La criminalista Capítulo 8
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Capítulo 8

Ese día, Montse no hizo su rutina: ni café, ni noticiero de YouTube, ni ducha larga.

Solo tomó sus llaves, su celular y salió de su departamento tan rápido como le permitieron las manos temblorosas que ya no podía controlar.

Llegó a la casa de Amanda y Oliver con el corazón apretado, sintiendo ese tipo de inquietud que no nace de la mente, sino del cuerpo.

Amanda abrió la puerta antes de que Montse tocara; tenía el rostro hinchado, las ojeras marcadas y un temblor en la voz que se notaba incluso antes de que hablara.

—Gracias por venir… —susurró.

Montse entró sin preguntar.

La casa estaba en silencio. No un silencio tranquilo, sino uno tenso, suspendido en el tiempo. La luz seguía prendida en la sala y había una taza olvidada sobre la mesa.

Caminaron hasta el comedor sin hablar.

Se sentaron frente a frente. Amanda acomodó las manos sobre la mesa y luego volvió a entrelazarlas, como si no supiera dónde ponerlas. Montse la miró con atención, esperando.

—Montse… algo no estaba bien con Oliver.

Yo veía cómo su salud y su humor estaban cambiando.

No dormía, casi no hablaba; llegaba y se quedaba en silencio con la computadora.

Decía que había cosas que no le cuadraban.

Yo le pedí que lo dejara… que no todo tenía que cargarlo él.

La verdad es que ya nos estaba afectando, incluso el matrimonio.

Y esto… esto no es propio de él. Oliver no desaparece así.

Por eso pidió el cambio del área operativa al área administrativa.

Montse no pudo evitarlo: frunció el ceño y dibujó una expresión de sorpresa al escuchar aquello.

Justo ahí sonó el teléfono de Amanda.

Ella miró la pantalla.

El nombre: OLIVER.

—¡Es él! —dijo con un hilo de esperanza.

Contestó:

—¿Oliver? ¿Dónde estás? ¡Nos tenías…! ¿Cómo que quién habla?

Montse vio cómo el color se le escapó del rostro.

—Sí, soy su esposa… ¿qué…?

Amanda bajó el teléfono con la mano temblorosa.

—Está en el hospital —susurró—. Está internado.

La palabra hospital se quedó flotando entre las dos.

No hicieron preguntas. No fue necesario.

Se levantaron casi al mismo tiempo. Montse tomó las llaves y ofreció llevar a Amanda en su auto.

Durante el trayecto no hablaron. Amanda lloraba en silencio, con el rostro vuelto hacia la ventana, mientras Montse conducía con el estómago hecho un nudo, concentrada en el camino para no pensar demasiado.

En urgencias, después de preguntar en la entrada, una enfermera las hizo pasar y las condujo con el médico en turno.

—¿Familiares de Oliver Santana?

—Yo… —Amanda tragó saliva—. Soy su esposa.

El médico revisó el expediente con rapidez, como quien ya ha dado esa explicación demasiadas veces.

—Lo trajeron anoche —dijo el médico, con voz medida—. Fue víctima de un atropellamiento. El conductor, según los reportes, iba en estado de ebriedad. Perdió el control, se subió a la banqueta… y lo embistió directamente.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Después se dio a la fuga. Fueron varios testigos quienes llamaron a emergencias. La ambulancia llegó a tiempo y pudimos ingresarlo de inmediato.

Amanda soltó el aire de golpe. No fue un alivio limpio, sino una mezcla torpe de miedo, cansancio y agradecimiento. Montse permaneció en silencio.

—¿Podemos verlo? —preguntó Amanda al fin.

Asintieron en silencio y las dejaron pasar.

Oliver estaba ahí.

El cuerpo inmóvil sobre la cama no se parecía del todo al hombre que ambas conocían. Tenía excoriaciones por arrastre en el rostro, el pómulo amoratado, el labio partido. La pierna derecha inmovilizada, el brazo izquierdo vendado. Demasiados golpes para una sola noche.

Amanda se quebró al verlo.

—Mi amor… —susurró, acercándose—. Estás vivo… estás aquí…

Montse se acercó un poco, en silencio.

El médico repitió desde la puerta:

—Las lesiones no ponen en peligro su vida, no hay daño interno grave. Fue un accidente desafortunado, pero se va a recuperar.

Amanda asintió, como si esa frase fuera un salvavidas.

—Fue un accidente —repitió para sí misma—. Solo un accidente. Nadie quiso hacerle daño… solo… solo un borracho…

Montse se limitó a observar.

Y fue justo entonces cuando Oliver abrió los ojos lentamente. Todavía aturdido por el medicamento… pero consciente lo suficiente para verlas.

Primero miró a Amanda, luego, lentamente, a Montse.

Esa mirada no tenía palabras, pero tenía intención. Un mensaje silencioso: un «no digas nada». Un «no aquí». Un «ahorita no».

Montse entendió de inmediato.

No era momento para discutir incongruencias, no era momento para exponer dudas, no era momento para alterar a Amanda. Lo importante era su salud y que Amanda estuviera tranquila. Lo importante era que Oliver, al menos por ahora, estaba vivo.

Montse dio un paso atrás, respiró hondo y dijo:

—Se va a poner bien, Amanda. Ya está a salvo.

Amanda lloró con más calma, Oliver cerró los ojos de nuevo y se quedó dormido, ahora el silencio era parte del cuidado.

Lo que Amanda sabía

Montse salió de la habitación del hospital con el corazón latiendo a un ritmo acelerado. Fue a la cafetería, pidió dos cafés y, tras unos minutos que se le hicieron más largos de lo normal, volvió al cuarto.

Amanda seguía sentada a un lado de la cama de Oliver, un poco más tranquila que antes.

Montse le extendió el vaso.

Amanda lo tomó con ambas manos, como si necesitara anclarse a algo tibio para no desmoronarse.

Era el momento.

Un instante pequeño, frágil, en el que podía preguntar.

—Amanda… —dijo Montse en voz baja—. ¿A qué te referías cuando dijiste que Oliver pidió cambio al área administrativa?

Amanda suspiró, miró el café y jugueteó con la tapa.

—Oliver ya tiene rato que no sale a campo —explicó con un hilo de voz.

Montse frunció el ceño.

—¿Cómo?

Amanda dudó mucho si contarle o no, y Montse no la presionó. Solo esperó, dejándole espacio para que se acomodara, para que respirara un poco. A veces la gente habla cuando siente que puede hacerlo sin juicio.

Finalmente, Amanda habló:

—Oliver es de los agentes del Ministerios Públicos, pero de esos que se apasionan.

De los que investigan como si fueran detectives de serie de televisión, de esos que no duermen hasta tener la pieza que falta.

Y… antes de que se cambiara, tuvo un caso que…

—ahí su voz tembló— que no lo dejó en paz. Nada que ver con lo que suele llevar.

Montse sintió una corriente fría recorriéndole la espalda.

—¿Qué tipo de caso? —preguntó despacio.

Amanda bajó la mirada.

—No estoy muy segura, de esto no habló mucho conmigo, pero sé que hay un caso de la Ciudad Federal… —respiró hondo—. Un violador en serie que al final terminó asesinando a odontólogas dentro de sus consultorios.

Montse no parpadeó.

—¿Y Oliver no lo resolvió, no encontró al culpable? —preguntó.

Amanda negó lentamente, como le preocupara decirlo.

—No… nunca pudieron atraparlo. Ese caso lo afectó tanto que él mismo pidió cambio de área. Dijo que necesitaba «un cambio de aire». Yo creo que ese expediente lo estaba consumiendo. Que algo… algo no cuadraba y no lo dejaba ni dormir.

Montserrat se preguntó si era casualidad el cambio de Oliver al área administrativa o si había algo más que no le había contado, y ahora estaba en un hospital, golpeado, con «un conductor borracho» como excusa.

Pero, ahora, la cara de Oliver expresó algo distinto, expresaba preocupación.

Montse tragó saliva, dejó el café a medias y respiró hondo. Sintió que empezaba a estorbar en el hospital y decidió marcharse a casa. Manejó de regreso a su departamento como si el volante pesara más que de costumbre. El tráfico avanzaba lento, pero su mente iba mucho más rápido.

Mientras regresaba, no dejaba de pensar en ese asunto del violador serial… ¿Estaría en la USB?

Apenas cerró la puerta de su departamento, dejó las llaves en el pequeño plato de cerámica junto a la entrada, caminó directo al escritorio y abrió la laptop.

Con los dedos temblorosos conectó la memoria USB. Buscó la carpeta de Ciudad Federal. Y ahí estaba.

El título frío, anodino, casi burocrático:

«CIUDAD FEDERAL_11-03_Consultorios_Odontología».

Era un expediente que contaba con siete subcarpetas, lo cual tenía sentido, ya que hablaban de un violador serial; entonces debía de tener varios expedientes en su haber. …Abrió la carpeta… Algo la hizo detenerse de golpe: una de las subcarpetas tenía un nombre… ¡su nombre!

«MONTSE»

Escrito así, en mayúsculas, sin espacios, sin apellido. Se le heló la espalda.

—¿Qué es esto…? —murmuró, ya mareada del susto.

Montse respiró hondo… y la abrió. El primer golpe fue visual. Fotografías. Muchas. No necesitó leer nada para entenderlo.

Reconoció de inmediato su forma de trabajar: la rotulación de los indicios, la manera de encuadrar los planos cerrados, las etiquetas con su letra firme en las tarjetas métricas.

En varias imágenes aparecía su clave escrita en marcadores blancos y, en otras, su firma diminuta en las esquinas de los formatos.

No había duda.

Montse había sido la perito en esa investigación. La sangre se le fue a los pies. Sintió el mismo vértigo que se siente cuando el piso parece inclinarse en un temblor.

Había firmado cientos de dictámenes, visto decenas de cadáveres, trabajado escenas inimaginables… Pero este caso no estaba en su memoria, no con claridad ni con nitidez. Como si su mente hubiera decidido guardarlo en un cajón sellado.

Comenzó a analizar fotografía por fotografía, para ver si algo le encendía la memoria, hasta que una de esas fotografías era un baño con azulejo blanco, lavabo pequeño y sombras extrañas en las paredes.

Y ahí estaba: una foto de ella. Esta no era una foto «oficial», era una foto de un compañero que la tomó mientras trabajaba.

Montse, aún joven, más delgada, Estaba en cuclillas, concentrada, ajena a la cámara.

Vestía el traje Tyvek, con el cabello parcialmente recogido.

Sostenía una cámara réflex entre las manos, inclinada sobre un indicio, completamente absorta en su trabajo.

La postura era firme, precisa. Natural. Una versión de sí misma que ya no reconocía del todo.

Ilustración de foto real.