La costurera de la reina Capítulo 45
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Capítulo 45

Guiaron a Almudena a través de pasillos desnudos y puertas de madera sin adornos, después subieron una escalera y penetraron en otro mundo: corredores alfombrados y bien iluminados con velas de cera de abeja, de olor suave y limpio, los condujeron hasta una puerta lacada en blanco con un marco tallado con volutas doradas.

La puerta se abrió e hicieron entrar a Almudena.

Ella avanzó un paso y miró a su alrededor, intimidada.

La sala, algo más austera de lo que el exterior sugería, era pequeña.

La luz de la tarde se filtraba a través de las ventanas, tamizada por las cortinas.

Unas velas colocadas en apliques de pared ayudaban a iluminar la estancia, pero aun así el ambiente resultaba opresivo y oscuro. No corría ni una pizca de aire.

Frente a ella había una mesa larga. El marqués se sentaba justo en el centro, y a ambos lados otros hombres la miraban muy serios.

Sus ojos destilaban rabia; su cara, puro desprecio, y Almudena fue consciente de que, de no ser por su puesto en el guardarropa, que en cierto modo la protegía, probablemente su padre tendría que recoger los restos de su cuerpo hecho trizas de la acera.

Un escalofrío que apenas pudo disimular la recorrió entera.

Un hombre apostado al lado de la puerta la cogió del brazo con brusquedad y la condujo a una silla frente a la mesa. La obligó a sentarse.

—¿Qué hago aquí? —preguntó, dispuesta a no admitir nada.

El marqués sonrió y su cara, en la penumbra, se asemejó a la de un zorro.

—Sabes por qué estás aquí —le dijo.

Un hombre gordo situado a su derecha carraspeó. El marqués asintió.

—Tiene razón, duque. Hagamos las cosas bien. Almudena Serrano, esto es un juicio por atentado contra el honor.

Ella miró a su alrededor. Aparte de aquellos hombres, dos criados armados guardaban la puerta, y otros dos, otra puerta que había en la pared contigua. Volvió la vista hacia el marqués.

—Esto no es un juicio —dijo con la barbilla levantada—. No hay ningún juez, ni un tribunal, ni tengo ninguna posibilidad.

El marqués rio con suavidad.

—Tal vez no estés familiarizada con cómo se hacen las cosas entre la nobleza, querida. Los asuntos de honor se solucionan en privado. Es lo mejor: los daños son menores si no se hacen públicos ciertos agravios.

—¿Mejor para quién?

—Para todos —dijo un hombre joven que la miraba con cierta lástima, pero cuyo gesto severo le indicó que no podía esperar compasión de él—. Una acusación como esta también acabaría con tu reputación y la de tu padre. En privado, no te libras de recibir un castigo, pero él queda limpio.

—¿Y de qué se me acusa entonces? —preguntó ella, orgullosa. No quería que notaran el miedo que la devoraba por dentro. Eran como bestias salvajes deseando darse un festín con su presa aterrorizada. No les daría el gusto.

—De atentar contra el honor de la familia Valdearenas, de colaborar en la huida de una joven que estaba bajo tutela familiar y, tal vez, si nos place, de secuestro.

¿Secuestro? Almudena sabía qué significaba aquello. Era un crimen gravísimo, y la acusación podría pasar a un tribunal público. Todo el mundo pensaría que era una delincuente, el marqués y su familia quedarían como las víctimas y ella no volvería a ver la luz del sol.

—Yo no he secuestrado a nadie —dijo con un hilo de voz.

—Eso ya lo veremos. Tienes muchas cosas de las que responder.

Entonces comenzaron a preguntarle una y otra vez por qué estaba en palacio esa noche y si había acudido con intención de secuestrar a la hija del marqués.

Quiénes eran sus cómplices y quién era la mente que lo organizaba todo.

Almudena sabía que su mejor baza era negar que hubiera estado allí, insistir en su ignorancia, así que mantuvo su historia sin ceder ni un ápice.

Ellos podían tener muchas sospechas, pero ni una sola certeza.

Si ella no titubeaba, si no se derrumbaba, no podrían demostrar nada.

Por otro lado… Almudena comenzó a temblar cuando se dio cuenta de que podían acabar con ella si querían.

Si estaban convencidos de su culpabilidad, aunque no tuvieran pruebas fehacientes, podían acusarla de cualquier otra cosa y encerrarla en una celda oscura.

También podían matarla y hacer que su cuerpo desapareciera, que su padre no tuviera ni una tumba donde llorarla.

Ellos eran poderosos, ella una simple costurera.

Sacudió la cabeza: eso era lo que ellos querían que pensara, buscaban que se quebrase y confesara para obtener su clemencia.

Pero si defendía su inocencia, si seguía negando haber estado allí, alguno de esos seis hombres tenía que tener un ápice de decencia, un resquicio de humanidad que impidiera que acabara condenada sin juicio.

—Les repito que no estuve en palacio esa noche —dijo con humildad—. Salí de trabajar como siempre y me fui a casa.

Entonces el marqués se sacó algo del bolsillo y lo depositó sobre la mesa. Almudena no llegó a verlo bien, pero no le hizo falta, sabía lo que era.

—Y entonces ¿cómo explicas esto?

Ella respiró hondo, intentando ganar tiempo para pensar.

Beatriz se lo había quitado frente a la iglesia del Buen Suceso.

Era más tarde de lo que ninguna mujer decente consideraría aceptable para andar por la calle, pero no la había visto ir a palacio.

Almudena fue a casa de María del Carmen y se aseguró de que nadie la seguía, y llegó a palacio después, bien cubierta.

Si Beatriz fue a denunciarla ante su amante, lo hizo antes o después.

No, no la había visto, y decidió jugárselo todo a esa carta.

—¿Cómo explico qué? —preguntó con tono inocente.

El marqués se giró hacia sus colegas.

—No les había hablado de este hallazgo porque habría estropeado la sorpresa —dijo irónico—. Pero creo que es muy esclarecedor.

Hizo un gesto a los criados de la pared lateral, y estos hicieron pasar a dos personas.

La primera le heló la sangre: era Beatriz, que entró en la sala con la barbilla alta y un rastro de perfume caro.

La miró un momento antes de sentarse en una silla lejos de ella, y Almudena percibió la enorme satisfacción que albergaban sus ojos.

La otra figura le partió el corazón. Encorvado, cabizbajo y triste, Juan entró detrás y se sentó en otra silla, en el lado contrario.

Ni siquiera la miró, aunque ella buscó sus ojos desde el momento en que lo reconoció hasta que el marqués dio unos toques sobre la mesa para atraer su atención.

Almudena sintió que el dolor de su pecho se hacía cada vez más y más intenso, y pensó que no lo soportaría.

Juan no, Juan no podía traicionarla, Juan no podía contar lo que había pasado.

Pero él no sabía mentir. Y a saber qué le habían contado, qué le habían hecho creer. Desesperada, tuvo el impulso de levantarse y lanzarse a los pies de su prometido para jurarle que nunca había hecho nada malo, pero entonces el marqués repitió los golpecitos:

—Por favor, sigamos. ¿Puede decirnos quién es? —preguntó a Beatriz.

Almudena la miró de reojo. Estaba deslumbrante, y los cinco hombres que flanqueaban al marqués pensaban lo mismo, a juzgar por sus bocas entreabiertas y sus miradas lascivas.

La rubia sonrió, consciente del efecto que causaba en quien la veía por primera vez.

Se sintió importante, con su vestido caro, su perfume francés y aquellas miradas de admiración.

—Me llamo Beatriz del Valle, y yo le quité ese pañuelo a Almudena el día de la fuga, casi a las once de la noche.

Un murmullo se extendió por la mesa.

Uno de los nobles miró a Almudena y se pasó la mano por la boca antes de hablar.

—¿Eso es cierto?

—Sí.

Almudena vio que Juan levantaba la cabeza cuando oyó aquello. Sus ojos relampaguearon un instante, pero luego se apagaron y volvió a agachar la cabeza.

—¿Y cómo explicas eso, muchacha?

Almudena soltó el aire despacio.

—Lo encontré en palacio cuando terminé mi jornada en el guardarropa —dijo, como si fuese lo más normal del mundo—. Estaba en un pasillo cerca de la salida. Lo guardé para preguntar al día siguiente si alguien sabía de quién era y me marché.

—¿Y qué hacías en la calle a esas horas tan indecentes? —continuó interrogándola aquel hombre, que parecía tener cien años.

—Sé que el decoro no lo aconseja —dijo con la cabeza gacha—.

Pero, cuando llegué a casa, tenía que terminar una pieza propia y estuve cosiendo hasta mucho después del toque de ánimas.

Cuando la vela se consumió, me dolía la cabeza y necesitaba airearme.

No debería haberlo hecho, pero tampoco hacía nada malo, solo inusual.

—Eso no se lo cree nadie —dijo el marqués—. Ninguna joven saldría a las calles a esas horas si no tuviera una cita clandestina o fuese a hacer algo ilegal.

El marqués tenía razón, pero, de nuevo, carecía de pruebas.

—La testigo asegura que ibas a encontrarte con un amante —siguió el anciano.

—La testigo miente —dijo Almudena, con sencillez.

Beatriz giró la cabeza como un látigo.

—¡Claro que no miento! Eres una arpía que va de buena chica y luego eres peor que ninguna. A esas horas solo podías ir a reunirte con tu amante. Y ni siquiera era ese —dijo señalando a Juan con desprecio—, porque estaba de guardia. ¡Zorra!

Almudena se mantuvo firme, con la cabeza fija en sus acusadores.

El marqués intervino.

—O fuiste a reunirte con tu amante…, o a palacio para ayudar a fugarse a mi hija.

La estaban poniendo entre la espada y la pared para que eligiera el mal menor: la deshonra o la participación en la fuga.

Por el rabillo del ojo vio que Juan apretaba la mandíbula, tenso como nunca lo había visto antes, y sintió que algo nuevo surgía entre el miedo atroz que arañaba sus entrañas.

Una indignación burbujeante, hirviente, que se hizo tan grande que pronto se impuso a todo lo demás.

No, no cedería. No iba a permitir que acabaran con ella.

—No, señor. Solo salí a tomar el aire. No tendría que haberlo hecho, pero ese es todo mi delito.

El marqués se puso en pie, amenazador. Se estaba cansando de ese juego.

No pensó que aquella muchacha fuese a aguantar tanto, creyó que podría romperla privándola de comer y beber, con una acusación bien montada, con su prometido escuchando esas barbaridades a su lado. Pero era más fuerte de lo que parecía.

—Se nos agota el tiempo, Almudena. Tú sabes tan bien como yo que estuviste en palacio esa noche, que estuviste con mi hija, y estoy seguro de que tuviste ayuda.

Sé lo que significan esos bordados y quiero saber cuántas mujeres más están metidas en esto.

Si no me lo dices, me obligarás a usar técnicas más… expeditivas.

Almudena se mordió el labio. Tortura. ¿La iban a torturar? ¿Delante de Beatriz y de Juan? ¿Ninguno de aquellos hombres iba a hacer nada para detenerlo? No supo de dónde sacó la fuerza, pero contestó:

—Tal vez usted sepa qué significan esos bordados, pero yo no. Los vi ayer por primera vez, cuando encontré el pañuelo. Lamento no ser de más ayuda, pero es todo lo que sé.

El marqués hizo un gesto a dos criados, que se acercaron amenazantes a Almudena. Juan se irguió, atento a lo que podía pasar. Beatriz sonrió ante la idea de asistir a la tortura de su enemiga.

Entonces se oyeron unos pasos al otro lado y la puerta se abrió.