Capítulo 9 #2
—Oliver, necesito saber, este «accidente» que tuviste, ¿en realidad fue un accidente o alguien atentó cotra tu vida de manera voluntaria?
—Montse… la respuesta es sí —contestó con enojo contenido—. Fue un accidente, sí… pero había varios compañeros ahí cuando pasó y nadie le avisó a mi familia. Nadie se tomó la molestia ni tuvo la descencia de hacer una simple llamada.
Hizo una pausa breve.
—Eso fue lo que me terminó de abrir los ojos.
Montse lo observó con calma, intentando disimular la sorpresa que le provocaron sus palabras.
No lo juzgaba. Y decidió no insistir. Pero entendió algo más: Amanda estaba equivocada.
No había sido el caso de la Ciudad Federal lo que lo empujó a cambiar de rumbo. La realidad era otra.
El ambiente de fiscalía, áspero y sostenido, por fin —después de tantos años— había terminado por alcanzar a Oliver.
No había sido un solo hecho, sino la suma: el desgaste silencioso, las jornadas interminables, la indiferencia normalizada, la falta de compañerismo en los momentos que más importan.
Oliver se pasó una mano por la cara, como recordando algo que todavía le molestaba.
Montse lo entendía. Entendía todo lo que estaba atravesando. Pero también sabía que no podía irse sin resolver las dudas que los casos le habían dejado.
—Oliver —dijo al fin—, estoy terminando de estudiar el caso de la Ciudad Federal… y debo decir que me confundió más de lo que esperaba.
Oliver tomó la palabra de forma abrupta.
—Lo que despertó mi curiosidad en el caso de las violaciones de la Ciudad Federal no fue un dictamen ni la naturaleza del caso.
Fue una declaración. La confesión que Carlos, el acusado, le hizo a uno de sus primos y que este decidió presentar su declaración ante la autoridad cuando vio la oportunidad de obtener algo a cambio.
Montse se tensó; no recordaba esa declaración en los archivos de la memoria USB.
—Su primo vivía igual que él —continuó Oliver—. Narcomenudistas, los dos. Y antes de que todo el proceso penal iniciara, Carlos le dijo que él había matado a las últimas dos y violado a las demás… incluso se burló de las víctimas. Dijo que la justicia era inepta, que no lo iban a declarar culpable.
Montse abrió los ojos de par en par.
—¿Lo confesó?
Oliver asintió, serio.
—Sí. Y lo peor —dijo, con la mandíbula apretada— fue lo que pasó después. Cuando esa declaración se presentó ante la autoridad, la desestimaron.
Hizo una pausa breve antes de rematar:
—¡Porque la prueba de ADN no fue match, lo excluía por completo!
Silencio.
Un silencio pesado, como un cuarto lleno de humo invisible.
—Algo raro pasó aquí, Montse, muy raro. Yo no puedo quedarme tranquilo —dijo él, bajando la voz.
Montse tragó saliva. Oliver la miró directamente.
—¿Qué casos has estudiado de la carpeta que te di?
—Estado de Minería, Estado de Caliora y el Estado del Pacífico… obviamente el de Ciudad Federal.
Él asintió apenas, con un gesto lento.
—Ah… entonces todavía no vas ni a la mitad —murmuró.
Montse frunció el ceño. Pero antes de que pudiera decir algo, habló de golpe, como si la idea se le hubiera acomodado de pronto:
—Si los casos están relacionados entre sí… entonces el año clave es 2018. Y si el año es 2018, quiere decir que el asesi-...
Oliver la cortó de inmediato.
—¿Asesino? No, Montse. No.
No levantó la voz, pero el tono fue seco.
Se quedó rígido en el sillón, sin moverse, como si incluso acomodarse le costara unos quejidos de dolor.
—Aún no has visto lo suficiente —continuó—. Estás con visión de túnel… estás cerrando demasiado pronto, qué pensamiento tan reduccionista.
Ella lo miró, desconcertada.
Oliver respiró hondo antes de seguir.
—Eso es justo lo que no puedes hacer —dijo con firmeza—. No todavía. No con lo que has revisado.
Montse guardó silencio.
—Por algo te busqué a ti —añadió, más controlado ahora—. Y no fue porque hayas sido la perito titular en uno de los casos de la Ciudad Federal. Eso fue una coincidencia.
Hizo una pausa breve. Oliver apretó la mandíbula.
—Montserrat… si algo nos ha enseñado esta vida de mierda en fiscalía es a saber diferenciar un hecho de una simple coincidencia.
La miró fijo.
—Fuiste tú la que me enseñó a ser crítico. A distinguir un orificio en la pared y no pensar de inmediato fue hecho por un impacto de bala.
Pudo haber sido un clavo y se cayó. Un golpe. Lo que sea.
Hizo una pausa breve, conteniéndose.
—¿Y ahora vienes a decir que todo esto lo hizo un asesino?
Su voz bajó, más controlada, pero más tensa.
—Necesito que me ayudes a ver lo que yo no puedo ver.
Respiró hondo antes de continuar:
—A veces una escena es sencilla. Otras son más complejas. A veces los indicios hablan… y a veces ni gritan.
La sostuvo con la mirada.
—Eso me lo enseñaste tú.
Por Dios, Montserrat…
—Te busqué porque necesito otra forma de mirar esto. Porque yo tampoco tengo respuestas, no las encontré o al menos no las entendí.
La sostuvo con la mirada.
—Y ahora mismo estás viendo… pero no estás observando.
Montse sintió el golpe de las palabras, pero no se defendió.
Montse se quedó callada de golpe, intentando no mostrar el enfado evidente que esos comentarios le provocaron; sintió el golpe en el orgullo.
Aun así, continuaron discutiendo el caso un rato más, cada uno sosteniendo sus argumentos con una tensión sutil que ninguno quiso reconocer.
Finalmente, cuando la tarde empezó a caerse encima, Montse entendió que tenía que irse, aunque la conversación seguía retumbándole por dentro.
Se levantó despacio.
—Me voy, Oliver.
Él asintió apenas, visiblemente agotado.
—Gracias por venir.
Montse lo miró un segundo más antes de responder.
—Descansa.
Se despidió con un gesto breve y salió hacia la cocina. Amanda ya estaba ahí, como si hubiera sabido que la conversación había terminado mal.
—Gracias por venir —dijo Amanda con una sonrisa suave.
Montse asintió.
Amanda la acompañó hasta la puerta. No dijeron mucho, pero Montse notó que lo había percibido todo: la tensión, los silencios, las pausas largas.
—Cuídate —añadió Amanda en voz baja.
Montse salió sin responder de inmediato.
Mientras caminaba hacia su coche, la conversación seguía repitiéndose en su cabeza.
Los comentarios de Oliver seguían irritando a Montse días después.
Eso de «visión de túnel» y «reduccionista» le había picado el orgullo como pocas cosas.
Le irritaba que le hablaran así y, aunque no se lo dijo, por dentro decidió demostrarse —y demostrarle— que ella no se equivocaba tan fácil.
Al llegar a su casa, dejó las llaves sobre la mesa y retomó los expedientes.
Eligió una carpeta al azar y…
El caso del Estado de Xalpan, año 2018
A primera vista, parecía un caso sencillo: una riña entre dos mujeres que terminó con la muerte de una de ellas. Nada sofisticado, nada que pareciera encajar con los otros asuntos.
Montse abrió la carpeta sin demasiada expectativa y lo primero que vio fueron las declaraciones tomadas a los vecinos:
«Sí las conocíamos. Vivían juntas desde hacía como un año. Se peleaban seguido… casi siempre por celos.
No era raro escucharlas discutir por las noches; los vecinos ya sabíamos que luego se contentaban».
Montse avanzó en silencio, pasando hojas con calma.
«Ese día fue distinto. Se oían gritos más fuertes, cosas que se rompían… después ya no se escuchó nada».
Otra declaración coincidía:
«Cuando salí al pasillo ya estaba tirada una de ellas.
La otra estaba muy alterada, lloraba y gritaba que la había engañado».
Montse asintió levemente. Pasó a la declaración del primer respondiente.
«Atendí un llamado de auxilio realizado por vecinos.
Al llegar al lugar encontré a dos mujeres: una en el suelo, gravemente herida; la otra, alterada».
Nada fuera de lo común.
Montse pensó que el caso terminaría ahí: una discusión escalada, un ataque impulsivo, vecinos como testigos circunstanciales. Cerró por un momento la carpeta, casi por inercia… y entonces volvió a abrirla para revisar el apartado pericial.
Ahí fue donde algo no encajó.
El expediente mencionaba tres implicadas.
—¿Tres? —murmuró.
Regresó al dictamen.
En el cuerpo de la víctima se localizaron varias mordidas; por protocolo, se habían tomado hisopados de esas lesiones, ya que en ocasiones quedan restos de saliva útiles para identificación genética.
Montse siguió leyendo con más atención.
El perfil de ADN obtenido de una de las mordidas correspondía al de la detenida, pero el perfil de ADN obtenido de otra de las mordidas correspondía a una mujer distinta.
Montse se quedó inmóvil unos segundos. Eso implicaba una tercera participante en el ataque.
Pero no aparecía en ninguna declaración. Ni en la del policía. Ni en la de los vecinos. Ni en ninguna otra parte del expediente.
Sintió curiosidad.
El caso era pequeño, pero tenía un detalle que desentonaba con fuerza.
Revisó nuevamente las hojas, buscando algo que hubiera pasado por alto: una mención indirecta, una referencia ambigua, cualquier cosa. No había nada.
Quiso saber si la víctima había alcanzado a declarar la participación de alguien más, pero el expediente ya no contenía más actuaciones.
Finalmente, marcó la carpeta como «anómala», considerando posible que hubiera existido una tercera implicada antes de la llegada del policía.
Y continuó, sin sobrepensar y dejando los hechos abiertos a las posibilidades.
El caso del Estado de Atlaya, año 2019
Después llegó el caso del Estado de Atlaya.