La criminalista Capítulo 7
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Capítulo 7

Al día siguiente, Montse se levantó temprano y, casi sin pensarlo, dejó que el cuerpo la llevara por su rutina de siempre: preparar café mientras revisaba el celular, escuchar de fondo a su youtuber de noticias, meterse a bañar sin prisa y comenzar a cambiarse para ir a trabajar.

Hasta que se quedó quieta, con la toalla en la mano. Estaba de vacaciones. Soltó una risa incrédula, casi un respiro atorado. Era tan extraño no tener prisa… tan extraño no estar corriendo detrás de un pendiente… tan extraño tener permiso de existir sin productividad.

Justo entonces entró una llamada.

—Buenos días, flaquita —la voz de su papá, cálida y distante a la vez.

—¿Andas ocupada? ¿Cómo te está yendo en el trabajo?

Hablaron poco. Su papá se tenía que ir a hacer sus «cosas», una excusa solo para colgar.

Montse sonrió: tan distintos, tan incompatibles… pero amándose como padre e hija. Su relación era la definición perfecta de una relación funcional a larga distancia. Cuando colgó, Montse abrió su clóset para vestirse y nada: pura ropa vieja o uniformes institucionales.

Pura ropa cómoda para trabajar. Nada «bonito». Nada «de salir».

—Tengo pura ropa de señora cansada —murmuró.

Así que decidió ir sola a comprar ropa.

En la tienda, mientras veía blusas, jeans y vestidos, su mente estaba en el Estado del Pacífico: tanta sangre, tantos hisopados, y solo dos dictámenes en el expediente de la USB.

Montse se preguntaba: ¿qué pasaría si no se hubieran realizado las pruebas a todos los hisopos? Eran demasiados y, por lógica, no se procesaron todos. Montse sabía que no había tiempo, ni reactivos, ni recursos suficientes para analizar tantos indicios de un solo hecho.

Los demás hisopos, los que no fueron procesados, debían estar resguardados en la bodega de evidencias.24

¿Existirían más dictámenes? ¿Los negaron, los perdieron… o nunca los hicieron?

El procedimiento pericial parecía correcto: cadenas de custodia bien, fotografía forense bien, el levantamiento bien… Entonces… Todo parecía «en orden».

Al final, no le quedaba más que regresar a su departamento y cerrar ese pensamiento, al menos por ahora, para continuar con la siguiente carpeta. Esta vez decidió alejarse incluso geográficamente del caso y buscar otra región, al norte, en el otro extremo del país.

Eligió el Estado de Caliora conectó la memoria USB y abrió la carpeta sin expectativa alguna.

Lo primero que apareció fue una escena completamente distinta a las anteriores.

Ya no era una mujer sola, ni una discusión previa, ni una investigación fragmentada.

Era una familia completa: cuatro varones, tres niños pequeños de 2, 5 y 7 años y el padre, todos muertos dentro de su casa.

Montserrat recorrió las imágenes con calma profesional.

Reconoció el patrón casi de inmediato. El color rosado de la piel, las livideces establecidas,25 las posturas relajadas.

Los cuerpos estaban acomodados de forma casi cuidadosa, como si simplemente estuvieran dormidos.

Asfixia por gas. Una fuga silenciosa. Una muerte sin lucha, sin dolor consciente. Murieron durmiendo.

Un caso «fácil». Rutinario. Con protocolos claros y sin demasiadas aristas.

Eso pensó hasta que avanzó en la carpeta fotográfica y llegó a las imágenes del baño.

Ahí, en el piso de la regadera, aparecían rastros de sangre que no se veían a simple vista, pero que habían sido revelados con una sustancia quimioluminiscente como Bluestar o Luminol. 26 La escena cambiaba por completo.

Se habían realizado hisopados, por supuesto. En ese momento parecía un detalle menor, parte del protocolo rutinario, hasta que Montse avanzó en el expediente y leyó el nombre de la persona detenida. Era la madre de los niños. La esposa.

Acusada de causar la fuga, acusada de matar a sus hijos y a su esposo.

En el expediente había declaraciones de familiares que decían que nunca quiso ser mamá cuando era joven… pero, al ver las fotografías en vida de sus niños, estos parecían sanos y bien cuidados, todo normal…

¿Por qué la detuvieron?

Una declaración documentada lo explicaba:

—El esposo le descubrió un amante y la amenazó con quitarle a sus hijos —leyó Montse—. La iba a dejar. Ella se volvió «loca» y rogaba el perdón y pedía que no la alejara de sus hijos…

Al momento de detener a la madre, ya no vivía con ellos. Su esposo la había sacado de la casa, pero tenía una copia de las llaves. Eso parecía suficiente para culparla.

Montse siguió leyendo:

En el dictamen del hisopado, el ADN mostraba que sí, la sangre en la regadera era de ella… pero también había un segundo perfil: un perfil parcial femenino. Alguien más estuvo en esa casa. Otra mujer.

Y Montse pensó inmediatamente: tiene sentido que sea un perfil parcial…

Primero, por el lugar donde se encontraba, y porque fue revelado con el reactivo luminol, la muestra estaba degradada, pudo estar lavada o en contacto con agua corriente. Pero ¿dos mujeres? ¿En una escena de «muerte por gas»? ¿Una casa donde solo había cuatro varones y el papá?

Las declaraciones + su sangre en la regadera + el conflicto con el esposo…

fueron suficientes para culparla.

Y entonces vino el golpe:

La madre declaró que esa noche se encontraba fuera de la ciudad. Aportó pruebas claras de que no había estado ahí, registros que podían confirmarse sin dificultad. Nadie las tomó en cuenta. La versión no encajaba con la carpeta y fue dejada de lado.

Días después, cuando finalmente fueron a detenerla para vincularla a proceso,27 la localizaron en un departamento que acababa de rentar. Estaba sola, dormida… muerta. Sobredosis.

Con una carta en la mesa:

«Voy en busca de mi familia.

Mis niños son pequeños y necesitan la protección de mamá».

Montserrat sintió un escalofrío.

Había una declaración más, casi perdida entre las entrevistas, pero Montse la reconoció como importante de inmediato. Era la maestra de la guardería del niño más pequeño.

La señora Zavala, en su testimonio describe a la mamá como una mujer normal: puntual, cuidadosa, el niño siempre limpio, bien bañado, alimentación adecuada, sin señales de descuido.

Nada fuera de lo común. Nada que coincidiera con la narrativa de «madre desinteresada» que otras personas intentaban construir. Pero lo relevante vino después.

La maestra relató que un día, al cerrar la guardería, escuchó una discusión muy acalorada en la calle. Dos mujeres. Voces elevadas e insultos. Y, varias veces, el nombre del papá: Samuel.

La maestra, por curiosidad, se asomó. Y ahí la vio: la mamá del niño discutiendo con una mujer mayor. La discusión terminó con una frase que la maestra recordaba con claridad:

«Nunca más verás a mis nietos».

La mujer mayor remató sus palabras con una cachetada fuerte y se fue furiosa, dejando a la mamá del niño llorando en la banqueta.

Montse bajó el archivo. El perfil parcial femenino obtenido de la sangre revelada con luminol en la regadera… ¿podría ser de esta mujer mayor? ¿La madre de Samuel? ¿La abuela de los niños? Era una posibilidad real. Y nadie la mencionó, nadie la comparó, nadie la buscó.

La sangre encontrada estaba en el piso de la regadera. Montse sabía lo que eso significaba: esa zona recibe agua constantemente, los restos hemáticos se degradan, la muestra se vuelve inestable.

El lugar donde la sangre fue localizada abre otra posibilidad técnica muy concreta: la sangre de la mamá podía ser sangre menstrual.

De hecho, tenía sentido: el origen podía ser menstrual, era coherente con una muestra degradada; el luminol la volvió visible, la zona (regadera) encajaba con flujo, lavado o restos involuntarios.

Incluso si el perfil parcial correspondiera a la misma abuela, era compatible con ese origen.

A menos que ella estuviera en menopausia, pero no había nada en la carpeta que indicara eso o abriera a más posibilidades.

Lo frustrante era otra cosa: ni el perfil parcial, ni la posibilidad de que la abuela estuviera involucrada, mucho menos las inconsistencias de la investigación, eran suficientes para culpar a ninguna de las dos.

Todo quedaba en el aire. Y, aun así, la mamá fue hallada culpable antes de tiempo… Su testimonio aseguraba que esa noche estaba fuera de la ciudad. Una coartada sólida, pero ya no importaba.

Montse cerró la carpeta.

No había justicia aquí, solo una tragedia envuelta en prisas, omisiones y decisiones que ya no podían deshacerse porque, al final, una familia completa había desaparecido.

El silencio que quedó tras cerrar el archivo pesaba más que cualquier dictamen. Se permitió unos segundos para asumirlo antes de seguir adelante.

Hasta ese punto, Montse había revisado tres casos totalmente distintos entre sí: uno bien trabajado, pero con una conclusión inexplicable, uno negligente y con omisiones graves, y uno que parecía una tragedia familiar, pero lleno de cabos sueltos.

Y, mientras más leía, más le surgía una pregunta:

¿Qué demonios había visto Oliver en estos expedientes?

Montse cerró la laptop y respiró hondo. Antes de desgastarse más con otra carpeta… decidió algo: tenía que hablar con Oliver, para entender qué es lo que está buscando. Tomó el teléfono y escribió por WhatsApp:

—Hola, Oliver. ¿Puedo verte para discutir estos casos?

La respuesta llegó rápido, casi como si él estuviera esperando ese mensaje desde días antes.

—Claro… qué sorpresa. Pensé que no te habían interesado. Hay cosas que solo se entienden en persona. Te veo a las ocho, en el bar cerca de tu casa.

Montse sintió un pequeño nerviosismo escondido. Se sentía perdida, pero estaba segura de que, si analizaba los casos junto con Oliver, la respuesta llegaría pronto.

El bar

Montse llegó puntual: ocho en punto.

Eligió una mesa al fondo, donde la luz era cálida y la música apenas se imponía sobre las conversaciones. Era un lugar cómodo para hablar sin ser escuchados. Pidió un trago y apoyó el celular sobre la mesa, boca arriba. Oliver solía llegar antes que ella. Siempre.

A las ocho diez, nada. Revisó el vaso, dio un sorbo. A las ocho veinte, seguía sola. A las ocho treinta, empezó a mirar la puerta con más atención de la necesaria.

No era propio de él. Oliver tenía una puntualidad casi obsesiva, adquirida en años de fiscalía, donde se aprende a llegar temprano porque nunca se sabe a qué hora se sale.

A las nueve en punto le escribió un mensaje. No hubo respuesta. Esperó un poco más. A las nueve y media decidió marcarle. El teléfono sonó una vez, dos… y se fue directo al buzón. Apagado o fuera de línea.

Montse no se alarmó.

En fiscalía eso era normal. Había hora de entrada, pero no de salida.

Terminó su trago, pagó la cuenta y salió del bar. Caminó de regreso a su departamento con una sensación amarga en el pecho.

La llamada

Al día siguiente, Montse despertó sobresaltada con el sonido del teléfono. Era un número que reconocía de vista, aunque casi nunca hablaban: Amanda, la esposa de Oliver.

Contestó de inmediato.

—Hola… ¿Amanda?

La voz de Amanda era tensa, quebrada, con un temblor que Montse no le había escuchado jamás.

—Montse… perdón por llamarte así. Sé que no son horas, pero… yo sé que Oliver iba a reunirse contigo ayer.

Montse se incorporó de golpe.

—Sí. Quedamos a las 8 p. m. Pero… no llegó.

Hubo un silencio pesado al otro lado.

—Montse… —la voz de Amanda bajó.

No sé nada de él desde las cinco de la tarde de ayer. No contesta el celular. Está apagado, y él siempre comparte su ubicación conmigo…

Montse sintió el corazón apretarse.

—¿Y qué dice la ubicación?

Amanda respiró hondo, como quien intenta no romperse.

—Su último registro es en las oficinas de la Fiscalía. Y de ahí… nada. Desapareció.

Montse cerró los ojos. Pensó: los casos sin sentido… y ahora… Oliver… ¿desaparecido?…

* * *

24 La bodega de evidencias es el espacio destinado al resguardo, control y conservación de los indicios y objetos relacionados con una investigación, bajo condiciones que garanticen su integridad, trazabilidad y disponibilidad para su análisis o presentación ante la autoridad.

25 Las livideces son las manchas violáceas que aparecen en la piel después de la muerte debido a la acumulación de sangre en las partes más bajas del cuerpo por efecto de la gravedad y forman parte de los signos tempranos del fallecimiento.

26 El luminol y el Bluestar son algunos de los reactivos utilizados en criminalística para revelar rastros de sangre no visibles a simple vista.

Al aplicarse, reaccionan con el hierro presente en la hemoglobina y producen una quimioluminiscencia azul en condiciones de baja iluminación, lo que permite localizar y documentar posibles manchas hemáticas.

27 Resolución dictada por el juez de control en el sistema penal acusatorio mexicano, mediante la cual, con base en los datos de prueba expuestos por el Ministerio Público,

se determina que existen elementos suficientes para establecer que se ha cometido un hecho que la ley señala como delito y que existe probabilidad de que el imputado lo haya cometido o participado en su comisión.

Esta resolución no implica culpabilidad, sino que permite la continuación del proceso penal.