, alguien que pudiera ver lo que otros no. Alguien que entendiera de indicios, de detalles microscópicos, de esos que casi nunca se revelan a simple vista y que pudiera llegar a la misma conclusión.
—Ah… ya sé quién.
Buscó el nombre en su celular:
Eder - VN
El experto en laboratorio, el que revelaba indicios imposibles, el que encontraba rastros donde otros solo veían superficies limpias. Y, sobre todo… el que siempre intuía cuando algo estaba mal. Marcó.
Eder contestó en el segundo tono, con su voz llena de energía y acento del norte del país.
—¡MONTSE! ¿Qué hiciste ahora?
—Nada… todavía —respondió, sonriendo—. Oye, ¿tienes un minuto?
—Para ti tengo diez —soltó—. A ver, ¿qué locura vamos a hacer?
Ella rodó los ojos, divertida.
—Necesito que trabajes de encubierto.
—¡ME LO DIJISTE MUY BONITO! —gritó con su muy marcado acento norteño—. ¿Cuándo empezamos? ¿A quién espiamos? ¿Me pongo lentes oscuros? ¿Uso gorra? ¿Quieres que usemos clave secreta?
Montse no pudo evitar reír.
—Eder, no. No es ese tipo de encubierto.
—¿Segura? Porque ya saqué la ropa negra.
—No seas payaso —dijo ella, siempre agradeciendo su sentido del humor—. Mira, necesito que tomes algunos casos del Estado del Valle Norte. Unas carpetitas de investigación que te hayan llegado.
Si se puede, que sean de feminicidio o que tengan muchos indicios recolectados, de esos en los que se nota que el trabajo se hizo bien y, sobre todo, que sean entre los años 2018 y 2020.
Hizo una pausa breve.
—Nada más eso: léelo. Si puedes, revisa las carpetas completas, con declaraciones y las demás intervenciones.
—¿Y… luego te digo qué veo?
—Exacto.
Eder bajó el tono, pero no la emoción.
—¿Es un acertijo?
—Digamos que sí.
—¿Y si me aburro?
—No te vas a aburrir —dijo Montse—. Créeme.
—¿Y si es algo que nadie ha visto?
—Exacto.
Se escuchó un golpecito, como si Eder hubiera cerrado un folder o empujado algo en su escritorio.
—Montse… ¿estás empezando una misión secreta internacional? Porque si sí, yo jalo.
Ella rio otra vez.
—Solo lee el expediente, Eder. Luego me dices.
—Va. ¡Ah! Y te me desapareces menos, ¿eh? Ya me hacía falta una de tus aventuras.
—Eso sí no lo prometo —contestó ella con tono travieso—. Avísame cuando termines.
—Hecho. Ya estoy emocionado.
La voz de Eder seguía sonando animada en el altavoz del celular.
—Montse, tú dime qué tengo que leer y yo jalo. Ya sabes que para tus ideas locas siempre estoy.
Montse sonrió apenas. No era una sonrisa alegre, era un reflejo.
Ese tono… esa disponibilidad tan sencilla…
ese «aquí estoy» sin condiciones. Y entonces la memoria no pidió permiso.
La voz de Eder se superpuso con otra, más vieja, más profunda.
De cuando Montse estaba rota de verdad. Estaba sentada en un departamento que nunca llegó a ser hogar.
Vacío. Con goteras que marcaban el ritmo de la noche y cucarachas que aparecían sin pudor, como si también supieran que ahí no había nada que defender.
Había cajas sin abrir. Promesas sin dueño. Y un cuerpo que ya no respondía como antes.
Montse lloraba sin forma, sin aire, doblada sobre sí misma, respirando como si tuviera un hueco en el pecho. No era solo tristeza. Era la certeza brutal de haber sido usada.
De haber amado a alguien que tomó, extrajo, se aprovechó… de su persona, de su mundo, de su identidad y de su fe. De ella. El dolor no era solo emocional: le dolía el estómago, le dolía la cabeza, le dolía la piel. Había noches en las que el cuerpo simplemente no quería seguir funcionando.
Y Eder estaba ahí. No en el sillón, no en la cocina. En el teléfono. No preguntaba de más. No daba explicaciones fáciles. No intentaba arreglarla como si fuera algo roto que estorba. Él solo estaba.
—No te acabas aquí, Montse —le dijo una noche, con esa calma que parecía imposible—.
Yo sé que ahorita no lo ves… pero tú no te acabas aquí.
Ella temblaba porque cuando te rompen así, no solo pierdes a alguien: pierdes el nombre, el piso, la versión de ti que creías segura.
—No sé cómo seguir… —alcanzó a decir—. No entiendo por qué hizo esto.
Del otro lado, Eder respiró con ella.
—Paso uno: respirar. Paso dos: levantarte mañana. Paso tres: comer algo. Paso cuatro: volver a respirar. Pausa. No necesitas pretender ser fuerte, Montse. La fuerza ya la tienes. Ahorita solo necesitas tiempo.
Eder no la dejó sola. No la juzgó por no sanar rápido. No le dijo «te lo dije». No prometió que todo iba a estar bien.
La sostuvo desde donde se puede sostener a alguien cuando ya no queda nada: desde la presencia. Desde el silencio. Desde el respeto. Como alguien que entiende que, a veces, sobrevivir ya es una forma de valentía.
Regreso a la llamada actual
—¿Sigues ahí? —preguntó Eder, riéndose—. ¿O ya te fuiste a planear otra misión secreta?
Montse parpadeó el recuerdo con lágrimas en los ojos porque simplemente nunca dejó de doler. Respiró profundo.
—Aquí estoy —dijo—. Gracias por ayudarme, amigo.
—Siempre, amiga. Ya sabes —respondió él—. Somos equipo, ¿no?
Montse sonrió.
—Sí.
Eso eran: equipo. Y lo habían sido desde antes de que ella se diera cuenta.
Y colgó.
Montse dejó el teléfono en la mesa y respiró con una mezcla extraña entre alivio y adrenalina.
Había hecho dos llamadas. Y con eso… otra pieza de dominó ya estaba puesta. Ahora había que hacerlas caer.
Pasaron tres días. Montse mantuvo la calma, o al menos lo intentó. Se obligó a no escribirles, a no preguntar, a no dejar que la ansiedad le ganara terreno. Sabía que presionar a Ale o a Eder solo contaminaría el análisis; cualquier insinuación suya podía sesgar lo que ellos vieran o interpretaran.
Y, aun así, cada vez que pensaba en ellos leyendo esas carpetas, una punzada le recorría el estómago.
Esperaba. Caminaba. Se distraía como podía.
Pero, en el fondo, lo que de verdad hacía era contener la respiración, esperando el momento en que alguno de los dos la buscara.
Porque, si su intuición no estaba equivocada, en cuanto terminaran de leer… lo notarían.
Y así fue.
Primera llamada: Eder
El teléfono vibró.
Eder → Llamada entrante
Montse contestó de inmediato.
—¡MONTSE! —entró gritando, como si hubiera descubierto oro.
Montse sonrió apenas.
—Ya lo vi. YA-LO-VI. ¡¿Qué es esto, mujer?!
Montse no respondió enseguida. Se recargó en la silla.
—Lo noté en cuanto terminé uno de los expedientes —siguió él, todavía acelerado—. En cuanto lo vi, dije: no puede ser.
Montse cerró los ojos apenas.
—Perfecto, Eder. Era eso.
Del otro lado hubo un segundo de silencio, como si estuviera procesando.
—¿Qué demonios estás armando? —preguntó él, fascinado—. Esto está… interesantísimo.
Montse entrelazó los dedos.
—Oye, Eder… ¿cuántos expedientes revisaste?
—La neta, solo dos —respondió sin culpa—. Me dio flojera… pero en los dos había algo raro. La misma irregularidad. Creo que es justo lo que buscas.
Montse bajó la mirada.
—¿De qué años eran?
—Uno del año ٢٠١٨… y el otro del año ٢٠٢٠.
Montse asintió despacio, aunque él no podía verla.
—Perfecto.
Montse sonrió apenas.
En ese momento, un pendiente del trabajo apareció —algo mínimo, pero urgente—, y miró de reojo la pantalla de la computadora.
—Luego te cuento. Gracias, Eder. En serio.
—Oye, pero…
Montse colgó.
Segunda llamada: Alejandra
Al día siguiente, el teléfono volvió a sonar.
Alejandra → Llamada entrante
Ale hablaba con un tono contenido, como quien acaba de ver algo que no sabe si debería haber visto.
—Montse… encontré lo que buscabas.
—¿Sí? —preguntó Montse, aunque ya sabía la respuesta.
—Sí. Pero… —Ale se interrumpió, dudando—. Espérame. Fue tan extraño, tan puntual, que… tomé aún más expedientes con características similares de diferentes municipios.
Montse se enderezó en la silla.
—¿Y?
Ale tragó saliva.
—Pasó lo mismo. Exactamente lo mismo.
Montse sintió un cosquilleo en la nuca.
—¿Es del mismo tipo de delito?
—No. Son casos completamente diferentes. Distintos peritos. Distintas circunstancias. Distintos hechos. Pero… el «error» está ahí. El mismo patrón…
Montse cerró los ojos.
—Dime algo —añadió ella con la voz firme—: ¿de qué año son?
Ale consultó rápidamente sus notas.
—Esos… también están entre 2018 y 2020.
Silencio confirmatorio.
—Solo pasa en esos años, Montse —dijo Ale, y ahora sí sonaba asustada—. En los expedientes anteriores no aparece. Y en los recientes, tampoco.
Montse respiró hondo.
—Exacto. Eso era. Justo lo que había previsto. Gracias, Ale. Era exactamente lo que necesitaba saber —dijo Montse.
—… ¿qué significa esto? —preguntó Ale, con verdadera inquietud.
—Aún no lo sé —mintió Montse—. Pero ya te aviso.
Colgó.
***
Montse dejó el teléfono sobre el escritorio y lo miró en silencio.
Ya tenía dos confirmaciones nuevas, de expedientes que no estaban en la memoria USB de Oliver: del Estado de Nandá y del Estado del Valle Norte.
Dos métodos distintos. Dos líneas de trabajo completamente opuestas.
Y los dos dieron con la misma anomalía. Repetida y muy precisa.
Solo entre los años 2018 y 2020, y algunos otros salpicados al año 2021.
Montse se cruzó de brazos, con un brillo nuevo en los ojos.
—Bien —susurró—. Perfecto.
Era momento de hacer la tercera llamada. Pero esta vez… no solo buscaba confirmar un patrón. Ahora buscaba la pieza que pensaba que podía ser la clave.
Respiró hondo, deslizó el dedo sobre la pantalla y marcó.
—Vamos por la tercera llamada… —dijo, casi con un tono de desafío.
Y dejó que el teléfono sonara…