La criminalista Capítulo 9
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Capítulo 9

El año que se repite

Montse no podía dejar de pensar en una sola cosa: ¿cómo estaba conectado el caso que Oliver no pudo resolver en Ciudad Federal con el resto del país?

Tenía que haber algo, alguna línea, algún punto en común que no había visto. Volvió a abrir la memoria USB y fue directo a las fechas. El agresor de Ciudad Federal no actuaba al azar: 2014, 2015, 2017 y 2018, que fue el año en que pasó de violar a matar.

Montse sintió un nudo en la garganta. Si quería entender esto, tenía que ver el panorama completo, porque empezaba a sospechar que la clave no estaba en los indicios en sí, sino en las fechas, en el ritmo, en las pausas entre un caso y otro.

Se obligó entonces a revisar las demás carpetas del país, no a fondo —no dictámenes ni fotos—, solo las fechas.

Abrió carpeta por carpeta y anotó:

Estado de Minería → 2018

Estado del Pacífico → 2020

Estado de Caliora → 2021

Luego tomó más archivos de la memoria USB, solo para ver la fecha del evento:

Estado de Cosío → 2021

Estado de Caliora → 2018

Estado de Bravía → 2018

Estado Peninsular → 2020

Estado de Nandá → 2018

Estado de la Cruz → 2019

Estado de Xandura → 2018

Montse respiró hondo. Había un patrón. Abrió una hoja en blanco y empezó a acomodar todo visualmente.

Montse se quedó mirando la tabla.

Tabla-línea del tiempo de los casos. Ciudad Federal.

Subcarpeta / Caso Año

Caso 1 (Montse) 2014

Caso 2 2015

Caso 3 2015

Caso 4 2017

Caso 5 2017

Caso 6 (homicidio) 2018

Caso 7 (homicidio) 2018

Otros estados

Estado Año

Estado de Minería 2018

Estado de California 2018

Estado de Bravía 2018

Estado de Nandá 2018

Estado de Xandura 2018

Estado de la Cruz 2019

Estado del Pacífico 2020

Estado Peninsular 2020

Estado de Caliora 2021

Estado de Cosío 2021

La mayoría de los casos fueron en 2018.

Ese año aparecía una y otra vez como si fuera un punto de unión. 2018 era el centro y donde todo parecía converger.

Y los casos posteriores, los de 2020 y 2021, parecían la estela de algo que se movió… como si el agresor hubiera cambiado de estado, o como si varias fiscalías hubieran ignorado el mismo patrón.

Montse sentía que su cerebro no conectaba, como cuando intentas resolver una ecuación matemática sin que nadie te explique cómo se hace.

El caso en Ciudad Federal era solo el inicio; después de 2018, el país se llenó de puntos rojos, todos señalados por Oliver.

El año que quizá no significaba nada

Montse repasó la tabla una y otra vez. 2018 aparecía como una sombra repetida en casi todos los estados.

Pero mientras más lo veía… algo empezaba a incomodarla…

No tenía sentido. Los delitos, de cualquier índole, de cualquier clasificación, ocurrían todos los años, en todo el país.

Con miles de variables. Y las carpetas en la USB no eran del mismo agresor.

No eran del mismo tipo de delito. No tenían relación geográfica, ni modus operandi, ni víctimas similares. Eran delitos distintos, personas distintas, conductas distintas.

Montse sintió un golpe de lucidez.

—A lo mejor estoy forzando algo… —dijo en voz baja.

Era lógico y humano. Cuando uno quiere encontrar un patrón, el cerebro comienza a unir puntos aunque no exista ninguna relación real.

Quizá solo estaba cansada, afectada por el accidente de Oliver y saturada por las carpetas tan brutales que había visto. Quizá 2018 no significaba nada. Quizá solo era un año terrible, como cualquier otro, lleno de violencia… y sin conexión alguna.

Montse cerró la laptop.

—Ya basta por hoy…

Se dejó caer en la cama sin cambiarse la ropa, con el cuerpo pesado y la cabeza todavía llena de fechas que no encajaban.

El sueño llegó a trompicones, fragmentado, con imágenes confusas y una sensación constante de alerta.

Se despertó varias veces durante la noche, pero no encendió la luz; no quería enfrentarse a nada más hasta que amaneciera.

Cuando por fin salió el sol, se levantó sin ganas.

Preparó un café fuerte, casi amargo, que se tomó de un solo sorbo, y se metió a bañar.

Dejó que el agua caliente le cayera encima hasta que la piel le ardió, como si el calor pudiera arrastrar el cansancio y las dudas.

Al salir de la ducha, tomó un respiro largo, profundo, intentando convencerse de que ese día pensaría con más claridad.

Se habló a sí misma frente al espejo:

—Hoy solo Ciudad Federal. Nada más. Una cosa a la vez.

No quería caer en teorías extrañas. Ni en conspiraciones. Ni en patrones que probablemente no existían.

Ese día, Montse decidió concentrarse únicamente en lo que sí sabía con certeza: El caso que Oliver no pudo resolver. De lo demás… se ocuparía después, si es que había algo de qué ocuparse. Y si no… pues sería solo otra coincidencia más en un país lleno de violencia.

Montse abrió la laptop, respiró hondo y volvió a abrir:

Ciudad Federal – Caso 1, 2014

Todo empezaba allí. Los casos del 1 al 5 eran iguales, calcados uno del otro.

Copiar y pegar del mismo asunto. No porque los dictámenes fueran iguales —cada uno tenía diferencias claras en redacción, estructura y estilo, producto de que los elaboraron personas distintas—, sino porque el agresor hacía exactamente lo mismo en todos:

Mismas horas, mismo tipo de víctimas, las chicas se parecían entre sí, misma secuencia, mismo patrón operativo. Era como si el sujeto no pudiera actuar de otra manera.

Lo realmente raro venía después.

En los casos 6 y 7 —los homicidios— todo seguía igual, excepto por un detalle: había un cadáver presente. Y, para sorpresa de Montse, en esos dos casos sí se había activado el protocolo de feminicidio.

Eso significaba: muestreo completo, cadena de custodia sólida, evidencia tomada correctamente, fotografías y embalaje conforme a las buenas prácticas.

Nada fuera de lo común. Ni mal hecho ni extraordinariamente bien hecho. Solo… correcto. Pero una de las subcarpetas, la número 5, traía algo más. Algo que Montse no esperaba.

El nombre del detenido. Ahí estaba, muy claro: Carlos Moreno Leyva, detenido en el 2019. Reconocido por varias víctimas, captado en cámaras saliendo de zonas cercanas a los hechos, viviendo en el perímetro de la ocurrencia… y, sobre todo, la prueba de ADN había marcado su destino.

Carlos fue declarado culpable de las primeras cinco violaciones, pero no de los homicidios.

Montse leyó la nota:

«El perfil genético obtenido de los cadáveres no coincide con el de Carlos Moreno Leyva».

La frase continuaba, pero el resto había sido cubierto con una franja negra, opaca, como trazada con plumín sobre el archivo digital.

Apenas alcanzaba a leerse:

«El perfil obtenido corresponde a…».

Y nada más. Se le heló la espalda.

¿Cómo era posible?

Si los casos eran idénticos —idéntica secuencia, idéntica víctima tipo, idéntico patrón—, ¿cómo podía ser que el ADN no coincidiera?

Y peor aún: alguien había decidido ocultar el resto.

¿Era un imitador? ¿Eran dos? ¿O qué demonios estaba pasando?

Carlos no fue sentenciado por los homicidios porque simplemente no era su perfil genético.

Además, casualmente, en esos dos últimos casos no hubo cámaras de seguridad funcionales dentro de los consultorios ni cámaras públicas que lo captaran en las zonas cercanas, y las víctimas, ahora, no podían hablar.

Montse se quedó mirando los expedientes.

La franja negra seguía ahí, inmóvil, cerrando la única línea que podía explicar todo. Se obligó a apartar la vista. Ya no estaba leyendo; solo estaba dando vueltas en el mismo punto. Necesitaba detenerse un momento.

Montse decidió tomar un respiro y aprovechar para comer.

Mientras masticaba, sin darse cuenta, se desconectó por un instante: su mente se distrajo sola, como si hubiera soltado el hilo sin avisarle.

Entonces volvió la vocecita interna con su tono ácido habitual: ¿Debería ir al GYM?

¿O voy a usar este caso como otra excusa para justificar mi flojera y falta de motivación?

Hizo una mueca. No era momento para pelear consigo misma… terminar de comer le ayudó a aterrizar un poco, y justo entonces sonó el teléfono: era Amanda.

—Montse, ya estamos en casa —dijo con voz tranquila—. Si quieres venir a…

Montse no la dejó terminar.

—Voy para allá.

Montse no tardó ni treinta segundos en agarrar sus cosas y salir.

Tenía que ver a Oliver. Había demasiadas cosas que necesitaban aclararse. Mientras iba en camino, Montse intentó anticipar lo que encontraría. No sabía en qué estado estaría Oliver, ni si él estaría dispuesto a hablar del tema o solo descansar.

Al llegar, notó que la casa estaba impecable, aseada, ordenada, cálida. La casa de una familia aparentemente funcional, ese tipo de hogar donde se siente la presencia de una mujer que cuida cada rincón.

Amanda se movía silenciosa por la cocina mientras Montse avanzaba hacia la sala. Oliver estaba sentado en el sillón, con una venda en la frente y una manta ligera cubriéndose las piernas. Se veía agotado, pero estable.

Montse le dedicó una sonrisa.

—Oliver… me da gusto verte bien.

Él levantó la mirada.

Sus ojos tenían ese brillo triste, ese que aparece cuando uno ya tomó una decisión difícil.

—Montse… es momento de hablar.

Se acomodó, como quien se prepara para soltar algo que lleva tiempo guardado.

—Ya quiero presentar mi renuncia —dijo sin rodeos—. Mi familia es lo primero. Y no puedo permitir que un accidente como este me separe de mi familia.

Montse lo miró fijo.

—Ya solo termino algunos asuntos pendientes —continuó Oliver, más bajo— y me retiro del ambiente de fiscalías… al menos de la investigación de delitos, ya estoy cansado de lo mismo de siempre…

Montse respiró despacio, asimilando sus palabras. En ese instante, Amanda apareció con dos vasos de agua.

Los dejó en la mesa con una sonrisa amable y volvió a la cocina para darles espacio.

Oliver bajó aún más la voz.

—Quiero tener hora de salida, hacer planes que no se arruinen con mi esposa y mis hijos, quiero tener tiempo…

Montse lo escuchó sin interrumpir.

Familia. Esposa. Hijos.

Las palabras pasaron frente a ella sin encontrar dónde quedarse. No porque no las entendiera… sino porque no le significaban nada propio. Para ella, el tiempo siempre había sido otra cosa: casos, informes, escenas, decisiones.

No dijo nada.

Montserrat le preguntó: