Capítulo 2 #2
Era de admitir que era un agasajo trabajar con él.
No podía decirse que hubieran construido una amistad propiamente dicha.
Nunca fueron de confidencias largas ni de cercanías fuera del trabajo.
Pero entre ellos quedó un cariño respetuoso, de esos que sobreviven al tiempo: el reconocimiento silencioso entre dos personas que compartieron obstáculos y supieron mantenerse del mismo lado.
Era uno de los pocos que no dudaba de su criterio, uno de los pocos que no la hacía sentir pequeña.
—Qué gusto verte, Montserrat —dijo él, sincero.
—Igualmente —respondió, más suave de lo que esperaba.
Él abrió la puerta para que entraran.
Y por un momento, mientras cruzaban el umbral del restaurante, Montserrat sintió algo que no había sentido en mucho tiempo: como si la vida, en un gesto pequeño, le estuviera diciendo que no todo lo bueno de su pasado se había perdido.
La mesera dejó los menús y Montserrat ni siquiera los abrió. Sabía que no tenía hambre; más bien era esa sensación ligera, incómoda pero manejable, que aparece cuando algo fuera de la rutina irrumpe sin avisar.
—Una ensalada de fresa con espinaca y queso azul, por favor —pidió, casi en automático.
Oliver, en cambio, señaló sin vergüenza la pizza más grande de la carta.
—La gigante, con todo menos piña —anunció con solemnidad.
—Como siempre… —rio Montserrat.
—La tradición no se rompe, licenciada —respondió él, guiñando un ojo.
Ese pequeño intercambio los llevó directo a los recuerdos.
Aquel operativo donde terminaron comiendo tortas de mala muerte porque la guardia se puso muy pesada, o la vez que Montserrat encontró un tamal en un cajón de materiales de embalaje y nadie supo explicarlo.
Cosas absurdas, pequeñas, que en su momento solo generaban frustración, pero que ahora, contadas con un vaso de agua frente a ellos, sonaban a comedia involuntaria.
Entre risa y risa, Montserrat tomó un sorbo de agua y dejó que el silencio se acomodara un segundo antes de hablar.
—¿Sigues en lo mismo de antes o cambiaste de rumbo? —preguntó, más por continuidad que por verdadera curiosidad.
Oliver se recargó en la silla, cómodo, como si la pregunta le resultara familiar.
—Más o menos en lo mismo. Cambiaron los proyectos, no tanto el caos —dijo con una media sonrisa—. Ya sabes cómo es: nuevas promesas, mismos problemas.
—¿Y tú? —preguntó él.
Montserrat respiró hondo. No quería dar un discurso largo, ni convertir la cena en un lamento. Así que optó por la versión ligera de la verdad.
—Estoy en ArkanTech Forensics desde hace más de un par de años. Es… diferente. Muy diferente. No es el paraíso, pero tampoco el infierno, al menos no hasta este momento. Me pagan a tiempo y puedo trabajar sin sentir que me estoy apagando.
Oliver asintió, como quien sabe exactamente lo que eso significa.
—Te ves más tranquila.
Montserrat sonrió apenas.
—Es que lo estoy. A pesar de las cosas feas, de algunos enredos, no te mentiré, hay mucho trabajo, pero… estoy mejor que antes.
La pizza llegó como un meteorito aromático. Oliver la recibió con el entusiasmo de un niño. Montserrat tomó su ensalada con una mezcla de burla y resignación.
—¿Segura que no quieres una rebanada? —preguntó él.
—Oliver… comerte todo eso es un crimen alimenticio.
Ella soltó una carcajada suave, de esas que salen solas, sin permiso.
Hablaron un rato más, sin prisas. Solo dos profesionales que un día compartieron un campo de batalla institucional y ahora, años después, podían mirarlo desde lejos sin que doliera tanto.
Y ahí, entre platos distintos y recuerdos comunes, la noche avanzó con una calma que Montserrat no sabía que necesitaba.
El asunto
La pizza quedó a medio camino entre ambos cuando Oliver cambió el gesto. Fue como si alguien bajara un interruptor invisible. La luz del restaurante siguió igual, pero el ambiente alrededor de su mesa se estrechó.
Montserrat lo notó de inmediato. Sus ojos, entrenados para leer sombras en una escena, reconocieron esa sombra en su rostro.
—¿Qué pasó? —preguntó preocupada, dejando el tenedor sobre el plato.
Oliver respiró hondo, una inhalación larga, de esas que se toman antes de decir algo que pesa.
—No es casualidad vernos —confesó, mirando la servilleta como si ahí estuviera la explicación—. La verdad, Montse… vengo por algo más. Por algo que no sé con quien hablarlo, pero sé que puedo confiar en ti.
Ella no dijo nada. Solo lo observó, con esa mirada analítica que nunca perdió, la misma que podía reconstruir una historia completa a partir de unas gotas de sangre o una huella mal plasmada.
Oliver continuó.
—Tengo un asunto o asuntos que creo que son diferente, tienen algo que no logro entender y no puedo llevarlo a ningún lado dentro de la institución.
No puedo pedir ayuda oficial. No puedo pedir apoyo técnico.
No puedo confiar en nadie ahí, porque simplemente no me hacen caso.
Bien sabes que, si un asunto o caso no ha salido en redes sociales, no le prestan la atención debida.
Además, debo confesarte que la manera en la que he obtenido la información no ha sido muy legal que digamos.
Oliver expresaba esto sin drama ni exageración.
—Entonces… —musitó Montserrat—, ¿por qué me cuentas esto a mí? No se me ocurre en qué te puedo ayudar.
Él levantó la vista. Y su respuesta fue directa, casi cruda.
—Porque tú ves cosas que a los demás les daba flojera ver. Porque sé que, aunque te fuiste, tu cabeza sigue entrenada y porque, si alguien puede mostrarme un camino diferente al que estoy tomando… eres tú.
Montserrat sintió una mezcla rara: orgullo que se revolvía con la duda de siempre.
—Oliver… yo ya no estoy en esto —intentó decir, sin mucha firmeza.
—Lo sé. Y por eso mismo vine. Este favor es personal, solo tu criterio, solo una opinión y ya.
Ella apoyó las manos en la mesa. El aire parecía más denso.
—¿Qué tipo de asuntos son?
Oliver bajó la voz hasta convertirla en un hilo.
—Un caso… o quizá una serie de casos donde las cosas no me cuadran.
Existen versiones que no encajan… y decisiones que se están tomando con evidencias que, a mi juicio, están extrañas.
No soy criminalista, mucho menos un expertos en las ciencias forenses en general, lo sabes.
Pero cuando llevas años viendo expedientes y escuchando cómo se sostienen ciertas conclusiones, aprendes a detectar cuando algo no termina de cerrar.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Si esto sigue así, van a terminar encarcelando a personas que no deberían estar ahí… o, peor aún, dejando libre a quienes sí son culpables. Después de tantos años en esto, todavía quiero creer en la justicia y en la verdad. Y necesito que lo revises… desde afuera, desde donde tú estás.
Montserrat sintió un latido en la sien.
El pasado, suave como un eco, acababa de llamar por su nombre otra vez.
Oliver dejó de hablar de golpe, como si hubiera llegado al borde exacto de lo que podía permitirle a su propia voz. Metió la mano al interior de su saco y, sin drama ni movimientos teatrales, colocó sobre la mesa un pequeño objeto metálico.
Una memoria USB dorada, del tamaño de un dedo. Brillaba con una sobriedad casi arrogante bajo la luz del restaurante.
Montserrat parpadeó.
—¿Qué es esto?
—Las carpetas de investigación —respondió él, sin rodeos—. Quiero que las veas sin escucharme a mí, sin escuchar a nadie. Solo tú y los indicios.13 Como trabajabas antes, como trabajábamos antes…
Ella no tocó la USB de inmediato; la observó como quien mira una puerta que sabe que no debería abrir, porque detrás podía haber de todo menos paz.
—Oliver… —susurró.
—No te voy a decir nada más —agregó él, firme, casi solemne—. No quiero contaminar tu lectura, no quiero justificar nada. Solo necesito saber qué ves. Qué interpretas, qué te brinca.
Empujó suavemente la memoria USB hacia ella.
—Nadie sabe que tengo esta información, nadie sabe que te la estoy dando; es más, nadie sabe que estoy detrás de algo. Esto es entre tú y yo… y lo que encuentres ahí adentro.
Montserrat finalmente la tomó. La sintió pesada para ser tan pequeña. Como si cargara algo más que archivos.
Su pecho se tensó como cuando estaba de guardia y le informaban que había salido un homicidio doloso, esa sensación, esa chispa vieja, y esbozó una pequeña sonrisa.
La misma que apareció la primera vez que resolvió un caso sin que nadie se lo explicara.
La misma que intentó apagar durante años.
La misma que sobrevivió a gritos, regaños, traiciones y renuncias silenciosas.
—Gracias por venir —dijo Oliver, con una sonrisa leve, cansada—. Sé que no tenías por qué hacerlo.
Montserrat apenas asintió.
La cena continuó un rato más, pero ya no estaban ahí. Él hablaba con prudencia y ella contestaba con cortesía. Ninguno mencionó la memoria otra vez.
Al despedirse afuera del restaurante, Oliver le dio un abrazo respetuoso y se marchó con paso firme.
Y entonces, Montserrat sintió las emociones empujándose unas a otras: felicidad que se disfrazaba de nostalgia, preocupación que se mezclaba con una chispa de orgullo, miedo que se confundía con un entusiasmo que no pidió, pero que estaba ahí.
—¿En qué me voy a meter…? —murmuró, guardando la USB en su bolso.
Subió a su auto, encendió el motor y, mientras las luces de la ciudad parpadeaban, entendió que esa pequeña memoria USB acababa de romper la línea que separaba su vida antigua de la nueva.
Y que, quizá sin querer, había invitado a su nueva vida.
* * *
12 Una cotización es el documento en el que se detallan los bienes o servicios ofrecidos, su descripción, condiciones y costo estimado, con el fin de que la autoridad o el solicitante valore su contratación.
13 Un indicio es todo objeto, sustancia, marca o señal relacionada con un hecho que, al ser analizada, puede aportar información útil para su esclarecimiento.
Con frecuencia se confunde con la palabra evidencia; sin embargo, en criminalística se denomina indicio al material localizado en la escena, el cual puede ser de distintos tipos y solo adquiere valor probatorio tras su análisis.