La criminalista Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Recordó entonces: en ese tiempo estaba empezando a usar una técnica, la de fuentes de luz alternativa, las famosas «luces forenses».28 Había tomado un curso básico y era su primera escena aplicándola a fondo, en un lugar real.

Este asunto en particular no era un feminicidio, no era un homicidio: era un caso de violación. Un consultorio y una odontóloga viva…

Montse siguió pasando fotos.

Cada imagen era como un fragmento que regresaba después de años bajo el agua:

El lavabo fluorescente.29

Manchas que aparecían bajo las luces en el piso.

Patrones de manchas fluorescentes en la pared.

El cepillo dental con luminiscencia azulada.

Varios intentos de fotografías donde se veía que experimentaba con el ISO, el diafragma o el tiempo de obturación.

Y de repente recordó la voz del agente investigador de ese entonces, preguntando:

—¿Esto… esto qué significa, licenciada?

Y ella respondiendo con una firmeza que no sabía que ya había perdido:

—Significa que…

Montse se quedó quieta.

Un zumbido le recorrió la nuca, y aun así… no recordaba haber ido a juicio sobre este caso; al menos no fue convocada.

Montse cerró los ojos un segundo.

Algo muy antiguo estaba intentando despertar en su memoria.

Montse siguió revisando cada una de las subcarpetas.

Si bien fueron intervenidas por diferentes personas y en diferentes momentos, el actuar del violador era el mismo: odontólogas jóvenes, casi recién graduadas, que no tenían recepcionista y cuyo consultorio estaba a pie de calle.

Fue analizando subcarpeta por subcarpeta, archivo por archivo, de manera superficial, y todo parecía muy similar, hasta que las subcarpetas 6 y 7 eran de dos odontólogas que habían sufrido un destino diferente:

El perpetrador tenía el mismo patrón, la misma ruta y el mismo método.

Pero ahora… ya las había matado.

Odontólogas asesinadas dentro de sus consultorios. No solo violadas, sino que ya el delito había cambiado.

El depredador estaba escalando.

De agresión sexual a feminicidio. Como si los años lo hubieran vuelto más confiado: Más rápido. Más preciso. Más violento.

Montse sintió un mareo momentáneo. Pasó las manos por el cabello, ya deshecho por la noche. Y entonces una pregunta la golpeó: ¿Oliver? ¿Por qué le afectó tanto este caso?

Habían trabajado juntos años atrás en otra serie de asesinatos seriales, y aunque fue un asunto complicado, Oliver no se quebró así, no pidió cambio de área, no dejó el área de campo; al contrario, pareció que su adicción por su trabajo aumentó.

¿Por qué este sí?

Montse revisó más, pero su vista ya ardía. Se talló los ojos. Miró el reloj en la esquina de la pantalla del ordenador: 2:03 a. m.

Suspiró, cerró la laptop y se fue a recostar. El cuerpo estaba agotado y la mente hirviendo. Apenas cerró los ojos… ¡PUM!

Se levantó como si la hubieran lanzado desde adentro.

—¡Los años! —dijo en voz alta, agitada—. ¿En qué años fueron cometidos estos delitos?

Se sentó en la cama, respirando rápido.

La USB seguía conectada. Volvió a la laptop. Abrió la carpeta de CIUDAD FEDERAL. Revisó una por una las fechas de las subcarpetas.

Subcarpeta 1 «Montse» — 2014 (noviembre)

Su caso. El primero. La víctima sobrevivió. Violación.

Subcarpeta 2 — 2015

Tres meses después, idéntico patrón.

Subcarpeta 3 — 2015

Otra vez tres meses después. Misma zona. Mismo tipo de consultorio.

Luego… un salto. Un hueco enorme en el tiempo.

Subcarpetas 4 y 5 — 2017

Dos años después, y las víctimas seguían vivas, seguía siendo violación.

Montse aún no entendía qué quería buscar, estaba como incrédula.

Ese hueco entre los años 2015 y 2017 no significaba que el agresor hubiera dejado de atacar; significaba algo peor: que quizá las víctimas no denunciaron.

Consultorios sin personal. Mujeres jóvenes. Profesionales que temen perder pacientes. El silencio como reacción social y como prueba de la cifra negra en México aquí estaba presente.

Y entonces… llegaron las…

Subcarpetas 6 y 7 — 2018

Aquí ya no era cuestión de denunciar o no, porque ahora las había matado. No había denuncia posible; las encontraban así, muertas, y era obligación del Estado investigar… y el patrón era idéntico…

Montse se quedó mirando la pantalla, tiesa. La línea temporal tenía lógica criminal, y solo había una persona que conocía esto antes que ella: Oliver.

Montse cerró los ojos y se frotó el rostro con ambas manos.

Entendía la gravedad de lo que estaba leyendo y, aun así, no pudo evitar recordar aquel resentimiento antiguo: el de las guardias interminables, el de aprender a cosificar los asuntos para poder seguir funcionando.

Como los médicos que cosifican a sus pacientes: atender rápido, resolver, el que sigue.

Ella y sus compañeros peritos también lo hacían, pero en su propio ámbito.

No importaban las secuelas de la investigación. Importaba terminar de procesar el lugar y ya.

A los criminalistas nos molesta que nos digan «recoge indicios» o «levanta cadáveres». Siempre reclamamos que somos científicos, pero en muchos estados del país en eso nos convertimos: simples técnicos que levantan cuerpos. No por falta de vocación, sino por exceso de todo lo demás.

El exceso de trabajo, la carencia de materiales y la falta de capacitación se convierten, poco a poco, en una carga que desgasta. A eso se suma algo aún más complejo: la incomprensión de lo que realmente hacemos.

En medio de esa rutina, a veces caemos en la tentación de minimizar los indicios, de convencernos de que no son relevantes o de que no guardan relación con el lugar.

No siempre por mala fe, sino por cansancio, por falta de tiempo, por una inercia que termina apagando la curiosidad y el rigor que este trabajo exige.

Así, el proceso se vuelve un trámite. Se trabaja para cumplir, para que la guardia termine sin sobresaltos, para que el siguiente turno sea tranquilo. Y en ese automatismo se nos olvida algo esencial: nuestro trabajo no es para nosotros, es para la sociedad.

Al final del mes, el salario —muchas veces insuficiente— parece ser lo único que empuja a seguir. Y aceptar eso, aunque sea incómodo, también deja una huella. Algo se rompe por dentro cuando la vocación se ve reducida a sobrevivir.

* * *

28 Las luces forenses son fuentes de iluminación especializadas que emiten longitudes de onda específicas para detectar y visualizar indicios no visibles a simple vista, como fluidos biológicos, fibras, manchas o alteraciones en superficies.

29 La fluorescencia es el fenómeno por el cual ciertas sustancias emiten luz visible al ser expuestas a una fuente de iluminación específica, lo que permite detectar y observar indicios que no son visibles a simple vista.