La criada Capítulo 3
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Capítulo 3

Miradas que no dicen nada

Durante sus primeros días trabajando en la casa de los Whitmore, Isabella intentó concentrarse únicamente en sus tareas.

La mansión era grande y requería atención constante para mantenerse organizada, lo que le proporcionaba una rutina que la ayudaba a alejar pensamientos innecesarios.

Sin embargo, con el paso de los días, empezó a darse cuenta de que había algo en aquel lugar que no encajaba con la aparente tranquilidad que la casa transmitía desde fuera.

El silencio constante de los pasillos, el suave eco de los pasos sobre el suelo de madera y el viento que azotaba las ventanas creaban una atmósfera extrañamente pesada, como si la casa estuviera siempre a la espera de que algo sucediera.

Andrew Whitmore, en general, parecía un hombre completamente normal.

Trataba a Isabella con cortesía, le preguntaba si se estaba adaptando bien al trabajo y siempre mantenía una actitud serena durante las comidas.

Su voz era tranquila y sus palabras siempre estaban cuidadosamente elegidas.

Para cualquiera que lo observara brevemente, parecía simplemente un hombre rico que vivía una vida cómoda en una casa aislada en las colinas escocesas.

Sin embargo, Isabella empezó a notar que esa tranquilidad no siempre era constante.

A veces, sobre todo cuando creía estar solo, Andrew parecía completamente distinto.

Su mirada se volvía más fría, más distante, como si estuviera absorto en pensamientos que nadie más podía comprender.

En esos momentos apenas hablaba. Simplemente caminaba despacio por la casa o se quedaba quieto frente a las ventanas, observando el oscuro paisaje de las colinas como si estuviera calculando algo en silencio.

Eleanor Whitmore era aún más difícil de comprender.

Había días en que parecía una mujer perfectamente equilibrada.

Caminaba con elegancia por el jardín, conversaba tranquilamente con Andrew durante la cena y mantenía una postura serena que recordaba a las figuras femeninas representadas en los antiguos cuadros que adornaban la casa.

Sin embargo, Isabella empezó a darse cuenta de que esa tranquilidad también era inestable.

En ciertos momentos, Eleanor parecía inquieta, casi nerviosa.

Sus ojos recorrían los pasillos como si esperara oír algún ruido o encontrarse con alguien inesperadamente.

A veces, Isabella tenía la impresión de que Eleanor evitaba estar sola en ciertas habitaciones de la casa, sobre todo cuando Andrew no estaba.

Observando pequeños detalles, Isabella empezó a notar algo que la inquietaba profundamente.

En ocasiones, cuando Andrew entraba inesperadamente en una habitación, Eleanor reaccionaba con un ligero sobresalto.

Era un gesto rápido, casi imperceptible, pero Isabella lo notó más de una vez.

Por un instante, la expresión de Eleanor parecía revelar algo que desaparecía inmediatamente después: miedo.

Luego, recuperaba al instante su compostura serena, como si nada hubiera pasado. Pero Isabella sabía que lo había visto.

Los niños eran quizás lo más perturbador de aquella casa.

A Oliver y Charlotte casi nunca se les veía hablar ni hacer ruido.

Desde que Isabella llegó, no había oído ni una sola palabra salir de sus bocas.

Caminaban por la casa en silencio, con pasos ligeros y cuidadosos, casi como pequeñas sombras que cruzaban los pasillos.

Los dos permanecían casi siempre juntos, como si uno fuera el único refugio del otro en aquel lugar.

Isabella había prometido mantenerse alejada de los niños, tal como Andrew y Eleanor le habían pedido, y así lo hizo con cuidado.

Aun así, era imposible ignorar por completo su presencia en la casa.

Oliver siempre parecía atento a todo lo que le rodeaba.

Sus ojos observaban discretamente cada movimiento, cada gesto, cada puerta que se abría o se cerraba.

Charlotte, en cambio, parecía mucho más frágil.

Casi siempre caminaba junto a su hermano, sujetando discretamente la manga de su camisa, como si necesitara ese contacto para sentirse protegida.

Lo que más perturbaba a Isabella no era el silencio de los niños, sino su mirada.

Había algo en los ojos de Oliver y Charlotte que no correspondía a su edad.

No era simple timidez o retraimiento. Era algo más profundo.

Algo que parecía estar siempre presente en ellos.

Isabella lo comprendió claramente una mañana mientras limpiaba el pasillo del segundo piso.

Oliver y Charlotte pasaron junto a ella en silencio, caminando uno al lado del otro.

Cuando Oliver alzó la vista y se encontró con la mirada de Isabella por un instante, un escalofrío le recorrió la espalda.

No había curiosidad en esa mirada infantil.

No había inocencia. Había algo mucho más pesado, algo que parecía contener una silenciosa súplica de ayuda.

Charlotte también levantó la vista en ese momento.

Sus ojos estaban muy abiertos, y por un segundo Isabella tuvo la impresión de que la niña estaba a punto de decir algo.

Pero no pronunció palabra. Oliver tomó suavemente el brazo de su hermana, y ambos continuaron caminando por el pasillo sin mirar atrás.

Esa imagen permaneció en la mente de Isabella durante el resto del día.

En los días siguientes, empezó a prestar más atención a todo lo que sucedía en la casa.

Observó el comportamiento de la familia durante la cena y notó que Eleanor rara vez miraba directamente a Andrew cuando hablaba.

También se percató de que Oliver y Charlotte siempre mantenían la cabeza baja cuando estaban sentados a la mesa en presencia de su padre.

A veces, el ambiente en la casa parecía completamente normal.

Andrew y Eleanor hablaban con calma, los niños guardaban silencio y la noche transcurría tranquilamente.

Pero había otras noches en que el ambiente cambiaba por completo.

Isabella empezó a oír discusiones que provenían del despacho de Andrew.

Las voces eran amortiguadas, pero se podía percibir la tensión.

A veces, las conversaciones terminaban abruptamente, como si alguien se hubiera dado cuenta de que alguien pasaba por el pasillo.

Una noche, Isabella estaba subiendo unas sábanas cuando volvió a oír voces que venían del despacho.

Esta vez la puerta estaba entreabierta. La voz de Eleanor sonaba diferente, llena de nerviosismo.

Isabella no entendía todo lo que se decía, pero oyó claramente a Eleanor hablar en voz baja, casi desesperada, diciendo que solo eran niños.

Después, se hizo un silencio denso. Entonces, la voz de Andrew respondió fría y controlada, diciéndole simplemente que hiciera lo acordado.

Isabella se alejó rápidamente antes de que alguien la notara.

Esa noche le costó mucho conciliar el sueño.

Acostada en su habitación, escuchó el viento golpear las ventanas de la mansión y tuvo la sensación de que toda la casa estaba más silenciosa que nunca.

Al amanecer, unos pasos ligeros resonaron por el pasillo del segundo piso.

Isabella abrió los ojos y se quedó inmóvil en la cama, intentando escuchar mejor.

El sonido era suave, casi como si alguien intentara pasar desapercibido.

Se levantó lentamente y abrió la puerta lo suficiente para mirar al pasillo.

Oliver estaba de pie en medio del pasillo.

Solo. El chico miraba fijamente la puerta de la habitación de Isabella.

Cuando se dio cuenta de que ella había abierto la puerta, no se movió.

No dijo nada. Él seguía mirándola con esa misma mirada silenciosa y asustada que Isabella ya había visto antes.

Por un instante, ella tuvo la impresión de que quería decir algo.

Algo importante. Algo que tal vez no podía decir.

Pero unos segundos después, Oliver apartó la mirada y comenzó a caminar lentamente por el pasillo, desapareciendo en la oscuridad de la casa.

Isabella cerró la puerta del dormitorio y se apoyó contra ella.

Su corazón latía con más fuerza. Porque en ese momento, por primera vez desde que había llegado a esa casa en las colinas escocesas, empezó a sentir que algo muy extraño estaba sucediendo allí. Y los niños parecían saberlo mucho antes que ella.