La costurera de la reina Capítulo 47
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Capítulo 47

—Don Manuel, qué inesperada visita.

Manuel Godoy avanzó dos pasos y miró a su alrededor.

Conocía bien a los nobles sentados tras aquella mesa: lo despreciaban y buscaban su ruina, pero, al mismo tiempo, ansiaban su favor.

La joven que ocupaba una silla de madera era, sin duda, la costurera a la que Su Majestad había ordenado sacar de allí.

Su cara le sonaba: tal vez se la había cruzado por los pasillos en alguna ocasión.

A su derecha, un guardia que se levantó y se cuadró al verle aparecer.

Al fin y al cabo, era un superior. Su rostro revelaba sufrimiento y duda, pero mantenía la compostura.

La beldad sentada a la izquierda de la acusada lo miraba con calculador interés.

Era muy hermosa, cierto, pero algo en su gesto le provocó un rechazo inmediato.

Volvió la vista al frente:

—Lamento haberme presentado sin avisar, señores. Pero todos saben, imagino, que la presencia de esta muchacha aquí significa su ausencia del guardarropa, y la reina considera eso inadmisible.

Se miraron unos a otros, incómodos.

—Entiendo, don Manuel. Pero esta mujer ha causado un grave daño al honor de mi familia y exijo una reparación.

—¿Daño? —preguntó Godoy, como si no supiera de qué hablaba el marqués—. ¿Puede decirme a qué daño se refiere?

El noble no quería admitir su deshonra ante aquel advenedizo, pero sabía que debía hacerlo. Suspiró.

—Mi hija, don Manuel. Sin duda habrá oído los rumores.

—No está enferma, pues —señaló este, como quien habla del tiempo.

—No. Me avergüenza admitirlo, pero desapareció de palacio. Y ella —dijo señalando a Almudena— la ayudó a escapar.

Godoy se quedó pensativo. Si eso resultaba ser cierto, era un contratiempo grave. Debía proceder con cautela.

—Bien —aceptó—. Supongo que no tendrán inconveniente en que me una a este juicio privado como representante de la justicia real.

No hubo murmullos de descontento. Eso habría significado un insulto directo, cosa que no interesaba a nadie.

El marqués de Valdearenas hizo un gesto y uno de los guardias que se habían acercado a Almudena fue a por una silla y la colocó justo en el centro de la mesa, desplazando al marqués de su presidencia.

Almudena sintió un torrente de alivio correr por sus venas y se permitió, por un instante, soñar con que aquello podía acabar bien. Aun así…

—Pónganme al tanto de los hechos —dijo Godoy, cruzando las manos sobre su vientre.

Cuando el marqués narró lo sucedido, Godoy miró a Beatriz.

—¿Puede repetir su testimonio?

Ella se levantó, se contoneó hasta situarse delante de la mesa y repitió su historia.

Godoy se rascó la barbilla.

—Pero usted no vio a Almudena en palacio esa noche.

Beatriz titubeó.

—No, pero…

—¿La vio o solo le quitó el pañuelo en la iglesia del Buen Suceso?

Apretó los labios, frustrada. Luego negó con la cabeza.

—No la vi, señor, solo le arrebaté el pañuelo. Aun así, estoy convencida…

Godoy levantó una mano, cansado.

—Es suficiente.

Cuando Beatriz se giró para volver a su asiento, el guardia de corps preguntó:

—¿Quién es usted?

Ella vaciló y miró al marqués. Este carraspeó, incómodo.

—Es Beatriz del Valle, don Manuel. Es… una amiga.

Unas risitas se extendieron por la mesa, seguidas de alguna tos disimulada.

Godoy enarcó una ceja.

—Entiendo. ¿Está usted casada?

—Lo estoy, señor —respondió con la cabeza gacha.

Ante el silencio de aquel hombre, se sentó, humillada y expuesta.

Entonces Godoy miró a Juan.

—¿Qué hace ese guardia aquí?

—Custodiaba a mi hija la noche del incidente, don Manuel.

—¿Eso es cierto? —preguntó al joven.

—Sí, señor.

—Entonces, vería a la acusada esa noche.

El tiempo se detuvo. Almudena se olvidó de respirar.

Su mirada se cruzó por primera vez con la de Juan desde que él había entrado en la sala, y cuando vio el ojo derecho inflamado y cerrado, teñido de color malva, y el labio partido, se le llenaron los ojos de lágrimas.

¿Habrían conseguido aquellos brutos quebrarlo?

¿Les habría dicho que la vio aquella noche?

De ser así, ella estaba perdida, a pesar de la presencia de Godoy.

Tal vez la sacara de allí, pero acabarían con ella más tarde.

Pero lo que más le dolía era perder el amor y la confianza de Juan.

Si él la miraba con desprecio la destrozaría.

Si la traicionaba, no se recuperaría de aquello, aunque supiera que lo hacía obligado.

Pero no vio desprecio en sus ojos sino dolor, y también un resquicio de duda.

Almudena soltó el aire que retenía sin ser consciente, y él apretó la mandíbula y se giró hacia el tribunal.

—No, señor. Como ya le dije a su ilustrísima —señaló con la barbilla hacia el marqués—, oí un ruido al final del pasillo y me acerqué a comprobar que todo estaba en orden. No vi entrar ni salir a nadie de las habitaciones de la dama.

Almudena agradeció estar sentada, porque el alivio fue tan grande que se mareó. Bajó la cabeza para disimular y tomó aire.

—¿Se ausentó de su puesto? —continuó Godoy.

—Sí, señor —confirmó Juan—. Mi cometido era proteger a la dama, y oí un ruido en el recodo del pasillo. Creí que era mi deber asegurarme de que no había intrusos cerca.

Un sonido parecido a un gruñido surgió de la garganta del marqués.

—¿Acaso no está de acuerdo? —preguntó Godoy.

Valdearenas negó, indignado.

—¡Por supuesto que no! Su deber era no abandonar su puesto, fue una negligencia. Eso suponiendo que nos dice la verdad. Tengo entendido que mantiene una relación sentimental con la acusada.

Godoy estrechó los ojos hasta convertirlos en dos ranuras y observó a ambos.

—¿Es eso cierto?

Almudena asintió, con la cabeza gacha. Juan, sin embargo, dijo «Sí» con voz firme. Godoy meditó. Luego dio un golpe en la mesa.

—Bien —dijo poniéndose en pie—. Está claro.

—¿Qué está claro, don Manuel? —preguntó el marqués. Desde que el militar había entrado en la sala, los demás nobles no habían abierto la boca.

Godoy insinuó un esbozo de sonrisa que reprimió de inmediato.

—No tienen nada, señores. Nadie vio a la acusada en palacio aquella noche.

El marqués le enseñó el pañuelo bordado.

—Pero estos símbolos, don Manuel, aparecieron en poder de la acusada. Y recuerdo ver a mi hija con un pañuelo igual antes de escapar. —Omitió hablar de su primogénita. Ya tenía bastante con la vergüenza de admitir que la pequeña había huido—. Eso prueba una conspiración.

Manuel Godoy estaba harto de esa pantomima. Había escuchado a los nobles por respeto y por dar una pátina de justicia a aquello, pero la costurera iba a salir de allí en ese mismo instante, le pesara a quien le pesase.

—No voy a tener en consideración unos bordados, marqués —dijo con voz glacial—. No hay testigos que la vieran aquella noche, y no me vale con el testimonio de una adúltera cuya palabra no vale nada, ni legal ni moralmente.

Beatriz acusó el golpe. Se quedó lívida y bajó la vista.

—No condenamos a la gente sin pruebas —concluyó Godoy—. Además, esta muchacha es necesaria en el guardarropa. La reina la quiere de vuelta en su puesto de inmediato.

Salió de detrás de la mesa y se dirigió a la silla donde estaba Almudena. Le tendió la mano. Ella dudó, aún incrédula. Luego tomó su mano y se incorporó.

Cuando se dirigían a la salida, una voz que no era la del marqués resonó en la estancia.

—Cuánto interés en una simple costurera. Tal vez a don Manuel no solo le gusten las alcobas reales.

Almudena se quedó helada. Godoy se envaró y se giró. Sugerir que era amante de la costurera era algo deleznable, rastrero y peligroso, pero la referencia a la reina podía llegar a considerarse traición. Recorrió con la vista los rostros de aquellos nobles.

—Sigan creyendo que están por encima del bien y del mal, señores. Más dura será la caída.

Después salió sin mirar atrás.

Ya en el carruaje, ambos guardaron silencio hasta que Almudena se atrevió a hablar.

—Mi padre…

Godoy, que miraba por la ventana, desvió los ojos hacia ella.

—La reina ha sido muy clara, te quiere en palacio. Pero creo que puede esperar a mañana, ya está atardeciendo.

Ella asintió. Luego bajó la vista hacia sus manos unidas en el regazo y murmuró:

—Gracias.

Una suave risa surgió del hombre que tenía delante. Cuando Almudena levantó la vista, lo que vio fue a un joven muy apuesto con el rostro relajado, no al firme militar de expresión contraída que había entrado en aquella sala.

—No hay de qué, Almudena. Si eres una víctima de las conspiraciones de Valdearenas, me alegro de haberte ayudado.

Y si de verdad tuviste algo que ver con la desaparición de su hija…

, bueno, no puedo decir que lamente que haya recibido de su propia medicina.

Los nobles hablan de libertades y privilegios, pero solo se refieren a ellos mismos.

Los que estamos fuera de esa esfera somos piezas en su tablero o enemigos a batir. Está bien que alguien les plante cara.

Almudena fue consciente de que acababa de abrirse ante ella uno de los hombres más poderosos del reino. Una amplia sonrisa se extendió por su rostro.

—Entiendo.

—No te conozco —continuó él—, pero la infanta María Amalia parece tenerte mucho cariño, y también la condesa viuda de Ribaescusa, aunque no tengo ni idea de por qué.

Tal vez solo odie a Valdearenas como tantos otros.

Lo importante es que has salido bien parada de esto.

Te aconsejo que seas muy discreta a partir de ahora, tu seguridad depende de ello.

—Así lo haré, señor. Por favor, transmita mi más profundo agradecimiento a la infanta. Y a Su Majestad, desde luego.

—Su majestad ya no recuerda lo que me ha pedido hace apenas dos horas —murmuró Godoy, que volvió a mirar por la ventana, abstraído.

Almudena vaciló y luego se atrevió a hablar:

—Juan, el guardia que estaba en aquella sala…

—Yo me ocuparé, descuida —la interrumpió Godoy, sin apartar la vista de la ventana.

Cuando llegaron frente a su casa, ella iba a descender del coche cuando él le puso la mano en el brazo.

—No tengo hijas —dijo—. Pero, si las tuviera, me gustaría que supieran escapar cuando fuera necesario.

Se despidió con una inclinación de cabeza y el coche se puso en marcha en dirección a palacio.