La costurera de la reina Capítulo 46
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Capítulo 46

Cuando Almudena no volvió a casa el lunes por la noche, Domingo supo que algo había salido mal.

Caminó por la salita como un león enjaulado durante horas y se asomó a la ventana a cada ruido de la calle.

Pero, poco a poco, todo quedó en silencio.

La habían capturado: después de lo que había hecho la noche anterior, Almudena tenía muy claro que debía comportarse con normalidad para no levantar sospechas.

Y no regresar a su hogar por la noche se salía de lo normal.

Pasó el martes preso de una agitación inmensa, pero no podía hacer nada.

Se le ocurrió acudir a palacio y preguntar a sus compañeras, pero admitir que había desaparecido sería un desastre para ella y su buen nombre.

Entonces pensó en ir a buscar a Juan. Pero él era guardia, ¿y si se había puesto en su contra?

Esa noche la pasó despierto, asomado a la ventana, desesperado, intentando apartar de su mente la imagen de su hija muerta o herida.

El miércoles, destrozado por la preocupación y la falta de sueño, tomó una decisión arriesgada. Se sentó y comenzó a escribir una carta. Una muy larga.

El jueves por la mañana, la condesa viuda de Ribaescusa se sentó a desayunar en su sala favorita.

El sol de primavera entraba con fuerza por la ventana.

No tenía que ir a palacio hasta el mediodía, cuando la reina había solicitado su compañía, y la perspectiva de una mañana tranquila, sobre todo después de la intensa tarde que había vivido el día anterior, la llenaba de felicidad.

El lunes por la mañana quedó claro que la joven a la que había dado cobertura no era otra que la hija del marqués de Valdearenas.

Que lo zurcieran. Era un déspota que trataba a su familia con puño de hierro, además de que fue un buen amigo de su difunto marido.

Y eso era presentación más que suficiente: cuanto más lejos, mejor.

Se alegraba de haber colaborado en que se le quedara cara de tonto.

La infanta María Amalia, por quien la condesa viuda sentía un profundo cariño, se había tomado muy bien la noticia de la desaparición de su amiga.

No lo había dicho a las claras, por supuesto, pero una enfermedad infecciosa repentina, la misma mañana de su boda, no podía significar otra cosa y la infanta lo sabía.

La gente tendía a infravalorarla porque era muy bajita para sus trece años y su cuerpo enfermizo y su cara infantil no reflejaban más de diez.

Pero era una joven muy perspicaz, más lista de lo que nadie sospechaba, incluida su propia familia, y la condesa viuda había visto en su mirada que había entendido lo sucedido.

Y todo había sido obra de su nieta. Su nieta.

Se llevó la mano al pecho y suspiró. Pensó en su querida Isabel, tan hermosa, tan sensible.

Su difunto marido decidió casarla con un viejo barón podrido de dinero y cuyas tierras colindaban con las suyas en el sur.

El barón era viudo, su mujer había fallecido después de una terrible caída por las escaleras.

Pero la condesa hizo indagaciones, y el servicio rumoreaba, muerto de miedo, que ella se atrevió a llevarle la contraria en público justo antes del accidente.

Habló con su esposo, intentó hacerle entrar en razón, apeló a su amor por su descendencia, pero no sirvió de nada.

La idea de unir su patrimonio al del barón, que su hija enviudara pronto y él pudiera manejarlo todo a su antojo como consejero de Isabel era más fuerte.

«Isabel sabrá tenerlo contento, no le pasará nada», fue su respuesta.

La condesa solo era una mujer. Si su esposo había tomado la decisión, no había nada que pudiera hacer al respecto. Cuando su hija murió, lloró lágrimas amargas, pero una pequeña parte de sí misma pensó que, al menos, se había liberado.

Y, lo que eran las cosas, Isabel se había liberado de verdad.

Pensar en ella como una mujer trabajadora, casada con un hombre sencillo, madre de una costurera, en lugar de humillarla o entristecerla, la llenaba de alegría.

No podía decir lo que sabía. No podía confesar que huyó, que tuvo una hija con un hombre del pueblo llano, porque el escándalo afectaría a su otra hija, que tenía un buen esposo y un buen nombre en la corte, y disfrutaba de una vida feliz.

Todo seguiría como hasta entonces, pero ella conocía la verdad, y eso traía paz a su viejo corazón.

Eso, y la mirada franca y noble, tan parecida a la de Isabel, de aquella muchacha que era su nieta.

Sus ojos se humedecieron emocionados. En ese instante, un criado entró con una bandeja de plata en las manos. Sobre ella, una carta. La condesa cogió el sobre: el papel era basto y no tenía sello alguno. Miró al criado.

—¿De dónde ha salido?

El joven bajó la mirada.

—Un mensajero la trajo ayer, después del mediodía. Pero la señora estaba en palacio y llegó tarde.

La condesa hizo un gesto y el criado se retiró.

Abrió el sobre y sacó el pliego de papel.

Sus cejas se alzaron con sorpresa al principio y se unieron sobre el puente de la nariz después.

Se inclinó hacia delante, leyendo todo lo rápido que le permitían sus ojos cansados.

Cuando terminó, se levantó con presteza, miró por la ventana y soltó un suspiro que se oyó en toda la estancia.

Adiós a su mañana de paz. Tenía una labor importante que llevar a cabo.

María Luisa de Parma se había levantado tarde aquella mañana y, todavía con la bata de dormir, tomaba un chocolate en su gabinete privado, contiguo a la alcoba, donde se sentía en paz y tranquila antes de sumergirse en una rutina en la que estaría rodeada de gente en todo momento.

Introdujo un trozo de pan en el líquido caliente y se lo llevó a la boca con un pequeño gruñido de satisfacción.

Luego se limpió la comisura de la boca y alzó la vista hacia la marquesa viuda de Bélgida, su camarera mayor, su mano derecha, y también su mano izquierda, sus ojos y sus oídos en aquella corte que la odiaba.

Seguía sin tener claro si la marquesa pertenecía a ese grupo o, por el contrario, estaba de su parte, pero tampoco le importaba demasiado: cumplía su cometido a la perfección y eso, por el momento, era suficiente.

—¿Cómo van los preparativos?

—Todo marcha según lo previsto, majestad. La semana que viene, en cuanto el rey firme el real decreto, tendrá lugar el nombramiento de las primeras damas y la recepción inaugural.

La reina sonrió, satisfecha. La Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa, con la que había soñado desde que ascendió al trono, pronto sería una realidad.

Su propia orden, su manera de recompensar a las damas que hubieran demostrado su lealtad a la Corona.

Llevaba meses preparándose para ese acontecimiento.

Las primeras condecoradas serían ella misma y todas sus hijas, por supuesto.

Había planeado una gran fiesta, con recepción y baile, para demostrar a la corte el esplendor y el lujo que el gobierno de su esposo y el suyo propio habían traído al país.

Se oyeron unos golpes en la puerta. Manuel Godoy, teniente general de la guardia de corps, gentilhombre de la cámara del rey y, sobre todo, favorito de los reyes, podía ir a donde quisiera en palacio, cruzar las puertas que deseara, hablar en los salones que dispusiera.

Nada le estaba vedado. Y eso sin tener siquiera un título de nobleza, algo que, según las malas lenguas, iba a cambiar muy pronto.

Y ahora estaba allí, en el gabinete privado de la reina, en la comprometida situación de verla en bata, sin que a ninguno de los dos les causara el más mínimo sonrojo. El hombre hizo una profunda reverencia y saludó también a la marquesa de Bélgida, que le devolvió el saludo con correcta frialdad.

—¡Manuel, querido! Menos mal que has venido. Acércate, tengo unas dudas sobre la disposición de los invitados en esta parte de la recepción.

Llevaban unos minutos sumergidos en aquella tarea cuando el ujier anunció que la condesa viuda de Ribaescusa solicitaba ser recibida por Su Majestad.

La camarera mayor, que apreciaba y respetaba a la condesa, se extrañó.

No porque fuera insólito que pidiera acceder al gabinete, había estado allí decenas de veces, pero siempre a petición de la reina, no al contrario.

No obstante, Su Majestad aceptó recibir a su dama.

Al entrar, por un momento la condesa pareció no saber cómo actuar. No obstante, se recompuso enseguida con el saber estar que siempre la había caracterizado e hizo una reverencia.

—Majestad.

María Luisa la miró.

—Buenos días, condesa. Dígame, ¿a qué se debe su visita?

—Nada importante, majestad. Mi cocinero me ha servido esta mañana macarons en el desayuno y he recordado cuánto le gustan. Como la corte lleva un par de días revuelta, he pensado que tal vez le apetecería un dulce… para empezar el día con buen pie.

María Luisa había sido en su juventud una mujer bella, sin embargo ahora, con apenas cuarenta años, había perdido gran parte de sus dientes, sobre todo debido a los embarazos, pero también por su desmedida afición a los dulces.

Los dientes que le quedaban estaban negros y podridos, lo que no daba una imagen agradable, de ahí que en los actos públicos llevara una dentadura de marfil que funcionaba de cara a la galería, pero no servía para comer.

Sonrió con amplitud, mostrando los huecos y las piezas retorcidas que le quedaban, y alargó las manos.

—¡Pues claro, condesa! Qué detalle tan encantador. Es justo lo que necesito.

La camarera mayor tuvo la tentación de levantar una ceja, pero se contuvo.

¿Qué querría la condesa de la reina? Era evidente que caerle en gracia no, nunca se había preocupado demasiado por ganarse su favor.

No dijo nada, a la espera de ver adónde llevaba todo aquello.

Sin embargo, un rato después, las tres seguían inmersas en un diálogo trivial, como si la condesa no se atreviese a exponer con claridad cuál era el asunto que la había llevado hasta allí.

Mientras, Godoy, firme a un lado de la mesa, no parecía molesto por la interrupción.

Entonces el ujier anunció una nueva visita.

La puerta se abrió y un perrito blanco apareció corriendo como si fuera una bola de algodón gigante.

Tras él, la infanta María Amalia entró en la sala.

Se detuvo de golpe: era evidente que no esperaba encontrarse allí a tanta gente.

Saludó a su madre con una reverencia y un beso en la mejilla. Luego dio los buenos días al resto.

—¡Tía! —exclamó al ver a la condesa, a quien quería y trataba con familiaridad—. ¿Qué hace aquí tan temprano?

—Eso digo yo —añadió la reina, mirando a su alrededor—. Este gabinete empieza a estar demasiado lleno, y yo ni siquiera estoy vestida. ¿Qué deseas, querida?

La jovencita miró a su madre y trató de concentrarse en ella para no sentirse intimidada por el resto de los adultos.

—Madre, me he enterado de que Almudena… —Se corrigió al ser consciente de lo poco apropiado de nombrar a una trabajadora— … de que una costurera del guardarropa ha desaparecido.

La reina la miró con indiferencia, pero a la camarera no se le escapó el gesto de la condesa viuda, que levantó la cabeza como si le hubiera picado una avispa.

—¿Y? —preguntó María Luisa.

La niña hizo un gesto de fastidio.

—Pues que, al parecer, quien está detrás es el marqués de Valdearenas.

—Algo habrá hecho entonces —dijo la reina, que se metió otro macaron en la boca con fruición.

—Según tengo entendido, el marqués y sus amigos se están tomando ciertas libertades de un tiempo a esta parte —terció la condesa.

La reina se encogió de hombros.

—Si los rumores son ciertos y su hija no está tan enferma como dicen… El honor siempre se ha defendido en la intimidad. Quizá esa muchacha haya tenido algo que ver.

—Su Majestad no tiene por qué implicarse en asuntos privados, desde luego. ¡Qué engorro y cuánto trabajo sería eso! —dijo la condesa, con cara inexpresiva—. Pero, si es cierto que tienen a esa chica, una trabajadora de su guardarropa, ese grupo de nobles está olvidando a quién sirve.

La reina frunció el ceño.

—En eso le doy la razón. Son molestos como los mosquitos en verano —dijo con la vista vuelta hacia Godoy.

El teniente general asintió, por completo de acuerdo, pero sin pronunciarse.

—Aun así, ¿qué tiene que ver eso conmigo? —continuó la reina.

La infanta se acercó más a su madre.

—El guardarropa anda justo de manos —dijo—. Están ultimando los vestidos para la gran recepción de la Orden de las Damas Nobles.

María Luisa se quedó pensativa.

—Costureras tienen —afirmó. Sin embargo, había un matiz de duda en su voz.

La condesa vio la oportunidad y la aprovechó.

—Esa muchacha… ¿no es la de los volantes? Se dice que a Su Majestad le fascina la ligereza con que los cose.

María Amalia asintió con tanta vehemencia que se le escapó un mechón del peinado y le cayó sobre los ojos. Se lo retiró con un gesto impaciente.

—¡Esa es, sí! Madre, imagine si los vestidos no están a tiempo, o si no deslumbran como todos esperan de usted. Imagine a la duquesa de Alba…

La mención a su gran enemiga ensombreció el rostro de la reina. Se comió otro macaron en un silencio que nadie se atrevió a interrumpir. Después pareció tomar una decisión. Miró a Godoy.

—Muy bien —dijo—. La quiero de vuelta hoy mismo. Si no ha matado a nadie, no veo problema. Manuel, ocúpate.

El hombre de confianza de la reina se cuadró, saludó con una reverencia y se marchó. La condesa intentó disimular su alivio; no así la infanta, que se acercó a su madre y le dio otro beso en la mejilla, feliz.

La marquesa viuda de Bélgida, por el contrario, se quedó con la sensación de que lo que había ocurrido allí no era casual. De todas maneras, la joven del guardarropa era eficiente y le provocaba cierta simpatía, al contrario que el marqués de Valdearenas, así que decidió olvidarse de aquello.

—Majestad, tal vez sea hora de vestirla —dijo.