La criminalista
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Capítulo 1
Montserrat
Llevaba más de un año intentando renunciar.
No era un impulso, no era rabia, no era un berrinche: era cansancio.
Cansancio acumulado en forma de noches sin dormir, dictámenes5 corregidos tres veces, órdenes contradictorias, jefes que no miraban y compañeros que preferían la trampa al trabajo bien hecho.
Montserrat había redactado su renuncia al menos cinco veces. La primera versión estaba llena de explicaciones. La segunda, de disculpas. La tercera era demasiado técnica. La cuarta era un grito hecho documento. La quinta… estaba arrugada en un cajón esperando nunca ser encontrada.
La sexta fue la definitiva: una hoja sobria, directa, sin adornos: «Presento por este medio mi renuncia…». Al mostrársela a su jefe inmediato, él apenas levantó la vista.
—¿Otra vez con eso, Montserrat? —dijo, como si hablara de la impresora descompuesta.
—Sí. Ya es momento —respondió ella, evitando justificar lo injustificable.
Él no la detuvo porque la valorara, tampoco porque creyera que era indispensable.
No la soltaba porque era fácil dejarle el trabajo difícil a ella: la perito6 que no discutía, la que no pedía favores, la que hacía el trabajo aunque eso le costara horas y salud, la que únicamente pedía capacitación como recompensa.
—Déjamelo y lo reviso —dijo él, guardando la hoja en una carpeta que sabía perfectamente que no revisaría.
Pasaron semanas, luego meses, luego el año completo.
La renuncia se volvía un fantasma que aparecía cada vez que Montserrat enviaba un correo, cada vez que se quedaba hasta tarde, cada vez que alguien le decía: «Tú haces esto más rápido, mejor hazlo tú» o «salió a las 7:55 a. m., te toca a ti atenderlo».
Parecía atrapada en una puerta que no se abría ni se cerraba, «suspendida en un pasillo entre la vocación y la sobrevivencia». Pero un martes cualquiera —un día sin drama ni tormentas— decidió que no iba a pedir permiso para irse.
Imprimió la carta otra vez, la firmó sin temblar y se dirigió al edificio administrativo. El pasillo olía a tóner viejo y café recalentado, como cualquier día en la institución. Nadie la miró, nadie preguntó, nadie sospechó.
—Vengo a entregar mi renuncia —dijo, extendiendo el documento.
La mujer del escritorio la recibió sin emoción. Selló la hoja con el mismo gesto automático con el que validaba vacaciones, entregas de uniformes o solicitudes de papelería.
—Recibida, pronto te daremos detalles de tu liquidación —murmuró, sin leer su nombre.
Sin ceremonias, sin discursos, sin una frase que dijera «nos hará falta», era simplemente una más que pasaba por estos pasillos y que se iba.
Montserrat salió del edificio y no sintió alivio inmediato. Sintió un hueco extraño, una mezcla de pérdida y libertad, como si se hubiera quitado una camisa que le quedaba pequeña, pero aún conservaba su olor. Se tocó el pecho, respiró hondo y cruzó la reja sin mirar atrás.
Era la primera vez, en mucho tiempo, que daba un paso que era solamente suyo.
Ofelia
Al salir de administrativo, Montserrat no se fue directo a la puerta de salida de la Fiscalía, subió las escaleras de periciales rumbo a la oficina de su jefe. No por obligación, sino por cerrar el ciclo con una última línea, aunque fuera tenue.
Tocó la puerta abierta. Él la miró con una mezcla de resignación y cansancio.
—Ya entregué mi renuncia a administrativo —dijo ella.
—Así que ahora sí —dijo él.
Ella asintió.
Él se levantó, rodeó el escritorio y la abrazó con un gesto casi paternal, una caricia tardía que nunca había llegado cuando más la necesitaba.
—Se vienen tiempos diferentes, Montserrat… pero estarás bien —murmuró.
La frase cayó sobre ella como un eco de algo más profundo. Algo que llevaba guardado, enterrado y aún punzante. Y fue entonces, en ese abrazo tibio y condescendiente, que uno de los recuerdos más dolorosos regresó con fuerza: Ofelia.
Ofelia era la coordinadora de la recién creada área de Calidad de la Fiscalía, sobre todo trabajaba en los procedimientos de Servicios Periciales.7 Sonrisa grande, voz firme y promesas claras.
—¡Montserrat! —había dicho un día, entrando a la oficina con los ojos encendidos—. Ya está todo listo para tu ascenso. Te van a dar la subdirección, obvio yo seré tu «nueva jefa».
Montserrat recordaba la emoción en el aire. Ambas celebraron en silencio, con esa alegría contenida que solo las mujeres en ambientes hostiles se permiten. Era un logro, una señal de su esfuerzo y sus desvelos… al fin se traducían en algo concreto.
—Solo espera el oficio —le dijo Ofelia—. Ya casi llega y prepárate para venirte conmigo a tu nueva oficina.
Montserrat esperó: un día, una semana, dos, y después un mes. El oficio no llegaba.
Un día, incapaz de soportar la incertidumbre, fue a buscarla. Ofelia no la miró a los ojos, no sonrió, ni fingió sorpresa. Simplemente señaló con la mano hacia la puerta de al lado.
—Pasa a hablar con el director general.
El jefe estaba acomodando papeles que claramente no necesitaban acomodo y la volteó a ver como si la estuviera esperando y le dijo:
—Hemos hablado tu coordinador de área y yo —dijo sin rodeos—. Y ambos consideramos que has pasado muy poco tiempo en campo y en la institución para darte este «tipo» ascenso. Necesitas más experiencia.
Cuatro años, para él, no significaban nada.
—Apenas tienes cuatro años aquí —repitió—. Es mejor esperar.
Esperar. Ese verbo que ahí dentro significaba nunca. Y eso fue todo. La regresaron exactamente al mismo punto del que partió cuando entró a la institución.
Ese día algo dentro de Montserrat no se rompió… se apagó. Decidió no reclamar ni discutir, la decisión ya estaba tomada, sus palabras solamente se echarían al aire.
De vuelta al presente
Después de presentar su renuncia, Montserrat llegó a su departamento con las llaves frías entre los dedos.
Era un espacio pequeño, apretado como un pensamiento triste.
Las paredes tenían manchas de humedad que parecían mapas improvisados, el baño olía a jabón viejo y el edificio completo tenía esa vibra de vecindad donde siempre alguien arrastra una cubeta o una silla.
No era mucho, pero era lo que podía pagar. Y, sobre todo, era suyo.
Se sentó frente a su escritorio improvisado y comenzó a guardar los documentos que la ligaban a la Fiscalía. Dictámenes, fotos, notas, informes.8 Tantos años comprimidos en tres pequeños dispositivos de almacenamiento o memoria USB.9
Mientras sostenía una de ellas, un recuerdo la golpeó:
Ivone
Montserrat estaba en el anfiteatro,10 era una sala fría donde la luz blanca siempre parecía llegar tarde. Realizaba el examen externo de un cadáver,11 concentrada en ese ritual técnico que requería paciencia y precisión. En ese lugar, el silencio pesaba más que los cuerpos.
De repente, la puerta chirrió y entró una mujer joven. Muy joven, Ivone. Tenía los ojos encendidos por la mezcla exacta de nervios y emoción. Caminó hacia ella como quien se acerca a un símbolo.
—Hola… —dijo con voz suave—. Soy Ivone. Acabo de pedir mi cambio aquí.
Montserrat no levantó la cabeza de inmediato; estaba en una maniobra delicada. Pero sintió la mirada fija, respetuosa y curiosa. Entonces finalmente la vio.
—¿Tu cambio? —preguntó Montserrat, sin dejar de trabajar.
—Sí —dijo, mordiéndose el labio con entusiasmo—. Yo estaba en otra jurisdicción… pero pedí cambio aquí por ti.
Montserrat frunció el ceño, sorprendida.
—¿Por mí? ¿Por qué?
Ivone sonrió con una sinceridad que era rara dentro de esas paredes.
—Hay un rumor entre los practicantes jóvenes… —se acercó un poco, bajando la voz—. Que tú sí te das el tiempo de enseñar, que explicas, que no nos ves como estorbos.
La frase entró como un rayo suave, cálido, inesperado.
—Mis compañeros… —continuó Ivone—. Dicen que tú tratas esto como lo que es, una ciencia.
Montserrat sintió un nudo pequeño en la garganta. No esperaba admiración, no esperaba ser ejemplo, menos aún, ser la razón por la que alguien cambiara de sede. Durante unos segundos, el anfiteatro no parecía tan frío.
El recuerdo se desvaneció cuando la memoria USB cayó en la mesa. Esos instantes, más que los ascensos o los oficios, eran los que habían mantenido su vocación viva.
La llamada a mamá
La noche cayó sin aviso. Montserrat marcó el número de su mamá.
—Mami… ya renuncié.
Su mamá guardó un silencio lleno de comprensión.
—Hija… yo sé cuánto amas a tu ciencia.
Le habló con ternura, sin fiesta, sin dramatismo. Le recordó a la Montserrat estudiante, la que soñaba con lo que ahora la desgastaba.
—Esto era necesario, mi amor. Tú hiciste lo correcto.
—Mami… tengo miedo.
—El miedo también es parte del camino. Pero tú vas a estar bien. Eres fuerte, aunque no lo creas. Y lo que viene será más tranquilo y para bien. Dios no te deja sola, reza todos los días y verás que cosas buenas vendrán.
Hablaron como madre e hija durante varios minutos, como dos mujeres que se sostenían la una a la otra.
Después de colgar, Montserrat se recostó escuchando los ruidos del edificio y los ruidos de aquel departamento que con tanto trabajo podía pagar.
Sin embargo, Montserrat no estaba en el vacío, no había renunciado a la nada, ya tenía asegurado su lugar en una empresa privada de tecnología forense. La renuncia no era un salto al abismo, era un cambio de ruta.
Montserrat tomó las memorias USB: cuatro años comprimidos en plástico.
—Esto también fue parte de mí… —susurró.
Pesaba, sí. Pero ya no dolía.
Cerró los ojos. No había ansiedad, ni culpas, ni órdenes. Solo un silencio que, por primera vez, no la oprimía.
Así terminó su capítulo dentro de la institución: no con ruido, sino con quietud.
* * *
5 Podemos definir al dictamen como un documento escrito donde se plasma la opinión técnica que hace un perito con base en conocimientos especializados y en el análisis científico o técnico de un hecho que es sometido a su estudio,
con la finalidad de auxiliar a la autoridad en la toma de decisiones dentro de un proceso legal.
6 Se entiende por perito a la persona que cuenta con conocimientos especializados en una ciencia, técnica, arte u oficio, que interviene en un proceso para analizar hechos, emitir opiniones fundadas y ayudar a la autoridad a comprender aspectos que requieren conocimiento especializado.
7 En México, los servicios periciales constituyen las áreas especializadas encargadas de aplicar conocimientos científicos y técnicos al análisis de indicios y a la elaboración de dictámenes que apoyan la investigación de los hechos.
Su intervención se encuentra regulada por el Código Nacional de Procedimientos Penales, particularmente en lo relativo a la prueba pericial y la participación de expertos dentro del proceso penal.
8 Es un documento en el que un actor expresa las acciones llevadas a cabo sin llegar a plasmar conclusiones.
9 Una memoria USB es un dispositivo portátil de almacenamiento de datos que emplea memoria flash y se conecta a través de la interfaz Universal Serial Bus, permitiendo guardar, transferir y respaldar información digital entre distintos equipos de cómputo de manera rápida y sencilla.
10 En el ámbito forense, «anfiteatro» es el nombre con el que tradicionalmente se conoce al espacio destinado a la recepción, observación y estudio de cadáveres dentro del servicio médico forense.
11 El examen externo de un cadáver es el procedimiento inicial de observación y documentación del cuerpo, en el que se describen las lesiones visibles y se registran fotográficamente.
En algunas fiscalías de México, esta diligencia es realizada por el criminalista en compañía del médico legista, mientras que en otras corresponde directamente al médico forense.
No existe un procedimiento plenamente homologado a nivel nacional.