Capítulo 49 #2
Domingo miró a su hija, tan orgulloso que no le cabía el corazón en el pecho.
Estaba preciosa con el pelo en un moño trenzado, y una mantilla de blonda de Almagro muy fina que don Carlos le había regalado, en nombre de la camarera mayor, con el agradecimiento de la reina por los años de servicio, cubría su cabeza y sus hombros.
El corpiño de terciopelo con hilos de plata lo había bordado ella misma en sus ratos libres con materiales de palacio que le habían autorizado a utilizar.
La basquiña, de seda, había sido un regalo de sus compañeras del guardarropa.
Llamaba la atención, pero, sobre todo, lo que más destacaba era la felicidad que irradiaban sus ojos.
Cuando estuvo lista, tomó el brazo de su padre y se dirigieron a la iglesia.
Allí la esperaban sus amigas: Teresa, que se lanzó a sus brazos en cuanto la vio.
Manuela, que acudió con su marido, pues por fin se había casado, y Luz, que tenía novio formal y pasaría por el altar el mes siguiente.
También estaban doña Eulalia y doña Leonor, y todas sus compañeras del guardarropa con sus esposos, así como don Carlos, don Pedro, el sastre, y madame Moulinier.
Los vecinos más cercanos también acudieron, y todos los compañeros de armas de Juan, salvo Ramón, con sus uniformes y medallas, montando jaleo y rondando a las mozas.
Y vestido de civil con calzones oscuros, medias blancas, faja y chaleco encarnados y chaquetilla de paño fino, estaba Juan. Cuando sus miradas se encontraron, todo lo demás dejó de existir. Almudena caminó hasta la puerta de la iglesia y se detuvo frente a él.
—Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida —dijo él, con los ojos abiertos de admiración.
Ella se sonrojó.
—Tú también estás muy guapo.
La ceremonia fue rápida y bonita, y, al salir, los soldados del regimiento los escoltaron entre canciones y toques de tambor a la taberna donde tendría lugar el convite.
Todos los vecinos del barrio aplaudieron desde las ventanas y felicitaron a gritos a los recién casados.
Almudena y Juan no se soltaban de la mano: por fin podían hacerlo sin comprometer su reputación.
Sin embargo, aún no podían besarse a gusto.
Cada vez que sus caras se acercaban, los invitados se ponían a gritar y a patalear, haciendo que ambos se murieran de vergüenza.
—No veo la hora de estar a solas contigo —dijo Juan a su oído.
Ella sintió que un escalofrío le recorría la columna y apoyó la cabeza en su hombro, pero la retiró enseguida para recibir un abrazo de Teresa, el décimo que le daba ese día.
—¡Es tan emocionante! —dijo, y se secó una lágrima de emoción—. Por fin estás casada. Ahora podremos hablar de temas más… interesantes —le dijo con una sonrisita.
Almudena la miró con cariño. Teresa, su amiga desde niñas, su compañera de trabajo, su apoyo constante.
Nunca supo en qué había estado metida, pero habría arriesgado su propia vida por ella, estaba segura.
Se habían distanciado un poco, entre las horas que Almudena pasaba en palacio y que Teresa había sido madre, pero estaba firmemente dispuesta a solucionar aquello y volver a verla casi a diario.
—Te quiero, amiga —le dijo antes deshacer el abrazo—. Gracias por estar siempre ahí para mí.
Teresa le pellizcó la barbilla y dejó sitio para otro invitado feliz que quería hablar con la pareja de recién casados.
El cortejo pasó por delante de la casa de Beatriz, que miraba por la ventana.
Almudena la vio ajada, como si su legendaria belleza hubiera desaparecido bajo capas de amargura y resentimiento.
Aún era joven, pero las comisuras de los labios tiraban para abajo y sus mejillas estaban hundidas.
Hasta su precioso pelo rubio parecía haber perdido su brillo, y los ojos, que antes eran como dos faroles, mostraban un azul desvaído y apagado.
En ese instante sintió lástima por ella, pero entonces Beatriz corrió el visillo de forma brusca y ocultó su rostro, y Juan volvió a tomarla de la mano.
Almudena se olvidó de Beatriz y se concentró en su propia felicidad.
Una vez en la taberna, se sirvieron buñuelos y rosquillas.
Los compañeros del guardarropa se despidieron: debían volver al trabajo.
Los demás disfrutaron de un cocido e innumerables jarras de vino de Arganda.
Los antiguos compañeros de Juan le entregaron una bolsa de piel: habían recolectado una pequeña cantidad para ayudarle a montar un negocio con el que pudiera salir adelante ahora que ya no era guardia.
—¡A la salud del rey! —gritaban cada dos por tres, levantando las jarras de vino y bebiendo a grandes tragos—. ¡Vivan los recién casados!
Cuando acabó la comida, comenzaron a sonar las seguidillas y los fandangos.
Un soldado sacó a bailar a Manuela. Su marido, un majo tan echao p’alante como ella, se plantó delante de él con la mano en la faja, donde guardaba la navaja.
Por un instante, todo el jolgorio se detuvo.
Pero entonces el soldado levantó las manos y dio un paso atrás, y Manuela se echó a reír y besó a su marido delante de todo el mundo.
La fiesta siguió hasta que el sol comenzó a caer. Domingo se retiró, al igual que la mayoría de los invitados. Los novios, con ganas de estar a solas, se dirigieron a la casa poco después, escoltados por los mejores amigos de Juan y Almudena.
—¡Menuda noche vas a pasar, amiga! —dijo Manuela, fiel a su carácter—. Cierra las ventanas para que a tu padre no le dé una apoplejía.
—¡Manuela! —Teresa ahogó una risa con la mano—. Qué bruta eres, hija, no cambias. —Luego se volvió hacia su amiga—. Pero tiene razón.
Las risas acompañaron los pocos metros que separaban la taberna del portal. Luz la abrazó al llegar.
—Solo quedo yo —dijo, con la ternura que la caracterizaba—. Pero en un mes os alcanzo. Y seremos un grupo de mujeres casadas.
—Casi unas viejas —apostilló Teresa.
Todas besaron la mejilla de Almudena y se marcharon ente cánticos y palmadas.
Los soldados también se habían ido. Juan tendió la mano a Almudena y subieron las escaleras a toda prisa hasta el último piso.
Ella había preparado y decorado en sus ratos libres el cuarto que habían arrendado hasta que pareció un hogar.
Juan, que no lo había visto, miró a su alrededor con las manos en la cintura.
—Vaya, esto está mucho mejor que la última vez.
Almudena sonrió.
—La reina ha sido muy generosa. No esperaba nada por su parte, pero parece que madame Moulinier sugirió que un regalo de bodas sería procedente.
Juan volvió a fijar la vista en su esposa.
—Todo esto está muy bien, pero ahora no me interesa.
Se acercó a ella en dos zancadas, cogió su barbilla con suavidad y le alzó la cara. Almudena le miró, expectante, con la boca entreabierta. Juan, por fin, se inclinó y la besó con todas las ganas que había acumulado durante años. Luego la tomó de la mano.
—Ven, esposa —le dijo mientras la conducía hacia la alcoba.
Almudena lo siguió, tan ansiosa como él.