La costurera de la reina Capítulo 48
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Capítulo 48

Domingo no se había movido de la ventana en todos esos días.

En la tienda colgaba un cartel de cerrado por enfermedad .

Encima de la mesita, un Nuevo Testamento estaba abierto pero abandonado, como si no hubiera podido dar respuestas o consuelo a su angustia.

En ese momento, un carruaje se detuvo frente a su puerta.

No vio quién se bajaba de él, pero contuvo el aliento y no supo si debía sentir miedo o esperanza.

Poco después sonó un golpe en la puerta. Breve, seco.

Él no se movió, como si creyera que se lo había imaginado. El golpe se repitió.

Más tarde, Domingo no recordaría haber cruzado la estancia, ni sus plegarias para que al otro lado de la puerta no hubiera malas noticias, ni tampoco haber tirado del picaporte para abrirla. Solo recordaba el momento en que, recortada contra el marco, reconoció la silueta de su hija.

Sus ojos estaban hundidos y rodeados de cercos oscuros.

Tenía el pelo despeinado y la ropa arrugada, y los pómulos sobresalían como si no hubiera comido en días.

Pero, por lo demás, parecía estar bien. Almudena y él se miraron en silencio, solo un instante.

Luego Domingo alargó los brazos, la metió en casa y la estrechó contra sí.

Fue un abrazo largo, casi doloroso. Después dio un paso atrás, dejando escapar las lágrimas que llevaban días retenidas, y acarició la mejilla de Almudena.

—¿Qué te han hecho, hija? ¿Estás bien?

Ella asintió.

—Estoy bien. No se atrevieron a pegarme.

—¿Tienes hambre?

Sonrió apenas y su estómago famélico respondió por ella.

—Ven, siéntate.

Después de cenar, Almudena le contó lo que había pasado, sin entrar en muchos detalles. Cuando le dijo que la condesa viuda de Ribaescusa había intercedido por ella, Domingo sonrió en silencio.

Esa noche Almudena durmió profundamente, sin sueños. Intuía que lo que acababa de vivir le pasaría factura, pero su cuerpo agotado decidió darle un respiro durante unas horas y la dejó descansar.

Domingo la despertó con suavidad a la mañana siguiente. No volvieron a hablar del tema y empezaron el día como si nada hubiera sucedido.

—Debo acudir al guardarropa temprano, tenemos mucho que hacer.

Su padre asintió.

—Ten cuidado.

Bajaron juntos y, justo antes de salir a la calle, en el patio, cuando Domingo iba a abrir la tienda para retomar su rutina, se giró hacia Almudena.

—Tu madre estaría orgullosa de ti —dijo.

Luego entró en la trastienda y dejó a Almudena con el pecho henchido de orgullo y los ojos humedecidos.

Al cruzar la puerta del guardarropa, la recibió el ambiente de siempre: el zumbido de las conversaciones, el chasquido de las tijeras, los pasos apresurados de los mozos que iban y venían cargados con paquetes, el olor a tela que tanto había echado de menos.

Don Carlos se alegró al verla.

—Almudena, espero que ya se encuentre bien. La recepción es dentro de dos días y aún no están terminados los vestidos. La mitad de las zurcidoras están en el cuarto de costura asistiendo con tareas menores.

—Estoy lista —dijo.

La actividad del cuarto de costura la envolvió como si nunca se hubiera ausentado.

Se quedó unos segundos en el umbral, observando.

Todo seguía como siempre, pero ella había cambiado.

Se sentía distinta. Ahora veía lo que antes no podía ni imaginarse: lo que se movía bajo la superficie tranquila en apariencia de la corte; los juegos en los que la gente como ellas solo eran piezas sin rostro ni nombre, prescindibles, intercambiables.

Se había asomado a un mundo peligroso al que no quería regresar.

—¡Almudena! —La exclamación de doña Paula la devolvió al presente—. ¡Ya estás mejor!

Todas las cabezas se alzaron. Unas sonrieron, otras apenas la miraron antes de volver al trabajo.

María del Carmen soltó la labor y se llevó las manos a la boca para ahogar un grito, pero disimuló con rapidez y, con los labios apretados para contener la emoción, retomó la tarea. María chasqueó la lengua.

—Menudo susto nos dio, doña Almudena. Dijeron que estaba con unas fiebres…

Almudena bajó la cabeza con una media sonrisa.

—Ya se me han pasado.

Dejó el manto y la basquiña en su sitio y fue hasta su asiento en la mesa. Pasó por delante de una de las zurcidoras mayores, que hilvanaba un bajo.

—Tienes mala cara —dijo la mujer sin apartar la vista de la tela—. Deberías haberte quedado en la cama un día más.

Almudena se sentó y enhebró su aguja.

—El trabajo no espera.

Un murmullo de asentimiento recorrió la mesa.

Se puso manos a la obra. Tenía delante de ella las mangas: todas sabían de su precisión con los volantes y los habían dejado para el final con la esperanza de que llegara a tiempo para coserlos.

Alguien dejó caer unas tijeras al otro lado de la sala. El ruido la hizo levantar la cabeza de golpe. Ahogó un grito, alterada.

Varias mujeres se rieron.

—¡Que susto! —dijo una.

—Sí —contestó Almudena, y volvió a bajar la vista. Solo quería ser invisible.

No tuvieron un respiro en toda la mañana. Almudena terminaba los volantes, las zurcidoras hilvanaban las mangas al cuerpo, reforzaban costuras internas, remataban puntadas, y doña Paula y María cosían sin parar, unían piezas y se aseguraban de que quedasen tal y como debían quedar.

En la pausa para la comida, María del Carmen pasó por detrás de ella y le dio un cálido apretón en el hombro. No podían hablar y eso las estaba matando, pero quería que supiera lo mucho que se alegraba de verla sana y salva.

La jornada se alargó hasta que terminaron el trabajo.

Se había hecho de noche y llevaban horas cosiendo a la luz de las velas.

Hacía rato que habían oído el toque de ánimas, pero al día siguiente, el previo a la ceremonia inaugural de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa, todo debía estar perfecto. Nada podía dejarse al azar.

Cuando salieron del guardarropa estaban agotadas, con la vista nublada, pero reían a pesar del cansancio, orgullosas de haber cumplido con su trabajo. María del Carmen se puso al lado de Almudena.

—Me alegro de que estés bien.

—Puede que me estén vigilando —dijo Almudena con disimulo.

María del Carmen asintió.

—Lo supongo. Todo salió bien. Solo quería decirte eso.

Almudena cerró los ojos aliviada. Al menos, María del Pilar había conseguido escapar.

—No podremos hablar en un tiempo —dijo la zurcidora.

—Lo sé. —María se acercó a ellas y Almudena cambió de tema—. Mañana lo revisaremos todo, pero creo que ha quedado perfecto.

—¡Pues claro que ha quedado perfecto! —dijo la recién llegada—. Son una preciosidad de vestidos.

Salieron de palacio charlando como viejas compañeras de trabajo.

Al día siguiente acudieron a palacio a primera hora.

La mañana transcurrió entre pequeños retoques y revisiones.

Cuando las mozas de guardarropa, vigiladas por don Carlos y la camarera, que saludó a Almudena como si nada hubiera pasado, se llevaron los vestidos y los complementos a los vestidores de la reina y las infantas, las trabajadoras se marcharon.

Todavía quedaba tarde por delante y muchas se fueron a dar un paseo, pero Almudena rechazó la invitación a acompañarlas.

Antes de volver a casa, tenía algo que hacer.

—¿Puede pedirle a Juan Montesinos que salga un momento, por favor?

El guardia de infantería que vigilaba la puerta del cuartel no pareció sorprenderse. Le preguntó el nombre y se perdió en el interior del recinto, dejando allí a su compañero.

Almudena se paseó frente al portón, nerviosa. Desde que la sacaron de aquella casa dos días antes no hacía más que pensar en Juan. El viernes quiso contactar con él, pero se pasó todo el día en el guardarropa y cuando salió era demasiado tarde para que la vieran con un hombre.

Tampoco él había aparecido por palacio. Estaba muerta de miedo por lo que pensara de ella.

La había salvado con su declaración, sí, pero eso no significaba que deseara volver a verla.

Al fin y al cabo, le había mentido. Y, por otra parte, ¿habrían tomado represalias contra él?

Su mente era un torbellino, pero todo quedó en silencio cuando él se asomó a la puerta y comenzó a caminar hacia ella.

Llevaba el uniforme sencillo, y el chaleco azul le sentaba tan bien que Almudena sonrió sin poder evitarlo, a pesar de los nervios.

Cuando la mirada se desplazó a su cara, los brillantes ojos verdes de Juan la observaban un poco desconfiados, pero no parecía enfadado.

Ella alargó la mano y acarició su cara: la hinchazón del ojo había bajado mucho, pero el color morado había mutado a una extraña mezcla de verde y amarillo, y la costra del labio seguía ahí.

—¿Te duele? —preguntó en un susurro.

Él negó con la cabeza.

—¿Estás bien? —quiso saber él—. ¿Te hicieron algo?

—Nada que no pudiera aguantar —dijo ella—. No se atrevieron a tocarme.

Él suspiró, como si se hubiera quitado un peso de encima. Un silencio incómodo se instaló entre ellos, algo que nunca les había pasado antes.

—Bueno —dijo Almudena con voz temblorosa—, supongo que te debo una explicación.

—Me gustaría, sí. —El guardia intentó imprimir firmeza en su voz, pero también le tembló.

Almudena se dio cuenta y rezó para que aquello fuera una señal de que aún sentía algo por ella.

Caminaron por las calles repletas de puestos, niños que jugaban y gente que paseaba. Ella quiso sincerarse y contarle en qué había estado metida.

—La verdad es que prefiero no saberlo —dijo Juan—. Me vale con saber que estás dispuesta a confiar en mí. Pero, si algo he entendido, es que no es solo tu secreto.

—No —dijo Almudena—. Y pondría en tus manos la seguridad de más gente. Pero confío en ti, mentiste en casa del marqués para salvarme.

Juan se paró delante de ella y la miró con toda la seriedad del mundo.

—Haría lo que fuera por ti. Pero no quiero saber más de lo necesario porque, no lo olvides, soy un guardia. No me gustaría tener que debatirme entre mi deber y mi corazón. Pero sí quiero saber una cosa, ¿sigues en peligro?

—No, no creo. Tal vez me vigilen un tiempo, pero no encontrarán nada a lo que aferrarse.

—¿Y tengo que preocuparme por si un día vuelves a desaparecer?

Ahora fue Almudena la que miró a Juan con una promesa en los ojos.

—Se acabó. —Hizo un gesto al aire con la mano, restando tensión al momento—. Ya he vivido aventuras para toda una vida.

Juan asintió.

—Me alegra oírlo.

Caminaron un rato más. Cuando estaban cerca de la iglesia, Almudena habló en voz baja, casi con miedo:

—¿Significa esto que quieres que nuestro compromiso siga adelante?

Juan esbozó una sonrisa, pequeña y acompañada de un quejido. Su labio seguía muy sensible.

—Sí, claro que quiero. Aunque… me acusan de abandono de puesto.

Almudena ahogó un grito. Temía algo así, pero pensaba que no se atreverían a llegar tan lejos, que aceptarían su palabra y no buscarían su ruina. El abandono de puesto era una falta muy grave. Podían expulsarlo o algo peor. Se enfrentaría a un consejo de guerra, tal vez a la pena de muerte…

—¡No! —dijo—. Confesaré, diré que no te moviste de tu puesto.

Juan suspiró, resignado.

—Eso no mejoraría las cosas, más bien lo contrario.

Pero no temas. El marqués de Valdearenas está intentando que la acusación prospere, pero el propio Godoy ha hablado con mi general.

Ha asegurado que no abandoné mi puesto por vicio o por cobardía, sino por exceso de celo.

Que me encomendaron cuidar de la joven dama y que, al oír el ruido, temí que hubiera intrusos que buscaran hacerle daño o asustarla.

—¿Y funcionará?

Almudena intentó respirar hondo, pero sus pulmones estaban cerrados.

La noche del rescate, cuando oyó su voz y acudió a su encuentro, no fue consciente del peligro al que exponía a Juan.

Se reprendió por haber sido tan egoísta y no haber pensado en las consecuencias; sin embargo, él no parecía preocupado, como si no mereciera la pena perder la paz por algo que no dependía de él.

—No lo sé. Pero estoy aquí, paseando contigo.

Que me dejen salir a la calle y seguir vistiendo el uniforme es buena señal.

Lo que hice no estuvo bien, Almudena —dijo con una mano en el pecho—.

Pero ¡qué demonios! Yo me debo al rey y a su familia, no a ese atajo de garrapatas.

Lo haría una y mil veces si con eso te salvara de ellos.

Ella alargó la mano y cogió la suya. Le daba igual que los viese el barrio entero.

—Te quiero, Juan.

A él se le iluminó la cara. Se llevó su mano a los labios y le dio un suave beso en el dorso.

—Y yo a ti, Almudena. Y quiero que seas mi esposa, pero debes tener en cuenta que, si me expulsan o, Dios no lo quiera, me ejecutan, supondrá una deshonra no solo para mi nombre, sino para el de todos con quienes esté vinculado.

Almudena sintió que las lágrimas comenzaban a descender por sus mejillas.

—No —dijo, y fue incapaz de continuar.

—Y aunque todo se solucione con un castigo menor perderé la antigüedad, así que no podré ascender en mucho tiempo.

Si… —carraspeó para aclararse la garganta—, si crees que…

Lo que quiero decir es que tal vez ese no sea el escenario ideal para formar una familia. Si quieres echarte atrás, lo entenderé.

Ella apretó su mano e hizo caso omiso a las miradas de reojo de la gente que pasaba. No apartó los ojos de su prometido.

—Nunca. Estaré a tu lado, sea cual sea el veredicto.

Volvieron a caminar, uno al lado del otro. Sus brazos se rozaron un instante. Luego se separaron.