La costurera de la reina Capítulo 50
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Capítulo 50

Tras la boda tuvieron dos días libres. Se levantaron tarde, se acostaron temprano y, entre una cosa y otra, pasearon y hablaron del futuro.

El pasado, de momento, preferían dejarlo atrás.

Entonces llegó el jueves, cuando debían volver al trabajo.

Almudena, a palacio. Juan, a su nuevo empleo.

Se despidieron con un beso en el patio y ella salió a la calle.

Juan llamó a la puerta de madera.

—¡Pasa, muchacho! —dijo una voz desde dentro—. ¡Está abierto!

Juan entró y el olor a lino y a paño invadió sus fosas nasales. Cruzó la trastienda y se quedó parado en la puerta que comunicaba con la tienda.

—¿Vas a quedarte ahí todo el día? —Domingo no levantó la vista del rollo que estaba cortando.

Juan avanzó. Era la primera vez que veía la tienda desde ese lado del mostrador y le pareció más pequeña.

Las estanterías subían casi hasta el techo, cargadas de piezas de tela dobladas siguiendo un orden que todavía no alcanzaba a comprender.

Sobre la mesa central, las marcas de las varas brillaban a la luz de la mañana.

Domingo medía una pieza de paño oscuro, manejando la tela con precisión.

—Abre la puerta —le indicó—. Ya es la hora.

Juan obedeció. El ruido de la calle entró en la tienda.

—Aquí no hace falta que te cuadres.

Juan llenó sus pulmones de aire y luego lo soltó por la nariz. No se había dado cuenta de que estaba rígido.

—No me cuadraba —dijo—. Solo…

No terminó la frase. Domingo dejó el rollo de tela sobre la mesa y lo miró por primera vez. Sus ojos destilaban amabilidad, pero su voz sonó firme.

—Aquí no hay órdenes, Juan. Me alegro de que hayas aceptado ser mi ayudante: necesito un par de manos más, ya empiezo a estar cansado. Pero si no te gusta, si decides no quedarte, lo entenderé.

—Me quedo —dijo Juan.

Domingo asintió, satisfecho. Luego señaló un fardo apoyado contra la pared.

—Empieza por eso, hay que llevarlo al taller de bordado de la calle de la Sal. No lo arrastres.

Juan se acercó. Pesaba más de lo que parecía. Se lo cargó al hombro con un gesto automático, aprendido en años de servicio.

Su suegro dejó escapar una suave risa.

—No es un fusil —dijo—. Es paño fino.

Él corrigió la postura, incómodo, y sostuvo el fardo con más cuidado. Se quedó un instante de pie, sin saber si debía decir algo. En el cuartel siempre había una siguiente orden y no tenía claro cómo actuar.

—¡Vamos, hombre! —le apremió Domingo con un gesto de la mano—. No te quedes ahí como un pasmarote, que a la vuelta te toca ordenar la trastienda.

Al salir, lo recibió el ruido de Madrid: carros, voces, pasos apresurados, risas y gritos.

La ciudad era la misma, pero él no. Por primera vez desde hacía años, no tenía claro qué le iba a deparar el día, la semana, el mes.

Levantó la cara hacia el sol de la mañana y disfrutó de su calidez. Luego echó a andar.

Los meses pasaron muy deprisa. María, la costurera auxiliar, ascendió a costurera oficial del guardarropa y acompañó a Su Majestad en los desplazamientos ese año.

La salud de doña Paula seguía siendo delicada y a Almudena, en tanto que recién casada, intentaban no separarla demasiado tiempo de su esposo.

Las Navidades de ese año fueron distintas: Juan ya estaba asentado en la tienda, la clientela confiaba en él, y Domingo cada vez lo dejaba más tiempo solo.

Veía a su hija feliz y sabía que Juan era un buen hombre.

Compartieron la comida de Navidad con la señora Vicenta y sus dos hijos, que eran ya unos jóvenes altos y fuertes que se estaban labrando su propio futuro.

Pasaron la tarde comiendo turrón, cantando villancicos y riendo.

Juan la miraba en silencio, como si aún no terminara de creerse que aquella vida era la suya.

A la mañana siguiente, Almudena se despertó como siempre y al levantarse, apenas puso un pie fuera de la cama, salió corriendo hacia la cocina y vomitó en un balde.

Ella y Juan se miraron y se abrazaron, llenos de alegría.

Un par de meses más tarde, Almudena se sentó frente a don Carlos en su despacho. Este la escuchó y sonrió, aunque con cierta tristeza.

—Enhorabuena, Almudena. Me alegra ver que forma su propia familia. Debo admitir que me apena su marcha, aunque la entiendo.

Ella quiso seguir colaborando con palacio y a todos les pareció una gran idea, pero ahora lo haría desde su propio taller. Se despidió de sus compañeras entre lágrimas. Al fin y al cabo, llevaba años allí y algunas de esas mujeres eran muy importantes para ella. Madame Moulinier lloró al abrazarla.

—Haces bien, ma chérie . Además, las cosas se van a poner un poco tensas en palacio, me temo.

La ejecución del rey de Francia había desatado el caos en la corte. Aquel acto había provocado la inmediata ruptura de relaciones de España con el país vecino y, según se rumoreaba, se iba a iniciar una guerra.

—Madame, abriré mi propio taller y seguiré colaborando con el guardarropa. Puede venir a verme cuando lo desee, también aceptaré sus encargos.

Doña Paula la abrazó con fuerza, al igual que María. Las seguiría viendo en calidad de costurera asociada, pero dejar de pasar el día entero con ellas iba a suponer un cambio muy grande.

Luego fue a despedirse de las zurcidoras.

No había vuelto a hablar con María del Carmen desde el día de su liberación, más allá de los saludos de cortesía.

No sabía qué había pasado con el círculo.

Tampoco si habían recibido más solicitudes de socorro, aunque dudaba mucho que las hubieran atendido.

Ella seguía tomando precauciones desde que quedó expuesta y, por tanto, era mejor no saber nada, no hablar con nadie más de lo normal, no salir de casa a horas intempestivas.

Pero, además, ya había tenido aventuras suficientes.

Le había visto las orejas al lobo y no quería tentar a la suerte, y menos ahora que alguien dependía de ella.

Acarició su barriga todavía plana con cariño.

Don Julián, el zapatero vecino de su padre, echó el cierre y se fue a vivir con su hijo mayor, y el hijo de Vicenta hacía ya tiempo que había montado su propio taller en la calle de al lado, así que el local se quedó vacío.

Almudena lo alquiló y abrió una pequeña puerta que comunicaba con la tienda de telas.

Allí montó su taller. Aprovechó los meses hasta dar a luz para adecentarlo y correr la voz de que se iba a instalar allí.

—Hay trabajo para todas —dijo doña Leonor cuando fue a visitarla para contarle sus planes—. Y has hecho bien en salir de palacio, el ritmo allí es incompatible con una familia. Ahora vivirás mejor, ya lo verás.

Teresa ya iba por su tercer embarazo.

—Nuestros hijos serán los mejores amigos —dijo, convencida—. O tal vez sean niño y niña y se casen cuando sean mayores. Sea como sea, los criaremos juntas.

No supo más de la condesa viuda de Ribaescusa.

Tampoco Manuel Godoy volvió a cruzarse en su camino.

Ahora era primer secretario de Estado, ministro universal y había recibido un título: conde de Alcudia y Grande de España, nada menos.

Sus mundos no volverían a tocarse, pero Almudena nunca olvidaría todo lo que habían hecho por ella.

Quien sí quiso despedirse fue la infanta María Amalia.

Tenía ya catorce años y se hablaba de la posibilidad de que contrajera matrimonio con su primo Luis de Parma.

El último día, Almudena recibió una petición para que acudiera a sus habitaciones.

Allí la esperaba la infanta, vestida de azul pálido, con su pequeño Bijou en brazos. La miró haciendo un puchero.

—No quiero que te vayas, Almudena.

La costurera sabía el papel que había jugado en su liberación, aunque jamás pudiera contárselo a nadie. Hizo una reverencia:

—Estos años en palacio han sido un regalo, alteza. Y también conocerla a usted. Siempre le estaré agradecida.

Entonces María Amalia hizo algo del todo impropio: dejó al perrito en el suelo, se acercó a Almudena y la abrazó. Las damas allí presentes miraron para otro lado, incómodas, pero Almudena sintió que su corazón se derretía.

—Gracias por ayudar a María del Pilar. Siempre estaré en deuda contigo —le susurró. Luego, más contenida, dijo en voz alta—: Ha sido un placer tenerte en el guardarropa estos años. Te deseo una vida larga y próspera.

—Lo mismo le deseo yo, alteza.

Almudena salió de palacio con el ánimo alegre y el pecho lleno de esperanza.

Varios meses después estaba cosiendo en el taller, con su pequeña en un canasto a su lado, cuando la puerta se abrió.

—Venía a pedir un encargo especial.

Almudena reconoció la voz y levantó la cabeza.

—Hola, María del Carmen.

Las dos se miraron sonriendo.

—¿Es seguro que estés aquí? —preguntó Almudena.

La zurcidora asintió.

—Solo soy una mujer visitando a una amiga para conocer a su bebé. Además, hace casi un año que dejaste el guardarropa. Ya no eres relevante, nadie va a sospechar de ti. —Se acercó al canasto—. ¡Es una preciosidad! ¿Cómo se llama?

—Isabel.

María del Carmen sonrió: no podía ser de otro modo. Después se incorporó y miró a Almudena. Esta le sostuvo la mirada. Por un momento, ninguna habló. Entonces la zurcidora abrió la boca para decir algo, pero Almudena se adelantó.

—Sí —dijo—, lo haré.