La criminalista Capítulo 3
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Capítulo 3

Montserrat llegó a su departamento, tomó la memoria USB en su mano; se sentía caliente, como si el metal hubiera retenido el calor del restaurante.

Cerró la puerta con el pie, dejó las llaves en el pequeño plato de cerámica junto a la entrada y se quedó un segundo ahí, quieta, escuchando el silencio del lugar.

Era tarde, pero no estaba cansada en el sentido habitual. Había algo parecido al antiguo cosquilleo institucional, ese zumbido en la mente que le aparecía cuando sabía que un expediente escondía más de lo que decía.

Miró la USB.

—A ver qué traes… —murmuró.

Se preparó un café, no por necesidad, sino por ritual. Encendió la lámpara del escritorio, abrió la laptop y acomodó la memoria junto al teclado. Estaba lista; iba a abrirla. Y justo en ese momento sonó su celular.

La vibración sobre la mesa de centro rompió el hilo de concentración. Montserrat frunció el ceño, tomó el teléfono y vio el nombre en pantalla.

«Chava – Perito Fiscalía».

Chava es un buen amigo con quien todavía conversaba constantemente y seguido lo veía para capacitarlo en equipos nuevos, un criminalista en toda la extensión de la palabra, alguien a quien parecían no afectar las largas horas de trabajo.

Montserrat contestó.

—¿Qué pasó, Chava?

La voz de él llegó agitada, con ese tono entre enojo y cansancio que ella conocía demasiado bien.

—Montse, ¿supiste?

—¿Qué cosa?

—Nos vamos a huelga.

La palabra cayó con un peso familiar… huelga.

—Ya tronó todo —continuó él—. Lo del salario, las horas extras, los turnos, la falta de personal, la carga de trabajo… todo. El sindicato por fin dijo basta. Mañana empiezan las movilizaciones. Vamos a cerrar áreas, a pararnos afuera de la fiscalía, a dar entrevistas, a ver si así nos escuchan.

Montserrat cerró los ojos un momento.

—Chava…

—Te hablo porque varios se acordaron de ti —dijo él, bajando la voz—. No para que vengas, lo sé. Pero si puedes apoyar difundiendo en tus redes sociales, contando cómo era cuando estabas de perito… tú siempre visibilizaste lo que otros fingían no ver.

Ella soltó una risa seca.

—Si cuento cómo estaban cuando yo estaba, los cierran por vergüenza.

Chava también rio, pero sin alegría.

—Por eso mismo.

Un silencio breve, cargado de historia compartida, los envolvió.

—Envíame lo que acuerden —dijo Montserrat finalmente—. Yo veo cómo apoyar desde afuera, pero no te prometo mucho; no sé cómo podría apoyar además de moverlo en redes sociales.

—Con eso me basta. Gracias, Montse. Perdón por la hora… sé que ahora sí duermes como una persona normal.

—Esto para mí es temprano —respondió ella, y ambos rieron.

Colgó, y entonces el recuerdo la golpeó como una ola vieja:

Montserrat volvió, sin querer, a ese patio del edificio de periciales. El calor pegajoso sobre el cemento, los murmullos mezclados, las cartulinas de colores brillantes:

«No somos máquinas, somos peritos».

«Trabajo digno, salario digno».

Ella llevaba apenas unos meses en la Fiscalía, el gafete recién impreso, el uniforme sin desgaste. Las manos todavía sin las sombras de tantas escenas. Montse observaba a sus compañeros.

—¿Vas a unirte a nosotros? —le preguntó un perito veterano.

—No sé —respondió ella—. Acabo de entrar, no quiero que piensen que… que vengo a exigir sin tener derecho.

El hombre negó con la cabeza.

—Lo que peleamos es también por ti y por los que vienen.

Ella se colocó a un lado del contingente, sin gritar, sin levantar pancartas, con la sensación de que estaba observando su propio futuro desde lejos.

Lo entendió demasiado tarde: esa manifestación era una advertencia.

Una advertencia de cansancio, de injusticia, de noches interminables, de promesas incumplidas. De un sistema donde gritar era cansarte, y no gritar era morir de a poco. Pero entonces, joven, ilusionada, con la bata blanca todavía oliendo a nuevo… no lo quiso ver.

Regreso al presente

Una notificación iluminó la pantalla del celular: una foto enviada por Chava, una cartulina, lista para mañana:

«Por un trabajo pericial digno».

Montserrat la observó largo rato. Sintió una mezcla conocida: nostalgia, rabia, ternura por los que todavía estaban adentro… y una punzada amarga por todo lo que ella fue antes de irse.

Respiró hondo. El departamento estaba en silencio. La memoria USB seguía ahí, junto al teclado, expectante. Alzó la mano para tomarla… y la dejó caer a medio camino.

No era miedo, mucho menos flojera. Era una sensación más profunda: «necesitaba un respiro antes de abrir otra puerta peligrosa».

Cerró la laptop con suavidad, apagó la lámpara y dejó que la noche, por ahora, tuviera la última palabra.

Un día más no cambiaría lo que estaba por venir.

Antes de irse a dormir, Montserrat se quedó de pie en la penumbra del departamento, y entonces lo entendió, por fin: no importaba cuánto se alejara, su pasado siempre encontraba la manera de tocar la puerta primero.

Primero Oliver, ahora Chava.

Ella no los buscó. Fueron ellos quienes la alcanzaron. Porque la comunidad forense en México es así: «pequeña, circular e inevitable».

En ese mundo siempre son las mismas caras, los mismos nombres que se cruzan de un lado a otro como piezas reacomodadas del mismo tablero.

Hoy alguien está en una Fiscalía Estatal, mañana en la Fiscalía General de la República, pasado mañana dando clases en una universidad o coordinando los servicios periciales en otro estado… pero siguen siendo los mismos. Y ella también es parte de ese círculo, aunque haya querido salir.

Esa idea le cayó como un golpe suave, certero:

No importa cuánto intente vivir lejos, el mundo forense todavía la reconoce como una de los suyos.

Su pasado había vuelto a tocar y Montserrat, lo quisiera aceptar o no, ya había empezado a escuchar.

El café que vuelve

Montserrat despertó temprano, como siempre.

Sin alarmas escandalosas ni sobresaltos. Su cuerpo ya tenía la rutina grabada desde hacía algunos años: bañarse, ponerse ropa cómoda, abrir las cortinas y dejar que la luz gris del amanecer entrara por la ventana.

Encendió la computadora solo para escuchar a su youtuber consentido dar las noticias del día.

Él hablaba rápido, sin tanto amarillismo, con ese humor seco que a Montse le acomodaba por las mañanas.

Era parte de su pequeño ritual: desayunar mientras oía a alguien más tratar de descifrar el caos del país.

Terminado el desayuno, se maquilló muy poco, tomó su bolso, revisó que la USB estuviera ahí —aunque no tuviera intención de abrirla todavía— y salió al estacionamiento.

El trayecto a ArkanTech Forensics fue tranquilo.

Al llegar, saludó al guardia, subió a su oficina, dejó sus cosas en el escritorio y encendió la computadora. Pero antes de revisar correos, llegó el hueco inevitable en el estómago: su café.

Salió hacia la cafetería de la esquina, la que servía café del Estado de la Cruz con un aroma suave y profundo. Su ritual: caminar dos cuadras, ordenar «el de siempre», esperar viendo la calle.

La barista —que ya se sabía su rutina de memoria— le entregó el vaso.

—Aquí tienes, Montse. Lo de siempre.

Ella lo tomó… y al acercarlo a la cara, antes de probarlo siquiera… la memoria la golpeó de nuevo:

La oficina era fea y fría, típica de gobierno: clima que nunca funcionaba bien, focos amarillentos, sillas rotas y sin respaldo, paredes sin color y carpetas apiladas como montañas desganadas arriba de los escritorios.

Era una mañana que parecía no tener inicio ni final, entrar a guardia, pero sin saber cuándo ibas a salir.

Y entonces apareció él:

Eduardo, el veterano, el que tenía años en la institución, el que ya no se sorprendía con nada. Ojeras viejas, voz cascada y camisa mal planchada.

El primero que la trató como colega y no como «la nueva», Eduardo llegó con un vaso de café en la mano, exactamente igual al que Montse sostenía ahora.

—A ver, Montse —dijo, poniéndole el café enfrente—. Pruébalo, traes cara de dictamen urgente y alma en proceso de autopsia.

Ella sonrió.

—¿Qué es?

—Milagro líquido —respondió él, con solemnidad exagerada—. Café del Estado de la Cruz Si esto no te revive, ya no tienes remedio.

Montse rio, dio el primer sorbo.

El mismo sabor exacto que ahora tenía entre los labios.

Calidez, amargura perfecta, notas suaves que se quedaban pegadas al paladar. Ese café fue su inicio, su pequeño despertar en el mundo de amar el café no solo como bebida, sino como microrritual. Y fue Eduardo quien abrió esa puerta sin pedir nada a cambio.

Montserrat nunca supo qué fue de él al final. Quizá estaba en otra Fiscalía, quizá en la FGR, a lo mejor enseñando en una universidad, como tantos… o tal vez simplemente se jubiló.

Eso era lo curioso de ese mundo: los forenses no se van… solamente cambian de uniforme.

De vuelta al presente

Montse respiró hondo. Ese café era el mismo, el mismo olor, el mismo sabor, el mismo recuerdo.

Y la oficina donde trabajaba ahora estaba a solo unas cuadras de aquella en la que Eduardo le dio su primer café bueno en medio del caos.

Todo estaba cerca, demasiado cerca.

Otra cara del pasado regresando sin que ella la buscara.

Primero Oliver, luego Chava, ahora Eduardo, colándose en su memoria a través de un aroma.

Tomó el vaso y regresó a la oficina.