La costurera de la reina Capítulo 49
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Capítulo 49

La marquesa viuda de Bélgida terminó de ajustar el vestido de Su Majestad frente al espejo del vestidor.

La condesa viuda de Ribaescusa también estaba presente.

Sabía que su nieta se encontraba bien, y se había enterado de que el marqués de Valdearenas estaba intentando hundir a su prometido, ya que a ella no la podía tocar, pero Godoy había asumido su defensa como una cruzada personal.

Suspiró: ella ya no podía hacer más, pero esperaba que todo se solucionase.

Al fin y al cabo, al marqués le convenía ser discreto.

La reina se miró en el espejo de un lado y luego del otro. Movió un poco los brazos arriba y abajo, como si simulara un baile. Sonrió a su reflejo y mostró sus dientes perfectos de marfil, tan estéticos como inútiles. Acarició los volantes de una de las mangas.

—Magníficos —fue todo lo que dijo.

Juan y Almudena pasaron unos días muy angustiosos esperando el veredicto.

Él hacía vida en el cuartel, aunque no tenía guardias ni servicios.

Sus compañeros sabían que iba a ser juzgado por abandono de puesto, aunque desconocían las consecuencias de su acción: salvo unos pocos elegidos, nadie estaba al tanto de que aquella muchacha, que ya estaría cruzando el mar camino a Sicilia para reunirse con su familiar, había huido.

Por fin, una mañana, su general lo llamó a su despacho. Estaban solos ellos dos. Juan sintió un ligero alivio: no era un consejo de guerra, y eso eliminaba la posibilidad de ser fusilado. Pero aún quedaba la expulsión. Se cuadró y saludó con una inclinación de cabeza.

—Mi general.

El militar tenía cerca de sesenta años y un carácter fuerte y firme, aunque nadie podía acusarle de injusto. Se enorgullecía de tener a los hombres bajo su mando entrenados y atentos, y miró a Juan con expresión severa.

—Soldado, ha cometido usted una falta muy grave —comenzó, y se puso a caminar por la estancia con las manos unidas a la espalda—.

Como sabe, abandonar una guardia es motivo de expulsión deshonrosa, como poco.

También podría acabar en las minas de Almadén, muriendo lentamente a causa del mercurio, o en África.

¿Es consciente de lo estúpida e irresponsable que fue su acción?

Juan mantuvo la cabeza alta y la mirada al frente.

—Sí, mi general.

—Sin embargo, por algún motivo, hay quien le defiende. El teniente general de la guardia de corps, Manuel Godoy, insiste en que fue una imprudencia cometida por caballerosidad, en su afán de proteger a la dama cuya custodia le habían encomendado. ¿Es eso cierto?

—Sí, mi general —dijo Juan, con pulso retumbando en su garganta.

—Bien —continuó el militar, que se detuvo frente a Juan—.

El teniente general es un hombre muy influyente, y todo indica que lo será mucho más.

Por otra parte, el empeño del marqués de Valdearenas en que reciba usted un castigo ejemplar me parece más una venganza personal que un afán de justicia.

Así que he tomado una decisión: cumplirá un arresto de una semana sin grilletes.

Después podrá reincorporarse al servicio, pero tendré que enviarlo a una guarnición fuera de Madrid hasta que se aplaque el escándalo.

Por lo que me han comentado, desea usted casarse.

—Sí, mi general.

El hombre emitió un pequeño gruñido.

—Hay otra opción. Si lo solicita, podrá licenciarse sin deshonor. Aún le queda un año de servicio, es cierto, pero haremos la vista gorda. Yo mismo firmaré su licencia absoluta.

Juan intentó mantener la posición. Toda su vida había deseado ser guardia.

No sabía hacer otra cosa, no tenía otra formación.

Contaba con reengancharse y ascender a sargento, labrarse un futuro en el ejército, tal vez como alabardero.

Nunca se había planteado otra cosa. ¿Dejar el cuerpo? Además, había otra cuestión.

—Comprar la plaza para licenciarme es muy caro, señor. No dispongo de ese dinero.

El general hizo un gesto con la barbilla.

—Alguien se ha mostrado dispuesto a pagar esa cantidad y ha conseguido el permiso del rey. No sé con quién se ha cruzado en su camino, joven, pero ya puede jurar que le han salvado el pellejo.

Juan asintió con un nudo en la garganta. Se había salvado, sí, pero su futuro acababa de esfumarse. Todo lo que era, su identidad, se había borrado de golpe.

El general pareció leer sus sentimientos.

—Encontrará otra cosa, ya lo verá —dijo suavizando la voz.

Juan volvió a asentir, incapaz de hablar.

Cuando su superior le dio permiso para marcharse, Juan regresó a su jergón y se sentó con la cabeza gacha.

Sus compañeros, los que no estaban de guardia, se acercaron.

Se alegraron de que pudiera licenciarse sin deshonor.

Los que conocían a Juan sabían que nunca habría abandonado su puesto de no ser por algo grave, creían su historia y celebraban que hubiera salido ileso. Juan, sin embargo, no lo veía así.

Al rato, acudió un sargento con la licencia recién redactada por el escribano.

La tinta aún estaba fresca. Juan se despojó de las polainas y las dejó encima de la cama.

Luego se quitó el gorro de manga y los botones metálicos de la chupa.

Se anudó un pañuelo a la cabeza para no parecer un mendigo, cogió su fusil y se dirigió al armero, seguido por sus compañeros.

Su sargento revisó el arma. Comprobó que tenía todas las piezas y que funcionaba correctamente, y luego se la devolvió.

Juan la colocó en el armero vertical, pero su mano no se separó de ella.

En el momento en que soltara el arma, dejaría de ser un hombre del rey.

Cerró los ojos y tragó saliva, intentando contener la emoción.

Después los abrió de nuevo y retiró la mano.

Sus compañeros le dieron palmadas en la espalda y se despidieron de él.

—¡Buen pasaporte y mejor acomodo! —le desearon, uno tras otro.

Desolado, Juan abandonó el cuartel.

—Pero ¿qué haces?

Beatriz estaba en medio de la sala con las manos en las caderas.

Ramón, impasible, metía sus pocas pertenencias en un morral.

Siguió con lo que estaba haciendo, sin levantar la vista.

Beatriz resopló. En su fuero interno, pensó que tal vez se había equivocado un poco al testificar.

Le pudo el afán de venganza y no midió bien las consecuencias.

Ese Godoy la había humillado y despreciado delante de todos aquellos nobles, y el malnacido del marqués le había retirado su apoyo.

El calor subió de nuevo a sus mejillas al recodar el momento en que, tras la liberación de Almudena, se acercó a su amante y él la miró con tal frialdad que incluso a ella la descolocó.

Cuando intentó quitarle hierro al asunto, el marqués le indicó a un guardia que la sacara de la sala y se giró hacia sus amigos.

La palabra «mujerzuela» llegó hasta sus oídos antes de cruzar la puerta.

No había vuelto a saber de él.

Y por si fuera poco, Juan lo había presenciado todo, pues aún seguía allí.

Era un caballero y no hablaría, pero los criados, en cuanto se supiera que había perdido el favor del marqués, correrían la voz.

No se había hecho demasiado querida por el servicio, y ella lo sabía.

Pero había probado las mieles del poder, ¿alguien la podía juzgar?

Estaba preparada para enfrentarse a las habladurías, pero solo podía hacerlo con su esposo a su lado. El hombre que en ese instante caminaba hacia la puerta con el morral al hombro.

—Espera, Ramón. —Se acercó a él y habló con voz más suave—. No puedes irte. Esta es tu casa.

Él la miró por primera vez desde que había empezado a recoger sus cosas.

—Te dije que te atuvieras a las consecuencias. No voy a vivir bajo tu mismo techo, me voy.

—¿Y adónde irás?

—Vuelvo al cuartel.

—¡Pero no puedes dejarme aquí sola! —Beatriz se imaginó los rumores, los cotilleos. Atacó a la desesperada—. Si te vas, te denunciaré por abandono del hogar.

Ramón se detuvo, se giró y dio un paso hacia ella. Uno solo.

—Hazlo y te denunciaré ante el tribunal eclesiástico por adúltera.

Me concederán la separación, y entonces ¿qué?

¿Te irás a un convento? Los dos sabemos cómo acabarías si tienes que abandonar esta casa.

No quiero eso para ti, Beatriz. Tal vez lo merezcas, pero no seré yo quien te arrastre a esa vida.

Quédate en la casa si lo deseas, la pagaré mientras vivas en ella. Pero no esperes nada más de mí.

Ella le puso la mano en el brazo, conciliadora.

—Ramón, lo siento mucho. Quédate, seguro que podemos arreglarlo.

Ramón miró su rostro, tan hermoso que podía hacerte perder la razón. Sin embargo, aquella vez no vio la piel de porcelana, ni los cabellos dorados, ni los hipnóticos ojos azul brillante. Vio la perfidia tras la máscara, la rabia y la bilis. Se soltó.

—Has roto lo nuestro sin ninguna posibilidad de reparación. Haz tu vida, que yo haré la mía. Adiós, Beatriz.

Se marchó, dejando a su esposa en medio de la sala, humillada y derrotada.

Cuando Ramón llegó al cuartel se encontró a Juan, que salía en ese momento. Vio cómo iba vestido y asumió lo que había pasado.

—¿Licenciado o expulsado? —preguntó.

—Licenciado —dijo el joven—. Licencia total, me voy limpio, gracias a Dios.

Ramón asintió.

—Me alegro, amigo.

Los dos se quedaron en silencio. Juan observó el hatillo en su hombro. Ramón se dio cuenta.

—No puedo vivir bajo el mismo techo que esa mujer. Intentó destruir a Almudena por despecho, me hizo daño a mí y arrastró mi nombre por el barro.

—Lo lamento, Ramón. Ojalá las cosas hubieran sido diferentes.

—Intentaste avisarme —dijo con un suspiro—. Cada hombre es responsable de su destino. ¿Estarás bien?

Juan asintió.

—Me iré a casa de mi familia unas semanas, hasta la boda.

Ramón palmeó la espalda de su amigo.

—Te llevas una gran mujer. Te deseo toda la felicidad del mundo.

Juan se despidió de Almudena y se marchó a San Sebastián de los Reyes, a casa de su hermana, con su madre y su familia. No podía ir y volver a diario, así que no se vieron hasta diez días después, el día de la boda.