Capítulo 5
La noche en el pueblo
Esa noche, el viento soplaba más frío en las colinas que rodeaban la Casa Whitmore.
La mansión estaba iluminada, pero a la vez silenciosa, como si algo estuviera a punto de suceder.
Isabella había terminado de ordenar la cocina después de cenar y limpiaba lentamente la encimera de madera cuando oyó pasos firmes en el pasillo.
Andrew entró en la cocina con la misma expresión tranquila de siempre, pero había algo en su postura que parecía un poco más rígida.
Explicó que esa noche irían al pueblo a cenar al restaurante cerca del pub.
Lo dijo con naturalidad, como si fuera una salida familiar cualquiera.
Luego añadió que Isabella podía irse antes, ya que no sería necesario que se quedara en casa hasta más tarde.
Isabella se sorprendió un poco con la sugerencia.
Era la primera vez que le proponía salir de casa antes de la hora habitual.
Aun así, respondió cortésmente que no había ningún problema y que podía irse en cuanto terminara sus últimas tareas.
Por un instante dudó y luego hizo una pregunta que le pareció natural.
Preguntó si no les gustaría que se quedara en la casa para cuidar a los niños mientras ellos salían.
Andrew respondió inmediatamente que no. Lo dijo con firmeza, pero manteniendo el mismo tono educado de siempre.
Explicó que Oliver y Charlotte no necesitaban que nadie los cuidara durante unas horas y que estaban acostumbrados a estar solos cuando sus padres salían por la noche.
Añadió que la zona era muy segura y que no había motivo de preocupación.
Isabella asintió, pero la respuesta la dejó con una sensación de inquietud.
No le parecía normal que dos niños se quedaran solos en una casa tan grande, especialmente niños que, según sus propios padres, tenían dificultades mentales.
Terminó de limpiar la cocina y empezó a recoger sus cosas para irse.
Mientras caminaba por el pasillo principal, oyó voces que venían del salón.
Andrew, Eleanor y los visitantes parecían estar hablando de los planes para la noche.
La joven que había llegado con sus padres también estaba allí y parecía entusiasmada con la idea de ir al pueblo.
Su voz era ligera y curiosa mientras preguntaba por el restaurante y el pub en el centro del pueblo.
En un momento dado, la mujer preguntó quién cuidaría de los niños mientras todos salían a cenar.
Hubo un breve silencio antes de que Andrew respondiera que Oliver y Charlotte se quedarían en casa.
Solos. La reacción de la mujer fue inmediata.
Su tono de voz denotaba sorpresa. Preguntó si no había ningún adulto que pudiera quedarse con ellos.
Eleanor respondió con calma que no era necesario. Dijo que los niños estaban
acostumbrados a estar solos unas horas y que la propiedad era muy segura. Nadie se acercaría a la casa durante la noche.
Aun así, la pareja parecía incómoda con la idea.
El hombre comentó que no se sentía del todo tranquilo, sobre todo porque su hija estaba allí.
Fue entonces cuando Andrew respondió que podían llevarse a la niña al pueblo si lo preferían.
Así no habría motivo de preocupación. La niña reaccionó con entusiasmo inmediato a la idea de salir con los adultos.
Sus padres intercambiaron una mirada silenciosa antes de aceptar.
Andrew añadió algo que hizo que Isabella se detuviera discretamente en el pasillo mientras escuchaba la conversación.
Dijo que Oliver y Charlotte siempre estaban solos cuando salían de noche.
Siempre. Era completamente normal en esa casa.
La propiedad era segura y estaban acostumbrados.
Sus palabras fueron pronunciadas con tanta naturalidad que parecían casi ensayadas.
Unos minutos después, Isabella oyó pasos en el pasillo y se dio cuenta de que todos se preparaban para irse.
La pareja de visitantes parecía un poco más tranquila, aunque cierta incomodidad aún se reflejaba en la mirada de la mujer.
Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado.
La hija de la pareja, curiosa por la gran casa llena de pasillos, comenzó a recorrer el segundo piso mientras los adultos terminaban de arreglarse.
Isabella estaba cerca de las escaleras cuando vio a la niña subir lentamente por el pasillo, observando los cuadros en las paredes y las puertas cerradas.
Sin darse cuenta de adónde iba, la niña terminó llegando a la pequeña escalera que conducía al ático.
Isabella sintió un nudo en el estómago al verla subir aquellos estrechos escalones.
Unos segundos después, la niña desapareció arriba. El silencio duró solo un instante. Poco después, una exclamación de sorpresa resonó desde arriba.
La niña regresó rápidamente escaleras arriba, visiblemente asustada.
Sus padres la siguieron para ver qué había sucedido.
Cuando regresaron al pasillo, la pareja de visitantes parecía claramente perturbada.
La mujer preguntó, casi incrédula, si de verdad dormían allí los niños.
Andrew y Eleanor habían subido poco después y se detuvieron frente a ellos. Durante unos segundos, nadie dijo nada.
Entonces Andrew respondió con calma que sí, que esa era la habitación de los niños.
La mujer volvió a mirar las escaleras del ático como si aún intentara comprender lo que había visto.
El hombre también parecía incómodo. Comentó que el espacio era demasiado pequeño, demasiado frío y completamente inadecuado para dos niños.
Eleanor respondió con una serenidad que parecía cuidadosamente controlada. Dijo que eso formaba parte de la educación que les estaban dando a sus hijos. Según ella, Oliver y Charlotte estaban siendo criados para no desarrollar apego a las posesiones materiales.
Las habitaciones lujosas, los juguetes caros y la comodidad excesiva, en su opinión, creaban debilidad en las personas. Andrew asintió levemente y añadió que querían que sus hijos crecieran fuertes, sin depender de la comodidad ni de ningún tipo de apego material.
La pareja que los visitaba intercambió una mirada silenciosa. Era evidente que aún les incomodaba, pero ninguno insistió en el tema. Poco después, todos estaban listos para marcharse. Andrew abrió la puerta principal y el frío aire nocturno entró en la casa.
Mientras caminaban hacia el coche, Isabella los observaba discretamente desde la ventana de la cocina. La pareja de visitantes seguía inquieta. La joven echó un último vistazo a la casa antes de subir al coche, quizás pensando en los dos niños que se quedarían allí.
Cuando los coches finalmente recorrieron el camino que conducía al pueblo, el silencio volvió a reinar en la propiedad. La casa parecía aún más grande. Más vacía. Más oscura.
Y en algún lugar del estrecho ático de aquella enorme mansión, Oliver y Charlotte permanecían despiertos, solos, mirando por la pequeña y estrecha ventana mientras la noche avanzaba sobre las colinas.