La criminalista Capítulo 2
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Capítulo 2

El vapor del café subía en espiral, suave y constante, como si quisiera dibujar algo sobre la luz de la mañana.

Montserrat lo sostenía con ambas manos, todavía en silencio, todavía en ese punto tibio entre el sueño y la vigilia, sentada en la orilla de la sala, mirando su departamento, que era blanco casi por completo, con matices gris claro que daban una sensación de calma.

Cada pared estaba limpia, cada mueble en su sitio, como si ese espacio fuera la versión más estable de su vida.

El departamento era pequeño, con ventanas amplias, un balcón donde crecían dos plantas tercas, que, a pesar de que Montserrat siempre olvidaba regarlas, seguían vivas; una cocina donde los frascos estaban alineados como pequeños soldados, tratando de optimizar cada espacio.

Nada que recordara humedad, cansancio o paredes desconchadas.

Aquí no había fantasmas de un sistema olvidado. Aquí solo existía la calma mañanera.

Mientras tomaba el primer sorbo, respiró profundo. Le gustaba ese ritual: levantarse temprano, preparar café, dejar que la luz gris del amanecer entrara como un susurro y no como un golpe. Era su forma de decirse: «Estoy bien».

Sobre la mesa había una carpeta con pendientes de ArkanTech Forensics, la empresa donde trabajaba desde hacía varios años.

Un lugar serio, sobrio, donde, dentro del caos administrativo, todo parecía tener un lugar.

No había risas excesivas ni compañerismo forzado, pero tampoco órdenes pensadas para hacer tropezar a alguien y, sobre todo, había papel de baño en los sanitarios.

Aquí la gente trabajaba y ya. Un lugar tolerable, incluso predecible, y Montserrat aprendió a agradecer la predictibilidad.

Se vistió con la calma de quien no teme llegar tarde. Cabello recogido, ropa cómoda, maquillaje ligero. Una versión profesional de sí misma, más tranquila que la joven de hace años, más firme que la perito que un día se fue sin mirar atrás.

Tomó su bolso, cerró la puerta y bajó al estacionamiento. Su auto no era nuevo, pero estaba limpio y era de color blanco, algo material que la llenaba de tranquilidad tener.

El trayecto hacia ArkanTech Forensics fue rápido; la ciudad aún bostezaba. Al llegar, saludó con un gesto corto al guardia de seguridad y entró al edificio de muros azules. El aire acondicionado estaba siempre un poco más frío de lo necesario, pero ya era parte del paisaje.

Encendió su computadora, acomodó su taza de café y abrió el informe que debía revisar ese día. En ese ambiente, entre teclados suaves y conversaciones bajas, Montserrat podía trabajar sin sentir que su vocación se drenaba por los bordes.

Y entonces sonó su extensión telefónica. Una llamada interna. No era común.

—Licenciada —dijo la recepcionista, con un tono extraño, casi indeciso—. Disculpe, pero… tiene una llamada y preguntaron específicamente por usted.

Montserrat arqueó una ceja sin levantar la cabeza.

—¿Quién es?

Hubo un segundo de silencio, apenas perceptible.

—Un señor… Oliver Santana.

La mano de Montserrat se detuvo sobre el teclado.

Oliver Santana

El nombre se abrió paso en su mente con un peso que no tenía que explicarse.

Una figura de su pasado institucional, uno de los pocos que la trató como igual, que le hablaba de estrategias legales sin condescendencia y de Derecho Penal de forma simplificada, que discutía metodologías con la seriedad que ella siempre agradeció.

Oliver era un ex compañero que confiaba en su criterio incluso cuando ella todavía dudaba del suyo; era, o es, alguien sumamente curioso por las ciencias forenses y siempre intentaba entender el impacto de una intervención pericial en un caso.

El sonido del aire acondicionado se volvió más evidente. O quizá era su propio pulso.

—¿Le paso la llamada, licenciada? —insistió la recepcionista.

Montserrat enderezó los hombros y respondió con calma.

—Sí. Pásamela.

Un clic. Silencio. Luego, la voz.

—Montserrat.

Ella se enderezó en la silla.

—Oliver —respondió, intentando ocultar la sorpresa que le ocasionaba saber de él.

Hubo un silencio breve, casi prudente, como si él buscara el tono correcto para hablarle después de tantos años.

—Te vi hace unos meses —dijo finalmente—. En un congreso, estabas capacitando sobre uno de los equipos de ArkanTech.

Montserrat entrecerró los ojos, tratando de ubicar qué congreso, qué sala, qué público. Había dado tantas capacitaciones en tan poco tiempo que los rostros solían mezclarse, pero el de Oliver… no se le habría ido tan fácil.

—No sabía que estabas ahí —murmuró ella.

—No me acerqué —admitió él—. Pero te observé trabajar. Y… —hizo una pausa suave— quería ver cómo estabas, saber en qué andabas después de tanto tiempo.

Montserrat apoyó la espalda en la silla. Sus dedos tocaron su taza, que ya estaba tibia.

Oliver Santana, abogado, agente del Ministerio Público, ex Policía de Investigación y Montse estaba segura de que, si fuera por él, hasta perito criminalista hubiera sido; un hombre demasiado flexible y bueno en lo que hace, uno de los pocos que conoció su trabajo sin subestimarla…

llamándola así, de pronto, después de años.

Era demasiado extraño, pero también había algo familiar en su voz.

—¿Y… qué necesitas? —preguntó Montserrat, sin brusquedad, pero con cautela.

—Hablar contigo —respondió él—. Sin prisa, sin «dictámenes» de por medio. Solo ponernos al día, si quieres, claro.

Ella parpadeó, genuinamente desconcertada.

¿Ponernos al día?

—No estaba esperando una llamada tuya, Oliver —confesó, apenas por encima del susurro.

—Lo sé —dijo él, sin ofenderse—. Y por eso pregunté antes de asumir algo. ¿Podemos vernos mañana? Te invito a cenar.

Montserrat se quedó mirando el monitor apagado de su computadora, donde su reflejo se dibujaba en tonos grises.

Era extraño, sí, pero no se sintió incómoda. Más bien… intrigada. Una parte de ella quiso decir que no. La otra —la que aún se preguntaba cómo sería volver a hablar con alguien de su pasado institucional y enterarse de todos los chismes— se adelantó.

—Está bien —respondió, suave—. Mañana. ¿A las nueve de la noche está bien?

—A la hora que tú digas —respondió él, casi con una sonrisa en la voz—. Te mando el lugar.

La llamada terminó tan discretamente como comenzó.

Montserrat soltó el aire que había estado conteniendo sin darse cuenta.

No había un caso, ni una urgencia, ni un misterio: solo una persona que la había visto en un congreso y que, por alguna razón, quería verla.

Un eco del pasado, no más que un sonido que volvía a tocar la puerta.

Al colgar el teléfono, escuchó unos pasos rápidos detrás de ella.

—Lic… —asomó la cabeza uno de los ingenieros del área de mantenimiento, un chico joven que siempre tenía un tornillo en la mano, como si fuera un amuleto—. Tenemos duda del georradar. ¿Nos puede ayudar?

Montserrat parpadeó, regresando al presente.

—Sí, claro. Ya voy.

Cerró el archivo abierto, tomó su libreta y caminó con él hacia el área de ingeniería. Ahí el olor a metal y plástico la recibió como siempre, junto con mesas llenas de cables, estuches abiertos y equipos que pedían atención como pacientes impacientes.

Se concentró, revisó parámetros, explicó procedimientos y ajustó una calibración que llevaba horas atorando al equipo. Todo volvió a ser el mundo habitual: el orden, la precisión, la lógica. El refugio que conocía.

Cuando regresó a su escritorio, ya no pensaba en la llamada. Manuales, reportes e incluso cotizaciones12 hicieron que el día se fuera rápido. Dejó que el trabajo la absorbiera, como siempre. Y entonces, casi sin transición… Era el día siguiente.

Montserrat se miró en el espejo de su habitación y frunció apenas el ceño. No solía prestar demasiada atención a su apariencia fuera del trabajo; lo justo, lo funcional. Sin embargo, algo no cuadraba del todo.

La blusa era una de esas que le gustaban por comodidad más que por estética, y el perfume… apenas una nota ligera, como una costumbre antigua más que una intención.

No se había arreglado para impresionar. Era otra cosa. Una necesidad discreta de estar presentable ante lo desconocido. Como su mamá le había dicho en alguna ocasión, «las primeras impresiones son las que cuentan».

En realidad, minutos antes había estado a punto de cancelar. La idea de salir le había dado una flojera silenciosa, de esas que se disfrazan de cansancio. Pensó en escribir un mensaje breve, algo sencillo: lo siento, surgió algo, o mejor lo dejamos para otro día. Nadie se sorprendería demasiado.

Miró el reloj, faltaba poco para la hora de la cena. Y cuando se dio cuenta…

Ya estaba saliendo por la puerta, asumiendo que la curiosidad había ganado, aunque quedarse en casa, en el sillón, con una serie, seguía pareciendo una opción mucho más sensata.

Montserrat llegó al restaurante unos minutos antes de la hora acordada, aunque en realidad parecía tarde para sus propios nervios. El lugar era elegante sin presumir: luces cálidas, ventanales amplios, plantas que no parecían de plástico y un olor tenue a romero y pan recién horneado.

Apenas dio dos pasos hacia la entrada cuando lo vio.

Oliver estaba afuera, esperándola. De pie. Sin celular en la mano. Sin expresar nerviosismo. Solo estaba ahí, y ya.

Lo saludó con una cortesía breve, más discreta de lo habitual.

—Hola, Oliver.

Él sonrió. Una expresión que le resultó conocida y que le recordó que, en otro tiempo, había sido uno de los pocos rostros neutrales en medio del caos.

Oliver no era el típico abogado, agente del Ministerio Público. No tenía la panza de cerveza, ni la corbata torcida, ni ese aire de cansancio cínico que parecía parte del uniforme.

Él era distinto, acicalado, cuidadoso. Con esa presencia tranquila de quien respeta su trabajo y el de los demás. Usaba un saco bien ajustado, barba recortada y ese perfume discreto que siempre parecía decir «estuve aquí».

Para Montserrat, él había sido eso: un refugio amable entre un mar de decepciones.

Un compañero de trabajo que la consultaba cuando algún dictamen se le hacía denso; la buscaba para aclarar conceptos técnicos, para entender por qué un patrón de manchas no cuadraba o por qué un disparo no era como parecía a simple vista.