Capítulo 9 #3
A diferencia de los anteriores, parecía un caso limpio. Un simple robo a casa habitación.
Una familia se había ido dos semanas de vacaciones en el año de 2019. Al regresar, encontraron la casa saqueada.30 Pero, a diferencia de muchos asuntos similares, había cámaras —y buenas cámaras— instaladas por el padre de familia.
En el expediente había un video donde se veía con total nitidez a uno de los ladrones: hombre alto, moreno, musculoso, de cabello corto, usando solo un cubrebocas y una playera sin mangas, más propio de un gimnasio que de un robo a casa habitación.
Para entrar, rompió uno de los vidrios de la ventana frontal.
No calculó bien la fuerza ni el ángulo. El cristal estalló hacia adentro y lo alcanzó en el antebrazo.
La sangre apareció de inmediato: primero en el marco de la ventana, luego en el piso de la entrada, marcando una trayectoria torpe y apresurada del intruso.
No era una herida grave, pero sí suficiente para dejar rastros.
Montse abrió los archivos periciales. Había un dictamen de genética forense. No le sorprendió.
Con esa cantidad visible de sangre, lo lógico era que el perito criminalista que intervino la escena hubiera realizado muestreos; en realidad, no había otra opción técnica si se quería fijar e identificar correctamente al probable responsable.
Lo que sí le llamó la atención fue otra cosa: no había dictamen de criminalística, al menos no en el expediente.
Se detuvo un segundo en ese detalle, pero no le dio mayor importancia. Siguió revisando los archivos sin encontrar nada excepcional y decidió abrir la única intervención pericial que versaba en el expediente: el dictamen de genética.
Desde las primeras páginas notó algo distinto.
Era un dictamen sólido. Bien estructurado, bien explicado, metodológicamente limpio. No le faltaba nada: fijación fotográfica adecuada, cadena de custodia clara, procedimientos descritos con precisión, controles documentados. Todo en orden.
Montse avanzó sin prisa. Y entonces llegó a la conclusión. Se quedó inmóvil.
Sus ojos bajaron automáticamente a los electroferogramas, que se veían borrosos y en malas condiciones porque es una copia escaneada y no pudo distinguir nada de las imágenes.
Sin embargo, ahí fue donde lo entendió, no como una deducción lenta, sino como un golpe seco, inmediato. Sintió cómo la certeza de lo le subía por el pecho como un golpe seco. Y detrás vino vergüenza, una vergüenza que le ardió bajo la piel.
Una vergüenza seca, inmediata, seguida de un enojo silencioso contra sí misma por no haberlo visto antes. Era obvio, tan obvio.
Ese hallazgo no era exclusivo del Estado de Atlaya. Había estado frente a ella desde el principio. Apretó la mandíbula. La molestia no venía del error, sino de la omisión.
Ese dictamen no tenía fallas; al contrario, contenía exactamente lo que ella había estado pasando por alto.
Montse tragó saliva despacio, sin apartar la vista de la hoja.
Ese resultado no solo explicaba el caso del Estado de Atlaya.
Explicaba el caso del Estado de Xalpan. Explicaba los demás.
Explicaba la «anomalía» que Oliver estaba buscando.
Y, sobre todo, reordenaba todo lo que había leído hasta ese momento.
Se quedó unos segundos inmóvil, dejando que la certeza terminara de asentarse. Sentía el pulso en las sienes, constante, incómodo.
Entonces entendió algo más: ya no tenía que buscar explicaciones. Tenía que empezar a confirmar.
Se sentó derecha, volvió a abrir la memoria USB con calma, como quien manipula un indicio delicado, y regresó a la primera carpeta.
Esta vez no leyó. Observó.
Avanzó despacio al principio, verificando con cuidado, como si temiera equivocarse otra vez. Pero, conforme pasaban los minutos, la seguridad empezó a instalarse con una claridad casi física.
Lo que antes le tomaba horas ahora lo resolvía en minutos.
Saltó del Estado de California al Estado Peninsular con la concentración de quien ya conoce la respuesta y solo necesita comprobarla. El patrón estaba ahí. El dato que faltaba estaba ahí. La marca, el problema —lo que fuera— se repetía con una consistencia que ya no admitía duda.
Cada carpeta que abría no hacía más que confirmarlo. Montse dejó de sentir sorpresa. Ahora era reconocimiento. Rápido. Preciso. Quirúrgico. Sí. Aquí también. Otra vez. Listo.
Cuando terminó, cerró la laptop con un movimiento lento, casi ceremonioso. Se quedó sentada un momento sin moverse.
Tenía el corazón acelerado, las manos calientes y una certeza incómoda quemándole el pecho. Sacó el teléfono. Buscó el contacto de Oliver y esta vez no dudó. Tecleó:
«Ya lo encontré. Ahora me toca a mí».
Envió el mensaje sin añadir nada más, no hacía falta.
Montse acababa de cruzar un punto de no retorno: hasta ese momento había navegado en las aguas de las fiscalías, leyendo carpetas incompletas y acomodadas por otros.
Ahora estaba en su territorio. Ahora sabía dónde buscar.
* * *
30 Se entiende por «saqueada» la acción de despojar un inmueble de sus bienes, generalmente mediante la sustracción de múltiples objetos de valor, lo cual en términos jurídicos puede corresponder al delito de robo a casa habitación.