Capítulo 6
El temblor
Despertó sin saber dónde estaba.
Durante un segundo, la luz blanca del hotel le pareció la luz del anfiteatro.
La sábana fría, una plancha metálica; el silencio, un vacío lleno de voces del pasado.
Parpadeó, volvió a su piel, a su cuerpo y a su presente.
El resto ocurrió como si alguien más lo hubiera hecho por ella: la ducha, la maleta, el trayecto al aeropuerto, los controles, la sala de espera.
Horas después, ya en el avión de regreso a Ciudad Federal, su mente seguía atrapada en carpetas y dictámenes. Intentó incorporarse en el asiento y ahí lo sintió: Un temblor, ligero, como una vibración muy fina que recorría sus manos, sus brazos y su pecho.
Se quedó mirando sus dedos temblar.
—No tengo frío… —susurró.
Y no, no era frío, no era ansiedad pasajera, no era falta de sueño. Era burnout.
El viejo enemigo, ese que ella creía haber dejado en la institución… y que solo había cambiado de forma. Su cuerpo, por fin, había gritado lo que su mente llevaba meses callando.
¡Necesito parar! ¡Necesito silencio! ¡Necesito descanso!
Aterrizó ya entrada la noche y, al llegar a su departamento, de nuevo, simplemente se dejó caer en su cama.
Al día siguiente, se levantó como pudo, se bañó sin sentir el agua, se vistió sin gusto y condujo hacia la oficina como si sus manos pertenecieran a otra persona.
Al entrar a ArkanTech, saludó a todos como siempre. Nadie notó el temblor. Nadie nota esas cosas en los lugares donde la eficiencia está por encima de la salud.
Se detuvo frente a la puerta de la gerente, respiró hondo, golpeó dos veces.
—Pasa, Montse.
La gerente seguía revisando documentos, sin levantar la vista. Montserrat tomó aire y lo sintió temblar en su garganta.
—Necesito vacaciones.
La gerente por fin levantó la cara. Los ojos se le abrieron con un gesto entre sorpresa e incredulidad.
—¿Cómo? ¿Tú? Si tú nunca pides vacaciones.
Montserrat tragó saliva.
—Justo por eso. Necesito todos los días que me tocan de vacaciones.
La gerente dejó el bolígrafo. Le tomó unos segundos procesarlo.
—Pero son dieciocho días los que te tocan… Montserrat, estamos en cierre de trimestre. ¿No pueden ser menos? ¿O moverlos? Tú eres la única que… —se detuvo—. Bueno. Ya sabes.
Montserrat sostuvo la mirada, no con desafío. Con agotamiento.
No era negociable, su cuerpo había dicho «basta».
La gerente suspiró y abrió el sistema.
—Está bien, dieciocho días aprobados a partir de mañana. Pero, por favor, avísame antes la próxima vez.
—Gracias —respondió Montserrat, apenas audible.
Salió de la oficina sin triunfalismo, sin alivio todavía. Solo llevaba encima esa sensación extraña de caminar después del colapso emocional: como si todo estuviera sostenido por un hilo muy delgado.
Cuando llegó a su escritorio, sus manos seguían temblando…
pero, por primera vez en meses, sabía que pronto podría detenerse, al menos un poco, al menos lo suficiente para respirar sin que su cuerpo temblara.
Porque ella nunca pedía vacaciones. Y justo por eso —pensó mientras se sentaba— este temblor no era una casualidad, era una advertencia.
El descanso que no sabía tomar
Al día siguiente, Montserrat despertó tarde. Muy tarde.
No recordaba la última vez que había dormido una noche completa sin sobresaltos, sin el corazón corriendo detrás de un pendiente, sin una alarma mental avisando de algo urgente.
Esa mañana, su cuerpo por fin había apagado todo. Abrió los ojos despacio, sintiendo el peso grato de la sábana tibia sobre las piernas. Aún había silencio, un silencio que casi se sentía amable. Estiró la mano para tomar el celular y ahí estaba la realidad, en forma de pantalla iluminada:
87 mensajes.
19 correos.
5 llamadas perdidas.
Y el grupo interno de la empresa explotando con notificaciones.
Montse se sentó de un salto.
El viejo instinto —ese reflejo condicionado por años de guardias interminables y emergencias inventadas por otros— la golpeó directo al pecho:
Responder.
Resolver.
Calmar.
Cumplir.
Ese impulso la llevó hasta su mesa como si su cuerpo funcionara solo.
Encendió la laptop. Abrió el primer correo. Y entonces lo vio. Ahí, al lado del mouse, brillando con una sobriedad casi irónica… la USB dorada. El recuerdo cayó de golpe: Estoy de vacaciones.
Montse se quedó quieta, con la mano sobre el teclado. Respiró lento y profundo y, por primera vez en mucho tiempo, eligió algo distinto.
Tomó el celular, abrió WhatsApp y escribió un mensaje que jamás había enviado:
«Buenos días.
Estoy de vacaciones.
Por favor, comunícate a la empresa para que den solución a tu solicitud».
Lo envió a todos. Grupos, correos, chats, compañeros, jefes. Uno por uno. Cerró la laptop antes de que la tentación la venciera y, esta vez, no se sintió culpable.
Se sintió… libre, extrañamente libre.
Se permitió algo que siempre postergaba: «una mañana normal, como cuando era una niña en vacaciones: no escuela, no tareas… solo estar en casa».
Desayunó sin prisa: pan tostado, huevo suave, mantequilla que por fin sabía a mantequilla y no a estrés.
Puso a su youtuber favorito, el que le contaba noticias con humor inteligente y sarcasmo preciso.
Rio con un par de comentarios ácidos de las noticias que relataba.
Se recargó en la barra de la cocina mientras terminaba su café.
Luego, un baño largo, muy largo: agua caliente, cabello suelto, vapor en los vidrios. Un ritual pequeño, pero profundamente suyo. Se sirvió otra taza de café del Estado de la Cruz —el de Eduardo, el que heredó del pasado sin querer— y se sentó frente a la mesa.
La USB dorada estaba ahí. Montse la miró con una sonrisa extraña. Una mezcla entre curiosidad y esa chispa antigua que Oliver había despertado sin saberlo.
—Vamos con la siguiente —murmuró.
Conectó la memoria. La pantalla tardó un par de segundos en cargar. Y entonces apareció:
La siguiente carpeta.
El siguiente estado.
El siguiente pedazo de México roto.
Montserrat tomó un sorbo de café y abrió el archivo. Sus vacaciones… acababan de comenzar, pero la historia apenas se estaba armando.
Carpeta del Estado del Pacífico: sangre, ruido y silencios
A diferencia del Estado de Minería, esta carpeta no empezó con fotografías infantiles ni escenas cargadas de impotencia. Empezó con ruido, con política.
La víctima era una mujer conocida en todo el país: Mariel Zamudio.
Una mujer transexual, abogada, activista, defensora férrea de los derechos LGTB+.23 Muy activa en redes sociales, con miles de seguidores, entrevistas, paneles y enemigos públicos.
Montserrat sintió un tirón en el pecho antes de abrir la primera fotografía. Sabía quién era. Todo México sabía quién era. La escena del crimen: el lugar de intervención.
Al abrir el archivo «01_Fotografías_Sitio», el impacto fue inmediato.
Sangre… mucha. En paredes, techos, piso, muebles. Patrones de manchas por impacto. Arrastres. Goteos. Pisadas parciales. Zonas de limpieza apresurada. A simple vista, había lucha. Lucha prolongada. Lucha de alguien que no se dejó matar fácil. Mariel peleó.
En la carpeta de «Indicios», el número era brutal:
Más de cuarenta hisopados de la sangre, tomados de diferentes puntos de la casa y de diferentes patrones; ropa y zapatos ensangrentados y rotos; un cuchillo, cuyo mango de plástico ya estaba separado de la hoja.
Era una hoja de metal de 15 cm de longitud y 2 cm de anchura, y el borde opuesto al filo estaba expuesto.
Montserrat pensó, y su experiencia hablándole le decía: era imposible que toda esa sangre fuera solo de la víctima. Tenía que haber sangre del atacante.
Por cantidad, por distribución. La adrenalina anula el cuerpo.
La furia desconecta la percepción. Las manos siguen cerrándose aunque la piel se abra.
En ataques así, cuando la violencia es prolongada y el arma pierde la empuñadura o queda inestable, muchos agresores terminan sujetando directamente la hoja.
No se detienen. No sueltan. Y se cortan.
Cortes, en muchas ocasiones profundos, sobre todo en las palmas, en los dedos, en los pliegues donde la piel es blanda y se abre con facilidad.
Lesiones que sangran mucho, aunque en el momento no duelan.
El sospechoso perfecto
La carpeta señalaba desde el inicio a la misma persona: su novio.
Se tenía a la vista el historial completo: discusiones constantes, cada vez más violentas; mensajes agresivos; amenazas claras enviadas por WhatsApp; videos en los que ella hablaba con miedo, con la voz quebrada, diciendo que temía por su vida.
Todo estaba ahí, documentado y fechado. Y cuando lo detuvieron, el acta lo dejaba claro:
«El imputado presenta múltiples excoriaciones y rasguños recientes en ambos antebrazos y una nariz rota, así como cortes en las manos».
Montserrat se inclinó un poco más hacia la pantalla.
Rasguños en los brazos, una víctima con signos evidentes de defensa; las marcas de uñas eran claras y Mariel presentaba las uñas rotas.
El novio declaró que se los había hecho «un gato callejero» días antes y que se cayó en el acto, provocando los cortes de las manos.
En el informe del médico solo versaba: «Lesiones compatibles con excoriaciones». Y ya.
Las uñas de Mariel
Montserrat buscó de inmediato un archivo:
«Uñas_Víctima_Raspado_Subungueal».
Ahí estaba.
Mariel tenía muestras tomadas de debajo de las uñas, como correspondía en una muerte violenta con signos de defensa. El informe describe correctamente:
«Se toman raspados subungueales de ambas manos para el posterior análisis genético».
Montserrat leyó todas las líneas del informe sin detenerse.
Protocolo realizado.
Correcto.
Cerró ese documento y abrió el siguiente.
Criminalística de campo. Todo descrito, todo medido, todo fotografiado. Sin anomalías aparentes que no fueran ya conocidas.
Otro dictamen: medicina forense. Lesiones, tiempos, mecanismos. La violencia explicada con lenguaje clínico. Después, fotografía forense. Imágenes precisas, frías, imposibles de discutir. Dictamen tras dictamen. Páginas y más páginas que confirmaban lo mismo: la muerte estaba clara.
Y entonces llegó al de genética.
Ahí se detuvo. Ahí… empezó el desorden. El informe decía:
«No se encontró ADN del imputado en los raspados subungueales de la víctima».
Pero no se quedaba ahí.
Más abajo, casi escondido entre lenguaje técnico, apareció lo que Montse estaba buscando:
«En las muestras se observa un perfil genético parcial, compatible con sexo femenino».
Montserrat se quedó inmóvil.
Las uñas de Mariel tenían ADN que no coincidía con el novio…
pero sí mostraban un perfil parcial femenino.
La víctima se defendió, arañó a alguien, tomó piel, sudor, células.
Y lo que quedó registrado fue una presencia femenina en ese contacto directo.
No contaminado de ambiente, no superficial, no de objetos. De sus uñas.
Buscó los resultados de los hisopados realizados en las distintas muestras de manchas hemáticas del lugar. Por fuerza, alguna de ellas tenía que corresponder al agresor. Por cantidad, por violencia, por lógica. Leyó el dictamen con atención. Una línea clara:
Resultado: toda la sangre correspondía a Mariel. Nada más.
El baño: el hallazgo ignorado
Montserrat pasó a la carpeta de análisis de superficies y encontró algo que la hizo ajustar la postura:
«Hisopado_06_Baño_Lavabo».
Al abrir el dictamen, las conclusiones fueron claras:
«Se detecta ADN del imputado en el hisopado tomado del lavabo del baño».
Fue el único resultado positivo de todo el caso. Montse frunció el ceño.
Un baño. Un lavabo. Un hisopado con ADN del novio. Y la explicación del imputado aparecía enseguida en una declaración anexa:
«Antes de los hechos me rasuré ahí mismo. Me corté un poco y sangré».
Montserrat cerró los ojos. El novio tenía heridas recientes, había sangre de él en la escena, en un punto clave, en un espacio cercano. En un sitio que suele contener evidencia de limpieza o manipulación postagresión. Pero la Fiscalía aceptó su explicación sin dudar.
El dictamen no comparaba volumen, patrón ni antigüedad. Solo decía:
«ADN del imputado presente en el hisopo señalado con el número 37, donde el muestreo fue realizado en el lavabo».
Y ya.
Ese resultado, que en cualquier investigación seria hubiera sido analizado como posible indicio de limpieza posterior, de autolesión o de coautoría, fue descartado con una línea.
El dictamen que soltó al novio
El dictamen final de genética cerraba así:
«En las muestras analizadas (hisopos hemáticos y raspados subungueales) no se detectó material genético correspondiente al perfil del imputado».
Con eso bastó. No para probar inocencia. No para explicar la violencia. Pero fue suficiente para que el Ministerio Público cerrara la línea de investigación y el novio quedara en libertad.
La narrativa institucional quedó armada: Mariel, activista incómoda, muerta; un sospechoso obvio, «sin ADN en la escena»; un perfil parcial femenino sin nombre, sin rostro y sin interés aparente.
Caso políticamente incómodo, técnicamente «resuelto». Moralmente podrido.
Montserrat se recargó en el respaldo de la silla.
En el Estado de Minería, una niña muerta fue enterrada dos veces: primero por su agresor, después por la prisa institucional de cerrar una carpeta.
En el Estado del Pacífico, una abogada activista se quedaba sin justicia por una lectura cómoda de una prueba de genética y un perfil parcial femenino convenientemente ignorado
Dos estados distintos. Dos víctimas distintas. Dos contextos distintos.
Tomó su café, ya frío, y sintió un nudo en la garganta. Era apenas la segunda carpeta. Y su instinto forense ya le gritaba algo que se negaba a poner en palabras.
* * *
23 LGBT+: Acrónimo que hace referencia a las personas lesbianas, gays, bisexuales y transgénero, mientras que el signo «+» incluye a otras identidades y orientaciones sexuales y de género, como queer, intersexuales, asexuales, entre otras.
Este término se utiliza de manera inclusiva para reconocer la diversidad dentro de las identidades sexo-genéricas.